por Luis Enrique Alcalá | Mar 11, 2008 | Fichas, Política |

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Al Dr. Mauricio Báez, quien me obsequió La teoría pura de la ideología
El 27 de febrero de este año, falleció en el estudio de su casa de Stamford, Connecticut, a la edad de 82 años, uno de los más brillantes y combativos expositores del conservatismo norteamericano, William Frank Buckley. Aunque fuese radicalmente conservador—o libertario, como a veces se definía—su inteligencia le exigía realismo, y es así como, sin condenarla de un todo, opinó en un artículo de su propia revista (National Review, febrero de 2006), que no había dudas de que los norteamericanos habían fracasado en sus objetivos de la guerra en Irak. Antes había declarado: “…el conservatismo implica una cierta sumisión a la realidad, y esta guerra tiene una obvia irrealidad y está siendo inevitablemente capturada por los acontecimientos…” Si Bush fuese un primer ministro europeo, dijo, la experiencia de la guerra le hubiera forzado a retirarse o renunciar. Más generalmente, hizo este juicio: “La realidad de la situación es que las misiones en el extranjero que tratan de lograr un cambio de régimen en países que carecen de un estatuto de derechos o tradición democrática son terriblemente arduas”.
Quizás Buckley había aprendido algo de un famoso debate con Noam Chomsky, a quien llevó a una de las transmisiones del programa de televisión que condujo para el Public Broadcasting System durante treinta tres años (Firing Line, 1966-1999). La “entrevista” a Chomsky es característica del estilo pugnaz de Buckley, que impedía el despliegue argumental de su interlocutor con frecuentes interrupciones. En esa ocasión, los formidables personajes chocaron, justamente, sobre el tema de las intervenciones norteamericanas en terceros países. A juicio de quien escribe, Chomsky demostró un conocimiento más preciso de los hechos, mientras que Buckley se defendió, principalmente, a base de retórica. (Puede verse grabaciones del debate en YouTube, a partir de http://www.youtube.com/watch?v=VYlMEVTa-PI&feature=related).
Igualmente se encuentra en YouTube la entrevista que hiciera en 1985 a Kenneth Minogue (http://www.youtube.com/watch?v=-CIOSkrfRC4), a raíz de la publicación del libro de este último Alien Powers: The Pure Theory of Ideology. Minogue es Profesor Emérito de Ciencia Política en la Escuela de Economía de Londres, y un “euro-escéptico” miembro del Grupo de Brujas y la Fundación Europea, dos think tanks conservadores que, a pesar de sus nombres, descreen de la integración política de Europa. (La presidenta honoraria de la fundación es Margaret Thatcher).
El libro de Minogue ha sido traducido al castellano (La teoría pura de la ideología, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1988). Es un incisivo y profundo estudio del fenómeno ideológico, de valor pedagógico inestimable. En su introducción, escribe Minogue: “La ideología participa de todo el oportunismo de cualquier uso político del lenguaje”, y la define como “la propensión a construir explicaciones estructurales del mundo humano”. La Ficha Semanal #185 de doctorpolítico reproduce la sección inicial (Las paradojas de la ideología) de su último capítulo (Conclusión). No tiene desperdicio.
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Ideología y paradoja
El gran descubrimiento de la ideología fue que la civilización europea moderna, por debajo de sus apariencias ingeniosamente artificiales, es el despotismo más sistemáticamente opresor que el mundo haya conocido jamás. Toda historia, por supuesto, es un acto de opresión, pero sólo en los tiempos modernos la opresión comenzó a esconderse a sí misma detrás de una fachada de libertad.
Para poner este argumento en perspectiva, es relevante anotar que la germinación de la ideología coincidió con la abolición británica del tráfico de esclavos, y para el tiempo en que Lincoln firmó el Edicto de Emancipación ya estaba completamente establecida. Durante este mismo período, se preparó el trabajo preliminar por el sufragio universal de los adultos, y para liberar a las mujeres de la restricción doméstica hasta un grado sin precedentes. Es verdad, por supuesto, que muchos ideólogos reconocieron estas mismas liberaciones como cumbres de la tierra prometida. Sin embargo, el hecho más notable sobre la ideología es su intento de demostrar que lo que para pruebas más ordinarias—un fin del hambre y de las más pesadas cargas de trabajo, respeto por los derechos humanos—había sido un gigantesco salto hacia adelante de la humanidad, es realmente un retraso monumental. La civilización occidental se estaba confundiendo a causa del grado en que las instituciones opositoras y adversarias habían servido realmente para incrementar antes que para destruir su estabilidad; pero en ideología, esto había producido una oposición para terminar con todas las oposiciones, un adversario no inclinado a jugar un juego competitivo sino a la destrucción total de todo lo que constituye el mundo moderno. La ideología es la más pura expresión posible de la capacidad de la civilización europea de autoaversión.
La promoción de semejante movimiento enfrenta claramente problemas formidables. Retóricamente, son problemas de cómo persuadir a una sociedad de occidentales individualistas de embarcarse en un curso de acción tan evidentemente conducente a la autodestrucción; lógicamente, estos son problemas de contradicción entre lo que el ideólogo es y lo que parece ser. Levanta el estandarte del cambio contra un establishment conservador; sin embargo, su telos es una condición puramente estática. Hay un movimiento político inclinado hacia la destrucción de las mismas condiciones de la política. Apela a nuestras respuestas morales, aunque niega la realidad de la vida moral. Los proletariados de la teoría ideológica son primero vaciados de cualquier pensamiento y sentimiento real que puedan tener, y provistos entonces de las proposiciones de la ideología. Mientras afirma la libertad, encara una comunidad en la cual sólo el único tipo de acto correcto será concebible. Ataca las desigualdades, aunque apunta a la destrucción de las únicas entidades—los individuos—que pueden en algún sentido serio ser tomados como iguales. Afirma la democracia verdadera, pero encara una unanimidad que haría innecesaria a la democracia. Reclama la rúbrica del criticismo sólo para declarar incontestables sus propias verdades. Tales son algunas de las paradojas a las cuales nos lleva nuestro análisis.
Por encima de todo, quizás, está la paradoja de que la ideología, que propone romper las mistificaciones teóricas en la liberación de la praxis, supone la entera destrucción de la práctica. Pues la práctica es una transacción, en la cual un agente deseoso se distingue a sí mismo del resto del mundo, embarcado en una actividad a la búsqueda de satisfacción, y por esa razón acepta el riesgo de la frustración. Después de la transformación ideológica, sin embargo, el hombre no estaría ya apartado del hombre (o aun de la mujer), y la humanidad no estaría apartada de la naturaleza. Todas las distinciones constitutivas de la práctica, junto con los problemas morales y filosóficos que le son consecuentes, estarían abolidas, canceladas, aufgehoben pues (como Marx lo dijo):
Ese comunismo… es la genuina resolución del conflicto entre hombre y naturaleza y entre hombre y hombre—la verdadera resolución de la contienda entre existencia y esencia, entre objetivación y autoconfirmación, entre libertad y necesidad, entre el individuo y la especie. El comunismo es el acertijo de la historia resuelto, y sabe que él es la solución.
Una situación de las cosas en las cuales toda contienda entre esencia y existencia haya sido resuelta puede posiblemente ser una cosa bella, pero no habría nadie para contemplar semejante belleza, desde que la separación entre la belleza y su contemplador estaría también entre las cosas resueltas. No es una condición posible para los seres humanos, y esto quiere decir que la ideología plantea un problema esencialmente insoluble para Occidente, AI declarar Ia putrefacción de una civilización, realmente está declarando odio por cualquier vida humana posible. Lo que propone es el equivalente cósmico de un pacto suicida.
Si giramos hacia la influencia real de esta teoría pura de la ideología sobre Europa y el mundo, nos impactarán dos cosas. La primera es que la influencia de la ideología en Occidente puede fácilmente ser exagerada. Los movimientos políticos que generó, tales como comunismo y feminismo, tuvieron que tomar una forma política y de este modo se hicieron sensibles a lo que la gente real quiere, Todos los movimientos semejantes están marcados por fuertes tendencias revisionistas. La teoría pura de la ideología aparece sólo en áreas de pura intelectualidad, o entre pequeños grupos extremistas. No hay cambio importante en los dos últimos siglos que le pueda ser atribuido con exclusividad. Por supuesto. suministró un vocabulario y un ímpetu para vastos cambios en el sistema industrial, especialmente en las condiciones del trabajador industrial y también en la condición de las mujeres, pero estos dos cambios responden a desarrollos evidentemente sensibles de la tecnología y las costumbres. La contribución directa de la ideología fue poner al trabajador contra el capitalista, al negro contra el blanco, a los hombres contra las mujeres. La ideología fue para la vida pública lo que un buen arranque de cólera es a la vida privada: consigue resultados. Y, como la cólera, puede también tener desagradables efectos colaterales, tales como la multiplicación de las inútiles antipatías generalizadas. Pero, por todo esto, poca gente en Occidente estuvo por un momento preparada a abandonar las delicias de la alienación (a las cuales podrían llamar libertad) con el fin de vivir en una sociedad entregada para reencauchar a un conjunto de revolucionarios poseedores de la verdad, y un aparato de poder despótico. Por otro lado, la influencia de los modos ideológicos de pensamiento, tales como la propensión a las explicaciones estructurales que prescinden de autonomía moral, es muy poderosa, e inclina a mucha gente culta a asimilarse a sí misma a los universales ideólogos con desprecio de las lealtades particulares hacia los amigos, la familia y el país.
