¿Caracas? ¿Santiago? ¿La Paz? París, hoy 5 de diciembre de 2019, en huelga general. (Foto de Rafael Serrano).
A 2019 le quedan apenas veintiséis días, o 7,12% de su duración total. El próximo año será bisiesto, y Datanálisis presume que a pesar de ese rasgo pavoso será «mejorcito».
El socio Director de Datanalisis, José Antonio Gil Yépez, hizo referencia a la organización del seminario “Escenarios País 2020, Proyecciones del 2019 y Criterios de Seguimiento del 2020”. Gil explicó que el gobierno entendió que no podía seguir con las políticas de control de precios, control de cambio, sobrevaluación exagerada de la moneda: «Por eso implementó la liberación de precios, la dolarización informal que hemos visto en la economía y la reducción de los aranceles”. (…) Si a eso se le suma reducción del encaje bancario y la profundización de la dolarización; «la perspectiva de la economía es que se toque piso en la caída de la producción nacional y empecemos a repuntar”. Precisó: “Si a eso se le suma la conversión de deuda en capital, no pretender pagar la deuda con más deuda, sino pagar la deuda de las empresas del Estado entregando las acciones para que los acreedores se cobren y se encarguen de reflotarlas, eso sería un impacto muy positivo en el rescate de la confianza entre los venezolanos”. Se debe buscar que se moderen las sanciones de EEUU contra Venezuela. Manifestó que esos acreedores son grandes empresas internacionales que se ocuparían de hacer el lobby en los EEUU para que se moderen las sanciones: «Porque si se siguen prolongando le seguirán haciendo mucho daño a la economía». Para que las variables macroeconómicas sean favorables para el futuro del país, reiteró que “debe continuar el proceso de liberación que está en marcha». (Las predicciones de Datanálisis sobre Venezuela para el 2020).
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Por su parte, Meganálisis ha dado a conocer los resultados de mediciones levantadas entre el 25 de noviembre y el 2 de este mes. He aquí algunas de sus láminas:
Rechazo a Nicolás Maduro
Rechazo a Juan Guaidó
La desconfianza en Nicolás Maduro totaliza 86,1%, mientras un total de 81,4% de los encuestados desconfía de Juan Guaidó, o una diferencia de sólo 4,7%. ¿No es eso un empate técnico? ¿Cómo están las preferencias referidas al Poder Ejecutivo y el Legislativo actuales?
Un gobernante indeseable
Un parlamento indeseable
En este caso, la diferencia se reduce a sólo 1,3% «a favor» de la oposición. Volvamos a Datanálisis y Gil Yepes (no Yépez); entrevistado en Globovisión, reveló que la popularidad de los partidos de oposición, todos sumados, no supera el 14% de la opinión medida. El 11 de abril de 2016 cerraba este blog la entrada Etiqueta negra con estas palabras: «El país que sufre agudos dolores y privaciones está atrapado en la tenaza de la perniciosidad del gobierno y la incompetencia de la oposición, mientras ambos se pegan mutuamente etiquetas en las solapas: ¡Dictadura! ¡Fascismo! Pobre país».
La perniciosidad gubernamental podía anticiparse desde el 4 de febrero de 1992; la incompetencia de la oposición, causa de la frustrada intentona de esa fecha, se ha puesto de manifiesto a lo largo del viacrucis chavista-madurista. Hace poco (Viejo problema que tiene solución, 27 de noviembre de 2019) se recordaba acá un juicio relativamente temprano acerca de ella, entonces nucleada en la Coordinadora Democrática, la fallecida madre de la Mesa de la Unidad Democrática:
La constelación que se formó alrededor de ella, no sin méritos que hemos reconocido, nos llevó primero a la tragedia de abril de 2002, luego a la sangría suicida del paro, finalmente a la enervante derrota del revocatorio. (Para no agregar al inventario una nutrida colección de derrotas menores). No hay vuelta de hoja. No podemos atender más nunca a esa dirigencia.
