FS #191 – Cartilla ciudadana

Fichero

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Si esta Ficha Semanal #191 de doctorpolítico es desusadamente larga es porque sería criminal mutilar en lo más mínimo el texto que reproduce, en el que cada palabra es importante. El texto mismo, más aún, es en sí mismo importantísimo, puesto que pudiéramos tenerlo por el manual básico de todo ciudadano. Su autor, Benjamín Constant, nació en Lausana, Suiza, pero debe ser tenido en propiedad por pensador y político francés. Moriría en Francia nueve días antes de que Simón Bolívar falleciera, el 8 de diciembre de 1830.

Henri-Benjamin Constant de Rebecque pertenecía a una distinguida casa francesa, que por hugonota—partidaria de la unión de Ginebra con Suiza—debió buscar refugio en el país de los relojes. Constant fue un protegé de la famosa Madame de Staël (hija de Jacques Necker, ministro de hacienda de Luis XVI, y esposa del embajador de Suecia en Francia), en cuyo salon ocurrían una intensa actividad intelectual y un agudo debate político. Desde ese tiempo opuesto al absolutismo, Constant, y también su anfitriona, deben emprender un exilio con la entronización imperial de Napoleón Bonaparte.

En 1813 ve la luz De l’esprit de conquete et de l’usurpation dans leurs rapports avec la civilisation européene. En este libro contrapone una nueva mentalidad de cooperación pacífica y comercial al militarismo y la dominación bonapartista. De hecho, Constant, a diferencia de autores como Hegel, considera a Napoleón un retroceso a paradigmas antiguos de absolutismo, y en ese sentido su imperio no sería otra cosa que una nueva forma del Antiguo Régimen.

A la primera caída de Napoleón se hace posible el retorno a su patria de adopción—a su regreso de la isla de Elba, Napoleón solicitó a Constant, en lugar de encarcelarlo, un proyecto de constitución liberal para su gobierno, como un último recurso para mantenerse en el poder—pero luego del desplome definitivo del magnífico déspota Constant viaja a Inglaterra, donde publica su única novela, Adolphe, que en 2002 fue adaptada para el cine en película dirigida por Benoit Jacquot. Dado que trata de los muy difíciles amores del hijo de un ministro con una mujer de mayor edad, no faltó quien sugiriera que Constant retratara allí su relación con Madame de Staël y la que sostuvo con Charlotte von Hardenberg. El autor negó indignadamente esta especie.

Del terreno de la crítica y la filosofía política, Constant llegó a pasar al de la política práctica. En 1819 fue elegido a la Cámara de Diputados de Francia, pero ya al año siguiente confrontó problemas de salud. Fueron entonces sus artículos de prensa el principal vehículo de su influencia tardía.

Sorprendente por su claridad, el texto aquí reproducido (La soberanía del pueblo, capítulo primero de Principios de política aplicables a todos los gobiernos, 1806-1810) lleva todo el peso y la diafanidad de la verdad. Es, realmente, un texto cristalino y vigoroso para atesorar en la memoria, pues nadie ha expuesto como en él, tan fácil y elocuentemente, las nociones fundamentales que todo ciudadano debiera comocer de la política.

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Cartilla ciudadana

Nuestra actual constitución reconoce formalmente el principio de soberanía del pueblo, es decir, la supremacía de la voluntad general sobre toda voluntad particular. Este principio, en efecto, no puede ser impugnado. Se ha buscado en nuestros días oscurecerle y los males que se han causado y los crímenes que se han cometido bajo el pretexto de hacer ejecutar la voluntad general prestan una fuerza aparente a los razonamientos de aquellos que desearían asignar otra fuente a la autoridad de los gobiernos. Sin embargo, todos esos razonamientos no pueden sostenerse frente a la simple definición de las palabras que se emplean. La ley debe ser la expresión o de la voluntad de todos o de la de algunos.

Ahora bien, ¿cuál sería el origen del privilegio exclusivo que concederíais a esa minoría? Si es la fuerza, la fuerza pertenece a quien se adueña de ella; no constituye un derecho, y si la reconocéis como legítima, ella lo es igualmente entre las manos que se la apropian y cada cual querrá conquistarla a su vez. Si suponéis el poder de la minoría sancionado por el consentimiento de todos, entonces ese poder se transforma en la voluntad general. Este principio se aplica a todas las instituciones. La teocracia, la realeza, la aristocracia, cuando dominan los espíritus, son la voluntad general. Cuando no los dominan, no son otra cosa que la fuerza. En una palabra, en el mundo no existen sino dos poderes, uno ilegítimo, la fuerza; otro legítimo, la voluntad general.

Pero al mismo tiempo que se reconocen los derechos de esta voluntad, es decir, la soberanía del pueblo, es necesario, es urgente concebir bien su naturaleza y su extensión. Sin una definición exacta y precisa, el triunfo de la teoría podría llegar a ser una calamidad en la práctica. El reconocimiento abstracto de la soberanía del pueblo no aumenta en nada la libertad de los individuos; y si se le atribuye a esta soberanía una latitud que no debe tener, la libertad puede perderse a pesar de este principio, o incluso por este principio. La precaución que recomendamos y que nosotros vamos a tomar es tanto más indispensable cuanto que los hombres de partido, cuan puras puedan ser sus intenciones, rehúsan siempre limitar la soberanía. Ellos se consideran sus presuntos herederos, e incluso facilitan que ésta pase a las manos de sus enemigos en el futuro. Desconfían de tal o tal tipo de gobierno, de tal o tal clase de gobernantes; pero permitidles organizar a su modo la autoridad, soportad que ellos la confíen a mandatarios de su elección, creerán no poder extenderla lo suficiente.

Cuando se establece que la soberanía del pueblo es ilimitada, se crea y se lanza al azar en la sociedad humana un grado de poder demasiado grande en sí mismo, y que es un mal cualesquiera sean las manos en que se le coloque. Confiadle a uno solo, a varios, a todos, e igualmente seguirá siendo un mal. Podéis atacar a los depositarios de ese poder, y según las circunstancias, acusaréis por turno a la monarquía, la aristocracia, la democracia, los gobiernos mixtos, el sistema representativo. Cometeréis un error: es el grado de fuerza y no los depositarios de esta fuerza lo que debe ser denunciado. Es contra el arma y no contra el brazo que hay que obrar con severidad. Hay pesos demasiado agobiantes para la mano de los hombres.

El error de aquellos que de buena fe, en su amor por la libertad, han acordado un poder sin límites a la soberanía del pueblo, viene del modo como se han formado sus ideas en política. Han visto en la historia una minoría de hombres o incluso a uno solo en posesión de un inmenso poder que hacía mucho daño; pero sus iras se dirigieron contra los poseedores del poder y no contra el poder mismo. En lugar de destruirle, no han aspirado sino a desplazarle. Era una plaga, ellos lo han considerado como una conquista. Lo traspasaron a la sociedad entera. Pasó de ésta a la mayoría, de la mayoría a las manos de algunos hombres, y a menudo a uno solo. Ha hecho tanto mal como antes, y se ha multiplicado los ejemplos, las objeciones y los argumentos contra todas las instituciones políticas.

En una sociedad fundada sobre la soberanía del pueblo, es seguro que no es propio a ningún individuo, a ninguna clase, el someter al resto a su voluntad particular; pero es falso que la sociedad entera posea sobre sus miembros una soberanía sin límites.

La universalidad de los ciudadanos es lo soberano, en el sentido que ningún individuo, ninguna fracción, ninguna asociación parcial pueda arrogarse la soberanía si no le ha sido delegada. Pero no se deduce que la universalidad de los ciudadanos, o quienes por ella son investidos de soberanía, puedan disponer soberanamente de la existencia de los individuos.

Hay, por el contrario, una parte de la existencia humana que por necesidad permanece individual e independiente y que está de derecho fuera de toda competencia social.

La soberanía no existe sino de una manera limitada y relativa. En el punto donde empiezan la independencia y la existencia individual se detiene la jurisdicción de esta soberanía. Si la sociedad atraviesa esta línea, se declara tan culpable como el déspota, quien no tiene por título sino el poder exterminador. La sociedad no puede exceder su competencia sin ser usurpadora; la mayoría, sin ser facciosa. El asentimiento de la mayoría no es en absoluto suficiente en todos los casos para legitimar sus actos; existe algo que nadie puede sancionar cuando una autoridad, cualquiera sea, comete actos semejantes, poco importa la fuente de la que ella dice emanar, importa poco que se llame individuo o nación; será la nación entera, menos el ciudadano que ella oprime, la que dejará de ser legítima. Rousseau desconoció esta verdad, y su error ha hecho de su Contrato Social, invocado tan a menudo en favor de la libertad, el más terrible auxiliar de todos los tipos de despotismo. El definió el contrato establecido entre la sociedad y sus miembros como la alienación completa de cada individuo con todos sus derechos y sin reserva a la comunidad. Para tranquilizarnos sobre las secuelas de este abandono tan absoluto de todos los sectores de nuestra existencia en provecho de un ser abstracto, nos dice que el soberano, es decir, el cuerpo social, no puede perjudicar ni al conjunto de sus miembros, ni a cada uno de ellos en particular; que cada uno entregándose enteramente, la condición es igual para todos, y que nadie tiene interés en volverla onerosa a los demás; que cada uno entregándose a todos, no se da a nadie; que cada uno adquiere sobre todos los asociados los mismos derechos que él les cede, y gana el equivalente de todo lo que él pierde con mayor fuerza para conservar lo que tiene. Pero él olvida que todos esos atributos preservadores que él confiere al ser abstracto que llama el soberano resultan de que este ser se compone de todos los individuos sin excepción. Ahora bien, en cuanto al soberano debe hacer uso de la fuerza que posee, es decir, en cuanto haya que proceder a una organización práctica de la autoridad, como el soberano no puede ejercerla por sí mismo, la delega, y todos esos atributos desaparecen. La acción que se hace en nombre de todos estando de voluntad o fuerza necesariamente a la disposición de uno o algunos, sucede que dándosela a todos, no es cierto que no se la dé a nadie; por el contrario, se la da a los que actúan en nombre de todos. De ahí se sigue que entregándose enteramente, no se entra en una condición igual para todos, puesto que algunos disfrutan exclusivamente del sacrificio del resto; no es cierto que nadie tenga interés de volver onerosa la condición a los demás, puesto que existen asociados que están fuera de la condición común.

No es cierto que los asociados adquieren los mismos derechos que ceden; no todos ellos ganan el equivalente de lo que pierden y el resultado de lo que sacrifican es, o puede ser, la instauración de una fuerza que les quite lo que poseen.

Rousseau mismo quedó espantado de esas consecuencias; aterrado del cariz de la inmensidad del poder social que venía de crear, no supo en qué manos depositar ese poder monstruoso, y no encontró preservativo alguno contra el peligro inseparable de semejante soberanía, que un expediente que volvió imposible su ejercicio. Declaró que la soberanía no podía ser ni alienada, ni delegada, ni representada. Significaba declarar, en otros términos, que ella no podía ser ejercida; era de hecho aniquilar el principio que venía de proclamar. Pero ved cómo los partidarios del despotismo son más francos en su marcha cuando parten de ese mismo axioma, porque les apoya y les favorece. Hobbes, el hombre que más ha reducido el despotismo en sistema, se apresuró en reconocer la soberanía como ilimitada, para concluir de ello, en la legitimidad del gobierno absoluto de uno solo. La soberanía, dice, es absoluta; esta verdad ha sido reconocida desde siempre, aun por aquellos que han fomentado sediciones o suscitado guerras civiles; su motivo no era aniquilar la soberanía, sino más bien de transferirla fuera del ejercicio. La democracia es una soberanía absoluta en las manos de todos; la aristocracia una soberanía en las manos de algunos; la monarquía una soberanía absoluta en las manos de uno solo. El pueblo ha podido desasirse de esta soberanía en favor de un monarca, que así se ha transformado en legítimo posesor. Vemos claramente que el carácter absoluto que Hobbes atribuye a la soberanía del pueblo es la base de todo su sistema. Esta palabra absoluto desnaturaliza todo el asunto y nos arrastra a una nueva serie de consecuencias; es el punto donde el escritor abandona la ruta de la verdad para caminar por el sofisma que se había propuesto al comenzar.