Sucedió de otro modo en el mundo no occidental. El proceso de modernización disolvió evidentemente muchos de los vínculos acostumbrados de la sociedad tradicional, Si esto fue tomado como un mal, entonces muchas de las sociedades tradicionales importaron no sólo el mal, sino también la ideología como un antídoto para el mal, que también es un producto occidental. Esto inhibió no sólo sus propios poderes de asimilar lo que podrían valiosamente usar de la civilización occidental, sino también su capacidad autóctona de desarrollar antídotos de su propia cosecha. Las formas recientes de nacionalismo y anticolonialismo tienden a ser destructivas de la cultura tradicional y espiritualmente incapaces de desarrollar nada nuevo. La elite se hace opresora o cosmopolita, y no hay duda sobre el modo característico de pensamiento que impera entre las elites opresoras del mundo no europeo: es ideológico.
Kenneth Minogue
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 4, 2008 | Fichas, Política |

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Por estos mismísimos días se hace sentir muy mucho la falta de Alberto Garrido, el más experto y atinado de todos los chavólogos de este país. Inmerso con enjundioso método en la historia del chavismo, produjo importantísimos y profundos análisis de la revolución “bolivariana”, al punto que el propio Hugo Chávez admitiera públicamente que él era el más serio de los analistas políticos de la oposición.
Garrido esperó a que ocurriera el referéndum del pasado 2 de diciembre para morir, cuarenta y ocho horas después de su celebración. Conocedor como ninguno de los vínculos de Chávez con las FARC colombianas, habría sido el más agudo de los intérpretes del teatro de variedades en que se ha convertido la interacción de nuestro gobierno con el colombiano desde que aquél fuera despedido por Uribe de su cargo de mediador.
El promedio de bateo de Garrido en cuanto a predicciones de la conducta chavista y su entorno era particularmente alto, y su penetración asombrosa. Tan temprano como hace casi seis años ya preveía, por ejemplo, un papel destacado para Raúl Isaías Baduel. El 8 de julio de 2002, a menos de tres meses del “carmonazo”, la revista Newsweek certificaba: “El comentarista político Alberto Garrido cree que el cauto Baduel es una alternativa militar tanto ante Chávez como ante los golpistas”.
Si en algún área era Alberto Garrido un especialista es en materia de la guerra, y en particular en lo tocante a los objetivos militares del presidente Chávez. La Ficha Semanal #184 de doctorpolítico reproduce un artículo suyo, “Las hipótesis de guerra de Chávez”, del 7 de agosto de 2006. Su lectura resultará altamente oportuna en estos momentos de ruido de sables, recrudecido a raíz de la acción colombiana en violación de territorio de Ecuador.
El texto desarrolla con más amplitud consideraciones ya anticipadas en entrevista que concediera a Casto Ocando, de El Nuevo Herald, el 9 de octubre de 2005. Francisco Toro, al reproducir en inglés la entrevista en su agudo blog, hace un tributo inicial al desaparecido estudioso en los siguientes términos: “…Garrido se ha tallado un nicho analítico escrutando cuidadosamente la palabra misma de Chávez, de ahora y de antes y, novedad de novedades, haciéndole caso… Garrido, durante años, ha sido una de las voces más consistentes entre las que argumentan que Chávez quiere implementar en verdad una dictadura… Ha sido ridiculizado por implicar que todo lo que Chávez hace ha sido planeado con años de antelación… pero el hecho es que el hombre ha tenido la razón muy a menudo…”
En la entrevista, dice Garrido: “Ahora existe una nueva doctrina. Un general del Ejército, Isaías Baduel, ha formulado hipótesis de guerras posibles. Una, un aumento del conflicto fronterizo con Colombia. Dos, la posibilidad de una intervención multilateral bajo mandato de la ONU o la OEA, que considero muy improbable. Tres, un golpe de Estado. Cuatro, la posible invasión de Venezuela por los Estados Unidos”.
Por implicación, la primera, la tercera y la cuarta posibilidad no serían tan improbables. Alberto Garrido era un hombre sabio. Mosca, pues.
LEA
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Chávez hipotético
Desde que se propuso la toma del poder Hugo Chávez planteó, como hipótesis final del proceso revolucionario, una confrontación bélica en dos planos. En primer lugar, con Estados Unidos, caracterizado como el enemigo estratégico a derrotar. Por otra parte, con los aliados, externos o internos, de Estados Unidos.
En sus largas conversaciones con Agustín Blanco Muñoz, (Habla el Comandante, UCV, Caracas, 1998), Chávez es explícito en cuanto a su concepción guerrerista de la realidad política: “Nosotros hablamos de la lucha política como de la guerra política; es decir, de la guerra o el combate militar que hicimos. Estamos ahora en una guerra política, estamos en otra forma de guerra, y no sabemos si más adelante pasaremos a la guerra nuevamente” (op.cit., pp. 344-345).
Esa guerra intermitente tiene dos fines: a) instalar la multipolaridad mundial, para que no cuaje la intención unipolar de Estados Unidos; y, b) impulsar la revolución socialista y antiimperialista venezolana y continental.
En esa guerra el enemigo externo también puede tener aliados internos. Chávez le recordó a Blanco Muñoz que así ocurrió en el Chile de Allende (Ibídem, p. 605).
En julio de 1992 Chávez sostenía la misma posición. En la cárcel de Yare escribió: “Se inicia, asimismo, en este lado del escenario, una acumulación de fuerzas transformadoras que van siendo encarriladas por una sola vía. La escalada del conflicto y su desencadenamiento en una guerra civil, fratricida, pero justa y legítima” (ver Hugo Chávez, “Terrorismo de Estado y Guerra Civil”, en Alberto Garrido, De la Guerrilla al Militarismo, Ediciones del Autor, Mérida, 2.000, p.73).
Con Chávez en pleno ejercicio del poder real, Raúl Baduel, su compañero de ruta desde la fundación del MBR-200 y actual Ministro de Defensa, organizó de manera sistemática las distintas hipótesis de guerra que Hugo Chávez había formulado en términos generales.
El periodista y director del diario Ultimas Noticias, Eleazar Díaz Rangel, al resumir las hipótesis de guerra enumeradas por Baduel, las ordenó de la siguiente manera: “1) Guerra de Cuarta Generación, con posible confrontación asimétrica; 2) desestabilización y desarticulación del país mediante golpe de Estado, subversión o acciones de grupos separatistas; 3) conflicto regional, que podría derivarse del estado de violencia interna en Colombia, en el que participa Estados Unidos con algo más que el Plan Colombia, y usar el pretexto de que Venezuela es promotor de violencia en ese país para utilizarlo como ‘casus belli’ y propiciar una intervención en el nuestro: y, 4) invasión directa de Estados Unidos, no descartable en vista de la política desarrollada por Estados Unidos, sobre todo en Oriente Próximo”.
De esta forma, las hipótesis de guerra (Chávez-Baduel) pueden agruparse en dos grandes líneas: a) guerra internacional, que pueden ser de alta intensidad (invasión directa de Estados Unidos) o de mediana intensidad (confrontación bélica en el marco del Plan Colombia-Andino); y, b) guerra interna de baja intensidad (separatismo regional zuliano, intento de golpe de Estado, violencia callejera, desestabilización).
En el Alto Mando se maneja, en fin, el concepto de guerra total (externa e interna), y los frentes son múltiples (relación directa con el conflicto de Medio Oriente, acusaciones de amistad con la guerrilla colombiana con el fin de llevar a Venezuela a formar parte de la guerra del Plan Colombia-Andino, enfrentamiento con movimientos desestabilizadores o fraccionalistas venezolanos).
Baduel incorpora en sus hipótesis, además, la guerra del petróleo, que marca la presente etapa de la historia mundial. Esta pasaría por la posible interrupción de suministro petrolero de Venezuela a Estados Unidos “si se produce una agresión externa”, tal como lo han advertido en varias oportunidades tanto el Presidente Hugo Chávez como el Ministro de Energía, Rafael Ramírez. Para la potencia del Norte el resguardo de sus fuentes petroleras tradicionales es parte de su estrategia de seguridad nacional y encabeza las hipótesis de intervención del Comando Sur en América Latina y el Caribe (ver Tom Barry, “Nuevas Prioridades para el Comando Sur”, Americas Program, IRC, julio 05, 2005).
