por Luis Enrique Alcalá | Sep 19, 2021 | Complejidad, Física, Otros temas |

Evolución postulada de nuestro universo (clic sobre la imagen para ampliar)
Los astrofísicos consideran muy seriamente la posibilidad de vida inteligente extraterrestre. En realidad, dado el gigantesco número de estrellas y galaxias, contadas por centenares de millones, la hipótesis de que estamos solos en el cosmos resulta, decididamente, una conjetura presuntuosa.
Un tratamiento al problema de la calidad de la educación superior no vocacional en Venezuela
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Los números del epígrafe, escrito en diciembre de 1990, se quedan cortos. Saquemos cuentas: en este mismo año, la sonda espacial Nuevos Horizontes de la NASA ha ajustado a 200.000 millones de galaxias la población de estas gigantescas acumulaciones de estrellas en el universo observable, y el año pasado la Universidad de Columbia Británica ajustó la estimación del número de planetas parecidos a la Tierra sólo en nuestra Vía Láctea; es decir, la galaxia local, nuestro vecindario. Esta última cifra es de 6.000 millones. Probemos a escribir, pues, el número de planetas como el nuestro, con alta probabilidad de actividad biológica, en el único universo conocido. (Para no complicar más la cosa, pasemos por alto que hay astrofísicos que postulan la alucinante existencia de universos paralelos en un descomunal multiverso). Debiéramos, entonces, multiplicar doscientos mil millones por seis mil millones. Ésta es la cifra:
1.200.000.000.000.000.000
En palabras (castellanas): ¡un millón doscientos mil billones de planetas como el nuestro!
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Tomo ahora de La casa del delfín: Teología conjetural II:
En Proyecto Fénix: Teología conjetural, Edward Fredkin hizo su aparición con la idea de un computador coextensivo al universo, que una inteligencia ha dotado de un programa que ha puesto a correr “para ver qué pasa”. (Recordemos que la filosofía digital de Fredkin sostiene que lo biológico se explica por lo químico, lo químico por lo físico y esto último sería sólo comprensible en términos de información). Conversando con el autor de Three Scientists and their Gods, Robert Wright, es requerido por éste, que admite una inclinación teleológica, la preferencia por una visión que postula una intencionalidad o propósito en ese “proyecto” informático universal: “Desde su punto de vista, la razón por la que todo esto ha ocurrido… es porque algo se propuso resolver un problema por simulación ¿no es así?” Fredkin responde: “…uno debe ver dónde fue que [ese algo] puso sus recursos. Los puso en las galaxias y las estrellas. (…) Puede que haya más sistemas interesantes que los que conocemos. ¿Quién sabe lo que ocurre en el interior de una estrella? La idea de que todo lo que vemos en ella es un trozo de total desperdicio cósmico, natural y azaroso, y que nosotros somos el único material ordenado por estos lados es muy inverosímil. Así que creo que hay algo mucho más complejo en las estrellas y galaxias que lo que reconocemos”.
Le faltó el salto final. ¿No es mucho más complejo todavía el universo entero? ¿No mantendrá esta Hipergaia una homeostasis descomunal que permite que haya millones de galaxias, formadas de innumerables estrellas que atraen planetas en los que puede darse la vida como la conocemos? ¿No será el universo todo, él mismo, un inmenso organismo vivo?
Nos sale modestia ante tales enormidades. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Sep 13, 2021 | Música |

En el día del bautizo del libro de mi esposa, publicado por la Fundación Empresas Polar en 2009. A su izquierda, nuestra hija menor, María Ignacia, flanqueada por Andrés, el mayor de los Sucre Eduardo. En la fila posterior nuestros hijos mayores, Eugenia y Luis Armando. Afortunadamente, de mi humanidad sólo sobresale la corbata.
No conozco gente que sepa de ella y no la quiera, y ella quiere—mis celos se desvanecen ante el hecho—estrictamente a todo el mundo y sobre éste distribuye su bondad.