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Hace más de diez años se propuso—en la Carta Semanal #341 de doctorpolítico (23 de julio de 2009)—lo siguiente:
…la mayoría de los venezolanos rechaza la pretensión de implantar en el país un sistema político-económico socialista, a pesar de lo cual Rafael Ramírez, bajo su casco de Presidente de PDVSA, proclama: “PDVSA está con Chávez. PDVSA está con la revolución… Quien no esté en un comité socialista es sospechoso de conspirar contra la revolución”. ¿Qué hace uno con una mayoría tan fuerte? Pues procura que se exprese políticamente de modo válido. Pide que el asunto sea votado, pues está seguro de ganar una consulta que lo considere. Es ésa una regla política elemental. Quien tiene la mayoría quiere que se la mida y certifique, porque quien tiene la mayoría puede mandar. La mayoría abundante que no quiere un régimen socialista para Venezuela debiera apoyar la convocatoria, por iniciativa popular, de un referéndum consultivo sobre dicha posibilidad, de una consulta que le pare el trote a Ramírez y a su jefe.
Y esto acaba de medir Meganálisis sobre ese asunto:
En lugar de una encuesta debiera celebrarse un referendo
La dirigencia opositora, la oposición profesional, se ha mostrado contumaz en su renuencia a convocar al Pueblo para que decida los asuntos fundamentales de la política venezolana. Tal vez eso explique el enorme rechazo que recibe. LEA
El político que tiene el poder en sus manos es, por su misma posición, un inevitable modelo de conducta. Si es deshonesto se convierte en modelo de deshonestidad, y daña así el temple moral de la sociedad entera. Convierte a la comunidad en organismo cínico, desvergonzado, que se siente autorizado a la corrupción porque sus hombres más encumbrados se conducen deshonestamente.
El 28 de junio de 2015, publicó el semanario La Razón la entrevista que me hiciera Edgardo Agüero diecisiete días antes; ella incluyó este intercambio:
Hay quienes afirman que existen factores dentro de la MUD que en función de sus intereses políticos y pecuniarios, juegan a favor del gobierno. ¿Qué habrá de cierto en ello?
Mi aproximación a la política es clínica. Si un médico intentara curar un hígado enfermo tratando célula por célula se volvería loco; por eso no me intereso por la chismografía política acerca de actores particulares. Si tuviera que descalificar a algún actor político no lo haría por su negatividad, sino por la insuficiencia de su positividad. No me intereso por esa clase de asuntos.
Ése es justamente el motivo por el que había descuidado enterarme de los detalles en la explosiva denuncia, del portal Armando Info, acerca de un presunto esquema de corrupción en el seno de la oposición profesional venezolana: «El medio de comunicación Armando Info publicó un reportaje en el que un grupo de diputados a la Asamblea Nacional (AN) pertenecientes a partidos políticos de oposición estarían participando en tramas de corrupción con empresarios colombianos vinculados con el Gobierno de Nicolás Maduro. (…) Armando Info detalló que desde comienzo de 2018 ‘se venía tejiendo una trama para otorgar indulgencias a los responsables de los negocios (…) de importaciones para los combos CLAP’, en la cual participaron diputados opositores, ‘algunos de ellos integrantes de la Comisión de Contraloría’ de la AN». También había leído someramente acerca de la destitución del «embajador» de Juan Guaidó en Colombia, Humberto Calderón Berti, quien se había referido precisamente a tales corruptelas y que destaca Rayma en su certera caricatura.
En cambio, llamó mi atención un artículo de ayer en El Universal—¿Qué es un político puro?—escrito por Luis Vicente León, el presidente de la encuestadora Datanálisis. En él sostiene, con sus palabras iniciales, una tesis que me alarmó más que la noticia de corruptelas concretas: «Un político puro no es una persona éticamente irreprochable, ni tiene porque [sic] serlo. En efecto es insuficiente o mezquino juzgar éticamente a un político: hay que juzgarlo políticamente». Más adelante completa el planteamiento:
…no existe forma de resolver el problema venezolano sin contar con, al menos, un político puro, capaz de enamorar a la población para que confíe en él, aunque su tarea luzca inalcanzable, y que luego sepa convertir esa fuerza en presión de cambio, en tensión para lograr una negociación exitosa, en la que tendrá que sacrificar a veces legalidad, a veces justicia y siempre derechos propios para lograr el objetivo final, que en definitiva será el éxito político por el que deberá ser evaluado.