La dinámica geopolítica mundial ha colocado en el primer lugar de las hipótesis de guerra, más que la ampliación regional del conflicto colombiano, que pasa previamente por la fase de ejecución del Plan Patriota en la Frontera Norte de Ecuador y el reacomodo de los “ejes” político-militares regionales, otra extensión, impredecible en el tiempo, pero potencialmente más peligrosa: la prolongación de la Guerra del Medio Oriente.
La alianza estratégica de la revolución bolivariana con Irán y con el mundo musulmán da origen a la pregunta de hasta dónde puede llegar el compromiso de Chávez con Ahmadinejad y con el mundo musulmán en caso de que estalle una guerra que involucre a la nación persa. Esta circunstancia significaría que, además de Israel, en la Guerra de Medio Oriente intervendría Estados Unidos, que ya ha expresado, por intermedio de su Secretaria de Estado, Condolezza Rice, su deseo de crear un “nuevo mapa” en esa región.
Chávez ha condenado al Estado de Israel por la desproporción de su respuesta militar ante el caso de los dos soldados hebreos secuestrados en territorio israelí por parte de Hezbolláh. Además, ordenó el retiro del Encargado de Negocios de la Embajada de Venezuela en Tel Aviv. También acusó a Washington de ser el verdadero propiciador de la guerra de Palestina y del Líbano. Chávez ha planteado, a su vez, en Mali, un “plan de integración para enfrentar la era imperialista, neoliberal y de atropellos”.
Pero la amenaza real para Estados Unidos es el corte del flujo petrolero venezolano, equivalente al 15 por ciento de sus importaciones.
En este aspecto pudiera encontrarse, tal vez, el acuerdo estratégico antiestadounidense Irán-Venezuela. El Ministro de Energía, Rafael Ramírez afirmó en Teherán que “si Estados Unidos quiere tener una política hostil hacia nosotros dejaremos de exportar petróleo a ese país. Si Irán fuera atacado definitivamente actuaría igual que nosotros”.
Igualmente Irán y Venezuela han propuesto pasar el valor financiero del petróleo al euro y sacarlo así de la esfera del dólar, decisión que significaría un golpe letal a la moneda y a la economía estadounidense, con rebote sobre el sistema económico mundial.
Lo que no aclaró Ramírez es si la acción—la interrupción del flujo petrolero—sería simultánea, en el marco de la alianza estratégica con Irán, o individual. Ése será el gran test que tendrá la alianza si la contienda de Medio Oriente (que incluye la cuestión nuclear), incorpora abiertamente a Irán, ya que saldrían del mercado aproximadamente 7 millones de barriles de petróleo diarios.
El jefe del estado persa ha advertido de una “explosión islámica” que “no se limitará a fronteras geográficas, sino que quemará también a los que crearon Israel en los últimos 60 años”. Para que no quedaran dudas sobre quienes eran los “creadores” a los que se refería, Ahmadinejad dijo que “Gran Bretaña y Estados Unidos son cómplices del régimen sionista en sus crímenes en el Líbano y Palestina” (AP, 23,07-2006). En una cumbre de la Conferencia Islámica realizada el jueves 3 de agosto, Ahmadinejad afirmó que “la verdadera solución al conflicto armado del Líbano y de Palestina es la eliminación del régimen sionista”, aclarando que, sin embargo, “en esta etapa debe haber un cese del fuego inmediato”.
Israel, la tercera potencia nuclear del planeta, que además cuenta, en términos convencionales, con el quinto ejército más poderoso del mundo, y que tiene como aliado estratégico a Estados Unidos, la primera potencia militar de la tierra, difícilmente será borrado del mapa de Medio Oriente pasivamente.
Chávez ha comprado una poderosa flota aérea de cazas rusos Su-30 y decenas de helicópteros multipropósito, así como barcos de guerra. También ha anunciado la instalación de un sistema de defensa antiaérea de última generación.
En realidad, ese tipo de armamentos son poco útiles para confrontar militarmente con Estados Unidos, cuya superioridad bélica en términos convencionales es abrumadora frente a cualquier otro país, incluidos Rusia y China.
Estratégicamente, dentro de la hipótesis de Guerra Asimétrica de Resistencia, son mucho más útiles los fusiles Kalashnikov, así como la instalación de una fábrica para construirlos, junto con sus proyectiles. La experiencia de combate a base de cohetes ensayada en el Líbano por Hezbolláh, que libra igualmente una guerra asimétrica contra Israel (Hezbolláh no usa aviones, helicópteros, ni tanques, ni barcos) orienta las compras de armamento convencional efectuadas por Venezuela hacia una guerra de primera fase tradicional, contra Ejércitos regulares de estados vecinos, que debería convertirse, en plazo breve, en una Guerra Asimétrica (irregular ilimitada en la metodología y en el tiempo) al producirse la esperada intervención estadounidense.
Esta hipótesis es alimentada por algunos movimientos del Pentágono. El Comando Sur, por ejemplo, acaba de patrocinar una reunión en Lima que contó con la presencia de altos mandos y representantes militares de 14 países de América Latina. La cita culminó el pasado viernes 4 de agosto. Los jefes militares de los ejércitos de Argentina, Brasil y Bolivia estuvieron presentes. Los acompañaron sus pares de Colombia, Ecuador, El Salvador, Uruguay, Guatemala, Chile, Paraguay, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Perú. La reunión fue coordinada por el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas Peruanas y se hizo para “compartir experiencias en operaciones de mantenimiento de paz” (EFE, 04-08-2006).
Si el ataque contra Venezuela se concreta, en ese momento se incorporarán a la contienda, si las palabras se traducen en hechos, milicianos cubanos, argentinos, nicaragüenses y salvadoreños (dirigentes y militantes revolucionarios de esos países han manifestado públicamente su voluntad de participar en una guerra en defensa de la revolución bolivariana), así como las FARC, que ya anunció esa intención, en la frontera colombo-venezolana.
La atomización de la resistencia pudiera trasladarse a otros países con importante población indígena radicalizada (Ecuador, Bolivia, Perú). Si esa situación ocurre, la región andina estaría en guerra, con Ejércitos de estado apoyados por Estados Unidos, contra oponentes no estatales, al estilo de la resistencia iraquí o libanesa, mientras algunos jefes de estado (Cuba, Venezuela, Bolivia) desarrollarían, hasta donde les fuera posible, una guerra combinada (convencional y asimétrica).
Solamente que en el caso de América Latina, donde el factor dominante no sería el geopolítico-religioso-energético, sino el geopolítico-antiimperialista (energético en el caso de Venezuela y Bolivia), la Guerra Asimétrica tendría un mayor peso como guerra irregular desparramada, tal como hace décadas fue planteada por Ernesto Guevara (“uno, dos, muchos Vietnam”).
En este contexto las elecciones presidenciales venezolanas son un paso necesario para legitimar la presencia de Hugo Chávez en el concierto institucional internacional.
En cuanto al dolor de cabeza que tiene el gobierno con la oposición, el Zulia, la activación de la hipótesis de guerra anti-separatista dejará en posiciones cada vez más incómodas al actual gobernador de ese Estado, participe o no en el proceso electoral nacional.
Sobre la subversión callejera y el golpe de Estado, otras de las hipótesis de guerra interna, la debilidad estructural de la oposición hace que queden instaladas en un espacio alejado 180 grados del previsto originalmente.
Por ahora se trata de hipótesis. Pero ya son mucho más que juegos de guerra. Ésa es la cuestión.
Alberto Garrido
por Luis Enrique Alcalá | Feb 26, 2008 | Fichas, Política |

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En 1960, un obeso físico norteamericano, convertido en analista de políticas estrella de la Corporación RAND, publicó un libro de título modelado sobre la obra clásica de Carl von Clausewitz (Sobre la guerra, 1816-30). Se trataba de la obra On Thermonuclear War, un estudio sobre la guerra nuclear que causó profundo impacto, especialmente sobre la comunidad estratégica estadounidense. Su autor era Herman Kahn, quien luego se convertiría en optimista estudioso del futuro—(The Year 2000, The Next 200 Years)—desde el Hudson Institute que fundara. (Kahn visitó a Venezuela en 1978; en la Ficha Semanal #45 de doctorpolítico, del 10 de mayo de 2005, se hace referencia a una interacción suya con el suscrito en esa ocasión: “…Kahn visitó Venezuela por invitación de la Fundación Neumann, y ofreció un seminario en el que tuve oportunidad de participar. Habiéndome trabado en debate sobre algunas de sus ideas, Kahn encontró una fórmula simple para saldar la discusión. En el último día del seminario consintió en autografiarme un ejemplar de Los Próximos 200 Años, y reservó la parte final de su dedicatoria ‘A Luis’ para declarar que ‘…si no hubiera sido venezolano hubiera tenido la razón’”).