Ella cantaba más allá del genio del mar
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Ha concluido el ciclo de cumpleaños de la pareja Alcalá-Sucre y sus vástagos. El de quien escribe, en enero; el de la hija mayor de mi consorte y el de la primera de nuestra prole común en mayo; en julio el de mi primer varón, así como el de nuestro hijo común y el de mi propia esposa cerrando el mes. Finalmente, el de nuestra hija menor, nacida en este mes otoñal del Hemisferio Norte. Así puse en la entrada del epígrafe:
En 1979 fuimos marido y mujer, y nos dedicamos a procrear tres hijos hermosos, entre ellos el primer descendiente varón de mis suegros. (Trajimos uno previo cada uno; yo el ya aludido,* ella una hija que vale la pena). Hicimos primero a Eugenia, a quien su abuelo le escogió el nombre para significar que era bien nacida; yo la exhibía feliz, al mes de haber venido, en mi oficina, y uno de los empleados la bautizó como Estrella de la mañana. Luego, Luis Armando, la copia exacta del mismo abuelo materno, genéticamente portador de 45 cromosomas Sucre,** hombre de mil amigos en quien sus hermanas confían ciegamente. Por último, María Ignacia, nacida en el cumpleaños de mi madre para distinguirse mucho académicamente y con su pluma y, recientemente, en el ciclismo urbano. Los tres han heredado la nobleza de la madre.
Hay una pieza de Alexander Borodin que le gusta mucho a mi esposa; la llama «Mis violines». Específicamente, se refiere a la transcripción para orquesta de cuerdas del tercer movimiento del Cuarteto de cuerdas #2 de Alexander Borodin, compuesto en 1881, hace 140 años. Es lo que pongo a continuación, ejecutado por la Orquesta de Filadelfia conducida por Eugene Ormandy. («…quien pulió la Orquesta de Filadelfia hasta la perfección, con el logro de una sedosidad incomparable de su sección de cuerdas, fue el húngaro Eugene Ormandy (1899-1985). quien dirigió la agrupación por un total de cuarenta y cuatro años». Cumbre palmípedo-lacustre).
Nocturno
Gracias a mi jefa y a nuestros hijos. LEA
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* «Como dijera de mi primer hijo, ella es causa de un amor y de un orgullo de los que no he podido recuperarme».
** Debo haber aportado solamente un cromosoma Y.
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por Luis Enrique Alcalá | Ago 22, 2021 | Música |

Entré al mundo de la música sinfónica de la mano—¿de la oreja?—de una obertura: la Obertura Fantasía Romeo y Julieta de P. I. Tchaikovsky. Entonces había cumplido doce años (el suscrito, no la pieza), y no conocía el significado de ese término musical. Literalmente, la palabra significa que alguna pieza que así sea nombrada sirve para abrir o preceder algo como una ópera, por ejemplo.
Es así como nos informa The Concise Oxford Dictionary of Music:
Obertura ha llegado a significar (a) Una pieza de música instrumental prevista como introducción a una ópera, un oratorio, etc. (b) una pieza de música instrumental (generalmente para teclados o una orquesta) modelada sobre el primer tipo pero con la intención de ser interpretada aisladamente.
Esto último es el caso de Romeo y Julieta aunque, en el Período Barroco, obras como las Suites Orquestales de J. S. Bach fueron tituladas Ouvertüren en alemán. (Incluían la obertura propiamente dicha y además tres o cuatro piezas adicionales que completaban cada suite).
Bueno, acá van, sin más preámbulo, siete oberturas, de las que algunas son piezas autónomas— indistinguibles de las que son llamadas poemas sinfónicos—y otras introducen óperas de las que toman su nombre.
La Obertura Egmont, de Ludwig van Beethoven no introduce una ópera, puesto que la única que él compusiera lleva por nombre Fidelio, para la que produjo cuatro: Leonora I, II, III y IV. Alfred Scholz se encarga de dirigir a la Orquesta Sinfónica de Londres:
Egmont
A continuación, escuchemos una obertura algo anterior en su función preoperística, la de Las bodas de Fígaro, de Wolfgang Amadeus Mozart, quien sí compuso más de una ópera. El vigoroso Riccardo Muti está al mando de la Orquesta Filarmónica de Viena:
Las bodas de Fígaro
Y es ahora la misma orquesta, esta vez bajo la batuta de Gustavo Dudamel, la encargada de interpretar la obertura de La gazza ladra, ópera de Gioacchino Rossini, a quien le fuera económicamente muy bien como compositor. (Se dice que componía en su cama, y que era tan holgazán que en una ocasión una hoja de la partitura en la que trabajaba cayó al suelo y prefirió escribirla de nuevo antes que agacharse a recogerla). En los inicios de la televisión en Venezuela, los escuchas de radio conocimos tal introducción, pues la agencia ARS de publicidad la seleccionó para presentar el programa de concursos El Torneo del Saber).