Él demuestra que para que las convenciones de los hombres sean observadas, es preciso que haya una fuerza coercitiva que los obligue a respetarlas; que debiendo la sociedad preservarse de las agresiones exteriores, es necesaria una fuerza común que arme para la defensa común; que estando divididos los hombres por sus pretensiones, se precisan leyes para regular sus derechos. Concluye del primer punto que el soberano tiene el derecho absoluto de castigar; del segundo, que el soberano tiene el derecho absoluto de declarar la guerra; del tercero, que el soberano es legislador absoluto. Nada más falso que estas conclusiones. El soberano tiene el derecho de castigar, pero solamente las acciones culpables; tiene derecho de declarar la guerra, pero sólo cuando la sociedad es atacada; tiene derecho de hacer leyes, pero solamente cuando esas leyes son necesarias y en tanto estén conformes con la justicia. No hay por consecuencia nada de absoluto, nada de arbitrario en esas atribuciones. La democracia es la autoridad depositada en las manos de todos, pero sólo el total de autoridad necesaria en la seguridad de la asociación; la aristocracia es esa autoridad confiada a algunos; la monarquía esa autoridad remitida a uno solo. El pueblo puede desasirse de esta autoridad en favor de un solo hombre o de una minoría; pero su poder es limitado como el del pueblo que los ha investido. Por este atrincheramiento de una sola palabra, insertada gratuitamente en la construcción de una frase, todo el horroroso sistema de Hobbes se derrumba. Por el contrario, con la palabra absoluto, ni la libertad, ni como se verá a continuación, el descanso, ni la felicidad son posibles bajo institución alguna. El gobierno popular no es sino una tiranía convulsiva, el gobierno monárquico sólo es un despotismo concentrado.

Cuando la soberanía no ha sido limitada, no hay ningún medio para poner a los individuos al abrigo de los gobiernos. Es en vano que pretendáis someter los gobiernos a la voluntad general. Son siempre ellos quienes dictan esta voluntad, y todas las precauciones se vuelven ilusorias.

El pueblo, dice Rousseau, es soberano bajo un acuerdo y sujeto bajo otro; pero, en la práctica, esas dos relaciones se confunden. Es fácil para la autoridad oprimir al pueblo como sujeto para forzarle a manifestar como soberano la voluntad que ella le prescribe.

Ninguna organización política puede descartar ese peligro. Por más que dividáis los poderes. Si la suma total del poder es ilimitada, los poderes divididos no tienen más que formar una coalición, y el despotismo es sin remedio. Lo que nos importa no es que nuestros derechos no puedan ser violados por tal poder sin la aprobación de tal otro, sino que esta violación sea prohibida a todos los poderes. No basta que los agentes del ejecutivo tengan necesidad de invocar la autorización del legislador, es preciso que el legislador no pueda autorizar su acción sino en su esfera legítima. No basta que el poder ejecutivo no tenga el derecho de actuar sin el concurso de una ley, si no se le pone límites a ese concurso, si no se declara que es de los objetivos sobre los que el legislador no tiene derecho de hacer una ley o, en otros términos, que la soberanía es limitada, y que hay voluntades que ni el pueblo, ni sus delegados tienen derecho de tener.

Esto es lo que hay que declarar, es la verdad importante, el principio eterno que hay que establecer. Ninguna autoridad sobre la tierra es ilimitada, ni la del pueblo, ni la de los hombres que se dicen sus representantes, ni la de los reyes, cualquiera sea el título con que reinen, ni la de la ley, que siendo la expresión de la voluntad del pueblo o del príncipe, según la forma del gobierno, debe estar circunscrita en los mismos límites que la autoridad de la cual ella emana. Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política, y toda autoridad que viola esos derechos se vuelve ilegítima. Los derechos de los ciudadanos son la libertad individual, la libertad religiosa, la libertad de opinión, en la cual está comprendida su publicidad, el disfrute de la propiedad, la garantía contra todo arbitrario. Ninguna autoridad puede perjudicar estos derechos sin rasgar su propio título.

La soberanía del pueblo no siendo ilimitada, y su voluntad no bastando para legitimar todo lo que él quiere, la autoridad de la ley, que no es otra cosa que la expresión verdadera o supuesta de esta voluntad, tampoco es sin límites. Debemos a la paz pública muchos sacrificios; nos transformaríamos en culpables a los ojos de la moral si por un apego demasiado inflexible a nuestros derechos nos resistiésemos a todas las leyes que nos parecieran causarles daño, pero ningún deber nos ata a esas pretendidas leyes cuya influencia corruptora amenaza los sectores más nobles de nuestra existencia, hacia esas leyes que no sólo restringen nuestras libertades legítimas, sino que nos ordenan acciones contrarias a esos principios eternos de justicia y piedad que el hombre no puede cesar de observar sin degradar y desmentir su naturaleza.

En tanto que una ley aunque mala no tiende a depravarnos, en tanto que las usurpaciones de la autoridad no exijan sólo sacrificios que nos vuelvan viles ni feroces, nosotros podemos suscribirla. Sólo transigimos por nosotros. Pero si la ley nos prescribiera pisotear nuestros afectos o nuestros deberes; si bajo el pretexto de una devoción gigantesca y facticia, por lo que ella llamaría a veces monarquía o república, nos prohibiera la fidelidad a nuestros amigos en desgracia; si nos ordenara la perfidia hacia nuestros aliados, o aun la persecución contra enemigos vencidos, anatema a la redacción de injusticias y crímenes así cubierta con el nombre de ley.

Un deber positivo, general, sin restricción, cada vez que una ley parece injusta, es el de no volverse su ejecutor. Esta fuerza de inercia no acarrea ni trastornos, ni revoluciones, ni desórdenes. Nada justifica al hombre que presta su asistencia a la ley que cree inicua. El terror no es una excusa más válida que todas las otras infames pasiones. Desdicha a esos instrumentos celosos y dóciles, eternamente oprimidos –según nos dicen–, agentes infatigables de todas las tiranías existentes, delatores póstumos de todas las tiranías derrocadas.

Se nos alegaba, en una época espantosa, que uno no se convertía en agente de leyes injustas sino para debilitar el rigor, que el poder del cual consentíamos volvernos el depositario, habría hecho aún más daño, si hubiese sido entregado a manos menos puras. ¡Transacción mentirosa que abría a todos los crímenes un camino sin límites! Cada uno comerciaba con su conciencia y cada grado de injusticia encontraba dignos ejecutores. No veo por qué en ese sistema, uno no se volvería el verdugo de la inocencia, bajo el pretexto que se la estrangularía más suavemente.

Resumamos ahora las consecuencias de nuestros principios. La soberanía del pueblo no es ilimitada; ella está circunscrita en los límites que le trazan la justicia y los derechos de los individuos. La voluntad de todo un pueblo no puede volver justo lo que es injusto. Los representantes de una nación no tienen derecho de hacer lo que la nación misma no tiene derecho de hacer. Ningún monarca, cualquiera el título que reclame, sea que se apoye sobre el derecho divino, el derecho de conquista o sobre el asentimiento del pueblo, posee un poder sin límites. Dios, si interviene en las cosas humanas, no sanciona sino la justicia. El derecho de conquista no es más que la fuerza, que no es un derecho, puesto que pasa a quien se apropia de ella. El asentimiento del pueblo no sabría legitimar lo que es ilegítimo, puesto que un pueblo no puede delegar a nadie una autoridad que no posee. Una objeción se presenta contra la limitación de la soberanía. ¿Es posible limitarla? ¿Existe una fuerza que pueda impedirle franquear las barreras que se le habrán prescrito? Se puede, se dirá, por combinaciones ingeniosas, restringir el poder dividiéndole. Se puede poner en oposición y en equilibrio sus diferentes partes. ¿Pero por qué medio se conseguirá que la suma total de ello no sea ilimitada? ¿Cómo limitar el poder de otro modo que por el poder? Sin duda la limitación abstracta de la soberanía no basta. Hay que buscar bases en instituciones políticas que combinen de tal modo los intereses de los diversos depositarios del poder que su ventaja más manifiesta, más duradera y más segura sea la de permanecer cada uno en los límites de sus respectivas atribuciones. Pero la primera cuestión no es ni mucho menos la competencia y la limitación de la soberanía; pues, antes de haber organizado una cosa, hay que haber determinado la naturaleza y la amplitud de la misma.

En segundo lugar, sin querer exagerar la influencia de la verdad, como demasiado a menudo lo hacen los filósofos, se puede afirmar que cuando ciertos principios son completa y claramente demostrados, ellos se valen como modo de garantía de ellos mismos. Se forma, con respecto de la evidencia, una opinión universal que muy pronto es victoriosa. Si es reconocido que la soberanía no carece de límites, es decir, que no existe sobre la tierra ninguna potencia ilimitada, nadie, en ningún tiempo, osará reclamar semejante poder. La misma experiencia lo prueba. Por ejemplo, ya no se atribuye más a la sociedad entera el derecho de vida y muerte sin juicio. Tampoco ningún gobierno moderno pretende ejercer semejante derecho. Si los tiranos de las antiguas repúblicas nos parecen mucho más desenfrenados que los gobernantes de la historia moderna, hay que atribuirlo, en parte, a esta causa. Los atentados más monstruosos del despotismo de uno solo, a menudo fueron debidos a la doctrina del poder sin límites de todos. Así, pues, la limitación de la soberanía es verdadera y posible. Ella estará en primer lugar garantizada por la fuerza que garantiza todas las verdades reconocidas por la opinión; luego lo estará de un modo más preciso por la distribución y el equilibrio de los poderes.

Comenzad entonces por reconocer esta saludable limitación. Sin esta precaución previa, todo es inútil.

Encerrando la soberanía del pueblo en sus justos límites, no tenéis que temer nada más, quitáis al despotismo, sea de los individuos, sea de las asambleas, la sanción aparente que cree recoger en un asentimiento que él ordena, puesto que vosotros probáis que este asentimiento, su fuese real, no tiene el poder de sancionar nada.

El pueblo no tiene derecho de golpear a un solo inocente, ni de tratar como culpable a un solo acusado, sin pruebas legales. Así, pues, no puede delegar semejante derecho a nadie. El pueblo no tiene derecho de atentar contra la libertad de opinión, la libertad religiosa, las garantías judiciales, las formas protectoras. Ningún déspota, ninguna asamblea, puede entonces ejercer un derecho semejante diciendo que el pueblo lo ha  investido de él. Todo despotismo es ilegal; nada puede sancionarle, ni siquiera la voluntad popular que él alega. Pues se arroga, en nombre de la soberanía del pueblo, un poder que no está comprendido en esta soberanía, y no sólo es destitución irregular del poder que existe, sino la creación de un poder que no debe existir.

Benjamín Constant

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FS #190 – El peor explotador

Fichero

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En esta época de estatizaciones a diestra y siniestra, predicadas sobre la coartada de supuestos “intereses estratégicos” del Estado venezolano, resulta interesante refrescar una experiencia que no debe ser olvidada jamás. Ésta es la del costosísimo experimento del comunismo soviético, que convirtió al antiguo imperio zarista, absolutista y desalmado, en una dominación todavía peor, en la que la miseria y la aquiescencia fueron impuestas con el empleo del terror sistemático, como resultado de los crímenes de un Estado asesino y torturador.

En julio de 1964 el Instituto para el Desarrollo Económico y Social se presentó en sociedad con el Simposio Desarrollo y Promoción del Hombre, cuyas ponencias y deliberaciones tomaron cinco días completos y a las que asistieron distinguidísimos conferencistas nacionales y extranjeros. (La pléyade se componía de Eloy Anzola Montauban, Arístides Calvani, Roberto Álamo, Héctor Mujica, Simón Romero Lozano, Louis Lebret, Jorge Ahumada, Kenneth Boulding, Juan Pablo Terra, Jean Yves Calvez, Guy Lemonnier, Ronald Clapham, Ugo Papi, Georges Celestin, Alfred Sauvy, Félix Morlion y Frederick Harbison. Las sesiones tuvieron como escenario el auditorio del Colegio de Ingenieros de Venezuela). El tercer día fue dedicado al tema La gestión de la función económica: empresa privada y Estado, y fue en su tratamiento donde se examinara, desde diversos ángulos, las prescripciones del marxismo para la economía.

Guy Lemonnier desarrolló el tema El marxismo y el desarrollo económico, desde su perspectiva de político y líder sindical experimentado, que podía reivindicar radicalidades antiguas de cepa anarquista. De su extensa exposición, se recoge un fragmento de dura evaluación del marxismo práctico en esta Ficha Semanal #190 de doctorpolítico.

En una sección previa a la aquí reproducida, Lemonnier delata la admisión de realidades económicas a la que José Stalin se vio forzado. El conferencista citó de un opúsculo del sanguinario dictador georgiano (Los problemas de la economía y del socialismo en la Unión Soviética), publicado en 1952, y en el que Stalin afirmaba: “…los esquemas de la reproducción de Marx no se limitan en absoluto a repetir los rasgos específicos de la reproducción capitalista, que contienen también numerosas tesis fundamentales relacionadas con la reproducción, que siguen siendo válidas para todas las formaciones sociales, incluso, y muy particularmente, para la forma social socialista… ninguna de estas tesis fundamentales de la teoría de Marx de la reproducción es válida solamente para la formación capitalista, y ninguna sociedad socialista puede abstenerse de aplicarlas a la planificación de la economía nacional”. (Destacado de esta publicación). Entre tales tesis Stalin incluía “la división de la producción social en producción de bienes de consumo; la de la prioridad dada a la producción de los bienes de producción, y, por consiguiente, a la producción ampliada; la de la acumulación considerada como fuente única de la reproducción ampliada”.