Como Kahn no tenía empacho en “pensar lo impensable” con la mayor frialdad, se convirtió en figura sobre la que se creó a personajes del cine de la política ficción. (Dr. Strangelove, de Stanley Kubrick; Fail-Safe, de Sidney Lumet). En el libro mencionado, por ejemplo, se emplea, por comodidad gráfica y de cómputo, la unidad inventada por Kahn para referirse a las previsibles cantidades de bajas en una guerra nuclear: 1 megamuerte = 1 millón de muertes.
Es al término de esa misma década de los años sesenta, dominada por la Guerra Fría y la paranoia nuclear, que Leonard C. Lewin “prologa” y da a la luz el Report from Iron Mountain (1967), que daba cuenta de las deliberaciones de un supuesto think tank al que el gobierno de los Estados Unidos encarga discutir sobre “la posibilidad y la deseabilidad” de la paz.
Lewin explicó más tarde que se trataba de una sátira escrita por él mismo, pero a la publicación del libro se le tuvo por un documento verídico. La intención de Lewin era la de “caricaturizar la bancarrota de la mentalidad de think tank siguiendo su estilo de pensamiento cientificista hasta sus conclusiones lógicas”. Esa conclusión era, escuetamente, que difícilmente la paz sería posible y que, de serlo, probablemente no sería deseable. El propio Kahn procuró desacreditar la obra al opinar que como sátira era muy mala, y Henry Kissinger fue más agresivo al declarar que quienquiera la hubiese escrito era un idiota.
Lo cierto es que el libro cumplió una función pedagógica, al poner de manifiesto los absurdos a los que podía llegarse mediante un análisis desalmado como el que Kahn ejemplificaba. La Ficha Semanal #183 de doctorpolítico reproduce la sección correspondiente a la “función económica” de la guerra del Reporte de Iron Mountain.
LEA
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Guerra y economía
La producción de armas de destrucción masiva ha estado siempre asociada con el “desperdicio” económico. El término es peyorativo, puesto que implica el fracaso de una función. Pero no puede propiamente considerarse desperdiciadora a ninguna actividad humana cuando logra su objetivo contextual. La frase “desperdiciador pero útil” aplicada no sólo al gasto bélico, sino a la mayoría de las actividades “improductivas” de nuestra sociedad, es una contradicción en términos. “Los ataques que, desde la época de la crítica de Samuel al rey Saúl, se han dirigido contra los gastos militares pueden muy bien haber escondido o malinterpretado el punto de que cierta clase de desperdicio puede tener una utilidad social más grande”.1
En el caso del “desperdicio” militar hay, de hecho, una utilidad social superior. Ésta se deriva del hecho de que el “desperdicio” de la producción de guerra ocurre enteramente fuera del marco de la economía de la oferta y la demanda. Como tal, ella provee el único segmento críticamente grande de la economía total que está sujeto a un control central completo y arbitrario. Si las sociedades industriales modernas se definen como aquellas que han desarrollado la capacidad de producir más que lo que requieren para su supervivencia económica (sin tomar en cuenta la equidad de la distribución de bienes en su seno), puede decirse que el gasto militar provee el único contrapeso con inercia suficiente como para estabilizar el avance de sus economías. El hecho de que la guerra es un “desperdicio” es lo que le permite llenar esa función. Mientras la economía avance más rápidamente, mayor deberá ser ese contrapeso.
A menudo tiende a verse esta función, de modo demasiado simplificado, como un dispositivo para el control de los excedentes. Sobre este punto, un autor lo dice de este modo: “¿Por qué es la guerra tan maravillosa? Porque crea una demanda artificial… la única clase de demanda artificial, más aún, que no genera ningún problema político: la guerra, y solamente la guerra, resuelve el problema de los inventarios”.2 Aquí la referencia es a la guerra desatada, pero se aplica igualmente a la economía de guerra en general. “Hay acuerdo general —concluye, más prudentemente, el informe de un panel establecido por la Agencia de los Estados Unidos para el Control de Armas y el Desarme— que un sector público grandemente expandido durante la II Guerra Mundial, como resultante de fuertes gastos de defensa, ha provisto una protección adicional en contra de las depresiones, ya que este sector no responde a contracciones del sector privado y ha provisto una suerte de amortiguador o contrapeso a la economía”.3
Según nuestro punto de vista, la principal función económica de la guerra es justamente que provee ese contrapeso. No debe confundirse esta función con las varias formas de control fiscal, ninguna de las cuales compromete directamente a vastas cantidades de hombres y unidades de producción. No debe confundirse con gastos gubernamentales masivos en programas de bienestar social; una vez iniciados, tales programas se convierten en parte integral de la economía general y ya no están sujetos a control arbitrario.
Pero incluso en el contexto de la economía civil general, no puede considerarse a la guerra como sólo un “desperdicio”. Sin una economía de guerra largamente establecida, y sin su frecuente erupción a una guerra desatada a gran escala, la mayoría de los avances industriales conocidos de la historia, comenzando por el desarrollo del hierro, jamás hubieran tenido lugar. La tecnología de las armas estructura a la economía. Según el autor arriba citado, “Nada es más irónico o revelador acerca de nuestra sociedad que el hecho de que una guerra enormemente destructiva es una fuerza de mucho progreso en sí misma… La producción de guerra es un progreso porque es producción que de otro modo no habría ocurrido. (No es muy ampliamente apreciado el hecho, por ejemplo, de que el estándar de vida civil creció durante la II Guerra Mundial)”.4 Esto no es ni “irónico” ni “revelador”, sino esencialmente una simple declaración de hecho.
Debe notarse asimismo que la producción de guerra ejerce un confiable efecto estimulante más allá de sí misma. Lejos de constituir un drenaje “desperdiciador” de la economía, el gasto de guerra, considerado pragmáticamente, ha sido un factor consistentemente positivo en el aumento del producto nacional bruto y la productividad individual. Un antaño Secretario del Ejército ha fraseado esto cuidadosamente para el consumo público: “Si existiera, como sospecho la hay, una relación directa entre el estímulo de un gasto de defensa grande y una tasa de crecimiento del producto nacional bruto aumentada substancialmente, ello sencillamente implica que el gasto de defensa per se puede sostenerse sobre bases exclusivamente económicas como estímulo al metabolismo nacional”.5 De hecho, la utilidad no militar fundamental de la guerra en la economía es más ampliamente reconocida que lo que las pocas afirmaciones citadas pudieran sugerir.
Pero abunda el reconocimiento público a la importancia de la guerra para la economía general en construcciones negativas. El ejemplo más familiar es el efecto de las “amenazas de la paz” contra el mercado de valores, v. gr. “Wall Street fue vapuleada ayer por las noticias de una aparente señal de paz proveniente de Vietnam del Norte, pero recuperó rápidamente su compostura luego de cerca de una hora de ventas algo indiscriminadas”.6 Las entidades de ahorro solicitan depósitos con eslóganes similares de advertencia, v. gr. “Si se desatara la paz, ¿estaría usted listo para ella?” Un caso pertinente y más sutil fue la reciente negativa del Departamento de Defensa a permitir que las compras alemanas sustituyeran armamento no deseado por bienes no militares en sus compromisos de compras a los Estados Unidos: la consideración decisiva fue que las compras alemanas no debían afectar la economía general (no militar). Puede encontrarse otros ejemplos incidentales en las presiones ejercidas sobre el Departamento cuando anuncia planes de clausurar alguna instalación obsoleta (como una forma “desperdiciadora” de “desperdicio”), y en la usual coordinación de la escalada de actividades militares (como en Vietnam en 1965) con unas tasas de desempleo peligrosamente ascendentes.
Aunque no queremos implicar que no pueda diseñarse un sustituto en la economía para la guerra, hasta ahora no se ha probado ninguna combinación de técnicas para el control del empleo, la producción y el consumo que pueda remotamente comparársele en eficacia. Es, y siempre lo ha sido, el estabilizador económico esencial de las sociedades modernas.
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Notas
1 Arthur I. Waskow, Hacia las Fuerzas Desarmadas de los Estados Unidos (Washington: Institute for Policy Studies, 1966), p. 9. (Ésta es la versión completa del texto de un informa y proposición preparada para un seminario de estrategas y Congresistas en 1965; más tarde tuvo una distribución limitada entre otras personas involucradas en proyectos relacionados).
2 David T. Bazelon, «La Política de la Economía de Papel», Commentary (noviembre 1962), p. 409.
3 El Impacto Económico del Desarme (Washington: USGPO, enero 1962).
4 David T. Bazelon, «Los Hacedores de Escasez”, Commentary (octubre 1962), p. 298.
5 Frank Pace, Jr., en un discurso ante la Asociación de Banqueros Americanos, septiembre 1957.
6 Un ejemplo cualquiera, tomado en este caso de un reportaje de David Deitch en el New York Herald Tribune (9 de febrero de 1966).