La gazza ladra
Johannes Brahms compuso la noble pieza que lleva por nombre Obertura Trágica, típica de su hermoso e inconfundible lenguaje musical. Georg Solti dirige a la Orquesta Sinfónica de Chicago, agrupación de la que fuese su Director Titular:
Trágica
Franz von Suppé hizo oberturas para varias de las operetas que compuso. Acá ejecuta la de La caballería ligera la Orquesta Boston Pops, dirigida por—¿quién más?—Arthur Fiedler:
Caballería Ligera
Es pieza frecuentemente escogida para iniciar un concierto sinfónico la brillante Obertura de Ruslán y Ludmila, compuesta para una ópera del ruso Mikhail Glinka, a quien Balakirev, Borodin, Cui, Mussorgsky y Rimsky Korsakov tuvieron como su padre musical. De nuevo es Solti el director, sólo que con la orquesta londinense escuchada en la pieza de Beethoven, la Sinfónica de Londres:
Ruslan y Ludmila
También era ruso, por supuesto, el primer músico mencionado en esta entrada, Pyotr Illich Tchaikosky. Es de él una de las oberturas más famosas y escuchadas, la Obertura 1812, que contrapone melodías rusas a La marsellesa—Larga vida al zar, por ejemplo—para aludir a la derrota de Napoleón Bonaparte en su invasión de la Rusia zarista. (Nosotros comenzábamos nuestra propia Guerra de Independencia). Igor Markevitch conduce a la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam y Jean Fournet el Coro de la Radio de Holanda:
1812
Siete oberturas debieran ser suficientes para animarnos a abrir lo que debe ser abierto en Venezuela: la decisiva y civilizada participación del Pueblo en la solución de sus acuciantes problemas. LEA
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Ñapa que no puedo resistir; de nuevo, por Rossini. Es una definición de intelectual: «Aquella persona que puede oír la Obertura de Guillermo Tell sin pensar en El Llanero Solitario». Es esta obra, prácticamente conocida por todos, la que ejecuta acá la Orquesta Filarmónica de Munich bajo la mágica batuta del gran amigo de Venezuela, Sergiu Celibidache:
Guillermo Tell
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 27, 2021 | Letras, Terceros |
Lo que sigue es una traducción de la más reciente entrada del estupendo blog de Maria Popova, Brainpickings.
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José Ortega y Gasset sobre el amor, la atención y la arquitectura invisible de nuestro ser
“La atención es la forma más rara y pura de generosidad”, escribió la gran filósofa francesa Simone Weil poco antes de su prematura muerte. Una época después de ella, Mary Oliver elogió al amor de su vida con la observación de que «la atención sin sentimiento … es solo un informe». Recordando siglos de poemas de amor de personas geniales que se atrevieron a amar más allá de los límites culturales de su época, el poeta J.D. McClatchy observó que «el amor es la calidad de la atención que prestamos a las cosas».
Debido a que nuestra atención da forma a toda nuestra experiencia del mundo – esto, después de todo, es la base de todas las tradiciones orientales de atención plena, que entrenan la atención para templar nuestra calidad de presencia – los objetos de nuestra atención terminan, de una manera sutil. pero de manera profunda, dando forma a quienes somos.
Debido a que difícilmente existe una condición de conciencia que concentre la atención de manera más aguda y total en su objeto que el amor, qué y a quién amamos es la revelación última de qué y quiénes somos.
Eso es lo que explora el gran filósofo español José Ortega y Gasset (9 de mayo de 1883-18 de octubre de 1955) en una serie de ensayos escritos originalmente para el diario madrileño El Sol y publicados póstumamente en inglés como On Love: Aspects of a Single Theme (biblioteca pública): una culminación singular de la investigación filosófica de Ortega sobre los puntos ciegos, los prejuicios y los autoengaños conmovedores de la cultura occidental sobre el amor, es decir, sobre quiénes y qué somos.
