El diario El Nacional reproduce la siguiente información, suministrada por la agencia EFE:
El director del Consejo Nacional de Estados Unidos para el Hemisferio Occidental, Mauricio Claver-Carone, dijo este miércoles que la salida más recomendable para la crisis de Venezuela es una solución regional con el Grupo de Lima, y no una europea por la vía del Grupo de Contacto Internacional, GCI. «Nosotros apoyamos al Grupo de Lima porque pensamos que la solución en Venezuela debe ser una solución regional, el Grupo de Contacto podrá tener buenas intenciones pero no creemos que lo que hace falta a Venezuela es una solución europea», dijo Claver-Carone en una entrevista con el canal TVN Noticias de Panamá. El funcionario indicó que en esta solución regional, Panamá «tiene un papel importante», por lo cual, destacó, se espera que el país siga desempeñando un rol de liderazgo en la búsqueda de una solución a la crisis que arrastra Venezuela. Manifestó que Panamá tiene una lección importante que le puede dar a Venezuela, que es haber tenido también una dictadura, «que tuvo las oportunidades de una salida pacífica y que desafortunadamente no las aprovechó».
Empezando por esto último: Venezuela no tiene que buscar en ninguna parte lecciones sobre dictaduras; ha vivido las de Bolívar, Castro, Gómez, Pérez Jiménez y la muy efímera de Pedro Carmona Estanga. Claro que lo que Mauricio insinúa es que la de Manuel Antonio Noriega encontró su fin con la invasión militar de los EEUU a Panamá en 1989.
Desde la década de 1950 hasta poco antes de la invasión estadounidense, Noriega colaboró cercanamente con la CIA. Noriega fue una de las fuentes de inteligencia más valiosas, así como una de las vías principales de armas ilícitas, equipo militar y dinero destinado a fuerzas de contrainsurgencia respaldadas por Estados Unidos en Centro y Sudamérica. Noriega también fue un traficante principal de cocaína, algo que sus colegas de inteligencia estadounidense supieron por varios años, pero que no lo detuvieron debido a su capacidad de cubrir operaciones militares en América Latina. (Wikipedia en Español).
Los Estados Unidos nunca han tenido problemas en su numeroso apoyo a dictaduras; los inconvenientes se presentan cuando los dictadores en cuestión dejan de alinearse con sus intereses.
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El tuit de Pompeo
Pero esta vez los problemas de los estadounidenses han sido suscitados por una postura temprana del Grupo de Contacto de la Unión Europea: que la solución a la crisis venezolana debe quedar en manos de los venezolanos. Léase: no debe surgir del Grupo de Lima o de los Estados Unidos, ni siquiera de la Unidad de Asuntos de Venezuela que su Departamento de Estado acaba de establecer ¡en Colombia! ¿Por qué no la estableció en Panamá? ¿Será que Colombia carece de experiencia con dictadores y, en consecuencia, no puede ofrecer lecciones a Venezuela?
Gustavo Rojas Pinilla (Tunja, 12 de marzo de 1900-Melgar, 17 de enero de 1975) fue un militar, ingeniero civil, político y presidente colombiano quien, tras el golpe de Estado que le dio al presidente Laureano Gómez, ocupó de facto la presidencia de Colombia del 13 de junio de 1953 al 10 de mayo de 1957. (Wikipedia en Español).
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Rojas Pinilla, empezó a destacarse como militar, en la represión de los disturbios del 9 abril de 1948 en la ciudad de Cali, y por haber comandado el Batallón de militares colombianos que combatió bajo órdenes de Estados Unidos en la guerra de Corea. El haber participado en la guerra de Corea marca un hito en la historia de las Fuerzas Militares colombianas, ya que no sólo se foguearon en un conflicto internacional, sino que asumieron el marco ideológico del enfrentamiento real de los dos sistemas imperantes, que luego fueron materializados en Colombia por medio de la Doctrina de la Seguridad Nacional y la utilización reiterada de conceptos como el de «enemigo interno». (Colombia y los Estados Unidos en los inicios de la Guerra Fría).