Es decir, Stalin hubiera podido comenzar en su época la aceptación de la lógica capitalista que ahora asume China, de no haber sido porque su patológica necesidad de poder absoluto y feroz requería el pretexto estatista. Traducido de la jerga stalinista, lo que allí se dice es que lo más natural es que las empresas arrojen ganancia.

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El peor explotador

Durante los primeros ocho o diez años de su reinado, los dirigentes comunistas en la URSS pensaban que, gracias a la plusvalía, la acumulación se realizaría en el sector nacionalizado de su economía, ya que durante todo un período, aquel llamado de la “Nueva Política Económica” (NEP, de 1921 a 1927), había dos sectores en la economía soviética: un sector privado y un sector nacional. Pero la experiencia demostró que, lejos de liberar una plusvalía, el sector nacionalizado más bien representaba un gasto para el Estado, absorbiendo lo que se deducía, por concepto de impuestos, de los beneficios de las empresas privadas. Era imposible, por lo tanto, lograr por este medio la acumulación de capital.

Fue entonces cuando se desarrolló dentro del partido comunista soviético una larga y apasionada discusión, mal estudiada, por lo general, en Occidente, y todavía peor estudiada en la Unión Soviética, donde nunca se habla de ella. Vale la pena que la consideremos, puesto que menciona muchos de los problemas que nos preocupan con respecto a los métodos de formación de los primeros capitales necesarios para el desarrollo económico.

Había, pues, necesidad de capitales, y según un episodio—al cual me referiré más adelante—, se pensó que Marx había escrito sobre la acumulación primitiva, lo que les sirvió de inspiración durante mucho tiempo. El teórico de la operación fue Preobrajenski, en una obra escrita en 1926, que lleva por título, si no me equivoco, “La Nueva Economía”. El fue quien inventó, según creo, la fórmula de la acumulación primitiva socialista, la cual horrorizó a los marxistas ortodoxos, ya que consideraban que la acumulación primitiva es anterior al capitalismo; el socialismo sigue al capitalismo y, por tanto, la idea de que pudiera existir una acumulación primitiva socialista les parecía una herejía contra la doctrina marxista.

Preobrajensky se refiere al último capítulo de “El Capital”. Descarta lo que decía Marx acerca del pillaje colonial, por impracticable; pero preconiza—ésta es la expresión que emplea—la explotación de los campesinos a beneficio del socialismo. Expresa esto con el lenguaje abstracto típico de los economistas marxistas. “Cuanto mayor sea el atraso económico de un país que está pasando a la organización socialista de la producción, tanto menor será la herencia que recibirá el proletariado en el momento de la revolución social como fondo de su acumulación socialista. Cuanto más pueda la acumulación socialista basarse proporcionalmente en la apropiación de una parte del producto suplementario de las formaciones económicas presocialistas, tanto menos pesará la acumulación sobre su propia base de producción, o sea, menos se alimentará del producto suplementario de los trabajadores de la industria socialista”.

No se tardó en ver, con la experiencia, todo lo de inhumano que se ocultaba detrás de este lenguaje abstracto. Efectivamente, desde el punto de vista social, desde el punto de vista humano. la industrialización soviética de los primeros planes quinquenales fue una especie de concentrado de todos los horrores y atrocidades que Marx había descrito para el período de acumulación primitiva y del capitalismo inicial.

Se comenzó por la colectivización de las tierras, que Marx había llamado expropiación de la población campesina. Las tierras fueron colectivizadas por medio de las peores violaciones; por una parte, porque el sistema de las haciendas colectivas facilitaba las deducciones masivas sobre la producción agrícola, cuya venta suministraría los capitales indispensables; y, por otra, porque el sector de la población rural, expulsada del campo, proporcionaría a la industria que se estaba desarrollando la mano de obra barata que precisaba. Esto es una transposición exacta del esquema que Marx trazó de la expropiación de los campesinos por los agricultores capitalistas, con la diferencia de que las violencias descritas por Marx nunca alcanzaron la magnitud de las que conoció el campesinado soviético. Por otra parte, la expropiación que los capitalistas habían llevado en su favor, por lo menos llenaba una función económica, asegurando un alto nivel de la producción agrícola, mientras que el sistema de “koljoses” ha hundido a la agricultura soviética en un marasmo continuo.

La lección fue clara, y, sin embargo, todos los comunistas que llegaron al poder en Europa Oriental y en China siguieron el mismo camino. Cuando Mao Tse Tung decreto la colectivización agraria (la segunda revolución agraria bajo el régimen comunista chino), habló en términos bastante parecidos a los de Preobrajenski. En ese decreto (1955), que tiene carácter de informe, decía: “La industrialización socialista no puede realizarse en forma aislada, sin nexos con la cooperación agrícola, es decir, con la colectivización de las tierras. Se necesita gran cantidad de fondos para llevar a cabo la industrialización del país, y la agricultura puede proporcionar una parte considerable de estos fondos”. Así, pues, el desarrollo económico en el modelo soviético se basa en una explotación masiva de los campesinos. Sabemos que esta explotación todavía persiste.

El desarrollo económico se basa también en una explotación intensa de las masas proletarias y, a este respecto. el modelo soviético se parece más a aquel que Marx había sacado del primer capitalismo que al esquema de la acumulación primitiva. Preobrajenski escribe en la obra citada más arriba una frase bastante terrible: “Hay que señalar aquí que la temible miseria de la guerra y de la revolución, la enorme disminución de las necesidades habituales dc la dase obrera, han sido y siguen siendo un factor de la acumulación socialista, por cuanto que después de un pasado tan reciente de miseria, la clase obrera consigue mas fácilmente limitar ella misma sus necesidades durante los años en que las tareas de la acumulación socialista figuran en primer plano”.

Es decir, que durante todo el período de la acumulación primitiva socialista. se especuló con las costumbres de la miseria, cundidas e inculcadas por la guerra y la revolución en las masas trabajadoras de Rusia, para hacer una deducción sobre el producto del trabajo y explotar vergonzosamente a estas masas obreras. Probablemente Preobrajenski, que era un buen hombre, no pensaba que las cosas llegarían al extremo a que llegaron, pero llegaron muy lejos. Ningún proletariado del mundo sufrió tanto durante el período de la industrialización como lo que sufrió el proletariado en Rusia, y éste no sufrió voluntariamente, por amor a la causa. Se hizo necesaria no sólo la coacción económica, sino también la coacción política y social. Hubo que recurrir a la fuerza física y al temor, lo mismo que hubo que recurrir al terror y a la fuerza física para romper la resistencia de los campesinos frente a la colectivización.

En su capítulo sobre los comienzos del capitalismo industrial, Marx escribe que la fuerza es un agente económico. Lo decía censurando los horrores de su aplicación con bastante razón. Pero los dirigentes soviéticos, en vez de tomarlo como tal censura, lo entendieron como un consejo. Se podría demostrar cómo se conseguían los capitales en la economía soviética, utilizando otras formas también inspiradas en el modelo de la acumulación primitiva. Después de la segunda guerra mundial, en las democracias populares y en China, se llevó a cabo el pillaje colonial, que había sido descartado por Preobrajenski por impracticable Las exacciones fiscales, la explotación de la deuda pública por medio de préstamos forzados son, entre otros, los procedimientos aludidos. Por cierto que estos préstamos forzados fueron suprimidos por Khrushchev hace algunos años, pero con la observación de que no serían reembolsados. No entraré en más detalles, pero sí quiero dar mi opinión. Hay asuntos en los que la mejor manera de ser objetivo no consiste en abstenerse de juzgar, sino en explicar cuál es el criterio con el que se juzga.

Ustedes no se sorprenderán si, en mi carácter de sindicalista, yo hablo, en primer término, de la miseria de los obreros. No estoy seguro, a pesar de lo que se dice a menudo, de que el modelo soviético, que se dice socialista. sea el más eficaz, sea aquel cuya aplicación permite el desarrollo económico más rápido. Diría que estoy seguro de lo contrario. Y, de todos modos, aun cuando fuese el medio más rápido para fabricar una gran cantidad de toneladas de acero, yo no lo aprobaría, porque para mí la dignidad y el bienestar de los hombres, considerados individualmente, son más importantes que montañas de hierro.

A más de un siglo de distancia, nos sentimos todavía afligidos o indignados por los sufrimientos de los obreros europeos de 1815 a 1850. Y todavía está vivo el remordimiento por estos hechos en la conciencia europea y en la conciencia universal. ¿Qué diremos, entonces, de los sufrimientos diez veces peores que ha soportado el proletariado ruso? Hoy en día, aquellos jóvenes de Rusia que tratan de liberarse del yugo intelectual y que por ciertas revelaciones leales por unos dirigentes actuales, comienzan por pensar en estas cosas, empiezan a decir a sus padres: “Ustedes nos han mentido y nos han permitido cometer actos vergonzosos”. Y a medida que se enteran de lo que se les ha ocultado; a medida que se dan cuenta de lo ocurrido en la Unión Soviética durante los treinta años anteriores, aquel mismo remordimiento que a veces nos mortifica cuando pensamos en Europa Occidental, fundando su nuevo poder industrial sobre el niños de ocho años, ese mismo remordimiento—digo—, embargará, a su vez, el ánimo de las jóvenes generaciones soviéticas. Y debemos temer que nos pidan cuentas a nosotros también, porque no dijimos nada, porque dejamos hacer, porque evocando pretextos de paz, muy legítimos sin duda, hemos fraternizado y buscado la conciliación. En ciertos períodos. y en los períodos más atroces del terror entre los años 1936 y 1938, muchos occidentales iban a las embajadas soviéticas a beber el vodka y comer el caviar de la fraternidad, mientras sucedían estos horrores.

Guy Lemonnier

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FS #189 – Memoria episcopal

Fichero

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En conmemoración anticipada del cumpleaños de Mme. C. G.

Seguramente es el 11 de abril de 2002, del que se cumplen seis años el viernes de esta semana, una de las fechas políticas más significativas para Venezuela en tiempos recientes. Constituyó, sin duda, el clímax de un creciente proceso de repudio a la gestión presidencial de Hugo Chávez entre esa fecha y su asunción al poder, el 2 de febrero de 1999. El anticlímax que le siguió, con las acciones anticonstitucionales de Pedro Carmona Estanga al día siguiente, repuso en rápida bajamar al presidente destituido, quien por primera vez vistió sus ropas de cordero. El escarmiento, sin duda, no le duró mucho.

A pesar de adolecer él mismo de una falla de origen—su intentona del 4 de febrero de 1992—las soterradas acciones conspirativas que subyacían a las manifestaciones de calle de una dócil e ingenua masa opositora, le han servido desde entonces para etiquetar a la oposición como golpista. Ésta nunca ha sabido repudiar con claridad al “carmonazo”. Por la época, sólo Primero Justicia atinó a dar de baja de sus filas a Leopoldo Martínez, por haber aceptado un cargo de ministro de Carmona sin haber enterado a su partido. Casi que la única voz opositora que alertara a la población del desaguisado protagonizado por Carmona fue la de Teodoro Petkoff, quien en la noche misma del 12 de abril repudió el exabrupto anticonstitucional que hacía pocas horas se había escenificado en el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores. El lunes siguiente, Allan Randolph Brewer Carías, acusado de haber redactado el monstruoso decreto de Carmona—rubricado allí por el cardenal Velasco, Manuel Rosales, José Curiel Rodríguez y Rocío Guijarro, entre otros, pero ignorado por la CTV—desmintió la especie. Según él, se le había presentado el documento y lo había declarado incorrecto, por lo que sólo habría podido introducir en él “correcciones de estilo”.

Hay quienes recomiendan no censurar estas acciones, ni la posterior toma de la Plaza Francia en Altamira por militares, ni el paro petrolero. Pero la verdad es que al no haberse distanciado nítidamente de tales torpezas, en buena parte del electorado la dirigencia opositora es asociada con una prédica hipócrita, que dice oponerse a Chávez porque es demócrata y en las obras se expresa con preferencia por dictaduras y golpes de Estado.

Monseñor Baltazar Porras, notorio protagonista en aquel momento—porque el propio Chávez quiso cobijarse bajo su sotana—, ha escrito unas interesantes memorias, uno de cuyos capítulos está dedicado a los primeros meses de 2002. La Ficha Semanal #189 de doctorpolítico recoge tres secciones de ese capítulo casi por entero; son las que relatan sus experiencias del 11 de abril y la madrugada siguiente. Llaman la atención en su relato algunas visitas que hiciera en esas fechas: a la casa de Gustavo Cisneros para un almuerzo en honor del Embajador de los Estados Unidos (donde se encontró con Alfredo Peña y Luis Miquilena, y también con “los directivos de los principales canales de televisión caraqueños”); a Venevisión (donde una vez más estaba Luis Miquilena, así como Rafael Poleo y Enrique Mendoza); a Televén, adonde el general Néstor González González le indicara dirigirse pues, al decir de Porras, ahí operaba “el comando que negociaba con Miraflores”.