Opino en este punto en diametral oposición a León; si a algún oficio debe exigírsele limitaciones de orden ético es a la política. «Comoquiera que los políticos, cuando tienen éxito en hacerse con una cierta cantidad de poder, adquieren sobre nuestras vidas una influencia que supera la habitual en transacciones interpersonales cotidianas, y como nadie tiene original derecho (…) de imponer su voluntad a otro en virtud de la igualdad de principio (…) entre los seres humanos, deben por aquella ventaja comportarse de forma que satisfagan criterios más astringentes que los comunes, exigibles a todo el mundo. Puesto de otra forma: entre los más fundamentales derechos políticos de los miembros de una comunidad, se encuentra el de exigir a sus líderes un comportamiento virtuoso. Nos lo deben». (El político virtuoso).
Pero León consideró oportuno tuitear apresuradamente, ayer mismo: «Algunos pueden pensar que los escándalos recientes afectarán focalmente el liderazgo de Guaidó. Esa es una visión miope». Me parece que el líder de una empresa dedicada al registro de la opinión pública venezolana, lo que debe ser imparcial, no debe quebrar lanzas en defensa de ningún político concreto. Estaría yo equivocado, claro, si la prescripción de León se aplicara a él mismo, si fuese «insuficiente o mezquino juzgar éticamente» a un encuestador.
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Anoche inicié el sueño afectado por una incomodidad indefinida, cuya causa emergió con toda claridad al despertar hoy: ya yo había leído antes, y hasta comentado acá, el infeliz artículo de León. En efecto, exactamente la misma pieza fue publicada por El Universal el 13 de enero de este año. ¿Por qué escogió León repetirse íntegra y textualmente para decir, justamente en estos momentos de hedores corruptos, que sería «insuficiente o mezquino juzgar éticamente a un político: hay que juzgarlo políticamente»?
…León sobresimplifica al postular que la oposición única a su político “puro”, a quien sería “insuficiente o mezquino—DRAE: Falto de generosidad y nobleza de espíritu—juzgar éticamente”, es la de alguien “que se encierra en luchas intestinas, discursos emocionales y amenazas de perro echado que no puede operacionalizar”. La bondad no está reñida con la eficacia, ni obliga a luchas intestinas, a discursos emocionales o la incompetencia operativa; creer que ella castra la eficacia política es una simpleza. (…) Me rebelo ante la dicotomía postulada por Luis Vicente León; no se necesita la inmoralidad para ser político eficaz, y ser un intelectual no es óbice de lo mismo. Admitir lo que él postula es acoger el error, y éste sólo se supera con la verdad, no con otra equivocación. Si alguna profesión debe ejercerse con bondad es la política, puesto que la visibilidad de los dirigentes políticos les convierte en modelos de conducta.
Reconozco que, sanado ya de la incomodidad nocturna, permanezco decepcionado y triste, pero me curaré reflexionando una vez más en la poderosa máxima que nos legara el gigante Pedro Grases: «La bondad nunca se equivoca».
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De todos modos, a una persona de persistente conducta moral no le es fácil entender a quienes se comporten distintamente; para ella, un comportamiento éticamente correcto es enteramente natural y no requiere especial esfuerzo. La mayoría de la gente buena, por consiguiente, no debe reivindicar mucho mérito en ser bondadosa, puesto que la mayor parte del tiempo sólo se conduce instintivamente.
Cristopher Hodgkinson propone estas prescripciones en La filosofía del liderazgo:
El actor no debe atarse afectivamente al resultado sino al proceso. El compromiso es con la obra misma; con la carrera y no con el premio; con la batalla y no con la victoria. El trabajo se vuelve en este sentido intrínsecamente honorable y satisfactorio a través de un proceso de compromiso moral y comprensión. (…) La indiferencia debe entenderse acá, naturalmente, en un sentido especial. No es que al líder no le importe. Al líder le importan y tienen que importarle los resultados, especialmente aquellos resultados humanos y organizacionales en los que tiene responsabilidad plena o parcial. A lo que, en razón del honor, debe ser indiferente es a los resultados de las acciones en tanto le afecten personalmente. Suponiendo que su curso de acción sea correcto, que ha descubierto cuál es su deber y cumplido con él, lo que es entonces un asunto de indiferencia, de despreocupación, es su propio éxito o fracaso. Ése es el ideal. Su propio ego debe dejar de importar, tiene que ser eliminado de la ecuación de las variables organizacionales. Tiene que ser trascendido. Y aunque esto pueda parecer escandalosamente idealista, esa praxis es también posible.
Recomiendo a Luis Vicente León la lectura de Hodgkinson; puede conseguir un ejemplar usado de su libro en Amazon por poco más de seis dólares. LEA
Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Declaración de Independencia de los Estados Unidos – 4 de julio de 1776
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Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.
