el blog de luis enrique alcalá de sucre
la política como arte de carácter médico (y otras cosas)Gran obra (gratuita) de civilización universal
Hace dos días se cumplieron veinte años del nacimiento de un tesoro de la civilización planetaria, la gran enciclopedia global que conocemos como Wikipedia:
Fue creada el 15 de enero de 2001 por Jimmy Wales y Larry Sanger, y es la mayor y más popular obra de consulta en Internet. Desde su fundación, Wikipedia no solo ha ganado en popularidad —se encuentra entre los 20 sitios web más populares del mundo—, sino que además su éxito ha propiciado la aparición de proyectos hermanos: Wikcionario, Wikilibros, Wikiversidad, Wikiquote, Wikinoticias, Wikisource, Wikiespecies y Wikiviajes.
Existen tres características esenciales del proyecto Wikipedia que definen en conjunto su función en la web. El lema «La enciclopedia libre que todos pueden editar» explica los tres principios:
Es una enciclopedia, entendida como soporte que permite la recopilación, el almacenamiento y la transmisión de la información de forma estructurada.
Es un wiki, por lo que, con pequeñas excepciones, puede ser editada por cualquiera.*
Es de contenido abierto.
Según su cofundador, Jimmy Wales, el proyecto constituye «un esfuerzo para crear y distribuir una enciclopedia libre, de la más alta calidad posible, a cada persona del planeta, en su idioma», para lograr «un mundo en el que cada persona del planeta tenga acceso libre a la suma de todo el saber de la humanidad». Se desarrolla en el sitio Wikipedia.org haciendo uso de un software wiki —término originalmente usado para el WikiWikiWeb—.
Y ese descomunal repositorio de conocimiento está disponible en 300 ediciones, de las que superan el millón de artículos las escritas en inglés, cebuano, sueco, alemán, francés, neerlandés, ruso, italiano, español, polaco, samareño, vietnamita, japonés, chino, árabe, portugués y ucraniano. Es justamente Wikipedia la obra que nos informa de modo que podamos compararla con la muy prestigiosa Enciclopedia Británica, que en 2012 anunciara que ya no se imprimiría para existir solamente en forma digital: “El tamaño de la Britannica, a grandes rasgos, ha permanecido constante en los últimos setenta años, con cerca de 40 millones de palabras en quinientos mil temas”. (Esto es, la mitad de los artículos alojados por Wikipedia en cada una de las diecisiete lenguas enumeradas).
Es con mucho agradecimiento como admito que Wikipedia es, desde hace un buen rato, mi principal fuente de aprendizaje. LEA
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* Es esa característica lo que asegura la veracidad y exactitud de la inmensa cantidad de artículos de Wikipedia. Los errores son descubiertos y corregidos por cualquier usuario, y de inmediato verificados por el equipo profesional de la organización.
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Sentido del misterio
Hoy fui sorprendido al leer un lúcido trabajo de mi entrañable amigo de juventud, Rafael Tomás Caldera, en el sitio web de La Gran Aldea, cuyo nombre alude a la noción de Marshall Mac Luhan: la Aldea Global (The Global Village). Vino a mi memoria la valoración que hiciera de un texto de Mons. Ramón Ovidio Pérez Morales (Presidente, vuelva al Cabildo): «El documento abajo transcrito deslumbra por su claridad, asombra por lo completo y concentrado, sobrecoge por su valor». Una vez más, estuve hoy en presencia de palabras luminosas, útiles, que reproduzco agradecido en esta entrada (con minúsculos ajustes tipográficos).
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¿Por qué entonces tanto fanatismo, con la consiguiente polarización? Para entenderlo, habría que sopesar cómo en la sociedad actual hemos perdido el sentido del misterio; ese que da lugar a la sabiduría del corazón que reconoce el valor de la realidad, de la vida propia, de la vida de los otros. El gobierno ha de estar subordinado a la justicia y ordenado al bien común. De no ser así, ocurrirá—lo hemos presenciado en las sociedades totalitarias—que el poder define la “justicia” y la impone por la fuerza.
Rafael Tomás Caldera
Por un comentario a un lúcido artículo suyo1, donde trata de la polarización y el fanatismo—fenómenos que no podrían ser más actuales—, me pregunta Sandra Caula por qué insisto en el amor a la verdad dentro de ese contexto. Argumenta con razón, ¿acaso no suele ser invocada la verdad por todo fanático y en su nombre no se cometen muchas injusticias? La pregunta es exigente, además de razonable. Debo, pues, responder de una manera más completa, lo que con todo gusto intentaré hacer ahora.
