por Luis Enrique Alcalá | Mar 31, 2005 | Cartas, Política |

El Premio Hugo no tiene nada que ver con Hugo Chávez, por más que a algún adulador, o a él mismo, el establecimiento de una cosa así pudiera haberle pasado por la cabeza. En cambio, instituido en honor al Padre de las Revistas de Ciencia Ficción, Hugo Gernsback, es el equivalente al Oscar que concede anualmente la Sociedad Mundial de Ciencia Ficción, por logros sobresalientes en este activo campo literario. Se hace posible a partir de postulaciones de los miembros de esa asociación, y se adjudica por el voto democrático de los mismos miembros para obras aparecidas el año previo a la premiación.
Al igual que el Oscar, el Premio Hugo se ha concedido en versiones especiales. El propio Gernsback, por ejemplo, recibió la primera de ellas en 1960. Otro de esos premios especiales, único hasta ahora, fue para reconocer el extraordinario logro de un autor de lamentadísima ausencia, Isaac Asimov, fallecido en 1992, por la Mejor Serie de Ciencia Ficción de Todos los Tiempos: la serie de tres volúmenes que los aficionados conocen con el nombre de Fundación. (Fundación, Fundación e Imperio, Segunda Fundación).
Asimov nació en las cercanías de Smolensk, Rusia, en 1920. Sus padres emigraron hacia los Estados Unidos, donde Isaac se convertiría más tarde en bioquímico de profesión, con toda la intención de proseguir una carrera de investigador y docente. Su verdadera vocación era, sin embargo, la de escritor.
Posiblemente no haya habido nadie que pueda equipararse al talento de Asimov en su calidad de divulgador científico. Leer los tres volúmenes de Understanding Physics, o el gordo tomo The Intelligent Man’s Guide to Science, permite comprobar que en la pluma de Asimov la arcana Teoría de la Relatividad, o la no menos difícil Mecánica Cuántica, se convierten en agua cristalina que su poder didáctico acerca al entendimiento del ciudadano común. (Bertrand Russell, por ejemplo, intentó hacer algo parecido en su The ABC of Relativity, pero jamás llegó a acercarse a la claridad de Asimov). Más de 500 libros escribió Asimov en su prolífica vida, en los que no sólo fungió como prístino divulgador de ciencia, pues en un acto de característico arrojo escribió un enjundioso y respetable volumen sobre la obra de William Shakespeare, y en otro se convirtió en sugestivo comentarista de la Biblia.
Pero su papel más popular es el de autor de ciencia ficción. Fue él quien formulara las «tres leyes de la robótica», ahora expuestas en la película I, robot, protagonizada por el cotizado actor Will Smith y más o menos inspirada en libro del mismo nombre de Isaac Asimov. Y sus ingeniosas historias, escritas desde la ventaja de un verdadero conocimiento de las ciencias, conforman un numerosísimo conjunto. Ninguna, no obstante, tan apasionante como la trilogía de Fundación.
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Fundación es una saga galáctica muy adelante en el futuro, y trata de la declinación de un imperio extendido en el espacio, que es prevista en las ecuaciones, enrevesadas pero hermosas, de la «Psicohistoria», una ciencia nueva de fundamento matemático y establecida por Hari Seldon, su gran maestro. Las ecuaciones indican que el imperio cuya capital es el planeta Trantor entrará en acelerada decadencia, abriendo el tiempo a decenas de milenios de una edad oscura, análoga a la Edad Media que sucediera a la caída del Imperio Romano de Occidente.
Seldon logra explicar este asunto al emperador sin perder la cabeza en el intento, y de hecho obtiene la autorización y los fondos necesarios para establecer en un planeta distante una «fundación» compuesta por científicos y técnicos, ente los que se encontrarán, sin duda, sus discípulos en el arte de la Psicohistoria. (Al emperador le conviene la lejanía de sabios tan impertinentes que insisten en predecir el colapso del imperio que preside). La misión de la fundación es similar a la de un monasterio benedictino medieval: preservar, en una enorme «Enciclopedia Galáctica», todo el conocimiento acumulado por la civilización, con el que pudiera emprenderse una reconstrucción que acortaría a un solo millar de años la época de oscuridad.
Así pues, Seldon coloniza el planeta deshabitado que se le asigna en compañía de sus seguidores, dispone lo relativo a la vida en comunidad, y fija las líneas del trabajo de recopilación. Después puede morir.
El conocimiento psicohistórico, por otra parte, es tan preciso e inexorable, que Seldon es capaz de calcular con exactitud los momentos en los que la Fundación se enfrentará a momentos críticos en su evolución, décadas y siglos antes de que ocurran, y tiene tiempo de registrar antes de morir pequeños discursos que pronunciará después de muerto, en proyecciones holográficas de su persona que aparecerán, justo a la emergencia de estas «crisis de Seldon», en el salón de sesiones del consejo de la Fundación. De este modo su consejo es útil en los momentos cruciales y la Fundación puede sortear las crisis y proseguir tranquilamente su fundamental misión civilizatoria.
Pero algo imprevisto por Seldon acaece en el segundo tomo de la saga (Fundación e Imperio). La impresionante y poderosa estructura matemática de la Psicohistoria, que trabaja con grandes números, no pudo prever el minúsculo detalle de una mutación. Aparece entonces en la historia un mutante, un militar autoritario, ávido de poder, capaz de influir determinantemente la voluntad de los hombres, y que por tal razón posee más fuerza que «una decena de flotas de batalla».
Entonces este mutante autocrático e inmisericorde, conocido por el apodo de «el Mulo», se impone a los cuidadosos diseños de Seldon y echa por tierra sus elaborados cálculos. Ninguna voluntad puede oponérsele, que él controlará con su poderes psíquicos anormales. Sus más amargos enemigos quedan reducidos a la condición de siervos obedientes. Implacable, va extendiendo rápidamente su dominación por todos los confines de la galaxia. El plan de reconstruir la civilización, en menor tiempo del previsible a partir del colapso de Trantor, ha quedado hecho trizas.
A este dictador galáctico se le llamaba el Mulo no tanto por su tenacidad, sino porque la mutación que lo produjo le dio ese carácter estéril que tiene la progenie híbrida de caballo y asno. El Mulo no puede tener descendencia, no puede tener hijos que perpetúen una sucesión dinástica.
Pero otro factor relativamente accidental dará por tierra con el Mulo. Arcadia Darell, una joven mujer, poseída ella misma de una coraza psíquica—algo así como «la Fuerza» en «La Guerra de las Galaxias» de George Lucas—logra que el Mulo baje la guardia, como Dalila del futuro, y precipita su impensable caída.
(Hasta aquí lo que necesitamos para nuestra analogía política actual y local. En el tercer tomo de la saga, baste decir, una «Segunda Fundación», establecida en secreto por Seldon en el «extremo opuesto de la galaxia», emerge de la derrota del Mulo y completa la misión entrevista por el psicohistoriador. Es ésta la historia que le valió a Asimov el premio único por la mejor serie de ciencia ficción de todos los tiempos, superando con ella a gigantes como J. R. R. Tolkien—El Señor de los Anillos—Robert Heinlein, E. E. Smith y Edgar Rice Burroughs, el creador de Tarzán).
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Ya el lector habrá articulado las obvias semejanzas de Hugo Chávez con la figura del Mulo. Militar, autoritario, peligroso, implacable. Imprevisto. Mentalmente poderoso. Estéril.
Militar, es obvio. Pero de formación aleatoria. Chávez quiso ser pelotero, y escuchó que en el ejército estaban los mejores profesores. Así se alistó, fusionando al arma la potencia de su asombrosa inteligencia.
Autoritario. Ningún venezolano, ni siquiera el más fanático entre sus seguidores podrá regatearle este carácter, que a él le gusta.
Peligroso. No es lo mismo un autócrata presidiendo un programa eficaz, que otro dirigiendo una terapéutica fundamentalmente equivocada. Ni siquiera un demócrata que actúe desde convicciones fundamentalmente equivocadas puede ser beneficioso.
Implacable. Su agenda procede, más que sin pausa, a rápido ritmo. No tiene contemplaciones con ningún poder distinto del suyo. Si Fidel Castro se le opusiere, él lo declararía traidor.