George Orwell – Rebelión en la granja
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Con fecha de ayerpublicaThe New York Times en Español un artículode Martín Caparrós, periodista y novelista argentino, que lleva por título: ¿Qué es la igualdad? Su inicio evoca la famosa frase con la que comienza el Manifiesto Comunista (Carlos Marx & Federico Engels, 1848):
Un fantasma recorre América Latina, y lo guía una palabra. Chile despertó, Bolivia se parte, ardió Ecuador, Colombia se levanta, Argentina votó, Perú se depura, Brasil desespera, México clama, y en todos lados la palabra es la misma: “desigualdad”, como en “efectos de la desigualdad”, “rechazo de la desigualdad”, “la lucha contra la desigualdad”.
Caparrós no podía dejar de mencionar un indicador que es hoy tan frecuentemente citado como impresionante, «que las 26 personas más ricas del mundo poseen lo mismo que la mitad de la población del planeta, unos 3.800 millones de personas». (Bueno, las antaño mayores fortunas de John D. Rockefeller o Henry Ford tardaron medio siglo en acumularse, pero la nueva economía digital permitió que Mark Zuckerbergfuera registrado por Time Magazine, a los 20 años de edad, en su lista de las 100 personas más ricas del mundo en 2010, sólo cuatro años después del lanzamiento público de su principal invención:Facebook. Asistimos a un juego muy distinto).
Luego certifica lo siguiente:
Latinoamérica es desigual por muchas razones pero, sobre todo, porque puede. Hay sociedades donde los más ricos necesitan que los más pobres sean menos pobres, donde los precisan para crear o consumir las riquezas que los enriquecen. Las economías latinoamericanas, en general (…) basadas en la extracción y exportación de materias primas—desde la soja al cobre, del petróleo a la coca—, pueden funcionar más allá de esos millones de personas que no son necesarios ni para producir ni para consumir. Solo se necesita contenerlos: que no hagan demasiado lío, para lo cual alcanza con darles su limosna.
Y para Venezuela, con una industria petrolera que produce hoy, a duras penas, menos de una tercera parte de su volumen habitual, centrada en una explotación que agrava la contaminación planetaria, la fuente principal de esa limosna «de la Patria», además asediada por sanciones internacionales, no puede ser indefinidamente el único recurso. («…es preciso encontrar actividades económicas distintas de la industria petrolera, pues necesitamos entrar en la economía del futuro, distinta de la mera extracción que es lo característico de una economía primaria, otra cosa que nuestra propia estimulación del calentamiento global».Recurso de Amparo, 14 de julio de 2015).
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El tema de la desigualdad en la distribución de las riquezas es tan antiguo como la humanidad, pero es sólo hace seis años cuando Thomas Piketty volvió a ponerlo en primer plano:
Piketty es un especialista en la economía de la desigualdad o desigualdad de ingreso, desde una aproximación estadística e histórica. En sus publicaciones analiza cómo la tasa de acumulación de capital en relación con el crecimiento económico aumentó desde el siglo XIX hasta la actualidad. Los registros sobre impuestos le han permitido reunir datos sobre las élites económicas, que tradicionalmente han sido poco estudiados, y que le permiten establecer las tasas de acumulación de la riqueza y su comparación con la situación económica del resto de la sociedad. Su libro más influyente, El capital en el siglo XXI, se nutre de datos económicos que se remonta 250 años para demostrar que se produce una concentración constante del aumento de la riqueza que no se autocorrige y que aumenta la desigualdad económica, problema que requiere para su solución una redistribución de la riqueza a través de un impuesto mundial sobre la misma. (…) Cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, entonces la desigualdad aumenta. El autor propone, para evitar lo que denomina un capitalismo patrimonial, los impuestos progresivos y un impuesto mundial sobre la riqueza con el fin de ayudar a resolver el problema actual del aumento de la desigualdad. (Wikipedia en Español).
Volvamos al articulista de Time, quien concluye:
Los conceptos relativos siempre son incómodos: ¿quién define cuál es el grado razonable, el grado soportable de desigualdad? El absoluto, en cambio, es fácil de entender y muy difícil de realizar. Así que, aunque casi todos deploramos la desigualdad, casi nadie sabe o se atreve a definir su opuesto. Hay un gran acuerdo en que algo es malo, ningún acuerdo en cómo sería bueno. (…) Definir lo contrario de la tan denostada desigualdad sería definir el proyecto—político, económico, social—de cada sector. Sería empezar a aclarar ciertas cosas, a ponerse en camino. Que eso parezca tan lejano es, casi, un signo de los tiempos.
