Pérez Bonalde nace en Caracas el 30 de enero de 1846, cuando Venezuela comienza a vivir la etapa agitada de su republicanismo. Hijo de Juan Antonio Pérez-Bonalde y de Gregoria Pereira Rubín, cuyo hogar por tradición y convicción fue liberal y civilista, lo que le habría de traer problemas en esa Venezuela enfrascada en permanentes disputas de carácter político. (Wikipedia en español).
Mi madre murió el 31 de julio de 2009, en cumpleaños de mi esposa, quien es una madre verdaderamente excepcional. No habiendo generado yo ni un tuit por el Día de las Madres de este año, sustraigo del blog de su club de lectura (Las Hormigas), el texto que sigue, del 10 de mayo del año pasado:
Pocos versos tan eficaces como los del poeta caraqueño, muerto en La Guaira, Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892) en Vuelta a la patria, su inmortal poema. Es un himno a la madre que no acompañó en su agonía, pues andaba en destierro de esperanzas que nunca pudo concretar. Su amor por ella le impele a ir, del puerto al que llegara—¡Tierra! Grita en la proa el navegante/ y confusa y distante/ una línea indecisa/ entre brumas y ondas se divisa—, sin perder tiempo al cementerio para hablarle.
En el Día de la Madre, se reproduce acá sus estrofas más elocuentes, pensando en las madres venezolanas y en los hijos que se les han ido.
Fotografía de Kipling por Elliott Fry (colores añadidos posteriormente)
Rudyard Kipling (1865-1936) fue un poeta, novelista y periodista inglés que defendiera decididamente la vocación de predominio del Imperio Británico. En 1903, se convirtió en el primer escritor de esa nacionalidad en recibir el Premio Nobel de Literatura.
Sólo he leído de él un poema, If (el si condicional en inglés); ni siquiera el famoso Libro de la Selva. («El libro de la selva—título original en inglés: The Jungle Book—es una película de animación estadounidense estrenada en 1967, producida por Walt Disney Productions. Esta película se basa en los relatos de Mowgli, escritos por Rudyard Kipling». Wikipedia en Español). Por ese único poema admiro sus sentimientos y su postura general ante la vida.
Éstos son sus inspiradores versos en el inglés original:
If you can keep your head when all about you Are losing theirs and blaming it on you; If you can trust yourself when all men doubt you, But make allowance for their doubting too: If you can wait and not be tired by waiting, Or being lied about, don’t deal in lies, Or being hated don’t give way to hating, And yet don’t look too good, nor talk too wise;
If you can dream—and not make dreams your master; If you can think—and not make thoughts your aim, If you can meet with Triumph and Disaster And treat those two impostors just the same: If you can bear to hear the truth you’ve spoken Twisted by knaves to make a trap for fools, Or watch the things you gave your life to, broken, And stoop and build ‘em up with worn-out tools;
If you can make one heap of all your winnings And risk it on one turn of pitch-and-toss, And lose, and start again at your beginnings And never breathe a word about your loss: If you can force your heart and nerve and sinew To serve your turn long after they are gone, And so hold on when there is nothing in you Except the Will which says to them: ‘Hold on!’
If you can talk with crowds and keep your virtue, Or walk with Kings—nor lose the common touch, If neither foes nor loving friends can hurt you, If all men count with you, but none too much: If you can fill the unforgiving minute With sixty seconds’ worth of distance run, Yours is the Earth and everything that’s in it, And—which is more—you’ll be a Man, my son!
Acá dejo ahora su declamación traducida al castellano en la voz de Pepe Mediavilla (José Fernández Mediavilla, 1940-2018), actor que se especializara en el doblaje de películas al español. Hizo, por ejemplo, la voz de Morgan Freeman ¡en 54 películas!
Cuando tenía doce años, me permitió el gran señor que fue Oscar Álvarez De Lemos secuestrar durante todo un mes el disco con la pieza que, irreversiblemente, me permitió habitar el mundo sinfónico. Fue en su casa de La Campiña donde innumerables veces escuché maravillado Romeo y Julieta de Pyotr Ilyich Tchaikovsky, saliendo de un plato Garrard y llegando a mis oídos después de atravesar un noble amplificador Macintosh. Sólo mi esposa ha logrado enamorarme de modo tan definitivo. El disco de Don Oscar era el Columbia CL 747, donde quedó grabada la interpretación de la pieza por la orquesta de André Kostelanetz. Lo poseí hasta que pude conseguir en Don Disco de Chacaíto una copia de la misma grabación y devolví el préstamo. Después adquirí otras muchas interpretaciones por orquestas y directores bastante mejores. (Una pieza perfecta, 13 de enero de 2013).