Imprevisto. Chávez no estaba en el mapa. Sólo muy pocos conocían de sus tendencias y andanzas antes del 4 de febrero de 1992. En mi caso personal, equivoqué mi lectura en 1987, cuando consideré improbable un golpe de estado de corte izquierdista. Chávez fue una sorpresa, un mutante.
Mentalmente poderoso. Es capaz de cautivar durante horas a multitudes. Ha dominado la psiquis colectiva desde que tuvo el poder. La cantidad de veces que los venezolanos hemos pensado en Chávez, o pronunciado su nombre, en los últimos seis años, es casi inconmensurable. Ha desplegado una explicación de las cosas, de la sociedad, de la historia de la humanidad, de nuestra propia historia venezolana, de nuestra situación económica, que propala con eficacia de predicador, sin que para propósitos prácticos se le refute o, mejor, supere.
Estéril. No tendrá descendencia, en tanto tipo de liderazgo. A Hugo Chávez lo hicieron y rompieron el molde. (Aunque pertenece ciertamente a un tipo: el de Castro, el de Hitler, que son más o menos infrecuentes. Oradores interminables, ególatras, muy construidos y postizos). No todo el mundo combina en grado tan superlativo la inteligencia, la tenacidad, la voluntad de poder, los talentos histriónicos, la creatividad publicitaria, de Hugo Chávez. En su movimiento ya no habrá sucesor que se le equipare.
Acá se detienen por un instante las semejanzas. No es probable que la perdición de Chávez sea una mujer, ni que resucitara María Callas a cantarle Mi corazón se abre a tu voz, de Sansón y Dalila de Saint-Saëns. En esto Chávez sigue el método de Juan Vicente Gómez, que tuvo bastante actividad sexual, pero no dormía con mujer. Creer otra cosa es tan iluso como la peregrina noción que le escuché a alguien en 1998: que la solución era acercarse a Chávez con una maleta de dinero para nombrarle sus ministros de la economía.
¿Qué clase de figura pudiera dar al traste con una perduración de Chávez en el poder?
Siendo que Chávez tiene el mayor control del poder posible en Venezuela—político, militar, económico—una oposición al estilo cacical debe fracasar. Es un brujo, no un cacique, quien puede suceder a Chávez a corto plazo. (2006). No es otro «tío tigre» menor que pretenda discutirle la posición alfa a Tío Tigre en su manada. Es Tío Conejo.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 17, 2005 | Cartas, Política |

Primera parábola: entre nosotros los venezolanos las siglas YMCA (Young Men’s Christian Association) están vinculadas desde hace un buen número de décadas con la actividad deportiva. Para los estadounidenses, en cambio, la asociación cognitiva más inmediata es con su servicio de alojamiento gratuito o a bajo costo en las grandes ciudades de su país. No muchos saben, en cambio, que la celebración del Día del Padre fue inventada, por una hija agradecida, en la YMCA de Spokane, estado de Washington, en 1909. Y claro, a finales de la década de los años setenta, el grupo de «música disco» que se llamó Village People convirtió en hit de popularidad mundial una exultante pieza que tuvo precisamente por nombre «YMCA», y que saludaba justamente el servicio de alojamiento de esta institución como una estupenda ayuda a jóvenes que no tuvieran dónde ir.
Bueno, regresemos a Venezuela. Además de las canchas deportivas YMCA, las siglas identifican un evento anual que se celebra en Caracas y, en el interior del país, al menos en Maracaibo. Se trata de la carrera de carritos de fabricación casera en la que participa un buen número de jóvenes. Los carritos, que no tienen propulsión autónoma, adquieren velocidad al deslizarse por una cuesta pronunciada. La gravedad y la inercia se encargan del asunto. Hasta hace no mucho la cuesta perfecta era la de la avenida Venezuela de El Rosal. Me han dicho que ahora la carrera ocurre en Altamira.
Los participantes de estas carreras han sido típicamente jóvenes de nuestros barrios, que construían sus carritos a partir de materiales desperdiciados, con el aporte de ruedas desechadas del taller mecánico cercano, cajas de madera provenientes de la bodega del barrio o flejes que proveyera la ferretería de más abajo.
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En el campo de la oposición venezolana pareciera haberse iniciado una carrera de carritos YMCA, y la meta se la entiende colocada en 2006, año de las próximas elecciones presidenciales, dado que seguiría siendo la salida de Chávez «el primer problema nacional a resolver».
Hay, de nuevo, una incipiente pleamar de actividad opositora que comienza a expresarse en dos planos. Uno es el que ocupa el enjambre ciudadano, partes del cual comienzan a moverse y retomar manifestaciones y marchas—en la consabida territorialidad de Chacao—o a celebrar reuniones en las que se pregunta si las asambleas de ciudadanos han muerto. En el otro plano se disponen, en pistas paralelas, una cantidad de iniciativas competidoras. Sus respectivos carritos están hechos con mucha similaridad de materiales y programas, pero correrían cada uno por su cuenta hacia la meta: la candidatura única de oposición en las presidenciales del año que viene. Cada quien busca posicionarse, presentando su propio carrito, con la esperanza de hacerse con ese papel.
Varias veces ha hecho esta carta alusiones a líneas sostenidas por Primero Justicia y la llamada Izquierda Democrática de Esculpi. Por lo que respecta al primero se presenta a sus miembros como «los únicos», mientras Julio Borges «cede» funciones partidistas a Liliana Hernández y él prepara su candidatura—ya nos repetirá que él es de la generación a la que toca el turno—mientras la aguerrida ex adeca gerencia «la única fuerza política que Chávez teme».
En cuanto a la ID esculpiana, ha nacido con la falla de origen de identificarse con criterios políticos del siglo XIX y con el considerable pasivo contra su credibilidad que representa su larga asociación con la figura comodín de Francisco Arias Cárdenas.
En COPEI su actual presidente puso este cargo a la orden al culminar las elecciones regionales del 31 de octubre y excitó a los demás miembros de la dirección nacional del partido a hacer lo propio. Al cabo de un trimestre ha superado el intento de atornillarse del secretario general quitándole funciones, para engrandecer el poder de la presidencia de la cual ahora no se aleja, y desde la que intenta relanzar al partido como «fuerza» de «centro» y eje alrededor del cual sueña que se reunirían, además de COPEI, Convergencia, Proyecto Venezuela y Primero Justicia, en reencuentro familiar socialcristiano. (Otra formulación que parece necesitar la referencia a las decimonónicas nociones de izquierda y derecha, liberalismo y socialismo, para definir su sustantividad. Ellos nos traerían la mezcla ideal de ambas cosas: una «economía social de mercado»). En su discurso del 3 de noviembre Eduardo Fernández sugirió que el partido no se había perdido en sus manos, al destacar que se venía de seis años de estrategia opositora equivocada y doce años de declinación partidista. Es decir, desde 1992, cuando abandonó la Secretaría General para medirse y ser derrotado por el más radical de derechas Oswaldo Álvarez Paz. Fernández no habría tenido que ver nada en el problema verde.
Acción Democrática pareciera estar, una vez más, en situación alfárica. Esto es, en un partido que no parece alojar figuras presidenciables y que es controlado burocráticamente, a lo Alfaro Ucero, sólo que Ramos Allup es más educado y mucho más vocal que el viejo y defenestrado caudillo y Acción Democrática es hoy aun más débil que en 1998. Por ahora asiste al acto de presentación en sociedad de una reedición, de una versión compacta, mini, de la Coordinadora Democrática (sin la transmisión automática de una constelación ensamblada a partir de ONG’s), el Polo Democrático, junto con el presidente de AD, Jesús Méndez Quijada, Gerardo Blyde, de Primero Justicia, Felipe Mujica del MAS, Pompeyo Márquez, Américo Martín y Milos Alcalay.
Con el nombre—Polo Democrático—este carrito de Rafael Simón Jiménez quiere sugerir que se nos vendría encima, una vez más, la necesidad de combatir a un Polo Patriótico. La dimensión de la lucha exigiría la adquisición de escala. Por eso una alianza del Bloque Socialdemócrata, OFM-Vamos y Solidaridad pretende ser la fundación de un «movimiento de movimientos» que sea «capaz de reactivar el ánimo reivindicativo del movimiento opositor frente a las pretensiones militaristas, caudillescas y autocráticas del presidente Hugo Chávez». La Coordinadora Democrática fue precisamente una federación de este tipo, con mucha mayor fuerza que este «polo». La CD fue justamente un «movimiento de movimientos», cuando lo que se precisaba era un movimiento de ciudadanos.