Leonard C. Lewin
por Luis Enrique Alcalá | Feb 19, 2008 | Fichas, Política |

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Uno de los espejismos más comunes en la conciencia política es el del aparente monolitismo del campo del contrario, sobre todo si se trata de opositores de afinidad marxista. La deformación perceptual es más aguda en los que ocupan el extremo opuesto, esto es, en gente de extrema derecha. Basta que exista una institución como el Foro de Sao Paulo para que quiera verse en las acciones políticas de las miríadas de organizaciones izquierdistas de América Latina la expresión de un plan único secreto, contra el que sería necesario alzarse de urgencia para anularlo con, por ejemplo, alguna nueva manifestación “pacífica, democrática y constitucional” que en verdad es un golpe de Estado militar. (¡Ni un día más!, artículo de Alejandro Peña Esclusa. El autor dice: “Hay mucha gente dispuesta a salir la calle, para exigir pacíficamente un pronto cambio de Gobierno. Cuando eso ocurra, se repetirá la crisis militar del 2D. Las Fuerzas Armadas optarán por convencer a un sólo hombre de aceptar la voluntad popular, antes que reprimir injusta e ilegalmente a miles de venezolanos”. Antes, premunido de su última teoría conspirativa y en estilo machacón, desvaloriza el logro democrático del 2 de diciembre: “Ese día no hubo un triunfo electoral, sino una gravísima crisis militar. Las Fuerzas Armadas detectaron que, si el CNE anunciaba la victoria del Sí, el pueblo saldría masivamente a la calle para hacer valer su voluntad. Así que prefirieron presionar a un sólo hombre—Chávez—antes que reprimir injusta e ilegalmente a miles de venezolanos”).
Pero lo cierto es que los seres humanos encuentran el modo de disgregarse dentro de cualquier ideología. Bastaría para demostrar esto la emergencia pública reciente de una crítica muy fuerte a Hugo Chávez, que proviene de las filas de la izquierda continental y hasta de adentro de su propio patio. Un caso importante es la crítica que de él hace la Izquierda Nacional argentina, puesto que ya no se trata de un teórico inmigrado como Heinz Dieterich, sino de una organización política que nació en 1945, con el advenimiento de Juan Domingo Perón al poder.
Y es que Izquierda Nacional, de inclinación trotskista, se permite criticar al mismísimo Fidel Castro, y no de ahora, sino de pocos años después del inicio de la Revolución Cubana. La agrupación publicó en marzo de 1966 una crítica abierta a Fidel Castro y su discurso de clausura de la Tricontinental de La Habana. (La Izquierda Nacional responde a Fidel Castro: Cuba, la URSS y la revolución de América Latina). Naturalmente, la crítica es de un marxismo a otro, pero es que marxismos hay tantos como sectas protestantes, realidad que no cabe en cabeza de Peña Esclusa y quienes como él razonan.
La Ficha Semanal #182 de doctorpolítico reproduce la primera parte del documento mencionado de la Izquierda Nacional argentina, escrito en el argot tan particular que es el marxismo que, más que una ideología, es verdaderamente una metafísica.
LEA
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Respuesta a Fidel Castro
La experiencia cubana
En su discurso clausurando la Conferencia Tricontinental de La Habana, Fidel Castro profirió cargos, acusaciones y amenazas que redefinen la situación política del gobierno cubano, gravitan negativamente sobre los intereses de la revolución latinoamericana, y obligan a una respuesta del socialismo de la izquierda nacional.
Nuestra posición frente a la República Socialista de Cuba se ha fundado y se funda en el principio de la defensa incondicional del Estado Obrero. Calificamos al actual régimen de Cuba, cualesquiera sean sus capitulaciones y sus yerros, como un régimen obrero en marcha hacia el socialismo, y objetivamente, como parte indisociable de la revolución nacional latinoamericana.
Hemos dicho que la experiencia de Cuba, con sus derroteros peculiares, confirma la teoría marxista de la revolución permanente, es decir, que en la época del imperialismo, las revoluciones democráticas, antifeudales y nacionales de las colonias y semicolonias, no pueden aspirar a consolidarse en una etapa “democrático-burguesa” pura, bajo frentes de clases “nacionales” o “antifeudales” en que el proletariado juegue una función subordinada, y con ideologías y jefaturas políticas que sólo aspiren a un “capitalismo soberano” y a una justicia social retributiva. Por el contrario, cualesquiera sean las formas iniciales que asuma el proceso revolucionario, su consolidación y triunfo dependen de la conquista de la jefatura revolucionaria por la clase trabajadora y por un partido socialista y revolucionario. Esto no implica desconocer el “frente único antiimperialista” ni proclamar e! “socialismo puro”, sino definir, conforme a la experiencia histórica, la correlación concreta entre las clases en lucha más o menos consecuente con el imperialismo y los feudales.
Poder obrero y frente único
La revolución cubana, su obligado desenvolvimiento desde la etapa democrático-agraria a la etapa socialista, sin solución de continuidad, asumiendo un carácter a la vez sucesivo y combinado, volvió a corroborar el valor de esta estrategia, no desmentida (como afirmaría la ignorancia) por la táctica de frente nacional aplicada en el Vietnam, sino en cuanto ésta, durante ciertos periodos (tal como lo reconocieran las propios líderes vietnamitas, como el General Giap) incurrió en desviaciones derechistas, frenando la revolución agraria por consideración a los aliados. Añadamos que esta desviación se produjo, primordialmente, por la presión política del gobierno soviético y del Partido Comunista Francés, inficionado de “social imperialismo” metropolitano.
El camino indonesio
La revolución cubana en suma, contrasta con la experiencia catastrófica del Partido Comunista indonesio, cuyo índice masivo de afiliación, cuantía de recursos, control de la dirección sindical, medios incalculables de difusión, ascendencia en las Universidades, participación gubernativa e influencia sobre importantes núcleos de las fuerzas armadas, no le salvaron de ser barrido por la reacción nacionalista de derecha e imperialista, por su confianza precisamente, en la estabilidad del régimen “democrático burgués” de Sukarno, su “gradualismo táctico”, y su indefensión política y militar.
Quien, como Fidel Castro, conoce de qué modo dos docenas de sobrevivientes de un desembarco pueden llegar a derrocar un régimen muñido de todos los poderes, tendrá motivo para preguntarse cómo es que —según informan las agencias y según expresó Castro mismo en su discurso— 100 mil comunistas indonesios fueron asesinados por la reacción alevosa, incluida la plana mayor del partido y su secretario general Aidit. No habrían muerto si hubiese habido batalla, como no mueren de ese modo en el Vietnam frente al ejército más poderoso de la tierra.
Nuestra defensa de Cuba
Fidel Castro rindió homenaje a las 100 mil víctimas, pero nada dijo de la política responsable de esa catástrofe. Perdió la oportunidad, por ejemplo, de marcar a fuego a quienes propugnan gobiernos “de amplia coalición democrática” para cubrir la “etapa” de lo “revolución democrático-burguesa”. Fidel Castro, por el contrario, empleó la mitad de su discurso de clausura en atacar… al trotskismo, cuyas “desprestigiadas teorías” han dejado de ser un simple “error” de una tendencia de la clase obrera, para convertirse (oh, manes de Stalin, Beria y Vishinsky) en una “agencia del imperialismo”.
Podría señalársele a Fidel Castro que lo que salvó su cabeza y salvó a su movimiento fue su capacidad, que es su gran mérito histórico, para no enfrentar inerme el terror represivo de Batista, y su capacidad para cruzar el Rubicón de la mera revolución agraria, combinándola con las primeras etapas de la revolución socialista. Castro no lo ignora, pues lo ha vivido; mas no puede decirlo pues tendría que admitir que ese proceso sólo se explica a partir de la teoría marxista, actualizada por Trotsky, de la revolución permanente. Y Castro no se había propuesto hablar sobre los responsables políticos de las cien mil víctimas indonesias, sino contra… los “trotskistas”.
De nuestra solidaridad con la revolución cubana no hemos hecho, los socialistas de la izquierda nacional, un pingüe negocio de turismo revolucionario, ni un fetiche de cretinos románticos, ni una argucia para evadir la realidad argentina. Hemos ridiculizado y desenmascarado a quienes sacaban patente de revolucionarios en Cuba para encubrir su cipayismo y su antiperonismo gorila aquí. Cuando el imperialismo yanqui lanzó sus mercenarios sobre Bahía de los Cochinos, nuestra prensa —en aquel entonces el semanario “Política”— fue la primera en salir a la calle denunciando al agresor y solidarizándonos con el agredido. Dijimos entonces que, al defender su isla, pueblo y gobierno cubanos defendían con su honor, nuestro honor; con su pan, nuestro pan; con el porvenir de sus hijos, el porvenir de nuestros hijos. Y que esa batalla se inscribía en la misma tradición heroica y libertadora de Maipú y Ayacucho, de Junín y la Vuelta de Obligado.