Al definir el amor como “ese sentido de percepción espiritual con el que uno parece tocar el alma de otra persona, sentir sus contornos, la dureza o la dulzura de su carácter”, Ortega señala que el amor revela “las preferencias más íntimas y misteriosas que forman nuestro carácter individual». Él escribe:
Hay situaciones, momentos en la vida, en los que, sin saberlo, el ser humano confiesa grandes porciones de su personalidad última, de su verdadera naturaleza. Una de estas situaciones es el amor. En su elección * de amantes [los seres humanos] revelan su naturaleza esencial. El tipo de ser humano que preferimos revela los contornos de nuestro corazón. El amor es un impulso que brota de lo más profundo de nuestro ser, y al llegar a la superficie visible de la vida lleva consigo un aluvión de conchas y algas del abismo interior. Un naturalista experto, al archivar estos materiales, puede reconstruir las profundidades oceánicas de las que han sido desarraigados.
Al definir la atención como “la función encargada de dar estructura y cohesión a la mente”, Ortega la sitúa en el centro de la experiencia del amor:
“Enamorarse” es un fenómeno de atención.
[…]
Nuestra vida espiritual y mental es simplemente la que tiene lugar en la zona de máxima iluminación. El resto, la zona de inatención consciente y, más allá, el subconsciente, es solo vida potencial, una preparación, un arsenal o reserva. La conciencia atenta puede considerarse como el espacio mismo de nuestras personalidades. También podemos decir que esa cosa desplaza un cierto espacio en nuestras personalidades.
Medio siglo después de que William James, una de las mayores influencias y progenitores filosóficos de Ortega, sentara las bases de la psicología moderna con su declaración «Mi experiencia es lo que acepto atender», agrega Ortega:
Nada nos caracteriza tanto como nuestro campo de atención… Esta fórmula podría aceptarse: dime dónde está tu atención y te diré quién eres.
[…]
“Enamorarse”, inicialmente, no es más que esto: atención anormalmente fijada en otra persona. Si ésta sabe aprovechar su privilegiada situación y nutre ingeniosamente esa atención, el resto sigue como irremisible mecanismo.
Paradójicamente, la narrativa cultural que nos transmitieron los románticos postula que el amor amplía y consagra nuestra conciencia de la vida: de repente, todo se ilumina; de repente, todo canta. Cualquiera que haya vivido la embriagadora euforia del amor temprano lo ha sentido y, sin embargo, Ortega insinúa que se trata de una ilusión de conciencia, que enmascara el fenómeno real en el trabajo, que es más bien lo contrario: todo está teñido con aspectos del amado, difuminado y ignorando los detalles que le dan al mundo su actualidad. Ortega escribe:
El enamorado tiene la impresión de que la vida de su conciencia es muy rica. Su mundo reducido está más concentrado. Todas sus fuerzas psíquicas convergen para actuar sobre un solo punto, y esto le da un aspecto falso de intensidad superlativa a su existencia.
Al mismo tiempo, esa exclusividad de la atención dota al objeto favorecido de cualidades portentosas … Al abrumar un objeto de atención y concentrarse en él, la conciencia lo dota de una incomparable fuerza de realidad. Existe para nosotros en todo momento; está siempre presente, junto a nosotros, más real que cualquier otra cosa. Hay que buscar el resto del mundo, desviando laboriosamente nuestra atención del amado … El mundo no existe para el amante. Su amado lo ha desalojado y reemplazado … Sin una parálisis de la conciencia y una reducción de nuestro mundo habitual, nunca podríamos enamorarnos.
Mucho antes de que los científicos cognitivos llegaran a estudiar la atención de “un discriminador intencional y sin complejos”, cuando enmarca nuestra experiencia de la realidad mediante la exclusión deliberada, Ortega escribe:
La atención es el instrumento supremo de la personalidad; es el aparato que regula nuestra vida mental. Cuando está paralizado, no nos deja ninguna libertad de movimiento. Para salvarnos tendríamos que reabrir el campo de nuestra conciencia, y para lograrlo sería necesario introducir otros objetos en su foco para romper la exclusividad del amado. Si en el paroxismo del enamoramiento pudiéramos ver repentinamente a la amada en la perspectiva normal de nuestra atención, su poder mágico quedaría destruido. Sin embargo, para ganar esta perspectiva tendríamos que enfocar nuestra atención en otras cosas, es decir, tendríamos que emerger de nuestra propia conciencia, que está totalmente absorbida por el objeto que amamos.