Los fragmentos reproducidos narran las dramáticas conversaciones telefónicas del obispo con Chávez y el ministro Rodríguez Chacín. Seguramente monseñor Porras no estaba, como se dice vulgarmente, en el ajo, pero tuvo oportunidad de estar muy cerca del elenco del procesito que era el “carmonazo”.

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Memoria episcopal

El día jueves 11, tuvo lugar la multitudinaria marcha que se dirigió desde distintas zonas de la ciudad hacia una zona céntrica de Caracas. El Cardenal Velasco me llamó en la mañana de ese día para solicitarme que lo representara en el encuentro-almuerzo organizado con el fin de darle la bienvenida al nuevo embajador estadounidense. La reunión estaba convocada para las once de la mañana en una quinta del Country Club, propiedad del señor Gustavo Cisneros. Me dirigí a la cita. Dejé mi celular con las secretarias porque tenía previsto regresar inmediatamente para la rueda de prensa. Fue una ingenuidad de mi parte, pues quedé incomunicado. En el encuentro, estaban representantes religiosos Judíos y Evangélicos, y mi persona. También, los directivos de los principales canales de televisión caraqueños. Entre los políticos, se encontraban el alcalde señor Alfredo Peña y el Dr. Luis Miquilena. El Embajador Charles Shapiro, quien apenas tenía en el país menos de un mes, llegó con dos o tres asistentes.

En la sala principal de la casa, había una pantalla de televisión que era el centro de atención de todos los presentes, dada la magnitud de la manifestación popular en desarrollo. La preocupación comenzó cuando la marcha se dirigió hacia el centro de la ciudad. Se adelantó entonces, el sentamos a la mesa. El anfitrión dirigió unas palabras y luego fuimos invitados a participar. Prácticamente todos hablamos de lo mismo, desde la perspectiva particular de cada quien: bienvenida, situación convulsa del país, necesidad de trabajar por la paz y armonía de los venezolanos.

La comida fue servida con rapidez. Apenas la probé. Había tensión y se recomendó que cada uno regresara cuanto antes a su domicilio porque se tenía información de que se estaba activando el Plan Ávila. Los que no teníamos idea de qué se trataba, fuimos ilustrados de que estaba en acción el primer paso, la llamada operación laberinto: dar órdenes disímiles a cada organismo de seguridad o protección al ciudadano para impedir que la gente se trasladara de un lugar a otro, incluidas las entradas o salidas de la ciudad.

Mientras, en la Conferencia Episcopal, se hicieron presentes los Medios de Comunicación para la rueda de prensa pautada. Al no encontrarme en la Sede, el Secretario General, Mons. José Luis Azuaje Ayala presidió la reunión, que como nota extraordinaria, se realizó en la Capilla central del primer piso, para pedir al Señor por la paz. Los periodistas no pudieron abandonar la sede de !a Conferencia hasta entrada la tarde, debido a la situación que se estaba viviendo en el centro de la ciudad.

Como la salida del almuerzo fue antes de la hora prevista, nadie había llegado a buscarme. Me tocó pedir que me llevaran a Montalbán. Me pusieron carro y chofer a disposición. De una vez, se me dijo que desde el Country Club hacia el Oeste de la Capital era imposible transitar, debido a la marcha y por la activación del Plan Ávila.

Optamos buscar salir por Baruta, Universidad Simón Bolívar y Hoyo de la Puerta, para luego entrar por la autopista hacia el oeste de Caracas. Tardamos más de dos horas en este trayecto.

Al chofer se Ie agotó la tarjeta de su celular. Seguíamos como podíamos la transmisión de la marcha por la radio. Todas las emisoras que sintonizábamos se oían muy mal porque había interferencias. Comenzó la cadena presidencial. En la bajada de Tazón se nos informó que no dejaban salir a nadie por el peaje ni acceder a la ciudad por la autopista.

Fuimos interceptados por la Guardia Nacional que estaba atravesada en la vía. Comenzaron disparos de fusiles Fal al aire y se armó la desbandada, retrocediendo todos, como se podía, en medio de los numerosos vehículos que copaban la vía.

Opté por pedirle al conductor que intentáramos llegar hasta la Casa Parroquial de la Santísima Trinidad de Prados del Este. Así lo hicimos. Llegamos a duras penas, pasadas las cinco de la tarde. Hasta allí me acompañó el chofer. Los Padres Eduardo Dubriske y William Rodríguez me recibieron. En sus rostros se notaba la preocupación por lo que estaba pasando. Fue entonces cuando me enteré de que había habido tiros, muertos y heridos entre los manifestantes que llegaban al Centro de Caracas; y supe de los manifiestos públicos de varios componentes de las Fuerzas Armadas. Me ofrecieron un refresco y galletas. Al fin, pude comunicarme con la Conferencia Episcopal y con el Cardenal Velasco. Estaban preocupados, porque no sabían de mi paradero. Les conté la aventura vivida durante cinco horas. El Cardenal Velasco me pidió que me dirigiera a alguno de los canales de televisión para hacer un llamado a la calma y pedir que cesaran las muertes.

El Padre William Rodríguez me llevó en su carro. No sabíamos a donde dirigirnos. Tomamos camino hacia Globovisión o Venevisión. Llegamos a este último canal anocheciendo, Pudimos entrar y fui llevado de una vez a los estudios, Había muchísima gente de todos los estratos políticos, empresariales y comunicacionales. Entré directamente al aire. En ese momento, dirigía el Periodista Napoleón Bravo. Quedé sobrecogido por las escenas que veía en la pantalla, Ofrecí unas palabras condenando la violencia, llamando a la calma y a la búsqueda de soluciones pacificas. El congestionamiento de vehículos en los alrededores del canal hizo que el P. William tuviera que irse. Quedé de nuevo solo, sin celular y sin vehículo. La confusión reinante en los pasillos del canal era grande. Cada quien opinaba o decía lo que sabía o Ie habían dicho. Solicité me trasladaran a Montalbán. En aquel caos, era difícil encontrar a alguien que decidiera o pudiera hacer algo por mí.

Me invitaron a subir al piso de la presidencia del canal. Allí también había mucha gente. En ese momento, en los estudios estaban entrevistando al Dr. Luis Miquilena. Los presentes lo seguían a través de una gran pantalla. Los celulares no paraban de sonar ni las personas de hablar. Parecía un mercado donde cada quien vociferaba lo suyo. No lograba comunicarme con la Conferencia Episcopal a través de !os teléfonos allí instalados. Saludé al Periodista Rafael Poleo, quien estaba a mi lado, Luego apareció el Gobernador del Estado Miranda, Sr. Enrique Mendoza, quien como yo, buscaba algo para comer y saciar la sed. Fue poco lo que encontramos. Hacia las 10 p.m. logré que me llevaran hasta Montalbán, sede de la Conferencia Episcopal. El tráfico era escaso, por lo que llegamos en pocos minutos.

En el quinto piso del edificio de la Conferencia Episcopal, se ubica la sala de estar con la pantalla de televisión. Allí se encontraban Mons. Ovidio Pérez Morales, Mons. José Luis Azuaje, Mons. Jorge Villasmil, y los Padres Aldo Fonti y José Gregorio Quintero. Compartimos experiencias y angustias viendo los acontecimientos del día, que eran trasmitidos por los medios de comunicación. Por fin recuperé mi celular. Obispos, sacerdotes, familiares y amigos llamaban en busca de noticias. Poco era lo que podíamos aportar.

Hacia las 12.30 de la madrugada, ya del viernes 12 de abril, recibí una llamada inesperada. El Ministro del Interior y Justicia, Sr. Ramón Rodríguez Chacín, preguntó sí era yo el que contestaba, y sin más, me dijo que el Presidente Chávez quería hablar conmigo y me lo pasó. Con voz grave me saludó, pidió la bendición y me dijo: perdóneme todas las barbaridades que he dicho de usted. Lo llamo para preguntarle si está dispuesto a resguardar mi vida y la de los que están conmigo en Miraflores. En vista de los acontecimientos suscitados hoy, he conversado con mis colaboradores y he decidido abandonar el poder. Unos están de acuerdo y otros no. Pero es mi decisión. No quiero que haya más derramamiento de sangre, aunque aquí en el Palacio estamos suficientemente armados para defendernos de cualquier ataque, pero no quiero llegar a eso.

Le respondí que como sacerdote estaba dispuesto a hacer lo posible por la vida de cualquier persona, Máxime, si me lo estaba pidiendo. Agregó; lo que yo quiero es salir del país, si se garantiza Ia vida de los que están conmigo. Le pido a Vd. que me acompañe hasta la escalerilla del avión o inclusive que me acompañe si es el caso.

¿Qué debo hacer?, le contesté. Me respondió: véngase al Palacio de Miraflores y aquí hablamos. Le paso al Ministro para más detalles. Le pedí un numero telefónico del que Mons. Azuaje tomó nota. Me indicó, además, que cuando estuviéramos cerca lo llamara para abrirnos la puerta del Palacio.

Mi rostro delataba que algo fuera de lo común había sido objeto de aquella conversación. Cuando conté a los que me rodeaban con quién acababa de hablar y el tenor de lo intercambiado, todos se pusieron de pie y oyeron mi relato. De inmediato, Mons. Ovidio Pérez Morales pidió que nos juntáramos, entrecruzamos los brazos y musitó una oración. Así son los caminos de Dios, inescrutables, sentenció.

Luego dialogamos sobre qué debíamos hacer. Todos descartaron la idea de salir directamente para Miraflores. EI único vehículo que teníamos a disposición era el pequeño carrito del Padre Aldo Fonti. Cualquier bala perdida atravesaría sin problemas la débil carrocería. Durante unos minutos, discernimos las opciones a seguir. Volvimos a llamar al Ministro para preguntarle si tenía algún vehículo a disposición que viniera a buscarme. Negó esa posibilidad. Indicó que me acercara y ellos estarían pendientes.

Pasado un lapso de tiempo llamó el Secretario de la Nunciatura, Mons. Kuriakose Bharanikulangara, pues el Sr. Nuncio estaba ausente del país. El día 9 de abril, en efecto, había salido para Francia a ver a su papá que estaba bastante delicado de salud. El Secretario tenía dificultad en el manejo del castellano y estaba preocupado por lo que sucedía. Había sido llamado, tanto de Miraflores como de varias Embajadas. Le expliqué lo de la llamada del Presidente y quedó más tranquilo, Entre otras cosas, nos enteramos que, vía la embajada de España, hubo un pedimento del propio Fidel Castro al Jefe del Gobierno Español, Don José María Aznar, para que se le recibiera en la Península, pues el mandatario cubano manifestaba no querer recibirlo en la isla caribeña.

Seguidamente, llamé a Mons. José Hernán Sánchez Porras, Obispo Castrense, para consultarle con quién podía hablar sobre la petición de Miraflores. Nos indicó que lo mejor era dirigirse al General Efraín Vázquez Velasco y me dio su numero telefónico, pero fue imposible la comunicación. Mons. Sánchez Porras logró comunicarse con él y le trasmitió el mensaje.

Al rato, llamó el General Néstor González González de parte del Comandante General. Le hablé sobre la petición del Presidente y le ratifiqué que yo estaba dispuesto a ir a Miraflores. Indicó de inmediato que eso era improcedente por razones de seguridad personal y por el peligro de que me tomaran como rehén. En dado caso, en Miraflores tenían toda la logística para movilizarse si estaban dispuestos a buscarme, pues él era el Presidente en ejercicio. Me indicó que me trasladara a Televén donde estaba el comando que negociaba con Miraflores. En conversación posterior con el Ministro Rodríguez Chacín, le hice esa notificación. Estuvo de acuerdo, puesto que en primera instancia el Presidente se iba a dirigir a ese canal televisivo. Allí comenzaría la labor sacerdotal solicitada.

Baltazar Enrique Porras Cardozo

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FS #188 – Lazos perfectibles

Fichero

LEA, por favor

La semana pasada se reprodujo acá un entusiasta artículo de Mario Vargas Llosa, en elogio de Barack Obama y su campaña por la Presidencia de los Estados Unidos, y se aludió al discurso de éste del 18 de marzo, sobre el tema racial. Álvaro Vargas Llosa, hijo del gran escritor peruano, se sintió obligado hace unos días a reconocer las destacadas virtudes de ese discurso, en artículo—El discurso de Obama—publicado el 27 de marzo pasado.

Menos amplio que su padre, Vargas Llosa hijo debió escribir, a pesar de advertir distancias entre Obama y él, cosas como las siguientes: “Elogio ese discurso con la salvedad de que no comparto muchas de las ideas del candidato sobre el papel del Estado… En cualquier caso, el discurso fue al meollo de la cuestión racial en Estados Unidos… [E]l mero hecho de que un hombre con posibilidades reales de llegar a la presidencia esté dispuesto a tratar en público estas verdades inefables ha convertido a esta campaña presidencial, por un breve instante, en algo muy significativo”.