Unidad, no sujeción
Esto decíamos en “Política” al par que, como siempre, reservábamos nuestra independencia crítica (como derecho y deber de revolucionarios) para juzgar y opinar acerca de la política y concepciones del movimiento cubano y de sus líderes, principalmente en lo que afectase al destino de Latinoamérica y sin admitirle a nadie el derecho de interferir sobre la conducción revolucionaria en cada país como, adelantémonos, ha interferido Fidel en su discurso, al atacar (previa digitada exclusión de la Conferencia) a los revolucionarios de la guerrilla guatemalteca.
“Pruebas” y “testimonios”
¿Sobre qué fundamenta Fidel Castro su ataque “a los trotskistas”? Sobre consideraciones circunstanciales del periodista Adolfo Gilly, quien escribe a titulo individual y con más competencia y rectitud (suponemos) que el otrora complaciente biógrafo de Castro, Jules Dubois. Sobre declaraciones de “un ex secretario mexicano” de León Trotski, quien afirmó que Ernesto Guevara había sido liquidado en Cuba. Sobre opiniones vertidas por el órgano poumista español (editado en Francia) “La Batalla”. Sobre afirmaciones de algún órgano que responde a un enigmático Buró Latinoamericano de la IV Internacional al que dice pertenecer el periódico “Voz Proletaria” editado en la Argentina.
Los “trotskistas” de Castro
Castro no ignora que la entidad denominada “los trotskistas” es tan ambigua y difusa como para no ser absolutamente nada. Pero tampoco ignora que un periodista competente y, por lo que sabemos, sin partido, que fue durante dos años su huésped en la isla y escribió con sus aciertos y sus errores buenas crónicas, quizás las mejores, sobre, la revolución cubana; un ex secretario, hace 25 años, de Trotski; un órgano poumista; y un buró fronterizo (no en sentido geográfico sino psiquiátrico, como se revela a la menor lectura de “Voz Proletaria”), no son “los trotskistas” a quienes puede localizar, si lo desea, en el Secretariado Internacional de la IV Internacional que funciona en París, o, más cerca, en el Socialist Worker Party norteamericano, cuyo periódico, “The Militant”, es el único semanario que ha defendido consecuentemente a Cuba revolucionaria, no en Praga ni en Estambul, sino en las entrañas del monstruo, en la ciudadela del imperialismo. Castro quizás ignore que Wildebaldo Solano, director de “La Batalla”, dirigió la única organización revolucionaria durante la guerra civil española que sostuvo intransigentemente la lucha por el poder obrero y contra el frente popular. Este “agente imperialista”, para emplear la expresión englobadora de Fidel Castro, dirigía las juventudes del POUM, las Juventudes Comunistas Ibéricas, que rompieron con el POUM cuando éste capituló ante el frente popular.
Para hablar en términos actuales, fueron las Juventudes Comunistas Ibéricas la única organización leninista consecuente, la única que pidió para la revolución española el camino recorrido por Castro, 20 años después, en Cuba, permitiéndole librar a su movimiento del destino trágico de España… y de Indonesia. De los tres secretarios generales de aquella juventud, uno murió en el frente de Madrid; otro, en los sótanos de la G.P.U.; el tercero, Wildebaldo Solano, mantiene las banderas de lucha. ¿También es un agente imperialista este héroe del proletariado español? ¿Fueron agentes imperialistas los héroes de las Juventudes Comunistas Ibéricas?
Sus huéspedes trotskistas
Castro quizás ignore ésta y otras historias. Pero hay una cosa que no ignora, dónde están los trotskistas, pues los trató y frecuentó quizás más asidua, y con seguridad más recientemente, que los socialistas de la izquierda nacional, quienes preferimos reducir a lo indispensable nuestro… “universalismo”, porque tenemos mucho que cumplir en donde estamos y de donde somos. Y para probar con un solo ejemplo nuestra afirmación, bástenos recordarle el caso más notorio, el del secretario general de la IV Internacional, Mandel-Germain, quien no sólo fue huésped agasajado de Cuba, sino que participó en la polémica sobre industrialización y motivaciones de la productividad entablada entre el comandante Guevara y el no marxista (pero favorito de los agentes soviéticos) Bettelheim a quien llegó a pulverizar, literalmente, en una mesa redonda televisada.
Esto dio a Mandel-Germain un resonante prestigio en Cuba, lo que no extrañará a nadie que conozca, por ejemplo, su reciente “Tratado de Economía Marxista”. Porque Castro no lo ignora, es que sostenemos que su “equivocación” constituye una agachada. En realidad, sus tiros van a otra parte, que no son “los trotskistas”, cuya fuerza minúscula, dispersa e irrelevante volvería desproporcionado más allá de todo asombro un ataque que cubre la mitad del discurso de clausura de la Tricontinental.
Guevara: Castro no explica
Pero acabamos de citar a Ernesto Guevara. No es cuestión de su muerte sino de su vida. Y de la vida política cubana, de la que Guevara ha desaparecido. Castro podrá explicar que el paradero de Guevara es cierto, aunque secreto, y cualesquiera sean nuestras aprehensiones, su afirmación nos obliga, sus palabras hacen mérito en nuestro ánimo.
Pero Castro no explica este hecho no menos fundamental: que la desaparición del comandante Guevara de la vida política cubana implica el cierre de una discusión entablada, impuesta por los hechos, sostenida por declaraciones inequívocas. La tesis recientemente sostenida por la prensa imperialista de un Guevara “chinófilo” enfrentado a un Castro “soviético” es falsa, por lo menos con relación a Guevara.
Precisamente, en su viaje último, éste chocó con los dirigentes chinos en Pekín, cuando los dirigentes chinos le reprocharon, unilateralmente, que Cuba se había limitado a una “defensa moral” de la revolución vietnamesa. Guevara les replicó, con absoluto derecho: “La misma defensa moral que nosotros obtuvimos de los camaradas chinos cuando la crisis de los misiles en Cuba”.
Carpetazo burocrático
Posteriormente Guevara pasó por Argelia y allí pronunció el conocido discurso en el cual enjuicia, en forma apenas velada, la política nacionalista de la burocracia soviética. En su renuncia a los cargos y a la ciudadanía cubana, afirmará después su identificación en materia de política exterior con Fidel Castro, lo que no puede borrar el discurso de Argelia, al par que deja pendiente la polémica interna, por lo menos en lo relativo a la conducción económica. Uno y otro aspecto se cortan de cuajo con el retiro de Guevara, y a eso sigue un golpe de timón a la derecha, el terrorismo burocrático que resucita las infamias criminales del “trotskismo contrarrevolucionario”, el arroz chino, los chinos “sirviendo” con sus actitudes la política imperialista yanqui.
Esta supresión burocrática de una discusión abierta por el desarrollo mismo de la revolución cubana, el monolitismo administrativo y asfixiante, denotan con harta evidencia la mano de la burocracia soviética, su método, sus modelos, sus intereses, su nudo corredizo.
El lenguaje de Beria
Nuestras aprehensiones sobre la suerte personal del Che, que sepultamos ante la afirmación terminante de su compañero de armas más directo, provienen de que ese compañero, en el contexto mismo en el cual la reitera, saca a relucir la jerga de Stalin y de Beria, la fórmula del trotskismo que ha dejado de ser una tendencia, aunque errónea, del movimiento obrero, para convertirse en una agencia del imperialismo. Con esa fórmula se montaron los procesos de Moscú, cuyas víctimas están siendo hoy rehabilitadas. ¡Y esas víctimas eran las cuatro quintas partes de los dirigentes del Partido Bolchevique de 1917! Con esa fórmula se exterminó a miles de revolucionarios durante la guerra civil española.
En la actualidad, los dirigentes soviéticos acusan de “trotskistas” a los dirigentes chinos y, en general, a quienes enfrentan de algún modo la política revisionista y capituladora de la llamada “coexistencia pacifica”, a la que no adhirió precisamente Ernesto Che Guevara. Fórmula tan elástica, pues, tiende un puente entre una política revolucionaria y la calidad de agente del imperialismo, puente nada académico pues, como es lógico, en plaza sitiada a los agentes del imperialismo les espera el pelotón de fusilamiento.
Viraje a derecha
Sí, creemos —puesto que lo ha afirmado tajantemente— que el comandante Guevara no ha seguido la suerte de los bolcheviques leninistas entre 1931 y 1938. Pero también creemos que Fidel Castro, al promover o tolerar la supresión de Guevara del escenario cubano, y al resucitar infaustamente el repertorio ideológico del verdugo Stalin, ha introducido los métodos del terrorismo, el monolitismo burocrático y la brutalidad más desmoralizante en su país y en el movimiento revolucionario latinoamericano, y que lo ha hecho capitulando ante la burocracia soviética, que tolera a Cuba a condición de separarla de Latinoamérica, y se empeña en congelarla para que no perturbe su idea fija de un “acuerdo” de “coexistencia pacífica” con el imperialismo norteamericano.