En 1948 no había un Grupo de Contacto de Europa con Corea que pudiera diferir de las posiciones intervencionistas de los Estados Unidos. LEA
El 8 de este mes a punto de conclusión, acepté la gentil invitación de Luisa Quintero a conversar sobre la suspensión de la ronda de negociaciones del gobierno y su oposición en la isla de Barbados, adonde se había trasladado el diálogo mediado por Noruega. Avisado con tiempo, dispuse la grabación del intercambio en mi teléfono, y de esto quedó un archivo de audio cuya calidad se vio afectada, más que por el medio, por una gripe que me aquejaba en aquel entonces.
Luisa me había explicado que usaría mis respuestas en una nota que preparaba para el portal de Tal Cual, el periódico que fundara Teodoro Petkoff. Ese trabajo aún no ha visto publicación veinte días después, por lo que le consulté sobre la posibilidad de publicar yo mismo en este blog porciones de la conversación; ella contestó amablemente que seguía esperando la publicación de la nota y que no tenía problema con que yo usara mi propia grabación. Así que coloco acá buena parte del intercambio, la menos afectada por la gripe y las limitaciones de mi teléfono:
Hablé con Luisa como ciudadano, ya no como médico político desde Radio Caracas Radio, menos exigido por las limitaciones de una responsabilidad clínica. Dicho de otro modo, asumiendo el lema de Tal Cual hablé claro y raspado. LEA
Si en algo ha tenido Hugo Chávez un éxito indiscutible es en levantar el odio entre hermanos de una misma nación. Si en algo ha sido eficaz es en el contagio de sus resentimientos biográficos, de sus reconcomios infantiles. Pues, en dinámica prevista por Hegel, estudioso del conflicto humano, los enemigos terminan por parecerse al cabo de prolongada lucha. Es bastante más de uno el opositor a Chávez que se conduce idénticamente poseso por el odio y el rencor. (…) Lo peor que puede hacer un opositor a Chávez es parecerse a él.
Acá se ha destacado cómo es que tal vez el peor de los legados del chavismo (ahora mutado en madurismo) es la generalización del odio social. El 5 de julio de 2007 se exponía en Nocivo para la salud mental:
Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. No hay, pues, nada que pueda salvar a las administraciones de Chávez en el registro de la historia, y esto debe ser explicado a sus partidarios en nuestra ciudadanía. Uno pudiera invitarles a que hicieran una lista de los aciertos de Chávez, pues por más larga que fuese sería reducida a la insignificancia al cotejarla con su perenne modelación de la violencia y la agresión, que deja cicatrices en el espíritu de la Nación.
La proliferación de las llamadas «redes sociales» ha amplificado desde entonces el proceso, y un alto grado de agresividad es observable en el mundo de los opositores, incluso cuando discrepan y se censuran entre ellos mismos. Son de ayer los siguientes dos tuits, que pueden servir de ejemplos (se corrige la escritura, típicamente defectuosa):
1. Él no se ha rendido, Ud. sólo está viendo ahora con claridad lo que SIEMPRE estuvo ahí. Guaidó llegó para hacer lo mismo que Capriles, Rosales, MCM, Allup, Borges, Leopoldo y el resto de HDP: oxigenar al régimen, traficar esperanzas, y burlarse de los venezolanos. Son socialistas.
2. No hay cese de usurpación; Guaidó se rindió, capituló, se acobardó, dio las nalgas. ¿Entienden fanáticos guaidobobos?
Es patente que tales gemas han sido talladas por espíritus enfermos.