El ineludible YouTube, que usualmente admite videos de no más de diez minutos de duración, aloja el discurso entero de Obama, que cubre más de treinta y siete. En las primeras cuarenta y ocho horas después de su inserción, más de dos millones y medio de personas habían visto el video del discurso de Obama.

La Ficha Semanal #188 de doctorpolítico reproduce in toto ese discurso, en traducción que debió hacerse a propósito, pues no fue posible obtener una versión en español, ni siquiera en el sitio web de Barack Obama. Es la segunda ficha más larga que haya publicado doctorpolítico, pero así como YouTube, esta publicación apuesta a que será una pieza de extraordinario interés para los lectores.

En él revela Obama un temple digno de encomio, pues se fajó con un issue de campaña que amenazaba con enredarlo en grado sumo: el pastor de la iglesia a la que Obama pertenece, Jeremías Wright, había orado sermones que contenían afirmaciones muy agresivas y distorsionadas sobre el problema racial estadounidense. En lugar de minimizar la importancia del hecho y tratar de quitar significado a su relación con Wright, el precandidato demócrata tomó el toro por los cuernos y salió airoso.

Álvaro Vargas Llosa destacó todavía otro rasgo de la honestidad de Obama: “…trascendió no sólo las fronteras raciales sino también las ideológicas cuando elogió el valor de la responsabilidad individual, refiriéndose a él como un valor ‘conservador’, con lo cual quiso decir que no tenía ningún complejo a la hora de valorar lo que es una piedra angular de la visión social del adversario”.

Ya su padre había dicho de Obama, con ocho meses y pico de antelación: “No es un político al uso, sino una personalidad singular, excepcionalmente franca y persuasiva, que evita los estereotipos y las banalidades y no vacila en ir contra la corriente en defensa de sus convicciones… Los términos claves de su discurso son reconciliación, solidaridad, abrir más y más oportunidades para todos y emprender una lucha implacable contra la corrupción, los favoritismos, el privilegio y el abuso”.

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Lazos perfectibles

“Nosotros, el pueblo, con el fin de formar una unión más perfecta”.

Hace doscientos veintiún años, en un salón que aún está al cruzar la calle, se reunió un grupo de hombres que, con esas simples palabras, lanzó el improbable experimento democrático de América. Granjeros y académicos, estadistas y patriotas que habían cruzado un océano para escapar a la tiranía y la persecución, proclamaron finalmente su declaración de independencia en una convención en Filadelfia que se extendió hasta la primavera de 1787.

El documento que produjeron y fue luego firmado no estaba terminado. Estaba manchado por el pecado original de la esclavitud en esta nación, una cuestión que dividió a las colonias y llevó a la convención a un estancamiento, hasta que los fundadores optaron por permitir que el tráfico de esclavos continuara por al menos veinte años más, y por dejar cualquier resolución final a futuras generaciones.

Por supuesto, la respuesta a la cuestión de la esclavitud ya estaba engastada en nuestra Constitución, una Constitución que en su mismo núcleo tenía el ideal de una ciudadanía igual bajo la ley; una Constitución que prometía a su pueblo libertad y justicia, y una unión que podía y debía ser perfeccionada con el tiempo.

Sin embargo, las palabras en el pergamino no serían suficientes para liberar a los esclavos de sus ataduras, ni para proveer a los hombres y mujeres de todo color o credo con todos sus derechos y obligaciones como ciudadanos de América. Se necesitaría americanos de sucesivas generaciones que estuvieran dispuestos a hacer lo suyo, mediante la protesta y la lucha, en las calles y en los tribunales, a través de una guerra civil y la desobediencia civil, siempre con gran riesgo, para estrechar la brecha entre la promesa de nuestros ideales y la realidad de su tiempo.

Fue ésa una de las tareas que nos impusimos al comienzo de esta campaña: continuar la larga marcha de aquellos que nos precedieron, una marcha por una América más justa, más igualitaria, más libre, más compasiva y más próspera. Decidí optar por la presidencia en este momento porque creo profundamente que no podremos resolver los retos de nuestro tiempo a menos que los resolvamos juntos, a menos que perfeccionemos nuestra unión comprendiendo que podemos tener distintas historias, pero sostenemos esperanzas comunes; que podemos lucir diferentes y haber venido de sitios distintos, pero todos queremos movernos en la misma dirección: hacia un mejor futuro para nuestros hijos y nuestros nietos.

Esta creencia surge de mi inquebrantable fe en la decencia y la generosidad del pueblo americano. Pero también nace de mi propia historia americana.

Soy el hijo de un hombre negro de Kenya y una mujer blanca de Kansas. Fui criado con la ayuda de un abuelo blanco, que sobrevivió a la Depresión para servir en el ejército de Patton en la Segunda Guerra Mundial, y de una abuela blanca, que trabajó en una línea de ensamblaje de bombarderos en Fort Leavenworth mientras él se encontraba allende los mares. He estudiado en algunas de las mejores escuelas de América y he vivido en una de las naciones más pobres del mundo. Estoy casado con una negra americana que lleva en ella la sangre de esclavos y propietarios de esclavos, una herencia que pasamos a nuestras dos preciosas hijas. Tengo hermanos, hermanas, sobrinas, sobrinos, tíos y primos de toda raza y color, dispersos por tres continentes y, mientras viva, no olvidaré nunca que en ningún otro país de la tierra es mi historia siquiera posible.

Es una historia que no me ha convertido en el más convencional de los candidatos. Pero es una historia que ha marcado en mi dotación genética la idea de que esta nación es más que la suma de sus partes, que a partir de muchos somos, en verdad, uno.

A lo largo del primer año de esta campaña, en contra de todas las predicciones en contrario, vimos cuán hambriento estaba el pueblo americano de este mensaje de unidad. A pesar de la tentación de ver mi candidatura a través de un lente puramente racial, hemos tenido resonantes victorias en estados con algunas de las poblaciones más blancas del país. En Carolina del Sur, donde todavía flamea la Bandera Confederada, construimos una poderosa coalición de afroamericanos y americanos blancos.

Esto no es lo mismo que decir que la raza no ha sido un tema en la campaña. En distintos momentos de la campaña, algunos comentaristas me han considerado o “demasiado negro” o “no suficientemente negro”. Vimos burbujear en la superficie las tensiones raciales durante la semana previa a la primaria de Carolina del Sur. La prensa ha escudriñado toda encuesta en busca del menor signo de polarización racial, no sólo en términos de blanco y negro, sino también en términos de negro y pardo.

Y, sin embargo, sólo ha sido en las últimas dos semanas que la discusión de la raza en esta campaña ha asumido un giro particularmente divisivo.

En un extremo del espectro, hemos oído la implicación de que mi candidatura es, de algún modo, un ejercicio de acción afirmativa1; que sólo está basada en el deseo de liberales sorprendidos de comprar barata la reconciliación racial. Del otro lado, hemos oído a mi antiguo pastor, el reverendo Jeremías Wright, usar lenguaje incendiario para expresar puntos de vista que no sólo tienen el potencial de ampliar la división racial, sino que son puntos de vista que denigran tanto de la grandeza como de la bondad de nuestra nación, que sin duda ofenden por igual a blancos y negros.

Ya he condenado, en términos inequívocos, los puntos del reverendo Wright que han causado esa controversia. Para algunos, todavía quedan preguntas irritantes. ¿Sabía yo que él era un fiero crítico ocasional de la política doméstica y exterior de los Estados Unidos? Por supuesto. ¿Le escuché alguna vez afirmaciones que pudieran considerarse controversiales mientras estaba en su iglesia? Sí. ¿Estuve fuertemente en desacuerdo con muchos de sus puntos de vista políticos? Absolutamente, del mismo modo que, estoy seguro, ustedes han escuchado afirmaciones de sus pastores, sacerdotes o rabinos con las que estaban fuertemente en desacuerdo.

Pero las afirmaciones que causaron este reciente incendio no eran meramente controversiales. No eran simplemente el esfuerzo de un líder religioso por hablar en contra de injusticias percibidas. En vez de eso, expresaban una visión de este país profundamente distorsionada, una visión que cree que el racismo blanco es endémico, y que eleva lo que está mal en América por sobre todo lo que sabemos está bien en América; una visión que cree que los conflictos en el Medio Oriente están primariamente enraizados en las acciones de aliados decididos como Israel, en lugar de emanar de las odiosas y perversas ideologías del islamismo radical.

Como tales, los comentarios del reverendo Wright no sólo fueron erróneos, sino divisivos; divisivos en momentos cuando necesitamos la unidad, racialmente cargados en un tiempo cuando necesitamos unirnos para resolver un conjunto de problemas monumentales: dos guerras, una amenaza terrorista, una economía que cae, una crisis crónica del cuidado a la salud y un cambio climático potencialmente devastador. Son problemas que no son ni negros ni blancos, ni latinos ni asiáticos, sino más bien problemas que todos confrontamos.

Dados mi trayectoria, mi política y los valores e ideales que profeso, sin duda habrá aquellos para los que mis palabras de condenación no son suficientes. Preguntarán: ¿por qué asociarme con el reverendo Wright, en primer lugar? ¿Por que no me uní a otra iglesia? Y debo confesar que si lo único que conociera del reverendo Wright fuesen las pequeñas partes de esos sermones que han circulado interminablemente en la televisión y en YouTube, o si la Iglesia Unida de la Trinidad correspondiese con las caricaturas vendidas por algunos comentaristas, no hay duda de que yo hubiera reaccionado de forma muy parecida.

Pero la verdad es que eso no es todo lo que yo sé de ese hombre. El hombre que conocí hace más de veinte años es un hombre que ayudó a introducirme en mi fe cristiana, un hombre que me habló de nuestra obligación moral de amarnos los unos a los otros, de cuidar a los enfermos y levantar a los pobres. Él es un hombre que sirvió a su país como infante de marina, que ha estudiado y enseñado en algunas de las mejores universidades y los mejores seminarios del país, y que durante más de treinta años dirigió una iglesia que sirve a la comunidad haciendo el trabajo de Dios aquí en la tierra, alojando a quienes no tienen techo, ayudando a los necesitados, proveyendo servicios de cuidado diario, becas y ministerio en las prisiones, así como acercándose a los que sufren de SIDA.

En mi primer libro, Sueños de mi padre, describí la experiencia de mi primer servicio en la Trinidad:

“La gente comenzó a gritar, levantándose de sus asientos para aplaudir y aclamar, mientras un viento poderoso acarreaba la voz del reverendo arriba hasta la cúpula… Y en esa simple nota—¡esperanza!—oí algo más; al pie de esa cruz, dentro de las miles de iglesias a través de la ciudad, imaginaba las historias de gente negra ordinaria mezclándose con las historias de David y Goliat, Moisés y el Faraón, los cristianos en la guarida de los leones, el campo de huesos secos de Ezequiel. Estas historias—de supervivencia, de libertad y de esperanza—se convirtieron en nuestra historia, en mi historia; la sangre que se había derramado era nuestra sangre, las lágrimas las nuestras; hasta que esta iglesia negra, en este brillante día, parecía una vez más el vehículo que llevaba la historia de una gente a las futuras generaciones y a un mundo más grande. Nuestras pruebas y nuestros triunfos se hicieron a la vez únicos y universales, negros y más que negros; al hacer la crónica de nuestro viaje, las narraciones y los cánticos nos dieron un medio de reclamar recuerdos de los que no necesitábamos tener vergüenza… recuerdos que todo el mundo podía estudiar y querer, con los que podíamos comenzar a reconstruir”.

Ésa ha sido mi experiencia en la Trinidad. Como otras iglesias predominantemente negras del país, la Trinidad abarca la comunidad negra en su totalidad: el doctor y la madre asistida, el estudiante modelo y el antiguo pandillero. Como otras iglesias negras, los servicios de la Trinidad están llenos de risa ruidosa y humor a veces indecente. Está llena de danza, aplausos, gritos y alaridos que pueden ser irritantes para el oído no adiestrado. La iglesia contiene, a plenitud, la amabilidad y la crueldad, la fiera inteligencia y la chocante ignorancia, las luchas y los éxitos, el amor y, sí, la amargura y la parcialidad que componen la experiencia negra en América.

Y esto ayuda a explicar, quizás, mi relación con el reverendo Wright. Por imperfecto que pueda ser, ha sido como un familiar para mí. El fortaleció mi fe, ofició en mi boda y bautizó mi prole. Ni una sola vez, en mis conversaciones con él, le escuché hablar de ningún grupo étnico en términos derogatorios, o tratar blancos con los que interactuara de un modo que no fuera cortés y respetuoso. Él contiene dentro de sí las contradicciones—lo bueno y lo malo—de la comunidad a la que ha servido diligentemente por tantos años.