En mi computador tengo ahora once versiones, de las que la última ingresó anteayer. Considero que es la mejor de todas las que atesoro. Los músicos que la interpretan son los de la Orquesta Filarmónica de Oslo, que responden a la dirección del enorme directorMariss Jansons, quien asumiera entre otras posiciones la de Director Titular de la mejor orquesta del mundo, la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam.
No fue sino hasta que descubrí la preciada joya cuando me percaté de que Jansons vino al mundo en Riga tres días después que yo, el 14 de enero de 1943. Cuando puse acá una entrada centrada en varias de sus conducciones—Más fuerte que el odio, 25 de septiembre de 2019—dije de él:
Jansons está doblemente vivo de milagro. Casi murió de un infarto del miocardio en Oslo en 1996, a punto de concluir su dirección de La bohème, de Giacomo Puccini. (Su padre, Arvīds Jansons, igualmente director de orquesta, falleció por lo mismo doce años antes mientras dirigía la Orquesta Hallé, de Manchester). Hoy en día, Mariss Jansons porta en su pecho un desfibrilador encargado de reactivar su corazón en caso de falla. Pero su existencia misma es casi milagrosa: su madre, Iraida, era judía, y debió parirlo escondida, prácticamente contrabandeada fuera del Gueto de Riga (Letonia), donde su padre y su hermano fueron asesinados por los nazis.
Dos meses y seis días después de ese texto, ignoraba yo, Mariss Jansons moría a causa de sus problemas cardíacos. Es luto tardío, entonces, que ofrezca acá en su honor la más satisfactoria interpretación de la pieza juvenil de Tchaikovsky de las que conozco:
Perdona, Mariss; creía que aún vivías. Bueno, de todos modos vivirás en nuestros oídos y nuestros corazones hasta que nosotros muramos. LEA
Dámaso Pérez Prado – (Matanzas, Cuba, 1916 – Ciudad de México, 1989)
Dámaso Pérez Prado es conocido sobre todo por sus aportes al género del mambo, que tiene sus orígenes en el danzón cubano y que daría pauta al surgimiento y desarrollo del chachachá, así como también de la música surgida a finales de la década de 1950 y conocida luego, desde principios de los años 1970 como salsa. No fue el creador del ritmo, que ya se tocaba en La Habana de finales de los años treinta, pero sí su mayor difusor a nivel internacional.
Música es música, dije cuando puse en el programa #100 de Dr. Político en RCR (21 de junio de 2014) el Aria de las Variaciones Goldberg de Juan Sebastián Bach y Corazón Partío, de Alejandro Sanz, a las que llamé «dos piezas perfectas». Es confirmación de tal tautología la interpretación de tres mambos de Dámaso Pérez Prado por la Orquesta Sinfónica Juvenil Simón Bolívar dirigida por—¿quién más?—Gustavo Dudamel.
La interpretación de los jóvenes músicos venezolanos es sólo el transporte a una orquesta sinfónica de lo compuesto por Pérez Prado; no hay una nota que no haya compuesto él.
Es inevitable que recuerde a Dolores Margarita Sylva Moreno de Álvarez, la gran Loló, madre de mi compinche de infancia y primera juventud, Oscar Álvarez Sylva. Ella nos enseñó a bailar para el primer «picoteo» * de nuestras púberes existencias en su casa, en 1956. El mambo estuvo entre lo que debimos aprender bailando con ella.
¡Qué rico el mambo! LEA
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* Picoteo, en nuestro caso, viene del término pickup, que es como llamábamos a los tocadiscos en parejera designación derivada del idioma inglés. (parejero, ra 4. adj. Ant. y Ven. Vanidoso o presumido. Diccionario de la Lengua Española).
De no haber fallecido hace veinte años, Fredy Reyna habría cumplido ayer ciento cuatro. La madre Venezuela, de cuando en cuando, alumbra genios; en el caso de Fredy, de la música, los títeres, los juguetes, la enseñanza y la amistad.