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Ocho años y 14 días después de la cita inicial, intentaba contestar una pregunta de la Sra. Amparo Schacher de Wiedenhofer, quien había inquirido el 12 de julio de 2015 en comentario a entrada de este blog: “Tomando en cuenta su visión de la política como acto médico ¿cuál sería el método y cuáles las primeras medidas a tomar si Ud. fuese elegido presidente actualmente?” Así iniciaba lo que atiné a responder:
Lo primero que haría como Presidente es comunicar al país mi convicción de que las personas de convicción socialista, en su mayoría, son gente que privilegia la virtud de la solidaridad, y que no debe llegarse a la Jefatura del Estado con ánimo altaneramente justiciero. Ya en septiembre de 1987 escribía (en Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela):
Si un aspirante a outsider sorpresivo, a “tajo” de las elecciones, plantea su campaña con un grado apreciable de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros políticos debemos aun a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fracaso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positividad. El propio Isaac Newton reconoció: “Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes.”
Creo, por supuesto, que el socialismo, en tanto ideología, es terapia equivocada, medicina antigua, concebida en el siglo XIX como toda otra ideología—liberal o libertaria, social-demócrata o social-cristiana (o eso que ahora presentan como si fuera nuevo, un tal progresismo)—con la pretensión de saber cuál es la sociedad perfecta o preferible y quién tiene la culpa de que la sociedad actual no lo sea. Su presunción fundamental es errónea: a partir de unos pocos casos observables de empresarios nocivos para el grupo social, razonan que la empresa privada en general es perniciosa y por tanto debe ser establecido un “Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes”. (Diccionario de la Lengua Española; definición de socialismo). Si tal proceder fuese correcto, entonces habría que acabar con el Estado, pues son numerosos los casos de estados harto inconvenientes. Toda institución humana exhibe patologías, y la solución no es eliminarla, sino curarla.
Pero eso no es lo mismo que condenar al chavismo a la Quinta Paila del Infierno por toda la eternidad. Es posible hacer ver a quienes se inscriben en esa variedad del socialismo, aunque con dificultad, que su enfoque de la política es equivocado, como lo es toda posición ideológica. El error de mi contendiente no es causa de mi acierto, y nuestra tarea principal es la de reunir a un país ideológicamente dividido.
Eso no es declaración meramente retórica. Cuatro días después de la muerte de Hugo Chávez, hice el programa #35 de Dr. Político en RCR. Invito a los visitantes de este blog a escuchar un poco menos de la mitad de su duración y luego, si así les place, a condenarme por lo que dije el 9 de marzo de 2013:
Corría el año de 1985 y el presidente Lusinchi contestaba, según ritual establecido, la participación de la instalación de un nuevo período del Congreso de la República. En cándida admisión, dijo a los presentes en el acto protocolar celebrado en Miraflores: “…el Estado casi se nos está yendo de las manos”.
¿Qué debiera decir, con idéntica sinceridad, Nicolás Maduro a un año de su Plan de Recuperación Económica? Por la medida chiquita debiera admitir que el Estado se le ha ido de las manos, visto el evidentísimo fracaso de su cacareado remedio.
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«Ya llevamos diecisiete años de diálogo». Lo dijo primero María Corina Machado, y tardó sólo un día Antonio Ledezma en repetirlo. Diecisiete años atrás estábamos en 2002. ¿A qué diálogo se refieren Machado & Ledezma? ¿Al Carmonazo, la toma de la Plaza de Altamira por militares, el inicio del Paro Petrolero…?
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Ahora hay preocupación en Alemania por los alarmantes pronósticos de un triunfo electoral de la ultraderecha en Sajonia y Brandenburgo, que celebrarán elecciones el 1º de septiembre. Me escribe un informado y competente amigo comentando el fenómeno: «Tenemos muchas alertas. Todo el mundo es una alerta».
Bueno, sí. Hace tiempo que algunos alertamos:
Es evidente la proliferación de crisis políticas en el mundo en estos tiempos, y tal cosa sugiere que más que sólo eso estamos ante una crisis planetaria de la Política en tanto profesión. No otra cosa es el fenómeno manifestado en el Movimiento de los Indignados, Occupy Wall Street, el ascenso de Podemos en España, el de Syriza en Grecia y la sorpresiva votación de las últimas elecciones del Parlamento Europeo, que fueron un rechazo a las organizaciones políticas tradicionales y la vigorosa expresión de radicalismos de derecha e izquierda.