No puedo renegar de él como tampoco puedo renegar de la comunidad negra. No puedo renegar de él como no puedo hacerlo con mi abuela blanca, una mujer que ayudó a criarme, una mujer que se sacrificó una y otra vez por mí, una mujer que me ama tanto como pueda amar cualquier cosa en el mundo, pero es una mujer que alguna vez admitió su miedo de los hombres negros que pasaran en la calle junto a ella, y que en más de una ocasión profirió estereotipos raciales o étnicos que me hicieron azorar.

Estas personas son parte de mí. Y son parte de América, este país que amo.

Algunos verán esto como un intento por justificar o excusar comentarios que son simplemente inexcusables. Les aseguro que no es así. Supongo que lo políticamente prudente sería alejarse de este episodio y esperar nada más que se desvaneciera en la oscuridad. Podemos descartar al reverendo Wright como un desquiciado o un demagogo, tal como algunos han descartado a Geraldine Ferraro, luego de sus recientes declaraciones, como si alojaran algún sesgo racial profundamente asentado.

Pero la raza es un tema que yo creo que la nación no puede darse el lujo de ignorar. Cometeríamos el mismo error del reverendo Wright: simplificar y estereotipar y amplificar lo negativo hasta el punto de distorsionar la realidad.

El hecho es que los comentarios que se han producido y los asuntos que han emergido, en las últimas semanas, reflejan complejidades de lo racial en este país que realmente no hemos trabajado, una parte de nuestra unión que todavía tenemos que perfeccionar. Y si nos alejamos ahora, si sencillamente nos retiramos a nuestras respectivas esquinas, nunca seremos capaces de reunirnos y resolver retos como el cuidado de la salud, o la educación, o la necesidad de encontrar buenos empleos para todos los americanos.

La comprensión de esta realidad requiere un recordatorio de cómo llegamos hasta este punto. Como escribiera una vez William Faulkner: “El pasado no está muerto y enterrado. De hecho, ni siquiera es pasado”. No necesitamos recitar acá la historia de la injusticia racial en este país. Pero necesitamos recordar que muchas de las disparidades que existen en la comunidad afroamericana hoy en día provienen, en línea directa, de una generación anterior que sufrió bajo el brutal legado de la esclavitud y Jim Crow2.

Las escuelas segregadas eran, y son, escuelas inferiores; todavía no las hemos compuesto, cincuenta años después de Brown vs. el Consejo de Educación3, y la educación inferior que proveyeron, entonces y ahora, ayuda a explicar la generalizada brecha de logro entre los estudiantes negros y blancos de hoy.

La discriminación legalizada—por la que se impedía a los negros, a menudo con violencia, poseer propiedad, o que no se concediera préstamos a hombres de negocios afroamericanos, o que se excluyera a los negros de los sindicatos, o la fuerza policial o los bomberos—significaba que las familias negras no pudieran amasar ninguna riqueza significativa que legar a futuras generaciones. Esa historia ayuda a explicar la brecha de riqueza e ingreso entre negros y blancos, y los bolsones concentrados de pobreza que persisten hoy en tantas de nuestras comunidades urbanas y rurales.

Una carencia de oportunidades económicas entre los hombres negros, y la vergüenza y la frustración que producía el no ser capaz de proveer a sus familias, contribuyó a la erosión de las familias negras, lo que es un problema que puede haber sido agravado por muchos años de políticas de seguridad social. Y la falta de servicios básicos en muchos vecindarios urbanos de negros—parques para que jueguen los niños, policías de punto, recolección regular de la basura y mantenimiento de las ordenanzas de construcción—ayudó a crear un ciclo de violencia, deterioro y desidia que continúa espantándonos.

Ésta es la realidad en la que crecieron el reverendo Wright y otros afroamericanos de su generación. Maduraron a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta, en una época cuando la segregación era todavía ley en el país y la oportunidad era sistemáticamente constreñida. Lo que es digno de notar no es cómo muchos fracasaron frente a la discriminación, sino más bien cuántos hombres y mujeres vencieron las probabilidades, cuántos pudieron encontrar una salida en una situación sin salida para aquellos que, como yo, vendríamos después.

Pero junto con todos aquellos que rasguñaron y agarraron en el camino para tener un pedazo del sueño americano, hubo muchos que no lo lograron, aquellos que fueron en último término derrotados, de un modo u otro, por la discriminación. Ese legado de derrota fue pasado a futuras generaciones, los jóvenes y, cada vez más, las jóvenes que vemos paradas en las esquinas o languideciendo en nuestras cárceles, sin esperanza o perspectivas de futuro. Incluso para los negros que lo lograron, las cuestiones de la raza y el racismo continúan definiendo su visión del mundo en forma fundamental. Para los hombres y mujeres de la generación del reverendo Wright, los recuerdos de humillación, duda y temor no han desaparecido, ni tampoco la ira y la amargura de esos años. Puede que esa ira no se exprese en público, en frente de colaboradores o amigos blancos. Pero encuentra su voz en la barbería o alrededor de la mesa de cocina. A veces, esa ira es explotada por políticos, para ganar votos sobre líneas raciales o compensar sus propias debilidades.

Y ocasionalmente encuentra su voz en la iglesia los domingos por la mañana, en el púlpito como en los bancos. El hecho de que tanta gente se sorprenda de oír esa ira en algunos de los sermones del reverendo Wright, simplemente nos recuerda el viejo clisé de que la hora más segregada de la vida americana ocurre el domingo en la mañana. Esa ira no siempre es productiva; de hecho, demasiado a menudo distrae la atención de la solución de problemas reales, nos impide encarar directamente nuestra propia complicidad en nuestra condición, e impide que la comunidad afroamericana forje las alianzas necesarias para generar un cambio real. Pero la ira es real; es poderosa, y desear que simplemente se vaya, condenándola sin entender sus raíces, sólo sirve para hacer más ancha la grieta de incomprensión que existe entre las razas.

De hecho, una ira similar existe en segmentos de la comunidad blanca. La mayoría de los americanos blancos de clase media o trabajadora no siente que haya sido particularmente privilegiada por su raza. Su experiencia es la experiencia del inmigrante; por lo que a ellos atañe, nadie les regaló nada, han construido de la nada. Han trabajado duro todas sus vidas, muchas veces sólo para ver sus trabajos embarcarse al exterior o sus pensiones echadas a la basura después de toda una vida de trabajo. Están ansiosos por su futuro, y sienten que sus sueños se escapan; en una era de salarios estancados y competencia global, la oportunidad pasa a ser percibida como un juego de suma cero, en el que tus sueños existen a mi costa. Así que cuando les dicen que deben enviar a sus hijos a una escuela no muy próxima, cuando escuchan que un afroamericano tiene una ventaja para conseguir empleo o un cupo en una buena universidad por una injusticia que ellos mismos jamás cometieron, cuando se les dice que sus temores acerca del crimen en los vecindarios urbanos están de algún modo prejuiciados, su resentimiento crece con el tiempo.

Tal como la ira de la comunidad negra, este resentimiento no siempre se expresa en educada compañía. Pero ha ayudado a conformar el paisaje político durante al menos una generación. La ira contra los programas sociales y la acción afirmativa ayudó a formar la coalición en torno a Reagan. Los políticos explotaban rutinariamente el miedo al crimen para sus propios fines electorales. Algunos anfitriones de programas de entrevistas y comentaristas conservadores construyeron carreras enteras desenmascarando quejas ficticias de racismo, mientras desechaban la legítima discusión de la injusticia racial y la desigualdad como si fuese mera corrección política o racismo recíproco.

Así como la ira negra a menudo se mostró como contraproducente, también este resentimiento blanco ha distraído la atención de los reales culpables de la opresión de la clase media: una cultura corporativa llena de negociados intestinos, prácticas cuestionables de contabilidad y afán de lucro a corto plazo, Washington bajo el dominio del cabildeo y los intereses especiales, políticas económicas que favorecen a los pocos antes que a los muchos. Y sin embargo, descartar el resentimiento de los americanos blancos, etiquetarlo como equivocado o incluso racista, sin reconocer que está basado en preocupaciones legítimas, también amplía la división racial y obstruye el sendero al entendimiento.

Es aquí donde estamos ahora. Es un estancamiento racial al que hemos estado adheridos por años. Contrariamente a los reclamos de algunos de mis críticos, negros o blancos, nunca he sido tan ingenuo como para creer que podamos trascender nuestras divisiones raciales en un solo ciclo electoral o con una sola candidatura, particularmente una candidatura tan imperfecta como la mía.

Pero he expresado la firme convicción, una convicción arraigada en mi fe en Dios y mi fe en el pueblo americano, de que trabajando juntos podemos superar algunas de nuestras viejas heridas raciales, y que de hecho no tenemos otra opción si queremos proseguir en el camino de una unión más perfecta.

Para la comunidad afroamericana, ese camino significa abrazar las cargas de nuestro pasado sin hacernos víctimas de él. Significa continuar insistiendo en una medida plena de justicia en todo aspecto de la vida americana. Pero también significa unir nuestras reivindicaciones particulares—por una mejor salud pública, mejores escuelas y mejores empleos—a las más grandes aspiraciones de todos los americanos: la mujer blanca que lucha por romper el techo de vidrio, el hombre blanco que ha sido despedido, el inmigrante que intenta alimentar a su familia. Y esto significa asumir toda la responsabilidad de nuestras vidas, exigiendo más de nuestros padres y pasando más tiempo con nuestros hijos, leyéndoles y enseñándoles que, aun cuando puede que enfrenten retos y discriminación en sus propias vidas, nunca deberán sucumbir a la desesperación o el cinismo y crean siempre que pueden escribir su propio destino.

Irónicamente, esta noción de autoayuda que es la quintaesencia de lo americano—y sí, de lo conservador—encontró expresión frecuente en los sermones del reverendo Wright. Pero lo que mi antiguo pastor no pudo entender es que embarcarse en un programa de autoayuda también requiere una creencia en que la sociedad puede cambiar.

El profundo error de los sermones del reverendo Wright no es que hablara contra el racismo en nuestra sociedad. Es que habló como si nuestra sociedad fuera estática, como si no hubiera habido ningún progreso, como si este país—un país que ha hecho posible que uno de sus propios miembros haga campaña por el más alto cargo del país y haya construido una coalición de blanco y negro, latino y asiático, rico y pobre—estuviera irrevocablemente atado a un trágico pasado. Pero lo que sabemos, lo que hemos visto, es que América puede cambiar. Ése es el verdadero genio de esta nación. Lo que ya hemos alcanzado nos da esperanza—la audacia de esperar—por lo que podemos y debemos alcanzar mañana.

En la comunidad blanca, el camino hacia una unión más perfecta significa reconocer que lo que agobia a la comunidad afroamericana no existe solamente en las mentes de la gente negra; que el legado de discriminación, y los incidentes de discriminación en la actualidad, aunque menos ostensibles que en el pasado, son reales y deben ser atendidos. No sólo con palabras, sino con hechos: invirtiendo en nuestras escuelas y comunidades, haciendo cumplir nuestras leyes de derechos humanos y asegurando la equidad en nuestro sistema de justicia penal, proveyendo a esta generación con escaleras de oportunidad que no estuvieron disponibles a generaciones anteriores. Requiere que todos los americanos nos demos cuenta de que tus sueños no tienen que realizarse a expensas de los míos, que la inversión en la salud, la seguridad social y la educación de los niños negros, pardos y blancos en último término redundará en la prosperidad de toda América.

Al final, entonces, lo que se precisa no es nada más ni nada menos que lo que todas las grandes religiones del mundo demandan: que hagamos a los demás lo que queremos que los otros nos hagan. Sé el guardián de tu hermano, dicen las Escrituras. Sé el guardián de tu hermana. Encontremos ese interés común que todos tenemos en todos los demás, y hagamos que nuestra política también refleje ese espíritu.

Porque tenemos una elección en este país. Podemos aceptar una política que engendra división, conflicto y cinismo. Podemos acometer la raza sólo como espectáculo—como hicimos en el juicio a OJ—o al día siguiente de la tragedia, como hicimos al paso de Katrina, o como carne para los noticieros de la noche. Podemos pasar los sermones del reverendo Wright en todos los canales, todos los días, y hablar de ellos hasta la elección y hacer que la única pregunta de esta campaña sea si el pueblo americano piensa que de algún modo creo en, o simpatizo con, sus más ofensivas palabras. Podemos martillar algún lapsus de algún partidario de Hillary como evidencia de que ella está jugando la carta racial, o podemos especular sobre si todos los hombres blancos harán rebaño en torno a John McCain en la elección general independientemente de sus políticas.

Podemos hacer eso.

Pero si lo hacemos, puedo decirles que en la próxima elección estaremos hablando acerca de alguna otra distracción. Y luego otra. Y luego otra. Y nada cambiará.

Ésa es una opción. Pero en este momento, en esta elección, podemos reunirnos y decir: “No esta vez”. Esta vez queremos hablar de las escuelas que se derrumban y roban el futuro de niños negros y blancos y asiáticos e hispánicos y americanos nativos. Los niños de América no son esos niños, son nuestros niños, y no dejaremos que se retrasen en una economía del siglo 21. No esta vez.