La primera vez que lo vi, yo era un niño. Mi padre, Pedro Enrique Alcalá y Reverón, nos llevó un domingo, a la hermana que me sigue y a mí, a ver un espectáculo de títeres que manejaban Fredy y Lolita, su especialísima esposa, en el club de empleados de la Creole Petroleum Corporation en Los Chaguaramos. Varios años después, me invitó Mercedes Luisa Agostini a escuchar uno de sus conciertos de cuatro en el Instituto Politécnico Educacional de la urbanización El Bosque, en Caracas. Faltaban unos cuantos años para que el mago Fredy me regalara su amistad, que continuaría con su hijo, Federico. Entonces aprecié su magia en la cocina de su casa en Los Rosales, donde—lo juro—sacó una melodía, con una simple varita, de una gavera de hielo metálica, pues no sólo ritmo sino notas musicales le extrajo ante mis ojos y oídos atónitos.
Creo que es de esa misma visita a su casa que se complaciera en mostrarme su colección de juguetería inglesa, con algunas piezas que se remontaban al siglo XIX. En efecto, según supe antes de tratarlo, Fredy y Lolita vivieron en Londres con el apoyo de algunos honorarios que le remitía nuestro Ministerio de Educación. Hugo Ramón Manzanilla me refirió que mientras estaban allá se interrumpió por unos pocos meses el flujo de cheques, y cuando finalmente se restituyera Fredy fue a buscar el salvador dinero. De allí regresó contentísimo a su residencia, para saludar a la esposa con estas palabras: «¡Lolita! ¡No vas a creer la maravilla de flauta que me encontré!» Había gastado casi toda la plata comprando el instrumento que en el camino vio en una vitrina, así que tendrían que subsistir alimentándose de notas musicales.
………
Además de todo, Fredy Reyna tenía un desarrollado sentido del humor, como comprobaría años más tarde. Él y yo conversábamos mientras procedíamos a devorar una mousse de salmón preparada por Mary Taurel de Salas, como anticipo a una abundante y deliciosa cena en casa de ella y su esposo, el gran empresario y filántropo Roberto Salas Capriles. Habríamos consumido cada uno media docena de tan excelentes entremeses cuando Fredy me confió: «¿Sabes, Luis Enrique? He llegado a pensar que ¡si yo fuese modesto sería perfecto!»
Ése era Fredy. Naturalmente, la mayoría de la gente lo recuerda como un cuatrista excepcional. Fue a él a quien se le ocurriera afinar la última cuerda del cuatro, nuestro instrumento nacional, una octava más arriba como si fuese la última de una guitarra, lo que permitió emplearlo ya no como acompañante sino como instrumento solista. Dejemos que él mismo vuelva a despedirse de nosotros con esta rendición suya de Quirpa guatireña:
A la memoria de mi noble hermano José Luis, quien hoy habría cumplido 72 años
Noblesse oblige es una expresión de origen francés que traducida literalmente significa «nobleza obliga». El Dictionnaire de l’Académie française la define del siguiente modo: 1. Quien se proclame noble debe conducirse como tal. 2. (Figurado) Hay que comportarse de una manera acorde a la posición de uno, y acorde a la reputación que uno se ha ganado. El Oxford English Dictionary, en cambio, la recoge con este significado: «la ascendencia noble obliga a conductas honorables; el privilegio conlleva responsabilidad«. También se emplea para atribuirles a los sectores «más afortunados» la obligación moral de ayudar a los «menos afortunados». Otra interpretación posible es que una persona debe aceptar los costos o «bemoles» inherentes a su condición.
Tengo por el tema más noble que compusiera Pyotr Illyich Tchaikovsky el fundamental de su Sinfonía Manfredo en Si menor, op. 58. (Entre las sinfonías cuarta y quinta; su carácter programático—según el poema Manfredo, de Byron—la coloca fuera de la numeración regular). Ese tema es recapitulado en pleno desarrollo por la orquesta completa al cierre del primer movimiento: Lento lugubre – Moderato con moto. Se trata de una explosión de fuerza y belleza que es prácticamente única en la música sinfónica.
Son esos dos minutos al final del movimiento los que acá se reproduce, confiados a la orquesta inglesa Philharmonia guiada por el gran director italiano Riccardo Muti. (No conozco otra versión—y tengo bastantes más—que iguale el poder de la que sigue).
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