Venezuela no escapa a este fenómeno; es más, lo ha anticipado. Parece ser nuestro sino ser precursores—o bellwethers, según expresión de John Naisbitt—en materia de problemas; la crisis financiera de 2008 en los EEUU y Europa nos llegó a nosotros en 1994, las privaciones que vive ahora Grecia nos tocaron con el paquete de Pérez a partir de 1989, y esta crisis de las organizaciones políticas tradicionales ya se manifestaba entre nosotros en las encuestas de Gaither a comienzos del gobierno de Jaime Lusinchi. Aquella encuestadora solía preguntar cuál era “el mejor partido” entre las opciones AD, COPEI, MAS y otros. Usualmente obtenía un total de alrededor de 28% de encuestados que no lograban identificar un mejor partido; así fue en agosto del 74, septiembre del 79 y octubre del 83. La medición subió repentinamente a 43% en agosto de 1984, poniendo de manifiesto un repentino desplazamiento sísmico en la opinión ciudadana en este punto.
El proceso venezolano continuó su curso con la crisis del segundo gobierno de CAP entre 1991 y 1992; después con la intención de voto de hasta 70% por Irene Sáez, mientras se la vio como postura antibipartidista antes del apoyo de COPEI. El desagüe electoral de la misma preferencia a través de Chávez, quien en diciembre de 1997, un año antes de su primera elección, sólo alcanzaba de 6% a 8% de intención de voto, ocurrió una vez que Salas Römer se opuso a la constituyente que la mayoría deseaba y aceptó el apoyo de la carne de la guanábana bipartidista: Acción Democrática. Ahora Grecia y la amenaza de Podemos en España parecen seguir el curso que ya nosotros hemos recorrido.
Los electores griegos y españoles no están conscientes de las causas profundas de la crisis; como creyeron los electores que han votado por Chávez y Maduro, entendieron que la cosa era un problema de corrupción y desatención a la pobreza, que la culpa de ésta era de una “exclusión” activa intencional, cuando la verdad es, como lo puso el programa de gobierno de María Bolívar, que “ningún Estado puede darle entera satisfacción material ni cultural a la sociedad”, y que no se reúne gente todas las semanas en el Country Club para discutir cómo va a excluir más personas de la riqueza.
La causa de la crisis de la Política en todo el mundo es de orden paradigmático; su etiología es la esclerosis de los marcos mentales desde los que operan los actores políticos tradicionales, y éstos no son otros que la comprensión de la Política como lucha por el poder legitimada por una ideología, y el empleo de imágenes clásicas para intentar la comprensión de la sociedad: las newtonianas de “fuerzas” y “espacios políticos” o las geométricas que representan la sociedad como un pastel que puede cortarse con nitidez. (“…un Acuerdo Nacional para la Transición en el que esté representada la Unidad de todos los ciudadanos de Venezuela, a través de las visiones de los trabajadores, los jóvenes, los empresarios, los académicos, los políticos, los miembros de las iglesias y de la Fuerza Armada, en fin, de todos los sectores nacionales”. Manifiesto de Ledezma, López & Machado, 11 de febrero de 2015).
La emulación, la competencia humana por el poder no va a desaparecer—el instinto territorial está cableado en el piso más primitivo del cerebro humano—pero, como con el boxeo a partir del Marqués de Queensberry, pudiera ser reglamentada. Es posible crear espacios políticos en los que se fuerce una legitimación programática, en vez de ser carismática, tradicional o burocrática, como vio Max Weber, o la que simplemente se fundamenta en la mera descalificación ritual del adversario.