La Izquierda Nacional
por Luis Enrique Alcalá | Ene 29, 2008 | Fichas, Política |

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Cinco años se cumplieron ayer del sesquicentenario del nacimiento de José Martí, el Apóstol de Cuba. Este mismo año se cumplirán, el 19 de mayo, trece del centenario de su muerte en la Batalla de Dos Ríos, abaleado por soldados españoles mientras luchaba, ya no con la pluma sino con la espada, por la independencia cubana. En Versos sencillos el propio Martí anticipaba su modo de morir:
No me pongan en lo oscuro
A morir como un traidor¡
Yo soy bueno y como bueno
Moriré de cara al sol!
En conmemoración de aquel 28 de enero publica ayer El Nuevo Herald un breve artículo de Carlos Ripoll, biógrafo y estudioso del héroe cubano: Martí y los derechos humanos. Es su texto lo que se reproduce en esta Ficha Semanal #181 de doctorpolítico.
La mayor parte de la vida de Martí transcurrió en el frecuente destierro, comenzando a la temprana edad de diecisiete años. En uno de sus exilios vivió una breve temporada en tierra venezolana. A esta tierra la amó como veneró a Simón Bolívar, a quien estudió a fondo y de quien dijo: “En calma no se puede hablar de aquel que no vivió jamás en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada a los pies…!” Y también: “De las palmas de las costas, puestas allí como para entonar canto perenne al héroe, sube la tierra, por tramos de plata y oro, a las copiosas planicies que acuchilló de sangre la revolución americana; y el cielo ha visto pocas veces escenas más hermosas, porque jamás movió a tantos pechos la determinación de ser libres, ni tuvieron teatro de más natural grandeza, ni el alma de un continente entró tan de lleno en la de un hombre”. (Discurso sobre Simón Bolívar ante la Sociedad Literaria Hispanoamericana, 28 de octubre de 1993).
Martí fue político y fue literato, patriota y poeta; sobre todo, usó una cabeza clarísima. Algún político contemporáneo, dado a la ideología y la indiscreción, pudiera reflexionar sobre palabras de Martí, escritas veinte años antes de su muerte: “Las cuestiones graves no se resuelven con teorías preconcebidas. La conciliación es garantía de la paz, y lo son de acierto el severo examen y prudencia”.
Pero tan clara como su cerebro era su alma, que mantenía abierta aun para sus enemigos. De esto dejó testimonio en estas dos estrofas:
Cultivo una rosa blanca
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo,
Cultivo una rosa blanca.
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Los derechos de Martí
La más antigua violación de los derechos humanos en Cuba se cometió contra los indios. Como siempre cuando quiere el abuso imponer doctrina, se recurrió a desacreditar la víctima: se acusaba al nativo de idolatría y perversidad, y lo perseguían con turbas de perros. Había entonces religiosos que no daban la espalda al crimen. Alzó la voz nuestro primer disidente, el padre Bartolomé de las Casas, de quien dijo Martí: “Cuatrocientos años hace que vivió, y parece que está vivo todavía”. Pasados quinientos, aún hoy, está vivo Las Casas: ni el crimen se ha agotado en la isla ni falta quien lo delate. En las primeras décadas de la conquista se suicidó más del diez por ciento de los indígenas; desde el triunfo del estalinismo en Cuba más del diez por ciento de la población se ha ido al exilio: otra forma de protesta, y de suicidio.
La cumbre cubana de la lucha por los derechos humanos la ocupa José Martí. Su primera denuncia pública apareció en El presidio político en Cuba. Tenía 18 años. Estaba en Madrid. Acusó a España de cruel indiferencia ante “la petición de los derechos” para su patria: al comienzo de la Guerra Grande había dicho Carlos Manuel de Céspedes: “Los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden ni siquiera pensar […] La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir”.
El apostolado todo de Martí gira en su defensa de los derechos humanos. Al iniciar la última campaña por la libertad de Cuba, en 1891, dijo en su discurso de Tampa: “Si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. La actual Constitución de Cuba reproduce las últimas palabras de esa cita, pero, falsificando a Martí, suprimieron las palabras que siguen, en las que dejó bien claro lo que para él era “la dignidad plena del hombre”: “El carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio integro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre”.
Todos los crímenes sociales que ha padecido Cuba, desde el descubrimiento hasta el presente, tienen raíz en alguna violación de los derechos humanos, tal como se enuncian en la Declaración Universal, y aun en su más amplio sentido: agravios o atropellos contra “la dignidad plena del hombre”.
Como en Tablas de la Ley deberán escribirse en Cuba los juicios de Martí sobre los derechos humanos, de los que aquí, con ocasión del 155 aniversario de su natalicio, a modo de ejemplo, se trascriben algunos:
• El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del ente más infeliz, es mi fanatismo: si muero, o me matan, será por eso.
• A quien merme un derecho, córtesele la mano, bien sea el soberbio quien se lo merme al inculto, bien sea el inculto quien se lo merme al soberbio.
• Contra la razón augusta, nada. Sobre el deber de dar empleo a las fuerzas que puso en la mente la naturaleza, nada. Ni rey sobre el derecho político, ni rey sobre la conciencia. Por encima del hombre, sólo el cielo.
• De los derechos y opiniones de sus hijos todos está hecho un pueblo, y no de los derechos y opiniones de una clase sola de sus hijos.
• Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y a hablar sin hipocresía.
• Cuando no se disfruta de la libertad, la única excusa del arte y su único derecho para existir es ponerse al servicio de ella. ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera!
• Me parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de pensar.
• Ni el que tiene un derecho, tiene con él el de violar el ajeno para mantener el suyo: ni el que se ve dueño de una fuerza debe abusar de ella.
• Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan.
• Ningún triunfo se logra definitivamente fuera del buen sentido y el equilibrio de los derechos humanos.
Carlos Ripoll
por Luis Enrique Alcalá | Ene 22, 2008 | Fichas, Política |

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En diciembre de 1994 el suscrito comentaba un libro de Moisés Naím, recientemente publicado, en su revista mensual referéndum, la que fue editada entre febrero de 1994 y septiembre de 1998. El libro constituía el primer intento interpretativo de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, por quien fuera uno de los ministros del gabinete económico del período.
Naím expresaba en él sorpresa por el “Caracazo” en 1989 y por los intentos de golpe de Estado en 1992. No lograba explicarse cómo el aumento de precios de algunos rubros alimenticios pasó sin causar disturbios, y en cambio el aumento del precio de la gasolina degeneró en una violencia urbana de proporciones descomunales. Pero la explosión del 27 de febrero de 1989 no fue detonada por el encarecimiento de la gasolina sino por el del transporte interurbano—la mecha se encendió en Guarenas—y este último llegaba, justamente, a coronar molestias previas por los aumentos en los precios del pan y la leche. Por otra parte, estas cosas ocurrían poco después del acto de toma de posesión de Pérez con gran boato y dispendio y, más importantemente, eran tan sólo las más recientes privaciones impuestas a un pueblo de largo sufrimiento y longevas carencias. Casi dos años antes había advertido el contendor de Pérez, Eduardo Fernández: “El pueblo está bravo”.
La Ficha Semanal #180 de doctorpolítico recoge el texto del comentario sobre el libro de Naím. En él se destaca, entre otras cosas, que el economista norteamericano Jeffrey Sachs había asesorado a Pérez en ese fatídico año de 1989, el año de instalación de un “paquete económico” modelado sobre los preceptos del Consenso de Washington, que constituyeron la receta estándar exigida por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Vale la pena, entonces, recordar dos pasajes que han sido citados antes—el primero fragmentariamente—en esta publicación. Primero, unos trozos de L’Ancien Régime et la Revolution, de Alexis De Tocqueville, cotejables con la sorpresa admitida por Naím. Dicen así:
“Ningún gran evento histórico está en mejor posición que la Revolución Francesa para enseñar a los escritores políticos y a los estadistas a ser cuidadosos en sus especulaciones; porque nunca hubo un evento tal, surgiendo de factores tan alejados en el tiempo, que fuese a la vez tan inevitable y tan completamente imprevisto… Las opiniones de los testigos oculares de la Revolución no estaban mejor fundadas que las de sus observadores foráneos, y en Francia no hubo real comprensión de sus objetivos aún cuando ya se había llegado al punto de explotar… es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hombres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la administración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario”.
El siguiente pasaje proviene del propio Jeffrey Sachs, que en 2005 escribió en The End of Poverty:
“De algún modo, la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar”.