¿Será digno de notar que Caparrós, después de esa «denuncia», no aporta él mismo la más mínima noción constructiva?
Portada de edición francesa de la novela de Stephen King, que parece mostrar el perfil de la costa venezolana
En la segunda nota al pie de Cómo sorprender a la historia, el texto traducido del inglés de Yehezkel Dror, se mencionaba hace tres días un estudio propio de septiembre de 1987: Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela. (Puede leerse en sus conclusiones esta anticipación: «la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabilidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable». Como se sabría más tarde, el golpe de Chávez estuvo previsto para el 16 de diciembre de 1991, a fin de amanecer en Miraflores el día de la muerte de Simón Bolívar). El estado actual de nuestro sistema político y los vectores actuantes* aconsejan la consideración de la segunda de las sorpresas consideradas en tal estudio (Sorpresa #2: Outsider democrático), sección que se reproduce a continuación. Otros textos pertinentes al tema son Manual del outsider (2 de agosto de 2005) y Tío Conejo como outsider (20 de julio de 2006).
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Es posible también una sorpresa más democrática que un golpe de Estado. Es más, la probabilidad de ese tipo de sorpresa es significativamente mayor que la de una «solución» militar. No obstante, sigue siendo una sorpresa. Es decir, la probabilidad de un evento tal es baja. No es altamente probable que un candidato no postulado por Acción Democrática o COPEI llegue a ganar las elecciones. Pero de esto se trata precisamente, de considerar cualitativamente las sorpresas, pues de su ocurrencia se ocupará el curso de los acontecimientos y el signo de los tiempos, según el cual, para recordar a Dror, la sorpresa es ahora un fenómeno endémico.
El tipo de análisis que haremos acá es el de estipular cuáles serían los requisitos necesarios en un candidato sorpresa y en su campaña, sin los que no podría darse su triunfo.
Rasgos necesarios del candidato
El primer rasgo indispensable en el líder que pueda orientar a su favor la considerable potencialidad de un voto harto de lo tradicional y de su ineficacia, es que sea un verdadero outsider. Hay, al menos, dos sentidos en los que este concepto de outsider se aplicaría en este contexto.
Para comenzar, el candidato debe ser un político que pueda ser percibido como estando fuera del establishment de poder venezolano. No necesariamente significa esto que el candidato deba estar contra la actual articulación de poder en Venezuela. Simplemente es necesario que no se le perciba como formando parte de la red de compromisos que caracterizan a la configuración actual.
En una reunión del Grupo Santa Lucía de hace unos años, Allan Randolph Brewer Carías advirtió a los asistentes: “Estamos hablando del Estado como si se tratara de un caballero que se encuentra en la habitación de al lado, que está a punto de entrar y de ser presentado a nosotros. Pero la verdad es que todos nosotros hemos sido el Estado. De quien estamos hablando es de nosotros”.
Lo que Brewer quería decir es que las elites de Venezuela forman parte de un sistema consensual que determina una buena parte de las políticas principales, o al menos el esquema general de la cosa política. En el caso de un líder político tradicional, por ejemplo, sus buenas intenciones hacia, digamos, una mayor democratización, se encuentran impedidas por las trabadas reglas de juego de su partido.
El pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, participante directo de la configuración de poder actual, carece de la libertad necesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad significativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de transacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para acceder a la posición que ocupa y para mantenerla. Esta es, por poner un caso, la situación en la que se encuentra Eduardo Fernández. Es, posiblemente, la condición que anularía un intento de Marcel Granier, como fue, por argumento en contrario, la que significó, en el pasado, un apoyo importante al intento de Jorge Olavarría, percibido entonces como outsider.
Hay un segundo sentido, más específico, en el que el candidato que pueda resultar la sorpresa debe ser un outsider. Debe serlo también en términos de estar afuera o por encima del eje tradicional del espacio político. Tal eje viene determinado por un continuum más o menos lineal, que va desde las posiciones de izquierda hasta las posiciones de derecha. Esta es una división tradicional del campo político, pues responde al criterio de que el principal problema social (o político), consiste en distribuir la renta social: si se acomete este asunto con preferencia para los pobres entonces se es izquierdista; si esto se hace con preferencia por los ricos, entonces se es derechista.