Esta vez queremos hablar de cómo las colas de la Sala de Emergencia están llenas de blancos y negros e hispánicos que no tienen seguro médico, que no tienen en sí mismos el poder de vencer los intereses especiales en Washington, pero que pudieran confrontarlos si lo hacemos juntos.

Esta vez queremos hablar sobre las fábricas cerradas que alguna vez proveyeron una vida decente para hombres y mujeres de toda raza, y las casas a la venta que alguna vez pertenecieron a americanos de toda religión, toda religión y todo modo de vida. Esta vez queremos hablar del hecho de que el problema real no es que alguien que no se te parezca pueda quitarte tu trabajo; es que la compañía para la que trabajas lo transporta al exterior por ninguna otra cosa que una ganancia.

Esta vez queremos hablar acerca de los hombres y mujeres de todos los colores y credos que sirven juntos, combaten juntos y sangran juntos bajo la misma orgullosa bandera. Queremos hablar acerca de cómo traerlos de regreso a casa de una guerra que nunca debió ser autorizada y nunca debió ser peleada, y queremos hablar acerca de cómo demostraremos nuestro patriotismo ocupándonos de ellos y de sus familias, y de ofrecerles los beneficios que se han ganado.

No estaría en campaña para Presidente si no creyera con todo mi corazón que es esto lo que la vasta mayoría de los americanos quiere para este país. Puede que esta unión no sea nunca perfecta, pero generación tras generación ha mostrado que siempre puede ser perfeccionada. Y hoy, cuando quiera que me encuentro dudando o cínico acerca de esta posibilidad, es la próxima generación lo que me da más esperanza, la gente joven, cuyas actitudes y creencias y apertura al cambio ya han hecho historia en esta elección.

Hay una historia que hoy quisiera dejarles, una historia que conté cuando tuve el gran honor de hablar en el aniversario del Dr. King en su iglesia local, la Baptista Ebenezer4 en Atlanta.

Hay una joven mujer blanca de veintitrés años con el nombre de Ashley Baia, que organizó nuestra campaña en Florencia, Carolina del Sur. Había estado trabajando para organizar una comunidad mayoritariamente afroamericana desde el comienzo de esta campaña, y un día estaba en una mesa redonda a la que cada quien iba a contar su historia y explicar por cuál razón se encontraba allí.

Y Ashley dijo que cuando tenía nueve años, a su mamá le dio cáncer. Y como tuvo que faltar al trabajo, fue despedida y perdió su seguro médico. Tuvieron que declararse en bancarrota, y es entonces cuando Ashley decidió que tenía que hacer algo para ayudar a su mamá.

Ella sabía que la comida era uno de los costos más caros, y así convenció a su mamá de que lo que más le gustaba comer y quería realmente comer más eran emparedados de mostaza y aliño. Porque eso era la forma más barata de comer.

Hizo esto durante un año hasta que su madre mejoró, y dijo a todos en la mesa redonda que la razón de unirse a esta campaña era que así podría ayudar a millones de otros niños en el país que también quieren y necesitan ayudar a sus padres.

Ahora bien, Ashley ha podido ejercer otra opción. Quizás alguien le dijo por el camino que la fuente de los problemas de su madre eran los negros que tenían seguridad social y eran demasiado holgazanes para trabajar, o los hispanos que entraban ilegalmente al país. Pero ella no escogió otra cosa. Ella buscó aliados para su lucha contra la injusticia.

En cualquier caso, Ashley terminó su historia y luego recorrió el salón y preguntó a cada uno por qué estaba apoyando la campaña. Todos tenían historias y razones diferentes. Muchos expusieron un punto específico. Al final llegó el turno de un anciano negro que todo el tiempo estuvo sentado tranquilamente. Y él no traía un punto específico. No habló del seguro médico ni de la economía. No dijo que se trataba de la educación o de la guerra. No dijo que estaba allí por Barack Obama. Dijo, simplemente, a todo el salón: “Yo estoy aquí por Ashley”.

“Yo estoy aquí por Ashley”. En sí mismo, ese único instante de reconocimiento entre esa joven blanca y ese negro viejo no es suficiente. No es suficiente para ofrecer cuidado de salud al enfermo, ni empleos a los desempleados, ni educación a nuestros hijos.

Pero es donde arrancamos. Es donde nuestra unión se hace más fuerte. Y, como muchas generaciones han llegado a darse cuenta a lo largo de los doscientos veintiún años desde que una banda de patriotas firmara aquel documento en Filadelfia, es allí donde la perfección empieza.

Barack Obama

………

Notas del traductor

1. El concepto de «acción afirmativa» (affirmative action) se refiere, en los Estados Unidos, a políticas que procuran compensar deficiencias de atención, típicamente en educación o empleos, a miembros de alguna minoría no dominante.

2. Jim Crow alude al personaje central de canto y baile que caricaturizan a las personas de raza negra en los Estados Unidos, y el nombre sirvió para designar como «Leyes de Jim Crow» a la legislación que, aunque prometía «tratamiento igual pero separado» a los negros, significó la segregación legal en los estados del sur y algunos fronterizos. Estuvieron en vigencia entre 1876 y 1965.

3. En 1954, sobre demanda de Oliver Brown y otros doce padres de niños negros discriminados contra el Board of Education, la Corte Suprema de los Estados Unidos decidió históricamente que las leyes de los estados que prescribían establecimientos diferentes para niños blancos y negros negaban a éstos la igualdad de oportunidades educativas. A partir de esa decisión—unánime, bajo la presidencia del impar Earl Warren—se tuvo a la segregación racial por violación de la Décimo Cuarta Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. El dictamen fue un hito en la lucha por los derechos humanos de las minorías raciales en ese país.

4. Ebenezer es, en transliteración del hebreo antiguo, Eben’Ha’Ezer, que literalmente significa piedra o roca de socorro. En el primer libro de Samuel es mencionado como el sitio de dos batallas entre los hebreos y los filisteos. Ebenezer Scrooge es el villano que en Canción de Navidad, de Charles Dickens, llega al arrepentimiento y la conversión a la caridad.

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FS #187 – Sueño en blanco y negro

Fichero

LEA, por favor

El gobernador demócrata de Nuevo México, Bill Richardson, ha anunciado hace cuatro días su apoyo a la candidatura presidencial de Barack Obama en los Estados Unidos. Al día siguiente, explicó en un programa de televisión (Good Morning America Weekend) que lo que desencadenó su decisión fue el discurso del candidato sobre el tema de la tensión racial. (Puede verse y escucharse en YouTube el discurso completo: http://es.youtube.com/watch?v=pWe7wTVbLUU ). Dijo Richardson: “Tuvo un problema con su pastor. Ha podido no decir nada o dejarse deslizar. En vez de esto, atacó de frente el tema racial, refiriéndose a los estereotipos y asumiendo posiciones muy firmes”. Luego de llamarlo “un líder de una vez en la vida”, y opinar que Obama uniría a la nación norteamericana, Richardson sintetizó su impresión: “Simplemente creo que el senador Obama trae una nueva cepa de liderazgo, una nueva cepa de consejeros, una nueva cepa de electores, gente más joven, gente que ha estado fuera de la política. Esto es muy atractivo, no sólo para el Partido Demócrata, sino para el país”.

Como era de esperar, la candidatura de Barack Obama ha suscitado variados tipos de ataque, entre los que no falta el que tan bien conocemos en Venezuela: el infundio esparcido en correos electrónicos. El más famoso de ellos es uno que pretende identificarlo como agente islámico radical, sobre la base de que su padre era musulmán—se separó de su madre cuando Obama tenía dos años de edad—y que había estudiado en una escuela musulmana en Indonesia. (El correo en cuestión, por supuesto, no llevaba la firma de nadie, aunque causó los despidos, en el equipo de campaña de Hillary Clinton, de dos activistas que presuntamente eran los autores).

Pero Obama es un fenómeno político del que semejantes necedades rebotan con facilidad. En su discurso aludido, ya clásico sobre el tema racial (18 de marzo), Obama explicó: “Decidí optar por la presidencia en este momento porque creo profundamente que no podremos resolver los retos de nuestro tiempo a menos que los resolvamos juntos, a menos que perfeccionemos nuestra unión comprendiendo que podemos tener distintas historias, pero sostenemos esperanzas comunes; que podemos lucir diferentes y haber venido de sitios distintos, pero todos queremos movernos en la misma dirección: hacia un mejor futuro para nuestros hijos y nuestros nietos”.

Cuando arrancaba la campaña de Obama y la senadora Clinton aparecía como la segura ganadora de la nominación demócrata, Mario Vargas Llosa decidió escribir sobre el primero. Esta Ficha Semanal #187 de doctorpolítico reproduce su artículo, tal como apareciera en el Diario Las Américas el 14 de julio de 2007 bajo el título: Obama y el sueño americano. (Originalmente publicado en El País de Madrid).

Naturalmente, la opinión de Vargas Llosa es muy llamativa, por tratarse de un intelectual y político con posiciones conservadoras.

LEA

Sueño en blanco y negro

El año pasado dicté un curso semestral en la Universidad de Georgetown, en Washington DC. La gran mayoría de mis estudiantes tenía un absoluto desinterés por la política, con excepción de tres de ellos—dos mujeres y un varón, los tres blancos—que iban a clases con insignias del senador Barack Obama, quien en ese entonces todavía no había anunciado que se presentaría a la pre selección por el Partido Demócrata de su candidato a la Presidencia. Los tres jóvenes se habían ofrecido ya como voluntarios si se confirmaba su candidatura y me los imagino ahora trabajando afanosamente entre los 9.500 voluntarios que, según leo en Time Magazine de esta semana, han realizado la proeza de conseguir para su candidato, a través del teléfono, las cartas y sobre todo el Internet, donaciones de 32 millones y medio de dólares en el segundo trimestre de este año, es decir unos 10 millones de dólares más que las obtenidas por Hillary Clinton.

Pero acaso esta ventaja no lo diga todo. Lo importante es que la suma alcanzada por Obama procede de pequeñas cantidades enviadas por unas 258 mil personas, la mayoría de medianos y pequeños ingresos, en tanto que la de la senadora neoyorquina se origina en donantes menos numerosos y de más altos ingresos.

Según las encuestas, hoy Hillary Clinton ganaría la nominación demócrata a Barak Obama por 37% a 23%, pero todavía queda mucho pan por rebanar. El factor decisivo puede ser el voto negativo, que es despiadado contra la senadora—la mitad de los electores votarían por cualquiera para impedir que ella ganara—en tanto que la hostilidad del electorado contra el senador es muy reducida y se concentra sobre todo en minorías racistas, en tanto que su radio de simpatía o no antipatía (no es lo mismo) abarca por igual amplios sectores de blancos, negros e hispanos. Todas las encuestas señalan, por ejemplo, que del 12 por ciento de votantes que respaldan a John Edwards la gran mayoría apoyaría a Obama si su candidato abandona la partida. Yo, personalmente, creo que sería muy bueno para el Partido Demócrata tener al senador como su candidato y todavía mejor para los Estados Unidos si éste ganara los comicios presidenciales.

La razón mayor que se esgrime en contra de su elección es su falta de experiencia ejecutiva en cuestiones de gobierno. La tenía todavía menos que él John Kennedy cuando fue elegido y en su breve gestión resultó un magnífico estadista que inyectó a la sociedad estadounidense un formidable dinamismo y un contagioso idealismo a toda la generación joven. Y eso es lo que necesita a gritos Estados Unidos después de este período de mediocridad, confrontación y desgarramiento: un líder nuevo, no contaminado con la politiquería menuda, que, trascendiendo la mera coyuntura, hable con un lenguaje genuino y persuasivo de los grandes problemas y sea capaz de transmitir un mensaje de esperanza, de confianza en el sistema y en el futuro, de solidaridad con los que sobrellevan la peor parte de la sociedad de la abundancia, y que toque por igual a los norteamericanos de todas las razas, culturas y estratos económicos. Creo que ningún otro candidato, ni demócrata ni republicano, es capaz de semejante empresa, con la sola excepción de Barack Obama.

Las credenciales de éste y de su esposa Michelle no pueden ser mejores. Hijo de un inmigrante negro africano y de una mujer blanca de Kansas, Obama se educó en Hawai y pasó una temporada larga en Indonesia, donde vivió la experiencia de un país subdesarrollado y musulmán. Gracias a sus méritos consiguió llegar a la universidad más prestigiosa del mundo, Harvard, donde fue un alumno estrella de la Law School cuya revista dirigió (por elección de toda la escuela, donde tanto los estudiantes blancos como los de color lo apoyaron). Michelle, por su parte, nacida en una familia modesta de Illinois, consiguió también gracias a sus sobresalientes estudios ser aceptada en Princeton y en Harvard, donde se graduó con honores. Ambos se conocieron haciendo trabajo social en las comunidades marginales de Chicago, de modo que, antes de que Barack Obama iniciara su carrera propiamente política, postulando a una representación local, ya llevaban ambos varios años de trabajo comunitario, inmersos en los sectores más violentos, pobres y desesperanzados de la sociedad estadounidense.