Pero el mismo día anuncia Súmate, por boca de su líder María Corina Machado, que hace metamorfosis para convertirse en la crisálida de un «movimiento ciudadano nacional»—aún no es el tiempo de emergencia de la final mariposa política—dedicado a «defender los derechos democráticos de la ciudadanía». Es decir, en una especie de Queremos Elegir más moderno. (Y sobre todo más poderoso. Los dos colosos del diarismo venezolano, El Universal y El Nacional, reportan la transformación pública de Súmate, el mismo día de la presentación del Polo Democrático, sólo que El Universal convierte el acontecimiento en el titular principal de su primera página, evidenciando la clase de cañones a disposición de María Corina, mientras que El Nacional, que uno pudiera suponer afecto a presuntos proyectos candidaturales de Gustavo Cisneros, la ignora en portada, aunque la reseña en nota ligeramente más breve al lado de la que dedica al «polo»).
Súmate 2.0 se mercadea con tres módulos operativos incorporados de fábrica: fomentar elecciones limpias (léase cazar la pelea del Consejo Nacional Electoral), luchar contra la discriminación política (listas de Gascón) y profundizar la contraloría ciudadana (aplicación para representación del enjambre). Con esperables modernidad e inteligencia, María Corina presentó el significado de su carrito con las siguientes palabras: «El enemigo que tenemos no es el jefe del gobierno y sus cercanos colaboradores, como generalmente se piensa. No son los jefes militares de la llamada revolución ni sus seguidores. Tampoco sus imposibles ideas de transformación económica y social del país, que más temprano que tarde demostrarán su torpeza histórica y su sensatez (sic) política. El mayor enemigo de nuestra democracia está en nosotros mismos. El dejarnos llevar por la ilusión rota y no comprender que los derechos y la libertad se conquistan fracaso tras fracaso, lucha tras lucha, victoria tras victoria. El peor enemigo de la democracia son los ciudadanos que se dejan imponer condiciones». (El Nacional, domingo 13 de marzo de 2005).
O sea, se proponen líneas concretas de acción, se aparenta deslindarse de una confrontación directa contra Chávez y su revolución (pero no puede eludírsele en el discurso para denunciar sus «imposibles ideas»), se declara que el enemigo no es Satán propiamente dicho, sino nuestra propia y pecaminosa carne que acepta ingerir las secreciones demoníacas. Un discurso calculado para mover, para galvanizar, un discurso de poder, vulnerable aún por las dudas que se ciernen sobre su líder y su presunta asociación con el estúpido experimento de Pedro Carmona.
En el género de opciones modernizantes puede asimismo inscribirse a «Venezuela de Primera», que hasta ahora no ha sacado la cabeza al público, pero igualmente intenta ser el carrito YMCA de Roberto Smith Perera. Basado en su experiencia de «Vargas de Primera», un interesante intento de tomar la gobernación del estado Vargas en las elecciones de octubre pasado, ha auspiciado reuniones con el expreso propósito de «lanzar una nueva iniciativa política nacional». La susodicha iniciativa contendría «una oferta superior para el futuro del país, superior a la hegemonía actual, y una narrativa histórica y social de gran alcance, superior a la de la V República y a la del regreso al pasado». (Ambas por desarrollar). Smith plantea: «Una parte relevante de la inspiración de este grupo está en el trabajo que hicimos en Vargas el año pasado. Entre conocedores de los quehaceres de la política se piensa que el esfuerzo de Vargas debe ser expandido y replicado en muchos otros contextos, y que ésta es la única vía racional y segura para construir una fuerza capaz de retar a la actual hegemonía en el mediano y largo plazo».
Esto es, de nuevo la justificación por oposición y la creencia de que su carrito es el «único» que puede garantizar eficacia en un enfrentamiento ulterior con el Ferrari de Schumi Chávez. En sus encuentros ha regresado por sus fueros la misma llovizna del «movimiento de movimientos», ya encontrado en la relación sobre el Polo Democrático, aunque ciertas fuentes de muy alto nivel en el grupo de Smith indican que una cierta crítica a tan difundido lugar común—en la liga del abortado «consenso-país»—habría causado en su seno un impacto sobre este mito tan popularizado en ciertas cabezas de la «sociedad civil».
Tulio Álvarez, por su parte, busca reflotar su imagen de agente demostrador de fraudes electorales y se acomoda en uno de los carriles de la bajada del 2005 con la «Federación Verdad Venezuela», a la que presenta con el calificativo de «resistencia». Si desapareciera el dominio de Chávez ya no tendría nada que resistir, y por ende dejaría de tener sentido. Como Súmate, ha puesto sus miras iniciales sobre el CNE. (Ya compitieron poco después del revocatorio, con la colocación prácticamente simultánea en el mercado político de los fanfarriados pero inocuos Informe Álvarez e Informe Hausmann-Rigobón).
Otros actores, se asegura, buscarán ubicarse en unos pocos carriles aún restantes. Todavía siguen en el mapa figuras como la de Guaicaipuro Lameda, Rafael Alfonzo y Carlos Alfonso Martínez, y siempre está latente una candidatura de Teodoro Petkoff. Por lo que respecta al general recientemente liberado, ha puesto magnánimamente su «movimiento»—minúsculo—a la orden de candidaturas de otras iniciativas para las dos elecciones de 2005, no para 2006.
Petkoff es el único estadista reconocible en la enumeración precedente. Es evidente la sensatez y tino políticos que ha exhibido desde su trinchera de TalCual y su programa semanal en CMT, y es el ideador de agudas observaciones. Hace nada puso de relieve el siguiente teorema, pasado por alto por muchos analistas políticos: si Chávez ha dicho que hay que inventar un socialismo del siglo XXI, dado que los distintos modelos históricos del «socialismo real» han fracasado, esta última caracterización se aplicaría muy especialmente al fracaso del proyecto castrista en Cuba. En frase peligrosamente feliz ha sugerido que en Venezuela es preciso «inventar la oposición», para atenuarla de inmediato y sustituir «oposición» por «alternativa» u «opción», lo que, una vez más, continúa requiriendo la presencia del rival para cobrar sentido existencial. Por ahora es muy requerido en el interior de la República, donde tiene la esperanza de aliar liderazgos locales que llegaron de segundos en la competencia del 31 de octubre.
Pero las encuestas—de donde también han desaparecido nombres otrora pujantes, como los de Herman Escarrá y Juan Fernández—ya no registran en sus pantallas a Petkoff, a pesar de su longeva exposición pública. Tal vez tal cosa se deba a que sus pertinentes análisis se detienen en el borde de las soluciones sin exhibirlas. Hace nada le contestó a César Miguel Rondón, que buscaba precisarlo sobre el punto más allá de la declaración de opositor a Chávez: «¿Tú lo que quieres es que me coja el toro?» Uno barrunta la siguiente implicación: Petkoff sí sabe cuál es «la solución», pero cree que ella no debe ventilarse en público.
En una órbita totalmente diferente debe ser colocado, si es que tal cosa existe, el presunto proyecto de una candidatura del empresario Gustavo Cisneros Rendiles. La ingente cantidad de recursos financieros y comunicacionales que podría colocar en juego, su innegable condición de jugador de grandes ligas, su transnacionalidad, su familiaridad con importantes jugadores de peso internacional, no son cosas que puedan cargarse en un carrito desprovisto de fuerza motriz, impulsado sólo por sus piernas y la inercia que una cuesta en bajada convertiría en energía cinética. Si Chávez maneja un potentísimo Ferrari, Cisneros conduce un no menos potente Williams. Pero como todo esto es especulación—no hay nada oficial por parte de Cisneros—no es posible hacer evaluaciones medianamente serias acerca de sus pretendidas intenciones, así como tampoco cabe adelantarlas respecto de Marcel Granier, de quien también se dice pretende competir y que, sobre todo, tiene por ahí una «tesis», la tesis, que estaría exponiendo en círculos bastante discretos y cerrados.
En fin, trayectorias planificadas para su recorrido en carriles separados, paralelos, que no se tocan.