El problema casi que se puede descomponer para su análisis siguiendo los dos términos de la expresión: ‘Amor’ y ‘verdad’. Con la precaución de comenzar por lo que parece menos discutible, donde sin embargo se encierra quizá la mayor dificultad: el término ‘amor’.
Una ambigüedad de raíz afecta su significación, no como problema filológico o de diccionario, sino existencial. Porque al hablar de ‘amor’ abarcamos tanto el egoísmo como la generosidad, el afán de posesión y el desprendimiento oblativo; lo que se ha llamado, con términos griegos, el eros y el ágape2.
La dificultad constante en la vida de la persona, y como dato del problema, está en que al amar nos adherimos a lo bueno. Cuando aún no hemos alcanzado eso que amamos, surge el deseo; al lograrlo, el gozo. Ello significa que todo bien amado es sin duda un bien para mí, que lo busco. Pero hay una gran diferencia entre buscar algo bueno en sí mismo, que me hace bien; o buscarlo porque me hace bien, por ejemplo, me supone una ventaja o me causa mucho placer. No es una sutileza. Es la gran alternativa para el ser humano, que puede amar lo bueno por sí mismo—y ser capaz entonces de actuar con generosidad—o amarse a sí mismo como medida y referencia de todo lo bueno.
Ese amor propio deviene entonces en hybris, desmesura; el amour de soi, de los moralistas franceses; en breve, el egoísmo, que con frecuencia se reviste de actitudes magnánimas y se oculta de ese modo a los ojos del propio sujeto: actúa (según piensa) por el bien del Pueblo, de la Patria, de la Humanidad.
Para el amor de sí como término de primer orden, la verdad es objeto de posesión. El sujeto se presenta—en lo grande o en lo más ordinario—como un truth-possesor: un dueño de la verdad. Será su dictamen, por tanto, lo que valga y quien no esté de acuerdo deberá ser rechazado. Más aún: negado, con formas de negación que pueden ir desde la burla o la censura en las redes sociales (hoy por hoy) hasta el silenciamiento y el exterminio. Ese dueño de la verdad identifica el error (que no tiene derechos) con el presunto sujeto equivocado (que no ha perdido por ello su condición de persona).
Eso, sin embargo, no corresponde a la realidad: deforma la verdad, que pretende poseer. Para verlo con mayor claridad debemos considerar el segundo término de la expresión: la ‘verdad’.
Por lo pronto, no hablamos de una cosa, una commodity de las que mueven la sociedad de consumo. No puede adquirirse en esas deslumbrantes tiendas por departamentos en que se han convertido algunas grandes universidades, cuyos títulos se cotizan casi como acciones en la bolsa, ni en el más reciente e invasivo comercio por Internet.
La verdad es una relación, que supone abrirse—abrir el alma, la inteligencia—a la consideración de lo dado, para afirmar lo que es y negar lo que no es. El sujeto, en esa relación, adquiere conocimiento, una posesión precaria como todo lo humano. Es sin duda un tener, pero sobre todo es una manera de ser. Al conocer, me abro a lo que me mide mi inteligencia, en un afán de alcanzar su significado y su valor.
“Es más seguro el deseo de buscar la verdad que la presunción de conocer lo desconocido. Busquemos pues como quien ha de hallar; y encontremos como quien ha de buscar”.
San Agustín
Tras poco andar, encontramos que hay diferencia entre lo que suele llamarse ‘problema’ y lo que ha sido llamado ‘misterio’. En ambos casos, al asombro inicial ante lo que se ha hecho presente, que desconozco, sigue una pregunta. La más general de todas: ¿qué es? Pero mientras en los problemas podemos reconocer, junto con la ignorancia actual, la posibilidad de alcanzar una respuesta satisfactoria, en el misterio vemos que aquello nos supera, nos incluye, y ha de quedar como interrogación abierta. Así la pregunta antigua y planteada siempre de nuevo: ¿qué es el ser? O en la doble versión de Leibniz: ¿por qué hay algo en lugar de nada? ¿Por qué las cosas son como son y no de otra manera?