No es éste el sitio para describir otra noción política más moderna que considera obsoleto el planteamiento anterior, definitorio de derechas e izquierdas. Pero el candidato que pretenda tener éxito en 1988** deberá ser outsider también en el sentido de no situarse en alguna posición del eje referido, sino en un plano diferente.
La segunda característica importante—a nuestro juicio más importante que la condición de outsider—que debe ostentar un candidato con posibilidades de dar la sorpresa, es la posesión de tratamientos suficientes y convincentes para la crisis.
La teoría
La base de esta condición consiste en poder partir de una concepción de lo político que comprenda importantes y hasta radicales diferencias con las concepciones convencionales. En la raíz de tal concepción está la necesidad de una sustitución de paradigmas políticos, en el sentido que Tomás Kuhn da al término paradigma. Es decir, nos hallamos ante una realidad social y política que ya no puede ser comprendida por los planteamientos y enfoques convencionales, lo que es la causa de fondo de la crisis de gobernabilidad. No es el caso que los políticos tradicionales tengan las recetas adecuadas y por maldad se resistan a aplicarlas. El punto es que no las saben. De allí que no sepan contestar cuando se les pregunta por tratamientos concretos, como en la reciente entrevista en Primer Plano a Carlos Andrés Pérez. Marcel Granier le preguntó a Pérez cuál sería su solución al problema de la inflación. Pérez se limitó a decir que él suponía que el Gobierno de Lusinchi estaba por resolverlo y que, en todo caso, él, Pérez, le daría su opinión al Gobierno. En resumen, una respuesta evasiva.
A partir de una concepción diferente, más científica y moderna de la política y sus posibilidades tecnológicas reales, es como podría ser posible la generación de tratamientos que cumplan con tres condiciones necesarias a la persuasión pública requerida:
Deben ser radicales pero pocos: dos extremos resultan imposibles, dañinos o inútiles: el planteamiento de una reforma radical y global, que se ocupe de todo a la vez, en el mejor de los casos será altamente traumático y, más probablemente, imposible de aplicar por falta de capacidad para gerenciar un grado de cambio tan exhaustivo; la estrategia de cambiar lo menos posible e ir ajustando las cosas de modo incrementalista es derrotada por la complejidad original del problema y su velocidad de complicación creciente. Este dilema es comprendido intuitivamente por el elector promedio. De allí la poca credibilidad de los programas de gobierno exhaustivos, así como la de los programas tímidos e incrementalistas. Para que un programa alcance la credibilidad necesaria deberá ser del tipo radical selectivo, es decir, identificador de pocos puntos estratégicos sobre los que se ejerza una acción transformadora a fondo. Y a esta condición deberá sumarse la de concreción, pues no bastará la enumeración de pocas áreas si éstas son vagamente definidas.
Deben ser eficaces: no se trata por tanto de pseudotratamientos. «Reactivar la economía» no es la solución, sino el estado final que debe alcanzarse una vez aplicada la solución. Combatir el centralismo, combatir el presidencialismo, etcétera, son orientaciones generales muy loables pero poco concretas. Los tratamientos deberán venir explicados en forma tan concreta que se pueda especificar su beneficio y su costo. Los tratamientos deberán dirigirse al ataque de causas problemáticas antes que a la moderación temporal de sintomatologías anormales.
Deben ser positivos: se necesita un planteamiento terapéutico que trascienda la política quejumbrosa para ofrecer salidas que permitan un razonable optimismo.
Por último, el candidato debiera tener la capacidad de «librar por todos». (En el juego infantil del escondite se estipula a veces una regla por la que al quedar sólo un jugador por descubrir, éste puede salvarse, no únicamente a sí mismo, sino a todos los anteriores que hayan sido atrapados). No se trata acá de capacidad de convocatoria, como se la asigna a sí mismo (con cierta razón) Rafael Caldera y como se la niega a sí mismo Marcel Granier. (Entrevista de Alfredo Peña a Granier en El Nacional del 21 de septiembre de 1983: “Pero yo no tengo la capacidad de convocatoria necesaria para enfrentar los problemas que el país tiene en este momento”). El cargo de Presidente de la República tiene de por sí mucha capacidad de convocatoria, y lo tendría mucho más si tal cargo lo ocupase un outsider que hubiera logrado dar la sorpresa. El punto está más bien en la voluntad real de convocar que tenga el involucrado, en la medida en que no esté atado a intereses tan específicos que no pueda verdaderamente pasar por encima de rencores de asiento grupal. Si un aspirante a outsider sorpresivo, a “tajo” de las elecciones, plantea su campaña con un grado apreciable de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros políticos debemos aun a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fracaso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positividad. El propio Issac Newton reconoció: “Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes”.