Pero es más fácil todavía postular un nuevo espacio político en el que se proscriba la función ideológica. Las ideologías, en sus variedades conocidas (inventadas en el siglo XIX para manejar los asuntos públicos en sociedades de complejidad mucho menor que las del siglo XXI), son obviamente obsoletas. El mismo día de la muerte de Carlos Fuentes (15 de mayo de 2012), se publicaba simultáneamente en Madrid y Ciudad de México su último artículo: Viva el socialismo, pero… En él preguntaba: “¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?”
La ideología debe ser suplantada por la metodología, una metodología clínica para un oficio cuyo fin es resolver problemas de carácter público, y las nociones geométricas adecuadas ya no son las euclidianas sino las fractales, las correspondientes a la ciencia de la complejidad. Los conceptos políticos del siglo XIX no pueden asir la compleja realidad de las sociedades del siglo XXI. El uno romano ha escapado del encierro de las equis.
Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política.
Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como “brujos de la tribu” que como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.
Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.
Y luego el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: uno en el que la inteligencia reivindique su espacio y su función y en el que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.
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Ya en febrero de 1985 se hacía notar lo siguiente: «…no es que descalifiquemos a los actores políticos tradicionales porque supongamos que en ellos se encuentre una mayor cantidad de malicia que lo que sería dado esperar en agrupaciones humanas normales. Los descalificamos porque nos hemos convencido de su incapacidad de comprender los procesos políticos de un modo que no sea a través de conceptos y significados altamente inexactos. Los desautorizamos, entonces, porque nos hemos convencido de su incapacidad para diseñar cursos de acción que resuelvan problemas realmente cruciales. El espacio intelectual de los actores políticos tradicionales ya no puede incluir ni siquiera referencia a lo que son los verdaderos problemas de fondo, mucho menos resolverlos». Son treinta y cuatro años de advertencias (el doble de los diecisiete de «diálogo» de Ledezma & Machado).
Seguiremos advirtiendo, hasta donde nos alcance la mirada. LEA
Mi hijo mayor tenía un mes de nacido y yo me ocupaba más bien de música académica, pero pude percibir el descomunal impacto del mayor concierto de todos los tiempos: el Festival de Woodstock, que cumple cincuenta años.
Sería después cuando mis hermanos y hermanas me dieran instrucción preescolar en esa música que expresaba tantas cosas de la actualidad cultural y política, y luego películas como Las fresas de la amargura o Mrs. Robinson y cintas que me grabara Eduardo Quintana Benshimol, mi añorado amigo, pulirían algo más mi analfabetismo inicial. Gracias a ellos pude apreciar presentaciones de Joan Baez en el Estadio de Béisbol de la Universidad Central de Venezuela y Carlos Santana en el Poliedro de Caracas. Faltaba mucho para que la Academia Sueca decidiera conferir el Premio Nobel de Literatura al rapsoda Bob Dylan en 2016.
Blowin’ in the wind
Tomo de YouTube un video conmemorativo de la experiencia Woodstock, que vale la pena ver a pantalla completa. LEA
La Constitución no está suspendida mientras opera una Asamblea Nacional Constituyente.
Las decisiones mencionadas en su Art. 349—Los poderes constituidos no podrán en forma alguna impedir las decisiones de la Asamblea Nacional Constituyente—tendrían, por tanto, rango subconstitucional, no pueden ir contra lo constitucionalmente dispuesto, por cuanto el más mínimo cambio de ello requiere un referendo aprobatorio.
El Art. 200 dispone: «De los presuntos delitos que cometan los y las integrantes de la Asamblea Nacional conocerá en forma privativa el Tribunal Supremo de Justicia, única autoridad que podrá ordenar, previa autorización de la Asamblea Nacional, su detención y continuar su enjuiciamiento». La ANC—que no es la Asamblea Nacional (del mismo modo que Guaidó no es el Presidente de la República)—no puede autorizar la detención de diputados ni la continuación de su enjuiciamiento.
Pregunten al profesor Herman Escarrá. (A ver qué dice). LEA
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