Hoy en particular se pregunta con insistencia—y no deja de recurrirse al término ‘misterio’—por el ser de la conciencia: ¿qué es conciencia? Lo cual, en el fondo, es una manera de preguntar por el ser mismo, dato originario, no reductible a nada anterior.
Así como en el cultivo de la ciencia la persona se somete a lo que encuentra, ante el misterio dice, como Sócrates, que no sabe nada: solo Dios es sabio. Esta apertura—amor—a la verdad modera la hybris, abre al sujeto a lo más grande que él y le impide erigirse en medida de los demás.
¿Por qué entonces tanto fanatismo, con la consiguiente polarización? Para entenderlo, habría que sopesar cómo en la sociedad actual hemos perdido el sentido del misterio.
Abierto a la trascendencia, Sócrates estaba consciente de su no saber radical. Todo lo que uno pudiera saber es en realidad como nada, puesto que no conocemos el último fundamento o primer principio de todo. Ignoramos, por consiguiente, lo más profundo de nosotros mismos y ese misterio de la propia intimidad nos lleva a respetarlo en los otros. Somos viajeros que compartimos un mismo camino hasta el muro blanco de la muerte. ¿O más allá?
Al preguntarse Tomás de Aquino por qué se le revelarían al ser humano verdades que su inteligencia no alcanza a comprender, él, tan dotado de razón, se responde: para que nadie piense que la razón abarca todo lo real y nos mantengamos en una modesta búsqueda de la verdad3. San Agustín, uno de los maestros de Occidente, había escrito a su vez: “Es más seguro el deseo de buscar la verdad que la presunción de conocer lo desconocido. Busquemos pues como quien ha de hallar; y encontremos como quien ha de buscar”4. Cita entonces el libro del Eclesiástico (18, 6): Cuando el hombre haya terminado, entonces comienza.
Si se desvanece el sentido del misterio de lo que existe y la ciencia se alía de tal manera con la técnica—¿Laboratorios de Wuhan?—que en lugar de conocer queremos sobre todo transformar la realidad, habremos hecho del atrévete a saber ilustrado la fuente de las ideologías. Sistemas cerrados de ideas que, por reducción a sus premisas, pueden dar una explicación completa, en forma progresiva, de todo lo que es. Ante ellas, se oculta aquello que no cabe en el sistema, sea la naturaleza de la conciencia, el valor mismo de la vida humana, manipulada a diario, o la necesidad de respetar el ambiente, la Naturaleza en la cual existimos.
La ausencia de sabiduría, de sentido del misterio, es particularmente grave en un espacio público que se llena de sofistas e ideólogos. ¿No anticiparon Orwell y Huxley el posible devenir de estas sociedades, sometidas al totalitarismo? Huxley, además, lo hizo con la lucidez de describir una suerte de totalitarismo de la diversión, como el que está en curso de implantarse en nuestro tiempo5.
¿Por qué, sin embargo, la polarización actual? Decía que acompaña o sigue al fanatismo, pero su fuente próxima—me parece—está más bien en una condición propia de la búsqueda de la verdad y del cultivo de la ciencia. En pocas palabras, su carácter de tarea compartida. El diálogo, la comunicación de resultados, el empeño común es intrínseco a esa búsqueda, de tal manera que, aislado, el sujeto no tan solo no llegaría más lejos, sino que se vería disminuido en su propia capacidad de entender. Necesitamos, además, la ratificación de lo que hemos visto, por otros que, cultivadores del mismo oficio, puedan certificar la validez de lo hallado. La ciencia se lleva a cabo en comunión.
Ahora bien, como remedo perverso de esa condición natural, tenemos la pertenencia a un grupo de fanáticos. Al reconocer su semejanza y al ser reconocido por el grupo, el sujeto se reafirma en sus “convicciones” hasta el punto de hacerse impermeable a toda otra influencia, cerrado al diálogo y—si es el caso—dispuesto a imponer por la fuerza su visión de las cosas.
En el ejercicio del poder político, bien lo sabemos, el gobierno ha de estar subordinado a la justicia y ordenado al bien común. Ha de tener su medida propia en los derechos de los ciudadanos. De no ser así, ocurrirá—lo hemos presenciado en las sociedades totalitarias—que el poder define la “justicia” y la impone por la fuerza.