Nada ilustra más claramente esta contracción de la lente que la experiencia desconcertante de salir del estado sonámbulo de enamoramiento, una experiencia familiar para cualquiera que haya emergido de un enamoramiento o haya profundizado un enamoramiento hasta convertirse en una almeja y un amor constante. Ortega escribe:
Cuando salimos de un período de enamoramiento, sentimos una impresión similar a despertar y emerger de un pasaje estrecho repleto de sueños. Entonces nos damos cuenta de que la perspectiva normal es más amplia y aireada, y nos damos cuenta de todo el hermetismo y la rareza que sufrieron nuestras mentes apasionadas. Por un tiempo vivimos los momentos de vacilación, debilidad y melancolía de la convalecencia.
Pero a pesar de sus posibles peligros, el amor sigue siendo a la vez la experiencia más interior y la más influyente de nuestra personalidad. En un sentimiento que evoca esa línea exquisita de El Principito: «Lo esencial es invisible a los ojos». – Ortega considera cómo el amor, un rasgo tan invisible pero tan esencial de nuestra humanidad, pule el lente de toda nuestra cosmovisión:
Las cosas que son importantes están detrás de las cosas que son aparentes.
[…]
Probablemente, solo hay otro tema más interno que el amor: el que puede llamarse «sentimiento metafísico», o la impresión esencial, última y básica que tenemos del universo. Esto actúa como base y apoyo para nuestras otras actividades, sean las que sean. Nadie vive sin él, aunque su grado de claridad varía de persona a persona. Abarca nuestra actitud primaria y decisiva hacia toda la realidad, el placer que el mundo y la vida nos brindan. Nuestros otros sentimientos, pensamientos y deseos son activados por esta actitud primaria y son sostenidos y coloreados por ella. Por necesidad, la tez de nuestras aventuras amorosas es uno de los síntomas más reveladores de esta sensación primogenital. Al observar a nuestro prójimo con amor podemos deducir su visión o meta en la vida. Y esto es lo más interesante de averiguar: no anécdotas sobre su existencia, sino la carta en la que apuesta su vida.

Del mismo libro
Y, sin embargo, nuestra cultura tiene una peculiar ceguera deliberada sobre cómo el amor da forma a la vida y la expresión particular de vitalidad que es nuestro trabajo creativo, una negación peculiar del hecho elemental de que, debido a que amamos con todo lo que somos, nuestros amores impresionan todo lo que hacemos. (Escribí Figuring en gran parte como un antídoto para esta peligrosa ilusión, explorando cómo los amores en el centro de las grandes vidas moldearon la forma en que esas personas geniales a su vez moldearon nuestra comprensión del mundo con su trabajo científico y artístico). Ortega comparte este disgusto por la disminución cultural del amor como motor del trabajo creativo. Al observar que muchas personas con un poder creativo extraordinario han tendido a tomar sus amores «más en serio que su trabajo», el trabajo mismo por el que son celebrados como genios, y una elección por la que han sufrido burlas de sus contemporáneos y de la posteridad, advierte. contra este juicio cultural común:
Es curioso que sólo aquellos incapaces de producir una gran obra crean que lo contrario es la conducta adecuada: tomarse en serio la ciencia, el arte o la política y desdeñar los asuntos amorosos como meras frivolidades.
Un siglo y medio después de que la astrónoma Maria Mitchell, una figura clave en Figuring, observara que “cualquiera que sea nuestro grado de amigos, estamos más bajo su influencia de lo que somos conscientes”, lamenta Ortega:
No tomamos suficientemente en consideración la enorme influencia que nuestros amores ejercen en nuestra vida.