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Segunda parábola: María Corina Machado debe conocer por relación de sus padres, que estuvieron entre los fundadores, la historia del surgimiento del Grupo Santa Lucía, un importante espacio de encuentro de miembros de élites venezolanas. Cuando celebró su primera reunión en 1977, en la isla caribeña de la que tomó su nombre, no existía la intención de perpetuarlo. El entusiasmo generado por la exitosa experiencia natal llevó a la periodicidad de sus reuniones.
El Grupo Santa Lucía es, como ha quedado dicho, la sesión de una muestra de élites venezolanas que en lenguaje oficialista serían caracterizadas como mayoritariamente «cuartorrepublicanas» o «escuálidas». Empresarios importantes, políticos, académicos, militares, fueron inicialmente seleccionados porque ya eran decisores clave en Venezuela o porque estarían a punto de serlo. A lo largo de los años han celebrado muy serios eventos de análisis, auxiliados con el aporte de expertos extranjeros o nacionales sobre problemas o tendencias vigentes.
Más allá de esto, ciertas condiciones formales en el diseño del grupo han garantizado su eficacia como organizador de consensos dirigenciales. Entre ésas destacan el que de preferencia se reúne fuera de Venezuela y el que no permite la observación de periodistas.
Que se procure reunirse fuera del país obedece a una sola intención: asegurar el sosiego proclive al análisis, que sería impedido en nuestro territorio por el acoso de secretarias y celulares, con la tentación de ausentarse «por un rato» para atender «asuntos urgentes» si se delibera en sitio demasiado cercano a las oficinas de los asistentes.
Que se proscriba la asistencia de periodistas en tanto tales busca relajar las aprensiones, los pescueceos, los pantalleos y las disensiones rituales que aquejan sobre todo a los políticos de oficio y que parecen hacerse ineludibles en cuanto anda cerca un micrófono o una cámara. De allí que funcionase muy bien un ambiente de discreción, en el que un adeco y un copeyano pudieran expresar acuerdos fundamentales sin que por eso se les tuviera como contemporizadores a la vista de la opinión pública. Sin la presencia de periodistas era posible integrarles a consensos. En público se hubieran visto fatalmente impelidos a disentir.
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Para tratar el proliferado paralelismo de las iniciativas reseñadas en la parábola anterior, las reglas del Grupo Santa Lucía pudieran convenir grandemente. Debe reconocerse que todas tienen su base, su mérito, su verdad. Algunos protagonistas, corredores de la YMCA, son héroes de cuño reciente pero admirable, otros creen que su excelencia ejecutiva y su valor les legitima de algún modo, o su intransigencia ante el régimen actuante, la prolijidad y dedicación de sus esfuerzos. No hay duda de que entre todos componen una experiencia política o social de magnitud nada despreciable y que, si estuvieran compactados en una sola asociación, pudiera esperarse de tal conjunto un desempeño más poderoso.
Petkoff ha apuntado atinadamente que, si bien el foco debe estar puesto en 2006, hay dos etapas previas que cumplir: las elecciones de munícipes y las de asambleístas. También señala que las probabilidades de presentar una oposición razonable a Chávez en 2006— «retar a la actual hegemonía», para emplear terminología de Smith Perera—quedarían muy disminuidas si las elecciones intermedias resultaren en la previsible caída y mesa limpia a favor del gobierno. Todo el ventajismo gubernamental, todo su estilo de jugador sucio, cada vez más refinado y aprendido, con «morochas» y con «kinos», pudiera conformar una próxima Asamblea Nacional, por ejemplo, tan desequilibrada como lo estuvo la Asamblea Constituyente de 1999, en la que sólo cuatro diputados de oposición disentían—más o menos—de la abrumación oficialista de la época. Eso es una cabeza de estratega funcionando.
Pero ¿qué pudiera pasar si pudiera ejercerse suficiente exigencia sobre los protagonistas del evento YMCA para que, antes de lanzarse por la bajada, consintieran en reunirse con el único propósito, ya no de estructurar un insostenible «movimiento de movimientos», sino de arribar a morochas y kinos unitarios del lado contrario al del gobierno? ¿Si pudieran entender, en un cónclave discreto, protegido de cámaras y micrófonos, tal vez en Aruba o Antigua, que antes que sus legítimas carreras individuales por el poder máximo hayan adquirido dinámicas irreversibles es preciso enseriar el asunto de las dos elecciones de 2005? No se les exigiría un acuerdo para las presidenciales, tan sólo que cooperen todos hacia una unificación de la oferta electoral de este año crucial.
¿Quiénes pudieran conformar presión suficiente para asegurar la nueva convergencia de tan tenaces paralelas? Básicamente, los factores que asignan recursos financieros y espacio comunicacional, grupos que impactan a los líderes—como ciertas peñas influyentes, como ciertas iniciativas reeditables (la vieja idea de Pablo Moser sobre la búsqueda de un «estadista con moto propia», tal como los cazatalentos buscan gerentes), como ciertas ONG’s con peso, como otras instituciones de propósito no político. Si estas organizaciones e instancias, si sus líderes, no piensan competir, entonces pueden exigir la conducta descrita a los pilotos en competencia, y facilitar lo conducente a la realización, en condiciones de Santa Lucía y con la logística requerida, de este concilio de unidad. Ya una vez, cuando la caída de Pérez Jiménez había terminado por considerarse inevitable, pudieron tres grandes líderes—Betancourt, Caldera, Villalba—acordarse en Nueva York, protegidos de la inquisitoria reporteril y las demandas de sus propias militancias.
Reunamos, pues, en monasterio inaccesible a Petkoff, a Machado, a Smith, a Jiménez, a Fernández, a Ramos Allup, a Borges, a Esculpi, a Álvarez, a Cisneros, a Granier, etcétera. Apoyémosles con el juicio de brujos y de expertos: Keller, Gil, Bottome, gente así. Secuestrémoslos como cardenales hasta que puedan salir con el acuerdo operativo que la hora requiere.
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Tercera parábola: en el hotel El Parque, colindante con el parque Rodó, en un agosto lluvioso de Montevideo, se reunía en 1962 el Congreso Mundial de Pax Romana, la organización cupular que federaba la pareja del Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos (los mayores) y el Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos (los jóvenes).
En un evento que contó con la presencia de gigantes como Eduardo Frei Montalva, el hasta los momentos líder del movimiento de estudiantes, un lituano que respondía al nombre de Peter Vygantas, resultó elegido Presidente de Pax Romana.
Vygantas optó por imprimir carácter pedagógico a su discurso inaugural como presidente de la organización dual, y básicamente explicó que Pax Romana era cuatro cosas a la vez, cada una de las cuales había surgido de la anterior, en secuencia histórica a partir de la cosa primigenia.
Pax Romana era y había sido, en un comienzo, una idea. Una idea con sentido, convincente, estimulante. La fuerza de la idea era tal que su difusión y comunicación hicieron que apareciera un movimiento, la coalescencia de conciencias diversas sobre el propósito de materializar la idea primaria. Pero este movimiento, para ser eficaz, debió proveerse una organización, y así se estableció para mantener el movimiento inmune a las fuerzas centrípetas de la insatisfacción y la entropía. Finalmente, esta organización produjo un servicio, que llegaba a los militantes del movimiento. Estas cuatro cosas eran, afirmó, Pax Romana.
Desde luego, no dejó de advertir que el servicio debía ser mantenido y prestado a toda costa, pues sin él el movimiento se desencantaría y desagregaría, con lo que su prole, la organización, moriría, y con estos decesos la misma idea procedería a fallecer.
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No hay duda de que entre los corredores de nuestra carrera YMCA de 2006—los pretendientes al título de contendor o retador democrático de Hugo Chávez—hay gente que sabe de organización. Descuellan entre éstos Roberto Smith, con un impresionante aunque no muy extenso (por su juventud) historial de éxito ejecutivo, y María Corina Machado, pues el logro de Súmate desde 2002 es verdaderamente destacado. En esta misma publicación se asomó su nombre como muy atractiva opción para la Vicepresidencia Ejecutiva de la República, al elogiar su elevación política, expresada en gestos como el de ofrecer los servicios de Súmate al Comando Ayacucho. No hay duda de que entre los operadores políticos de aquel conjunto hay quienes saben arrear movimientos en marchas y manifestaciones de toda índole. Y si se suman a esa trouppe líderes provenientes de ONG’s, también se encontrarían en el grupo actores acostumbrados a la prestación de servicios. Pero ¿hay allí la capacidad para generar la idea? A fin de cuentas, en el esquema de Vygantas nada existe sin la idea. Es la idea la que produce el movimiento, que establece la organización, que presta el servicio.