Desde que descubrí el entusiasmo de mis tres estudiantes de Georgetown por Obama, del que hasta entonces no sabía nada, he procurado seguirlo, escucharlo y leerlo. No es un político al uso, sino una personalidad singular, excepcionalmente franca y persuasiva, que evita los estereotipos y las banalidades y no vacila en ir contra la corriente en defensa de sus convicciones. Su discurso frente a la comunidad negra, sobre todo, es tan riesgoso como principista: nada de victimismos ni lloriqueos, con todas sus limitaciones el sistema es suficientemente flexible y abierto como para vencer el infortunio, progresar y alcanzar unos niveles de vida decentes. Los negros no deben perder el tiempo lamentándose por los horrores del pasado, sino remangarse las camisas y ponerse manos a la obra para erradicar los males del presente, al igual que los hispanos, los demás inmigrantes y las decenas de decenas de americanos blancos que padecen escasez, abusos o viven por debajo de sus anhelos. El “sueño americano” no es un eslogan, sino una realidad que puede sufrir recesos momentáneos, como el actual, pero puede volver a funcionar como un marco de justicia y libertad para todos si los ciudadanos invierten en ello mucho trabajo e ilusión y los gobernantes dictan leyes justas y saben hacerlas respetar. Los términos claves de su discurso son reconciliación, solidaridad, abrir más y más oportunidades para todos y emprender una lucha implacable contra la corrupción, los favoritismos, el privilegio y el abuso.

El senador Obama estuvo desde un principio contra la intervención armada en Irak, algo que es una credencial ante los votantes de izquierda, pero, sin embargo, sobre este delicado asunto se muestra ahora sumamente pragmático y prudente, pues, en vez de exigir un retiro inmediato e incondicional de las fuerzas militares estadounidenses, propone una salida gradual y correlativa a la cesión de responsabilidades a las autoridades y fuerzas militares iraquíes, a fin de evitar el caos y, sobre todo, el aniquilamiento por los fanáticos de distintos pelajes de ese amplio sector de la sociedad iraquí que apostó por la democratización y se ha visto destrozado a mansalva por los extremistas suníes, chiíes y las distintas sectas y grupúsculos terroristas.

La buena salud del sistema político norteamericano consiste en haber hecho realidad aquello que Kart Popper sostenía era el ideal de una democracia: una institucionalidad que impidiera a los gobiernos hacer mucho daño. Estados Unidos ha tenido algunos malos presidentes, cuyos desafueros dejaron dramáticas secuelas en los ámbitos económicos, sociales y morales. Pero estas consecuencias hubieran podido ser infinitamente peores si el sistema de contrapesos, balances y, sobre todo, la descentralización del poder, de sus instituciones, no hubiera servido de freno y corrección de aquellos errores. Por eso, pese a todo lo malo que se le pueda achacar—y vaya si hay un país sobre la tierra que es sometido a un escrutinio sesgado y feroz por la miríada de enemigos con que cuenta—cada vez ha conseguido rehacerse a sí mismo desde sus raíces. Por eso sigue siendo tan próspero, libre y poderoso.

Aunque no gane la nominación demócrata y por lo tanto quede fuera de la carrera presidencial, Barack Obama ha conseguido ya un logro impresionante: volatilizar aquel prejuicio según el cual pasarían muchas generaciones antes de que un negro pudiera ser elegido Presidente de los Estados Unidos. El interesante informe que presenta esta semana la revista Newsweek al respecto es concluyente. Una encuesta nacional llevada a cabo por la Newsweek Poll, da estos sorprendentes resultados: un 92% de las personas consultadas declaran que ellas sí votarían por un negro para la Presidencia y un 59% creen que el conjunto de la sociedad sí está preparada para aceptar un mandatario de color. El mensaje interracial que ha sostenido el senador Obama desde el inicio de su campaña no puede haber dado mejores frutos: pese a haber un candidato de color, la raza no va a ser un factor decisivo a la hora de votar para los ciudadanos norteamericanos en esta elección.

A diferencia de lo que ocurre en otras partes, como América Latina, donde en cada consulta electoral es el sistema mismo el que se pone a prueba, en Estados Unidos, una sociedad con una capacidad autocrítica pugnaz e ilimitada, la confianza en el sistema está sin embargo profundamente arraigada en la inmensa mayoría de la colectividad y quienes lo cuestionan y quisieran erradicarlo han sido siempre minorías insignificantes, sin la menor gravitación electoral, de existencia efímera. Por eso, aunque ha padecido crisis profundas, como el crash del 29 o la era de McCarthy y la caza de brujas, Estados Unidos no ha tenido nunca dictadores y su democracia se ha autoregenerado cada vez, con ayuda de líderes sanos, idealistas e incorruptibles. Ya era hora de que una de estas figuras renovadoras de la democracia americana fuera un joven de piel oscura, salido de uno de esos bolsones sociales deprimidos y conflictivos de la sociedad, al que el sistema permitió, pese a sus taras, superar la adversidad, salir adelante y dedicar su vida a luchar para que otros millones de norteamericanos desfavorecidos pudieran seguir su ejemplo.

Mario Vargas Llosa

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FS #186 – Balada guerrillera

Fichero

LEA, por favor

La Ficha Semanal #186 de doctorpolítico consiste de la traducción al español—de una traducción al inglés (por Sara Sugihara)—de un artículo escrito por Bernard-Henry Lévy, filósofo francés nacido en Argelia en 1948. La versión inglesa fue publicada el 15 de marzo por The New Republic, un interesante Journal of Politics and the Arts. (www.tnr.com). Debo agradecer al amigo Rafael Rengifo que me haya dirigido al artículo de Lévy, el que lleva consigo la gravedad e inmediatez del conocimiento personal de Iván Ríos, el guerrillero colombiano muerto y mutilado por quienes debían ser sus custodios.

La sucinta pieza pinta con economía y dolorido asombro el desquiciamiento de Ríos, persona que en vida hacía gala de una retorcida argumentación. Fue escrita el día cuando las agencias de noticias daban cuenta del espantoso asesinato a sangre fría de Iván Ríos (nom de guerre de Manuel Muñoz Ortiz), y es un testimonio primario acerca del poder enloquecedor de la ideología.

Lévy es más famoso por un libro descollante entre los dieciocho que lleva escritos, el que justamente lleva por título La ideología francesa. Uno de los líderes de la Nouvelle Philosophie (1976), sus críticos lo consideran un dandy malcriado y narcisista. (Casado tres veces, es hoy el esposo de la muy hermosa actriz francesa Arielle Dombasle). Pero Lévy es un valiente intelectual y periodista que se preocupa activamente por los derechos humanos y por su violación en cualquier parte del mundo.

No se trata, sin embargo, de un conservador radical que sea incapaz de sintonizar con acciones duras de “revolucionarios”. Lévy apoyó la “Doctrina Mitterrand”, que tolera que vivan en libertad en Francia terroristas italianos de la Brigada Roja, a pesar de que hayan sido condenados por la justicia de Italia. En este caso, Lévy estima que a fines de los años setenta y comienzos de los ochenta los derechos humanos eran violados constantemente en Italia, lo que absolvería las acciones de los brigadistas.

Como puede verse, Bernard-Henry Lévy es un hombre polémico. Es preciso leer con atención sus escritos—El testamento de Dios, Las aventuras de la libertad, El siglo de Sartre, American vertigo—, para disolver la impresión de inconsistencia que una postura como la mencionada causa, si se la compara con el juicio que hace de Iván Ríos. En todo caso, estamos frente a un pensador combativo y exigente, que junto con unos cuantos más rompió con el marxismo, inconforme con la respuesta de los seguidores de esa ideología a la situación cuasi-revolucionaria del mayo francés de 1968.

Nada de lo anterior resta poder a su artículo sobre Iván Ríos, al que puso por título Balada de un hombre muerto. En ella canta un hombre que es escuchado por Nicolás Sarkozy.

LEA

Balada guerrillera

En febrero de 2001, mientras investigaba para mi libro sobre las guerras olvidadas, conocí a Iván Ríos, el comandante de las FARC que fuera recientemente ejecutado por su propio jefe de seguridad y guardaespaldas, en algún lugar de la frontera entre los departamentos colombianos de Caldas y Antioquia.

Los periódicos de esta mañana dicen que tenía cuarenta años. En mi memoria era un poco más viejo.

En cualquier caso, era el más joven de los siete miembros del secretariado general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o FARC.

Era también el más cultivado del grupo, quizás el más inteligente, y el único que había estudiado en la universidad en Medellín. Antes de pasar a la clandestinidad se llamaba Manuel Muñoz Ortiz, y su relación con el líder supremo de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, de sobrenombre “Tirofijo”, era muy estrecha. Pertenecía al círculo íntimo de Tirofijo. Como dijera Osama bin Laden de otro intelectual brillante, Omar Sheikh, era una suerte de hijo adoptado.

Puedo verlo ahora en su bunker de Los Pozos, en medio de la jungla amazónica, exponiéndome la serie de eventos que lo llevaron, un joven y estudiado marxista que había crecido con el castrismo y leído en detalle a los escritores Louis Althusser y Charles Bettelheim, a unir sus fuerzas con uno de los más sangrientos movimientos guerrilleros del planeta.

Puedo verlo: tranquilo, sereno, encarnando al “asesino delicado” de Camus; un hombre que había aprendido a vencer sus recelos. Era como un Kaliayev cuyos años de soledad y de aislamiento en una jungla, cuyas paranoia y oscuridad probablemente lo convirtieron en un salvaje e iracundo Stepan Fedorov: inhumano, desprovisto de escrúpulos o dudas.

Todavía puedo verlo, su emaciada silueta, su cabello bien peinado, su barba impecablemente mantenida, hablando como un profesor que analiza una ecuación extremadamente compleja, explicando sin el menor azoro la “profunda justicia” de los secuestros planeados por las FARC, de Ingrid Betancourt, entre otros.

Lo recuerdo hablándome mientras caminábamos hacia el pequeño aeropuerto rural donde se esperaba la llegada de Camilo Gómez, el Alto Comisionado para la Paz del Presidente de Colombia. Ríos empleaba sus habilidades dialécticas para convencerme de que el cultivo de coca, la militarización de los laboratorios clandestinos donde sería refinada, el tráfico de cocaína y su comercialización masiva al servicio de las metrópolis del Imperio Americano, todo eso era una forma de resistencia a la opresión, un modo para que campesinos empobrecidos quebrados por los capitalistas se defendieran a sí mismos, una respuesta políticamente correcta al deterioro de los términos de intercambio entre Norte y Sur implantados por las corporaciones estadounidenses.

Rara vez en mi vida me he topado con una racionalidad tan desquiciada.

Nunca había estado tan cerca de esta clase de degeneración ideológica, convertida en la coartada glaseada de un gangsterismo puro.

Ahora el hombre está muerto.

Veo las fotos publicadas hoy por la prensa colombiana. Todo lo que queda de su cara, donde a veces divisé una sonrisa furtiva, una mueca ligeramente demente que se borraba lentamente, es su máscara mortuoria que sobresale de la sábana de plástico blanco con la que su cuerpo fue amortajado.

Recuerdo su elegante gesto al señalar un mapa clavado en la pared del bunker, mostrándome la zonas de los departamentos de Huila y Putumayo donde aparentemente los gringos habían estado rociando defoliantes como los que una vez usaron en Vietnam.

Su mano derecha cortada fue entregada por Pedro “Rojas” Montoya, el guerrillero que lo mató. Rojas también llevó el pasaporte de Ríos y su computador personal al comandante de la guarnición de San Mateo, que durante semanas había rodeado a las FARC.

En verdad, oscilo esta mañana entre, no dos, sino tres sentimientos.

Primero, una cierta emoción (¿por qué no admitirla?) al recordar esa mente extraviada, esa brillante inteligencia que, aun el día que exponía sus intolerables sofismas, era oscuramente seductora.

Luego, una verdadera satisfacción, porque las FARC, este gang, esta mafia, está ahora en una racha perdedora, ya que la muerte de Ríos siguió de inmediato a la de su compañero del secretariado, Raúl Reyes, el 1Ëš de marzo, lo que quizás signifique que se acerca la largamente esperada rendición de las FARC.

Por último, el pensamiento esencial—no, más que el pensamiento el temor—sobre el destino de los rehenes en general y de Ingrid Betancourt en particular, en las horas y días que vienen. ¿Quién puede decir como actuarán estas bestias salvajes, estos perros de la guerra, cuando perciban que han sido acorralados? Y cómo—a pesar del horror, de los crímenes, de los errores inerradicables de estos años de terrorismo ciego—pudiéramos no rezar por el comienzo de un último, un verdaderamente último diálogo: uno que salve a los inocentes.

Bernard-Henri Lévy

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