Pero mientras que el amor revela quiénes somos, también moldea quiénes somos, esculpiendo nuestro carácter y matizando nuestra personalidad. El siglo de la psicología desarrollado desde la época de Ortega ha iluminado hasta qué punto «quiénes somos y en qué nos convertimos depende, en parte, de a quién amamos». Ortega intuye este poder transformador del amor y, en consonancia con la teoría de Kurt Vonnegut de que se puede estar enamorado hasta tres veces en la vida, escribe:
Una personalidad experimenta en el curso de su vida dos o tres grandes transformaciones, que son como etapas diferentes de una misma trayectoria moral … Nuestro ser más íntimo parece, en cada una de estas dos o tres fases, girar unos grados sobre su eje, para desplazarse hacia otro cuadrante del universo y orientarse hacia nuevas constelaciones.¶
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 14, 2021 | Letras, Otros temas |

Los esposos Borges-Kodama
Hoy se cumplen 35 años de la muerte de Jorge Luis Borges, grande entre los grandes escritores en lengua castellana. El 3 de noviembre del año pasado, infobae publicó su última narración explicándola así:
El cuento que Borges dictó poco antes de morir: una traición, una ejecución y una culpa que lo acompañó hasta el final – “Silvano Acosta”, un texto breve inédito hasta hace unos días, recorre una historia que involucró a su abuelo militar y un desertor. El autor de “El Aleph” conoció el relato, oculto por décadas, gracias a una subasta. 19 de noviembre. 1985. Primeras horas de la mañana. Una sensación extraña recorre a Jorge Luis Borges y le pide a María Kodama que tome lápiz y papel. Y le dicta: “Desde el momento de nacer contraje una deuda, asaz misteriosa, con un desconocido que había muerto en la mañana de tal día de tal mes de 1871”.
Acá está su brevísimo texto:

De la mano de María Kodama
Silvano Acosta
Mi padre fue engendrado en la guarnición de Junín, a una o dos leguas del desierto, en el año de 1874. Yo fui engendrado en la estancia de San Francisco, en el departamento de Río Negro, en el Uruguay, en 1899. Desde el momento de nacer contraje una deuda, asaz misteriosa, con un desconocido que había muerto en la mañana de tal día de tal mes de 1871. Esa deuda me fue revelada hace poco, en un papel firmado por mi abuelo, que se vendió en subasta pública. Hoy quiero saldar esa deuda. Nada me costaría fantasear rasgos circunstanciales, pero lo que me ha tocado es lo tenue del hilo que me ata a un hombre sin cara, de quien nada sé salvo el nombre, casi anónimo ahora, y la perdida muerte.
Asesinado Urquiza, la montonera jordanista asedió a Paraná. Una mañana entraron a caballo en la plaza y dieron la vuelta golpeándose la boca y gritando algún sapucai* para hacer burla de la tropa. No se les ocurrió apoderarse de la ciudad.
Para levantar el sitio, el gobierno envió al regimiento número dos de infantería de línea. Faltaban plazas y una leva recogió algunos vagos en las tabernas y en las casas malas del Bajo. Acosta fue apresado en esa redada, entonces común. Nada me costaría atribuirle una parroquia de Buenos Aires o un oficio determinado—peón de albañil o cuarteador—pero esa atribución haría de él un personaje literario y no el hombre que fue lo que fue. A la semana desertó del cuartel y se pasó a los montoneros. Tal vez pensó que la disciplina entre gauchos sería menos severa que en las filas de un ejército regular. Tal vez quería desquitarse de haber sido arrastrado a la guerra. Prosiguió la campaña y un Destacamento del Dos trajo prisioneros. Alguien reconoció al pobre Acosta. Era un desertor y un traidor. El coronel Francisco Borges, mi abuelo, firmó la sentencia de muerte con la buena caligrafía de la época. Cuatro tiradores la ejecutaron.
Yo nací treinta años después. Un vago sentimiento de culpa me ata a ese muerto. Sé que le debo una reparación, que no le llegará. Dicto esta inútil página el diecinueve de noviembre de 1985. ¶
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* Un sapucai es un grito largo y agudo, usado como llamado o signo de júbilo. Es típico de la cultura guaraní, muy difundido en la región litoral de Argentina y las provincias de Corrientes, Chaco, y Formosa. Es particularmente usado en la cultura del Chamamé y por los pescadores de la región. Etimológicamente, su origen parece provenir del guaraní sapukái (“grito; gritar, clamar”); según informes populares, “grito triunfal del mensú o hachero al derribar un árbol”. El sapucai tiene muchos significados. Para unos es un grito que se usaba en los eclipses para pedirle a Dios que no acabara con el mundo, para otros es un grito que describe emociones y que puede ser distinguido por personas como sucedió en el conflicto de la Guerra de las Malvinas, cuando los soldados hacían sus sapucai y sus compañeros lo podían distinguir y sentir dolor, impotencia u honor por luchar por su patria . (Wikipedia en Español).