¿Dónde buscar las ideas? Pues en las cabezas de la gente que se ocupa de producirlas. Parece una verdad de Perogrullo, pero en lo tocante al papel político de las mujeres y hombres de pensamiento gravita un prejuicio de raíces anchas y profundas. Argenis Martínez resumió la cosa así en El Nacional para la campaña de 1998: «La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones».
La situación política nacional no es rutinaria, no es normal. Sería verdaderamente difícil que aun los mejores actores políticos de tipo convencional—curtidos operadores políticos, organizadores excelsos, avezados cultores de la Realpolitik, gente poderosa, servidores altruistas—puedan resolverla.
Es prescripción responsable de esta publicación que se busque ese liderazgo primario y pinacular en dirección distinta de la convencional. Y acá viene al caso rescatar una impresión escrita, hace veinte años, en febrero de 1985: «Serán, precisamente, actores nuevos. Exhibirán otras conductas y serán incongruentes con las imágenes que nos hemos acostumbrado a entender como pertenecientes de modo natural a los políticos. Por esto tomará un tiempo aceptar que son los actores políticos adecuados, los que tienen la competencia necesaria, pues, como ha sido dicho, nuestro problema es que los hombres aceptables ya no son competentes mientras los hombres competentes no son aceptables todavía».
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 10, 2005 | Cartas, Política |

El lunes 28 de febrero pasado el diario El Tiempo (Puerto La Cruz) publicaba dos avisos a página completa de autorías y significados contrapuestos, aunque ambos se referían exactamente al mismo acontecimiento. El primero, a todo color, apareció en la impar página 3, justo al voltear la página de portada. El otro, en más modestos blanco y negro, contestaba al primero al pasar la página, en la número cinco que le seguía.
El primero de los avisos fue sufragado por la Gobernación del Estado Anzoátegui, en gasto autorizado por el poeta (?) y gobernador Tarek William Saab. Su titular gritaba en mayúsculas cerradas: «La verdad es ésta: 100 días de dignidad». El segundo ripostaba frontalmente:»100 días sin dignidad».
El desusado debate publicitario había sido causado por un tráfico virtual: las direcciones electrónicas de nacionales venezolanos—así como de más de uno en el exterior—se cansaron de recibir mensajes con una reproducción fotográfica de otro aviso anterior, también pagado con dinero de la Gobernación de Anzoátegui, a la que se había sobreimpuesto una red de círculos y líneas que identificaban y conectaban personajes repetidos. Esto es, que la fotografía que sirvió para construir un aviso anterior, del lunes 21 de febrero de 2005, era en realidad un montaje en el que se repetían las figuras de unas cuantas personas, asistentes a un mitin del burdo bardo enviado por Hugo Chávez a gobernar el gran estado oriental. Esto es, que se trataba de una incompetente y desvergonzada manipulación, la que no tenía otro propósito que causar la impresión de que Saab—nombre que en este caso no tiene nada que ver con aeroplanos o automóviles suecos—tiene más partidarios de los que le siguen en realidad.
Tanto fue el efecto deletéreo que causara la afanada distribución electrónica de la evidencia de esa patraña sobre la credibilidad de su persona política, que Saab se sintió en la obligación de insertar el aviso del día 28, esta vez organizado en tres paneles que mostraban aspectos distintos de la concentración celebrada el 19, con la esperanza de demostrar que sí le habían escuchado, o por lo menos aparentaron hacerlo, unas diez mil personas.
De nada le valió. El abogado Luis Edgardo Mata, que asumió la responsabilidad del aviso que confrontaba la mentira—publicó su número de cédula, su número de registro en el Instituto de Previsión del Abogado y hasta el número de su teléfono celular—declaró a vuelta de hoja: «Asumiendo responsablemente la defensa de mis derechos y el de millón y medio de anzoatiguenses, conforme lo establece el Art. 26 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, he solicitado al Ministerio Público, que investigue el uso irregular de fondos públicos para promocionar el supuesto liderazgo del ‘Por ahora’ Gobernador del estado, empleando publicidad adulterada y fraudulenta». En el encabezado de su letal contraposición aseguraba que el despacho regional había gastado el 21 de febrero 60 millones de bolívares en publicidad a la que calificó de engañosa, luego de advertir que en la foto insertada por los publicistas de Saab, había no menos de 40 personas repetidas.
De nada le valió a Saab la autodefensa que de por sí revelaba su debilidad; de nada le valió que su nuevo aviso saliera en colores y seguramente en más diarios. Era patente el embuste que coronaba la obscena, inmodesta, inexacta y cursi proclamación de su «dignidad».
Por supuesto, no es el bardo AA (no en términos financieros sino de béisbol) el inventor de tan indecente práctica. Con el desarrollo de la democracia en Venezuela, la mercadotecnia política incluyó crecientemente avisos «oficiales» en los que destacaba más la persona del gobernante, su propia promoción personal, que la información de una gestión a través de un despacho. Recuerdo claramente una valla publicitaria de grandes dimensiones, colocada en las cercanías del Hospital Domingo Luciani de El Llanito, en la que se aconsejaba, sobre la foto de unos zapatos deportivos sueltos, no perder la vida por tratar de preservarlos—creo que todos recordamos cómo la mísera delincuencia caraqueña cobró vidas numerosas por apoderarse de un par de zapatos informales «de marca»—y que el aviso venía firmado así: «Enrique Mendoza. Gobernador». Siempre creí, aunque pudiera estar equivocado, que el ex gobernador Mendoza no sufragó esa valla, que por largos meses dominó la vista del transeúnte de la zona, con sus propios recursos financieros.
Pero este gobierno de Chávez ha exacerbado la malversación a este respecto hasta límites desconocidos por el descaro de funcionarios anteriores. En mimética imitación de su líder máximo, que ha llevado el asunto hasta el culto a la personalidad típico de dictadores y personalidades políticamente ególatras—aquella estatua ecuestre de Carlos Andrés Pérez en su pueblo natal de Rubio, por caso—los funcionarios subalternos han reflejado—a sus modestas escalas, por supuesto—la glorificación propagandística de sus nada augustas personas. Así, por ejemplo, Isaías Rodríguez publicó y distribuyó, poco después de que dejase la Vicepresidencia Ejecutiva de la República para encargarse de su Fiscalía General, un lujoso y persuasivo folleto descriptivo de las actividades de su nuevo despacho, ilustrado con fotos de algunos de sus subalternos principales, sólo que en tamaño muy marcadamente menor al de su propia y destacada efigie. Así, para mencionar otra instancia, los empleados del Municipio Sucre del Estado Miranda visten franelas rojas que sólo indican atrás: «José Vicente: Alcalde». Esto para no hablar del «Aló Presidente» o el ya olvidado, ineficaz y dilapidador «Correo del Presidente», que fuera el primer proyecto que Juan Barreto desbarrancara para su ídolo y jefe.
Es decir, los dineros de la Nación y de sus componentes estatales, municipales y funcionales, se emplean con desvergüenza deslavada en el «posicionamiento» de los comisarios más notables del «socialismo del siglo XXI».
Repito, no se trata de un fenómeno cualitativamente novedoso. (¿O es que no recordamos el 800-IRENE?) Lo que ocurre es que las más atávicas lacras de la previa práctica política han hecho eclosión con el sistema chavista, y desde el foco original de la tumoración de Miraflores surgen metástasis que reproducen en pequeño, regadas por donde haya llegado el dinero de la dominación, la egolatría del Presidente.
Compárese esta «ética» con lo sostenido por Christopher Hodgkinson en su libro The Philosophy of Leadership: «El actor no debe atarse afectivamente al resultado sino al proceso… El compromiso es con la obra misma; con la carrera y no con el premio; con la batalla y no con la victoria. El trabajo se vuelve en este sentido intrínsecamente honorable y satisfactorio a través de un proceso de compromiso moral y comprensión
La indiferencia debe entenderse acá, naturalmente, en un sentido especial. No es que al líder no le importe. Al líder le importan y tienen que importarle los resultados, especialmente aquellos resultados humanos y organizacionales en los que tiene responsabilidad plena o parcial. A lo que, en razón del honor, debe ser indiferente es a los resultados de las acciones en tanto le afecten personalmente. Suponiendo que su curso de acción sea correcto, que ha descubierto cuál es su deber y cumplido con él, lo que es entonces un asunto de indiferencia, de despreocupación, es su propio éxito o fracaso. Ése es el ideal. Su propio ego debe dejar de importar, tiene que ser eliminado de la ecuación de las variables organizacionales. Tiene que ser trascendido. Y aunque esto pueda parecer escandalosamente idealista, esa praxis es también posible».