El sentido del misterio da lugar a esa sabiduría del corazón que reconoce el valor de la realidad, de la vida propia, de la vida de los otros. Que no pretende certeza donde solo cabe opinión, más o menos fundada, como ocurre en el desempeño de los poderes públicos o en el arte de curar. Sabe, eso sí, que hay principios y orientaciones, como esa comprensión de la naturaleza de la verdad o del sentido del gobierno, que previenen la desmesura del amor propio y permiten una esforzada pero modesta búsqueda del saber.
Al término de su vida (tomo la anécdota de un libro de Jaime Nubiola6), Ludwig Wittgenstein podía confiar, a su discípula y albacea literaria, la filósofa Elizabeth Anscombe: “Elisa, yo siempre he amado la verdad”. No en vano había escrito—sentido del misterio—que de lo que no se puede hablar hay que callar.* La sabiduría culmina en el silencio. ¶
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(1) “No le echemos la culpa a la polarización”, NYT español, 9.1.2011.
(2) Cfr. Josef Pieper, Las virtudes fundamentales, Madrid, Rialp, 2ed. 1980, pp. 481 ss. donde expone la tesis de Ander Nygren, el introductor de esas categorías en el estudio del problema.
(3) I Contra Gentiles, 5.
(4) De Trinitate, IX, 1, 1.
(5) En 1985 ya lo señaló Neil Postman en su conocido libro Amusing Ourselves to Death.
(6) Pensadores de frontera, Madrid, Rialp, 2020, p. 141.
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*What we cannot speak about we must pass over in silence. («De lo que no podemos hablar debemos pasar en silencio»). Ludwig Wittgenstein – Tractatus logico-philosophicus, Proposición 7 (última).
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Dos mil veintiuno
Ustedes saben que cuando yo hablo del 2021 estoy hablando del bicentenario de la batalla de Carabobo, el 24 de junio del 2021. Ahí sí; si Dios quiere y la Virgen, después del acto del 24 de junio de 2021 ahí sí es verdad que les pido permiso para retirarme. 2021: para allá vamos unidos y juntos haciendo revolución y haciendo patria.
Hugo Chávez, 6 de octubre de 2008
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Ha llegado 2021 y Hugo Chávez no pudo llegar a él. El Día de la Inmaculada Concepción en 2012, año gráficamente parecido al que comienza, él ya sabía que no viviría mucho más; por eso pidió a los venezolanos que en su ausencia eligiéramos a Nicolás Maduro. ¿Por qué? Porque Hugo Chávez sabía, «claro como la madrugada», que Nicolás Maduro daría la vida en defensa de su revolución; en su entorno, no habría nadie que como Maduro lucharía hasta la muerte para preservarla. Tenía razón, por lo que hemos visto; la especie vendida a muchos por Antonio Ledezma, Leopoldo López y María Corina Machado en 2013—»Maduro no es Chávez; a ése lo tumbamos de un soplido»—resultó ser un espejismo.
Hace cuatro años casi—18 de enero de 2017—, pudo registrarse en este espacio un total de quince proposiciones para acabar con el mandato del actual Presidente de la República (que no es, por cierto, Juan Guaidó; nunca lo ha sido). Hasta ahora, ninguna de ellas, sea correcta o incorrecta, ha podido llevarse a conclusión eficaz.
Pudiera pensarse, sin embargo, que tenemos a Maduro como prolongación del gobierno de Chávez por interpuesta persona, y éste aspiraba a gobernar un total de veintidós años, desde 1999 hasta 2021. Preferiblemente, Maduro pudiera cesar su mandato en este año; el sucesor no es tan bien visto como el precursor. Hace dos meses, Datanálisis encontraba 61,4% de respuestas positivas a la siguiente pregunta: «¿Cómo evalúa Ud. la labor de Hugo Chávez Frías por el bienestar del país mientras fue presidente?» Al mismo tiempo, midió lo reflejado en esta lámina:
¿Cómo causar su cesantía, dado que no ha dado muestras de querer abandonar el cargo? Mediante un referendo consultivo; ésa es la única manera correcta. Un referendo tal puede ser convocado por poderes públicos: la Presidencia de la República actuando en Consejo de Ministros o una mayoría simple de la Asamblea Nacional. Sería ingenuo esperar que la consulta sea promovida por Maduro o la nueva Asamblea, dominada de nuevo por el chavismo luego del desperdicio de cinco años de mayoría opositora.* Así, sólo la iniciativa popular (10% de los electores inscritos en el registro electoral) puede lograr la instancia de cambio de Presidente, a menos que se prefiera aguantar un año más de desgobierno y promover la recolección del doble de las firmas, con el 20% de los electores que son requeridos para convocar un referendo revocatorio.