Jeffrey Sachs estaba hablando de su propio cambio, pues once años antes de “El fin de la pobreza” se mostraba tan sorprendido como Naím de los terribles acontecimientos de 1989 y 1992, y para nada renuente a la aplicación de sanguijuelas que luego denunciara.
LEA
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Minotauro de papel
El Fondo Carnegie para la Paz Internacional estimuló a Moisés Naím, antiguo Ministro de Fomento durante el segundo período de Carlos Andrés Pérez, a escribir un libro sobre la política económica de ese período. La invitación culminó en la edición de un libro de Naím en inglés—Paper Tigers & Minotaurs: The Politics of Venezuela’s Economic Reforms (Tigres de Papel & Minotauros: La Política de las Reformas Económicas de Venezuela)—que el propio Fondo Carnegie publicó.
El libro incluye una presentación de Morton Abramovitz, el presidente del Fondo Carnegie, y una introducción de Jeffrey Sachs, profesor de la Universidad de Harvard y asesor del gobierno de Pérez en 1989. Naím dejó su cargo de ministro para trabajar en el Banco Mundial, desde donde pasó a ser un asociado senior en el Fondo Carnegie. Esto explica que el libro esté escrito en inglés (probablemente pensado en ese idioma), y que Naím haya escogido hablar del tema desde su cómoda postura académica en los Estados Unidos de Norteamérica.
El libro en cuestión no constituye realmente una sorpresa. Los razonamientos de Naím, las explicaciones que ofrece, son ciertamente las esperables en alguien que fuera uno de los teóricos del paquete perecista. En la conclusión, por ejemplo, eleva a la categoría de “eslabón perdido” del proceso del segundo período de Pérez una estrategia de comunicación eficaz, cuya ausencia habría sido el factor determinante de las crisis políticas que caracterizaron a esa fase de la política venezolana. El título del libro alude a uno de los focos centrales del mismo: los factores que se opondrían al “gran viraje” de Pérez, entre los que habría “tigres de papel”, opositores que se creía fuesen más fuertes y decididos que lo que resultaron, y “minotauros”, oponentes que lo fueron mucho de modo inesperado.
Aun cuando Naím se refiere en más de un punto al tema de la pobreza, y reconoce la existencia de un mar de fondo de descontento previo, confiesa haberse sorprendido con los intentos de golpes de Estado de 1992 y con algunas otras cosas, como la aparente inconsistencia popular, que produjo los desórdenes del 27 de febrero de 1989 y los días subsiguientes pero habría dejado de protestar contra otros aumentos de precio. Traducimos un poco de su primer capítulo para ilustrar el punto: “La predicción de cuáles medidas serían aceptables al público y cuáles provocarían un clamor hostil era igualmente propensa al error. Por ejemplo, nadie anticipó que los venezolanos saldrían a la calle a protestar por la elevación de los precios de la gasolina y los pagos hipotecarios mientras toleraban pasivamente precios de la comida y las medicinas que colocaban a estos rubros fuera del alcance de muchos consumidores. La reacción popular fue tan feroz que forzó al gobierno a abandonar el plan de aumentar el precio de la gasolina (aun cuando todavía hubiera estado entre los más bajos del mundo) y a poner en práctica un costoso subsidio a las hipotecas de las viviendas. Entretanto, los precios de los alimentos y las medicinas continuaron aumentando sin provocar siquiera una reacción remotamente proporcional de los políticos, los medios o el público”. (Pág. 14). Antes Naím declara: “…nadie había sospechado que en Venezuela—uno de los pocos países latinoamericanos que se había ahorrado los horrores de las dictaduras militares de los sesenta y los setenta—las fuerzas armadas influyeran significativamente la política de las reformas económicas. El minotauro militar saltó a la acción dos veces inesperadamente”. (Pág.14).
Tenemos que disentir de esa lectura de Naím, puesto que tales eventos habían sido tanto anticipados como advertidos. El 21 de julio de 1991 el editor de esta publicación argumentaba desde El Diario de Caracas: “Por problemas menores que los que enfrenta el Presidente, Isaías Medina fue derrocado. No pudo nunca recuperar sus derechos políticos. En cambio, Richard Nixon todavía influye en la política mundial y de su país, porque tuvo la sabiduría de, por menos que lo que acongoja al Presidente, renunciar a la presidencia de los Estados Unidos… El Presidente debiera considerar la renuncia. Con ella podría evitar, como gran estadista, el dolor histórico de un golpe de Estado, que gravaría pesadamente, al interrumpir el curso constitucional, la hostigada autoestima nacional”. Bastante antes de esa advertencia, escribía también en “La Posibilidad de una Sorpresa Política en Venezuela”: “Por lo que respecta a un golpe militar antes de las elecciones de 1988 las probabilidades aparecen como minúsculas, aun cuando el deterioro continuase, como parece lo inevitable. Sólo un deterioro muy fuertemente acelerado en lo que resta desde ahora hasta las elecciones, pudiera provocar un intento serio de golpe militar. Por esto el sistema político venezolano deberá estar pendiente de acciones intencionales de agitación y agravamiento de la situación por parte de elementos que estuviesen jugando a esta posibilidad. En cambio, de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy reducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable”. (Septiembre de 1987). En la introducción de este estudio decía: “En la primera sección de este trabajo discutiremos los rasgos que permiten calificar a la situación venezolana como altamente propensa a la sorpresa política. En las subsiguientes, y tratadas de modo distinto, dos clases generales de sorpresa: la posibilidad del outsider democrático en las elecciones de 1988; la posibilidad del golpe militar”.
También opinábamos en el mismo estudio: “Las mismas condiciones que hacen en general más probable la aparición de un hecho político sorpresivo son las que han aumentado la base con la que contaría un intento militar de tomar el control de las cosas: las condiciones de creciente deterioro de la situación. Sería muy raro que en las condiciones venezolanas de la actualidad no hubiesen aumentado las aproximaciones al tema y el examen de las consecuencias de un hecho tal por parte de actores con alguna posibilidad técnica de intentarlo… la posibilidad subsiste, y su cristalización supondría un deterioro más acusado, tal vez con la explosión de violencia social previa y la ausencia de una solución civil eficaz a los ojos de los militares que estuviesen pensando en esa dirección”.
Eso, pues, por lo que respecta al punto de la predecibilidad. En cuanto al fondo del problema, la óptica de Naím corresponde a una perspectiva clásica, newtoniana, mecanicista, según la cual “debería ocurrir” una explosión social por el aumento de los precios de alimentos y medicinas porque ocurrió una con el aumento de los precios del transporte. El propio Naím reconoce que la explosión del 27 de febrero de 1989 fue espontánea. Como hemos expresado acá, no es una visión clásica la que permite una explicación satisfactoria del fenómeno, sino modelos más actualizados de la teoría del caos y la teoría de la complejidad, la que, dicho sea de paso, permite entender, a través del fenómeno de la autorganización de sistemas complejos, las estabilidades que Naím no entiende.
Pero también está todo el libro en línea con la idea, más o menos difundida, de que el programa de Pérez era un programa esencialmente correcto. Las equivocaciones habrían sido, como reportamos antes, comunicacionales ante todo, las que serían más importantes que otras explicaciones que Naím minimiza, como la siguiente: “Los defensores del enfoque con orientación de mercado echan la culpa de la agitación política al gobierno de Pérez. Argumentan que su gobierno era corrupto y falló al no poner suficientemente atención a los costos sociales de los cambios que puso en práctica. No hizo nada para forzar el goteo hacia abajo de los beneficios de las reformas a las clase pobre y media” . Naím dice que estas “…generalizaciones son engañosas y dejan de capturar la esencia de la experiencia venezolana con las reformas”. (Pág. 12)
En este tipo de perspectiva lo acompañan ambos prologuistas. Sachs se sorprende, como Naím: “La gran paradoja de la experiencia venezolana es que logros macroeconómicos significativos—un rápido crecimiento del PNB, el haber esquivado la hiperinflación, la promoción de exportaciones—hayan sido acompañados por una profunda agitación política, incluyendo dos intentos de golpe. ¡Uno se estremece de pensar en lo que un fracaso macroeconómico hubiera producido!”. (Pág. 5).
Por su parte, Abramovitz establece la equivocación en las mismas primeras líneas de todo el libro: “La gerencia de las reformas de mercado es quizás el principal problema público en más y más países, desde los viejos países socialistas hasta las diversas economías de América Latina”.
Que estos estudiosos de los problemas públicos den prioridad al tema del mercado por encima del inmenso, principalísimo, decididamente central problema de la distribución de la riqueza en nuestros países, es evidencia de la tecnocrática ceguera y académica autosuficiencia que caracterizó, como a otros gobiernos en el mundo, al segundo período presidencial de Carlos Andrés Pérez, del que Moisés Naím fue destacado protagonista. Por fortuna, el libro de Naím no pasa de ser un minotauro de papel, aunque tal vez se trate, en su caso particular, de un minotauro de papel moneda.
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