Claro que la comparación es injusta. Todavía Saab debe recorrer mucho camino moral para apreciar completamente lo que Hodgkinson preconiza. Tal vez por eso mide «su dignidad» en días. Quizás cuando era niño los mandados que haya podido hacer en bodegas de su infancia le hicieran concebir una que otra metáfora primitiva, en las que su incipiente vocación de poetastro le haya hecho imaginar que la dignidad podía adquirirse, como ahora la computa en días, por kilos o por litros o por metros. «Déme usted un metro de dignidad», habrá escrito al comienzo de horribles versos hoy afortunadamente perdidos, en algún cuaderno de escolar.
A lo mejor se siente hoy, sin embargo, orgulloso de resonancias allende nuestras fronteras. En el segundo país que Bolívar fundara y el único que Sucre presidiera, Evo Morales ha anunciado, en estúpida e irresponsable respuesta al póquer inmaculado de Carlos Mesa, que formará una coalición o alianza «de la dignidad» para seguir protestando luego de que la Bolivia inteligente desautorizara su inmoral juego. Definitivamente, los mochos se juntan para rascarse.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 7, 2005 | Cartas, Política |

Definitivamente, no es hora de derechas en América del Sur. Una gravísima situación política se ha suscitado en Bolivia con las últimas ejecutorias de los agitadores del Movimiento al Socialismo, partido dirigido por el diputado y líder cocalero Evo Morales, uno de los buenos amigos de Hugo Chávez. Varias carreteras troncales han quedado interrumpidas por centenares de palos y piedras y la propia ciudad de La Paz ha quedado aislada. Negándose a provocar derramamientos de sangre—seguramente buscado por sus opositores—con el envío de la fuerza pública para desbloquear las vías, el presidente Carlos Mesa anunció anoche su dimisión e indicó que en horas tempranas de hoy lunes la oficializará ante el Congreso.
Mesa explicó su disposición en transmisión especial por las emisoras de radio y televisión, en discurso que fue asimismo un ataque frontal contra la irresponsable oposición que lidera Morales. Después de señalar que no continuaría gobernando «en función de las locuras que me plantee cualquier sector», el presidente renunciante increpó así a su oponente: «Evo Morales, con quien he hablado muchas veces y le he explicado detalladamente esta realidad, tiene mucha facilidad para salir a bloquear Bolivia, porque eso es muy cómodo. Honorable Evo Morales, es muy cómodo bloquear Bolivia, es muy fácil bloquear Bolivia. Venga usted a gobernar y verá lo que es la administración, la responsabilidad de un hombre de Estado. Usted, honorable Evo Morales, es el jefe de la oposición, ya no puede permitirse el lujo de salir a las calles como un dirigente sindical».
Al explicar su determinación Mesa indicó: «»No estoy dispuesto a matar y le debo decir algo bien clarito: no voy a poner a las Fuerzas Armadas, ni a la Policía a desbloquear».
Al cierre de la ruta principal entre Cochabamba y Santa Cruz, iniciado hace una semana, se ha interrumpido la comunicación carretera entre el oriente y el occidente del país. También han sido puestos bajo sitio algunos de los campos petroleros bolivianos, en especial los operados por la empresa Chaco, subsidiaria de British Petroleum. A esto se suma otra interrupción, en este caso en la población de El Alto, cercana a La Paz, impidiendo el cruce de pasajeros y carga desde la capital al resto del país y hacia los vecinos Perú y Chile. Para el día de hoy Morales había anunciado otro bloqueo en el departamento de Cochabamba.
¿Cuál es la justificación esgrimida por el MAS boliviano para asfixiar a sus conciudadanos? En el caso de El Alto el pretexto blandido por un grupo distinto al de los cocaleros—dirigentes vecinales—es la exigencia de expulsión de la compañía francesa Suez, empresa que administra el servicio de agua al pueblo en cuestión y también a La Paz, en protesta iniciada el miércoles pasado por las tarifas cobradas por el suministro. En cambio, el movimiento más amplio de los cocaleros se presenta como exigencia al Congreso, para que apruebe la proposición del MAS de incluir en la nueva ley de hidrocarburos un impuesto de regalías de 50% a las compañías petroleras foráneas.
Esta propuesta había sido ya discutida y rechazada en el parlamento de La Paz, y en su lugar se había mantenido la tasa de 18%, pero añadido un nuevo impuesto de 32% a la producción de hidrocarburos. Comoquiera que Evo Morales no fue complacido en sus deseos, optó por la siembra del caos, con la técnica del chantajista o el gángster: «Si no me das por las buenas lo que quiero, te lo quitaré por las malas». Podemos suponer que Morales llamará a eso democracia. De hecho, declaró cínicamente a emisoras de radio lo siguiente: «Las comunidades van saliendo a tomar caminos, no porque quiera Evo Morales ni el MAS. sino ya es un sentimiento nacional, un interés nacional, un pensamiento del pueblo, de que la Cámara de Diputados debe aprobar 50 por ciento de regalías para el Estado».
Apartando el efecto político, y la grave disrupción generada por los bloqueos, la incertidumbre causada sobre cuál será finalmente la legislación boliviana respecto de actividades petroleras y de producción de gas—todavía no ha sido discutida en el Senado—descarrila totalmente el esquema de negocios elaborado pacientemente por Bolivia, que esperaba concretar importantes acuerdos en materia gasífera con Perú, Argentina y Brasil.
La situación es incierta. Por una parte, el Congreso podría desestimar la dimisión de Mesa, forzándole así a permanecer en el cargo que asumió hace diecisiete meses y debía entregar en 2007. (En agosto). En cambio, de aceptar el parlamento la renuncia, el encargado de la Presidencia sería el Presidente de su cámara alta, Hormando Vaca Díez.
Por otro lado, no han dejado de producirse manifestaciones a favor de Carlos Mesa. Al conocerse sus intenciones, centenares de paceños se agolparon en la Plaza de Murillo, justo enfrente del palacio de gobierno, así como en la céntrica zona de El Prado. Para hoy varias organizaciones de vecinos convocaron a más amplias manifestaciones de apoyo al exigido presidente.
Pero este movimiento contrario, del que falta conocer la magnitud que asumirá y cuán popular sería, se produciría dentro de una ciudad asediada, prácticamente paralítica, bloqueada en sus comunicaciones habituales. Si Morales se sale con la suya, es muy difícil imaginar que pueda impedírsele la toma del poder, con lo que un violento demagogo—éste sí de estirpe chavista—interrumpiría, tal vez por mucho tiempo, la sensatez y la inteligencia que Carlos Mesa había impreso a los asuntos bolivianos desde que echara sobre sus hombros la responsabilidad de sacar al país de una delicada crisis. Muy mala noticia sería para los bolivianos. Morales no es Tabaré Vásquez. Por esto, lamentablemente, la determinación tomada por Carlos Mesa no es signo de su fortaleza política, menos cuando dijo a Morales en su alocución: «Tenga tranquilidad porque aquí no van a haber muertos bolivianos ni en mi espalda… siéntase cómodo y bloquee».
Como para demostrar que es en realidad un clon de Chávez, Morales había dicho—después de que nuestro mandatario hubiera declarado que el 12 de octubre debía tenerse por el comienzo de un genocidio de cinco siglos, y justo a la asunción de Mesa a la Presidencia de Bolivia—que estaba pensando en demandar por daños y perjuicios de 500 años al gobierno de Aznar en España. En aquel entonces esta carta emitió la siguiente opinión: «Por las primeras declaraciones del nuevo presidente Mesa pudiera pensarse que tal vez Bolivia represente el regreso del péndulo de la barbarie a la civilización. En su primera alocución arrancó los más nutridos aplausos de las bancadas partidistas del congreso boliviano al anunciar que compondría su gabinete prescindiendo de los partidos, con puros independientes. Expuso que su gobierno debiera ser entendido como transición breve, mostrándose dispuesto a convocar elecciones para fecha anterior a la conclusión del período que le toca. Remitió al referendo popular cuestiones de economía del Estado que han dividido a la población. Y no dejó de advertir que el Estado boliviano no puede satisfacer todas las necesidades que la población exprese. Por esto hay que apostar al éxito de Mesa». Es triste registrar que el péndulo de La Paz parece haberse devuelto, como en el fondo hacen todos los péndulos.