Rasgos necesarios de la campaña
Suponiendo que exista el verdadero outsider y que éste posea un arsenal terapéutico eficaz, concentrado y positivo, capaz de ser asumido voluntariamente como programa por el público en general, todavía queda el problema de ejecución de su campaña en forma correcta.
El eje básico de una campaña correctamente ejecutada pasa nuevamente por la suficiencia de los tratamientos que el outsider proponga. La campaña debe ser planteada en esos términos: suficiencia vs. insuficiencia.
El que está afuera
Luego viene la consideración del tiempo estratégico. Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga «guerra de trincheras» contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea.
Este punto viene ligado, como dijimos, al tema de los recursos. Pues una condición de corrección de la campaña deberá ser por fuerza la de su economía. La campaña deberá ser económica. Tanto porque no se dispondrá de muchos recursos como porque un gasto excesivo produciría un rechazo de la misma. Así, la campaña debiera ser diseñada en términos económicos.
Esto será posible si la campaña es planteada en términos de calidad vs. cantidad. Contra la reiteración esloganista de millares de cuñas y pancartas, una concentración en mensajes más completos, más densos y contundentes.
A favor de esta posibilidad jugaría la amplificación que se daría por el efecto de novedad. Por el mismo hecho de plantearse una campaña de estilo diferente es como se daría la posibilidad de distinguir el mensaje en un mar de ruido electoral, en la cacofonía de las abrumantes campañas tradicionales, como un minúsculo flautín clarísimo lo hace dentro de un tutti orquestal.
La campaña deberá caracterizarse, además, por una extraordinaria capacidad organizativa. Se trata, para mencionar sólo un problema, de disponer de testigos en unas treinta mil mesas electorales, con su correspondiente apoyo logístico y de comunicación. Para un outsider este problema es de gran cuantía, puesto que por definición, al ser outsider, no dispone de la «maquinaria» de antemano.
Finalmente, el outsider deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que representa comience a significar una posibilidad clara de victoria.
Las probabilidades
Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una sorpresa exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?
La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aun en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a una campaña como la esbozada de los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.
Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Es queja perpetua del sector privado que el Gobierno no establece reglas de juego estables. La verdad es que hay reglas tácitas de conducta establecidas desde hace tiempo, incluyendo las que regulan la urbanidad de la corrupción. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que “los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”. En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.
Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciarían por los términos dilemáticos más conservadores.
Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.
Apuesta racional
Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aún el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa—no es necesariamente imposible, y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad, rojo (Pérez), negro (Caldera), par (Fernández), impar (Lepage). Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde pierde poco y si gana ganará mucho más que lo que invirtió.
Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y requiere por tanto terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de la información completa sobre la localización de las piezas o cartas claves. En esas condiciones un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea.
Yehezkel Dror nos dice que la situación del agente de decisión de hoy es cada vez más la de una apuesta difusa. LEA
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* Una medición de Delphos de septiembre de este año incluyó esta pregunta: «¿Qué es lo mejor para el bien del país?» Éstas eran las opciones y el porcentaje de selección de cada una: Que continúe Maduro en el poder 8,1%; Surja alguien que rescate ideas Chávez 10,6; Que Guaidó tome definitivamente el poder 35,2; Que surja otro líder opositor 38,0; Ninguna 5,0; No sabe 1,1. Desde hace tiempo se manifiesta en encuestas un rasgo estructural de la opinión nacional: que es mayoritaria la fracción de ciudadanía que no cree el cuento al gobierno y tampoco a la oposición. Por ejemplo, esta medición de Datincorp de mayo de 2015:
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** No hubo, naturalmente, un outsider en las elecciones presidenciales de Venezuela en 1988. Carlos Andrés Pérez, Eduardo Fernández y Teodoro Petkoff, los candidatos en esos comicios, no respondían a la definición.
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