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Más de infobae sobre Borges: https://www.infobae.com/cultura/2021/06/13/la-literatura-la-ceguera-la-democracia-el-amor-el-feminismo-las-opiniones-contundentes-de-jorge-luis-borges/
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«Y es que las amistades de Tony eran, todas, con gente valiosa. Tenía que ser así, pues nunca supe que hiciera algo que no fuera importante, y en cambio siempre supe que en sus relaciones invertía afecto, el que siempre reciproqué». Eso escribí de Antonio Casas González el pasado 1º de abril, y hoy la gentil amiga Elsa Pineda me hizo llegar esta foto en la que Tony aparece al lado de Jorge Luis Borges:

Debe haber sido tomada hacia 1968, cuando Borges fue profesor—¡de literatura inglesa!—en la Universidad de Harvard y Tony trabajaba en el Banco Interamericano de Desarrollo, en Washington. «En 1968 Jorge Luís Borges pasó un tiempo en Cambridge ‘on the Charles’ para enseñar en las aulas de Harvard. Por ese tiempo se le hizo un conjunto de entrevistas muy iluminadoras de su pensamiento. En una de ellas dice diferenciarse de Unamuno en que a éste le angustia la trascendencia y la inmortalidad, mientras que a él, Borges, no le importa si ya no sigue siendo Borges, si no hubiera sido nunca Borges, si no hubiera nunca sido. Es claro que Borges es un redomado mentiroso. Si a alguien le preocupan esas cosas es a Borges, que no cesa de escribir del infinito, de los espejos y de sus dobles. En el fondo, no puede haber español a quien no interese la trascendencia». (En carta a Arturo Sosa, 7 de septiembre de 1984).
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por Luis Enrique Alcalá | Jun 7, 2021 | Educación, Otros temas |

A Nacha
Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. (…) La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.
William Kingdon Clifford – La Ética de la Creencia
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William K. Clifford
En su obra fundamental, La Ética de la Creencia, William Clifford nos legó la substancia de la postura intelectual conocida como evidencialismo.* Puede resumirse el aporte de Clifford en una sentencia inapelable: «Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquier persona crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente». (Citas favoritas, 15 de junio de 2016).
«Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es posible decir, entonces, que es nuestro deber ser inteligentes». (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).
Y esto es principalmente así en nuestras opiniones políticas, que usualmente son formuladas desde reacciones instantáneas cargadas de emocionalidad y prejuicios. Siendo que una opinión política incide sobre el juicio colectivo, debemos tener el mayor cuidado al expresarla.
Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros. (Código de Ética Política, 24 de septiembre de 1995).
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John Erskine
Juan Erskine fue un notable educador; en su segunda responsabilidad como profesor universitario, enseñó durante 28 años en la Universidad de Columbia, en la que sembró la semilla de lo que luego se conocería como el movimiento de los Great Books, que materializara la Enciclopedia Británica en su colección de obras fundamentales que justamente lleva ese nombre. Era también Erskine un notable pianista y compositor, y a partir de esa vocación llegaría a ser el primer Presidente de la afamada Escuela de Música Juilliard en Nueva York, y Director de la Ópera Metropolitana de la misma ciudad, en la que brillaron en sucesión Enrico Caruso, Beniamino Gigli y Jussi Bjoerling, por mencionar sólo a sus tenores más notables.
Su predecesor, Guillermo Clifford, «fue un matemático y filósofo inglés. (…) Es conocido por su defensa del evidencialismo frente a la responsabilidad moral de creer en aquello de lo que no se tienen pruebas. (…) En 1870 escribió On the space theory of matter (Sobre la teoría espacial de la materia), en la que argüía que energía y materia eran simplemente diferentes tipos de curvatura del espacio. Esas ideas jugaron luego un papel fundamental en la teoría general de la relatividad».** (Wikipedia en Español).
Gracias, Guillermo; gracias, Juan. LEA
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* «El evidencialismo es una tesis en epistemología que establece que uno está justificado para creer algo si y sólo si esa persona tiene evidencia que respalde su creencia. El evidencialismo es, por tanto, una tesis sobre qué creencias están justificadas y cuáles no». (Wikipedia).
** Es decir, Clifford, quien viviera sólo 34 años, se adelantó en 46 al postulado principal de la obra cimera de Albert Einstein.
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