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por Luis Enrique Alcalá | Mar 3, 2005 | Cartas, Política |

Como era de esperar, Hugo Chávez quiso cogerse la toma de posesión del nuevo presidente uruguayo para él. Del discurso inaugural de Tabaré Vásquez, el presidente venezolano dijo que «recogió el sentimiento de los pueblos de América Latina, por lo que me sentí profundamente representado en esas palabras». Y en ausencia de Fidel Castro disfrutó su monopolio de cabeza caliente y aprovechó para advertir una vez más sobre el magnicidio en su contra que el gobierno norteamericano estaría preparando.
Acto seguido, en concordancia con su dilectísimo concepto de «desarrollo endógeno», firmó un acuerdo para que nuestro petróleo—más de 40 mil barriles diarios—asegure exógenas importaciones de carne y leche uruguayas que desplazarán producción venezolana en instantes cuando sostiene que sus expropiaciones e invasiones lo que quieren lograr es revitalizar nuestro agro.
Como ha sido dicho en otras ocasiones en esta carta, más de una cosa de las que Chávez dice en medio de su irresponsabilidad y bufonería generales, son razonables. Por ejemplo, que pareciera ser preferible un mundo organizado políticamente según una multipolaridad de grandes bloques antes que un diseño hegemónico encabezado por George W. Bush. Entonces tiene sentido la exploración de una integración política sudamericana sin tener que esperar que se complete una integración económica en la que hemos consumido medio siglo sin progreso demasiado notable.
Tal cosa fue incluso, en su momento, recomendación expresa de Milton Friedman—insospechable de emeverrismo—a los europeos. El 2 de agosto de 1993 el esquema integracionista europeo, ya debilitado por la poco entusiasta—hasta difícil—aprobación del Tratado de Maastricht por parte de varios de los países de la Comunidad, recibió un golpe de importante magnitud. La especulación monetaria desatada contra las monedas de Francia, Dinamarca, Bélgica, España y Portugal, como consecuencia de la negativa del Bundesbank a las peticiones de reducción de su tasa de interés clave, pareció descarrilar el programa previsto para la unificación monetaria europea: la meta de una única moneda hacia 1999. Al mes siguiente Friedman, el Premio Nóbel de Economía y líder de la llamada escuela monetarista de Chicago, se expresaba en los términos siguientes: «Si los europeos quieren de veras avanzar en el camino de la integración, deberían comprender que la unidad política debe preceder a la monetaria. El continuar persiguiendo algo que se acerca a una moneda común, mientras cada país mantiene su autonomía política, es una receta segura para el fracaso». (Entrevista en la revista L’Espresso, 26 de septiembre de 1993)».
De modo que hay verdades en los discursos de Chávez, aunque nunca originales, sino evidentes lugares comunes como dispersos islotes de sensatez en un océano de dislates, falsificaciones y manipulaciones, apartando las inconveniencias. Porque, por ejemplo, el discurso inaugural de Tabaré Vásquez en la Presidencia de Uruguay dista muchísimo de ser un endoso de las posturas de Chávez.
Para empezar, Vásquez, que escogió referirse explícitamente por sus nombres a—por orden de aparición—Líber Seregni, el digno general uruguayo; a Carl Sagan, el astrofísico norteamericano; a Artigas, por supuesto; a Lula, a Fernando Henrique Cardoso, al ex presidente Batlle, su propio predecesor; a Jorge Drexler, el cantante uruguayo ganador de un Oscar; a Gonzalo Fernández, su Secretario de la Presidencia; a la nuera del poeta Gelman, a Zelmar Michelini y a Gutiérrez Ruiz; a todos elogiosamente, jamás pronunció la palabra Hugo, ni tampoco Rafael, ni nombró a Chávez, ni siquiera dijo Frías. Prefirió decir: «y de Venezuela, contamos con el apoyo de su Presidente, con quien en el día de mañana estaremos firmando un acuerdo por el que intercambiaremos producto que vendrá de Venezuela por alimentos, servicios e inteligencia que dará el pueblo uruguayo».
Y no es que no nos guste el queso uruguayo, que es bastante bueno, ni que rechacemos los servicios uruguayos, que son eficaces, ni queramos prescindir de la inteligencia uruguaya, que en más de un caso es superlativa. El punto es que en sus afanes épicos Chávez refuerza y atornilla el modelo que por tanto tiempo ha regido a Venezuela: desangrar su no renovable subsuelo para vivir de importaciones, las que, según la enumeración de Vásquez son, ya dos de tres, valor agregado de Tercera Ola—servicios e inteligencia—contra la más primitiva de las economías: la extractiva. Sembrar nuestro petróleo, pero afuera. Eso es lo que Chávez llama endógeno.
Vásquez también denunció hoy, en la firma de los acuerdos con Venezuela, no con Hugo Chávez Frías, que en el continente «ha habido intenciones imperialistas. Hay, hubo y seguramente habrá intenciones de extender ese imperio y lograr una hegemonía total». Mas se apresuró a moderar esa apreciación del siguiente modo: «Pero también, lamentablemente, debemos reconocer que aquí en Latinoamérica fuimos incapaces de llevar adelante un proyecto latinoamericano, para todos los latinoamericanos, que defendiera nuestra gente, nuestra riqueza, que lograra calidad de vida para todos sus habitantes».
En cambio, en Venezuela, para combatir la pretensión hegemónica norteña, Chávez implanta su propia hegemonía, y pretende llevarla por todo el continente, hasta la descortesía de distraer la merecida celebración uruguaya de su nuevo presidente con su propio espectáculo proselitista, en pantalla gigante y todo.
Es muy distinto un Chávez mezquino, despreciando las innumerables cosas buenas que hemos hecho los venezolanos antes que él llegase como nuestro castigo—por unas cuantas bastante malas que también hicimos—de un espíritu como el de Vásquez, que pudo decir sin el menor sonrojo: «Este país dio mucho, el Uruguay dio mucho, pero estoy seguro, absolutamente seguro que tiene aún mucho más para dar. Cuando repaso mi propia vida, desde mi niñez en un barrio obrero, pasando por mi juventud con estudio y trabajo, el ejercicio de mi profesión, la actividad docente, las responsabilidades políticas e institucionales hasta llegar al cargo que hoy asumo, me reafirmo en la convicción que el Uruguay dio mucho, tiene mucho para dar y puede y debe hacerlo. Que todos los niños y todos los jóvenes y todas las mujeres y todos los hombres de este Uruguay tengamos las mismas posibilidades de llevar adelante una vida digna».
Y también reconoció: «Es verdad, claro que es verdad que estamos mejor que en el 2002, pero aún ni siquiera hemos alcanzado el nivel de 1998 que no fue espectacular ni mucho menos. Nadie puede decir que en 1998 tirábamos manteca al techo y todavía no hemos podido llegar a ese nivel. Si estamos mejor es gracias al esfuerzo de todos los uruguayos. Quien diga que ante la crisis del 2002 el gobierno hizo lo que tenía que hacer, ha de reconocer también que cientos de miles de uruguayos, los más pobres como siempre, hicieron mucho más de lo que tenían y podían hacer. Si la crisis no fue más grave aún, es porque la sociedad uruguaya en su conjunto la enfrentó con lealtad institucional, compromiso democrático y sacrificio, mucho sacrificio. Los actuales indicadores, y esto también es cierto y lo debemos tener presente, son auspiciosos».
Y todavía dijo, con magnanimidad inaccesible a nuestro Presidente: «Abrimos caminos de participación, de respeto, de tolerancia, dialogamos con todas las fuerzas políticas, con sus principales dirigentes, y logramos un acuerdo político para iniciar quizás el camino de política de Estado en temas tan importantes como Educación, Economía y Política Exterior. Y participaron nuestros partidos tradicionales, gloriosos partidos tradicionales, históricos partidos tradicionales, participó también el Partido Independiente y participó nuestro querido Frente Amplio-Encuentro Progresista/Nueva Mayoría».
Sería tarea realmente prolija un contraste exhaustivo de los puntos ópticos de Vásquez y Chávez. Por más que sus nombres se parezcan, poquísimas cosas los identifican. Sólo por citar un punto más, esta vez sobre un detalle de método democrático de gobierno. Tabaré Vásquez ha avisado, en su primer discurso como Presidente de la República Oriental del Uruguay que, para asuntos de defensa, remitirá al Congreso de su país un proyecto de ley que «modifique
la calidad excluyente de militar en actividad para el único cargo de confianza política del Ministerio».
¿Tabaré? Dame dos.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 24, 2005 | Cartas, Política |

Cuando culminaba la terrible experiencia de la Primera Guerra Mundial, que dejó un saldo de 9 millones de muertos tan sólo entre los militares, el campeón de una organización mundial que tuviera por propósito erradicar la peste de la guerra entre las naciones civilizadas fue, sin que quepa duda, el muy interesante y apasionado presidente norteamericano Woodrow Wilson. Los famosos Catorce Puntos de Wilson llevaron algo de racionalidad al manejo de las espantosas secuencias de la conflagración de cuatro años, y su cruzada evangelizadora culminó en la constitución de la precursora de nuestras Naciones Unidas de hoy, la Sociedad de Naciones. Lo irónico del asunto fue que los propios Estados Unidos de Norteamérica, concretamente su Congreso, se negaron a refrendar el tratado de creación de la sociedad, con lo que el atormentado Wilson, que terminara sus días en medio de graves desarreglos mentales, quedó totalmente en ridículo.
A poco menos de un siglo de aquella iniciativa, que no pudo impedir una guerra aun más espantosa—50 millones de muertos en seis años de lucha demencial—una vez más la más grande potencia del mundo, la única superpotencia (hasta que China la alcance y la supere) se niega a suscribir un pacto de crucial importancia para el destino de la humanidad entera: el Protocolo de Kyoto. Diseñado para dar pasos eficaces en la reducción de emisiones contaminantes que puedan reducir la vulnerabilidad del clima planetario, el Protocolo de Kyoto fue formulado en la ciudad japonesa que le dio su nombre en diciembre de 1997.
El documento final (11 de diciembre) se inscribía dentro de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, aprobada en Nueva York el 9 de mayo de 1992. Los países signatarios del acuerdo se comprometen a poner en práctica medidas eficaces «con miras a reducir el total de sus emisiones de esos gases a un nivel inferior en no menos de 5% al de 1990 en el período de compromiso comprendido entre el año 2008 y el 2012». Y también se comprometieron a «poder demostrar para el año 2005 un avance concreto en el cumplimiento de sus compromisos contraídos en virtud del presente Protocolo».
Es ese compromiso el que la nación que genera mayor contaminación en el mundo no quiere asumir. «Ecología no, economía sí» ha sido eslogan más o menos manifiesto de la administración Bush, la que tan recientemente como la semana pasada—al iniciarse el año de rendición de cuentas prevista en el convenio—ha reiterado lo que llama su postura oficial: que la climatología es una ciencia incierta, razón por la cual no puede adherirse a un protocolo cuyas premisas científicas están sujetas a incertidumbre. Así despacha los reclamos mundiales para que asuman su responsabilidad.
Pero hace exactamente seis días que científicos norteamericanos han aseverado con base sólida que no hay tal incertidumbre, por lo menos en lo que respecta al problema del calentamiento mundial. El viernes de la semana pasada un equipo de investigadores del clima en los Estados Unidos ofreció contundente evidencia de que el calentamiento global debe ser atribuido a actividades humanas, antes que a fluctuaciones climáticas naturales o a variaciones en la actividad volcánica o solar.
Los científicos en cuestión pertenecen a la Institución Scripps de Oceanografía de California, que han trabajado durante años con colegas del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore en el análisis de los efectos del calentamiento global sobre los océanos, según nota publicada el 18 de febrero en el Financial Times de Londres. Los investigadores combinaron la simulación en modelos computarizados con millones de lecturas de temperatura y salinidad en todo el mundo y a diferentes profundidades a lo largo de cinco décadas. No se trata, pues, de una improvisación de última hora.
Las conclusiones del largo estudio fueron adelantadas ante la Asociación Norteamericana para el Avance de la Ciencia reunida en Washington, y fueron esencialmente muy incómodas noticias: el calentamiento de los océanos, sostuvieron los investigadores, sólo ha podido producirse por la acumulación de dióxido de carbono producido por el hombre en la atmósfera. Los factores no humanos hubieran producido resultados marcadamente diferentes.
El líder del proyecto en Scripps, Timothy Barnett, destacó que los anteriores intentos de demostrar que el calentamiento global reciente se debe a la actividad humana fijaron su atención sobre cambios evidenciables en la atmósfera, lo que no resulta tan buena idea si se toma en cuenta que el noventa por ciento de la energía implicada en el calentamiento ha sido absorbida por los océanos, no por la atmósfera. Es en los mares donde la evidencia debía ser buscada.
Barnett dijo con el mayor aplomo que ninguna persona racional podía seguir negando la verdad del calentamiento, y en advertencia de mayor militancia emplazó al gobierno norteamericano a revertir su rechazo a suscribir el protocolo de Kyoto que por esos días entraba en vigencia.
¿Qué efectos previsibles puede tener el calentamiento que ya no puede seguir ocultándose? Bueno, el calentamiento planetario ejercería un impacto negativo sobre los suministros de agua en diversas regiones, los que se verían severamente disminuidos durante el verano en lugares que dependan de ríos alimentados por la fusión de nieve invernal y de glaciares como los de China occidental o los de los Andes. (Aquí mismo, pues).
O, por ejemplo, tómese el caso de las reacciones observadas al norte del Atlántico. Ruth Curry, del Instituto Oceanográfico Woods Hole en Massachussets reportó en la misma conferencia cómo más de 20.000 kilómetros cúbicos de agua fresca se han añadido en los últimos cuarenta años al Atlántico norte como consecuencia del derretimiento de las capas de hielo en el Ártico y en Groenlandia. Este inconveniente fenómeno altera drásticamente la salinidad de esta agua y amenaza con anular la correa transportadora oceánica que transfiere calor desde los trópicos mediante corrientes como la del Golfo de México. De continuar el deletéreo proceso, las temperaturas invernales al norte de Europa pueden experimentar un descenso considerable, haciendo sus fines de año aun más inclementes.
………
¿Puede Venezuela considerarse inmune a estos cataclismos en cámara lenta? ¿No es la evidente alteración de nuestro clima una constatación de que estamos en el mismo barco? Ya no puede hablarse con propiedad de una estación seca que comenzaba a mediados de octubre y concluía en abril. Nuestras locales nociones de «invierno» y «verano» ya no tienen mucho sentido, sobre todo si nuestros diciembres y eneros tienden ahora a ser calamitosos a causa de una pluviosidad que desencadena inundaciones extensas y letales deslaves, con astronómico costo.
Ciertamente, nosotros mismos hemos contribuido con nuestros problemas. Las deforestaciones masivas en pro de una urbanización descontrolada y precaria han alterado nuestros microclimas. No es tan viejo el suscrito como para olvidar que mientras esperaba el autobús escolar que le llevaría a clases de educación primaria observaba neblina y rocío hoy desaparecidos de la Plaza de Las Delicias de Sabana Grande. Ciertamente, el gobierno actual ha sido negligente en la previsión de acontecimientos tan graves y desastrosos como los de 1999 y 2005. Pero la gran culpa del peligrosísimo cambio climático debe anotarse al efecto acumulado de la actividad industrial y transportadora, de la deforestación indiscriminada, de la urbanización desbocada, en las que los grandes países industrializados tienen la mayor cuota de responsabilidad. No en vano un Chávez impuntual e inmaduro disparó un dardo en esa dirección. La verdad, como dijo Santo Tomás de Aquino, se encuentra en todas partes, aun en boca de un gobernante tan alucinado como el nuestro.
Rusia se ha adherido al Protocolo de Kyoto; el gobierno de Lula ha asomado en estos días un nuevo esquema «privatizador» de la Amazonia con el que espera proteger mejor el ecosistema crucial que produce la mitad del oxígeno del planeta. ¿Qué están esperando los Estados Unidos, cuyos propios científicos le han despojado de su coartada? ¿Qué estamos esperando nosotros aquí en Venezuela?
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