Si quisiéramos trabajar para recolectar dos millones de firmas ciudadanas—en vez de cuatro millones—, convendría que añadiéramos otras preguntas aumentando la eficiencia de la consulta; por ejemplo, para decidir si queremos un esquema socialista en Venezuela. Lo aconsejable sería aprovechar hasta donde se pueda la potencia de la voz de la Corona. LEA
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* Hace un año y dos días se reportaba acá el desperdicio de las cuatro quintas partes del tiempo útil de la Asamblea Nacional controlada por la oposición: Cuatro años desperdiciados (30 de diciembre de 2019).
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En el Día de los Inocentes
Reproduzco de un reportaje del día de ayer en Panorama (Guaidó: Asumo la tarea de reunir las fuerzas democráticas para forzar una solución):
“Los convoco a organizarnos desde ya para que a partir del 5 de enero alcemos la voz en las calles de Venezuela y el mundo para luchar por la salvación de nuestro país y exigir el cumplimiento del mandato popular. Necesitamos la fuerza, tanto la de los miembros de nuestra Fuerza Armada como de la comunidad internacional, pero la fuerza debe usarse para llegar a una solución que permita no solo recuperar la libertad, si no también garantizar la estabilidad necesaria para reconstruir a Venezuela”. Ese planteamiento hizo la noche de este domingo 27 de diciembre, a través de un mensaje grabado en sus redes sociales, el líder opositor Juan Guaidó, quien además es reconocido como presidente (e) de Venezuela por poco más de 50 países. La convocatoria además fue extensiva a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana a la que pidió “respaldar el próximo 5 de enero a la legítima Asamblea Nacional en su defensa de la soberanía y la Constitución”. (…) “Asumo la tarea de reunir las fuerzas democráticas nacionales e internacionales para lograr forzar una solución”, agregó. (…) “Agradezco a la Asamblea Nacional que ayer (sábado 26) dio un paso firme en respeto a la Constitución y en defensa de nuestra gente, la extensión constitucional del mandato hasta lograr lo que hoy unifica a los venezolanos y el mundo que nos acompaña, elecciones realmente libres”.
…es claramente violatorio de la Constitución el tal “Estatuto de Transición” aprobado por la Asamblea Nacional el 5 de febrero de este año, como es falaz el argumento de que Guaidó sería el encargado de la Presidencia de la República al aducir una lectura interesadamente distorsionada del Art. 233 de la Constitución, e igualmente el que sostiene que la Asamblea Nacional puede autorizar la invasión por fuerzas militares de alguna potencia extranjera por otra distorsión, esta vez del numeral 11 del Artículo 187. (“Corresponde a la Asamblea Nacional… Autorizar el empleo de misiones militares venezolanas en el exterior o extranjeras en el país”). Una misión militar, típicamente de cooperación técnica con la Fuerza Armada Nacional, no es una invasión y, de todos modos, el Diccionario de la Lengua Española define autorizar así: “Dar o reconocer a alguien facultad o derecho para hacer algo”. Ese “alguien” es el Ejecutivo Nacional— que está presidido por Nicolás Maduro, no por Juan Guaidó—, es el Ejecutivo el que solicitaría la autorización de la Asamblea Nacional para una misión que hubiera acordado con algún gobierno foráneo; la cosa no es que por su cuenta la Asamblea Nacional pueda establecer misiones militares de cualquier país extranjero. Ella no puede autorizarse a sí misma. (Política falaz, 7 de mayo de 2019).
Campanas navideñas (y otras)
A la memoria de la coral de Eduardo
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Debo a Andrés Ignacio Sucre Guruceaga la inmensa fortuna de haber conocido a mi esposa, en la noche del martes 11 de mayo de 1976. (…) Andrés Ignacio me había invitado a un concierto aniversario en su casa de una coral que dirigía mi compadre y amigo de juventud, Eduardo Plaza Aurrecoechea. Allí me cayó el rayo. Nacha Sucre—¡qué nombre único y perfecto!—formaba parte del grupo de contraltos.
Ella cantaba más allá del genio del mar
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Las campanas tañen; a veces doblan, cuando hay importante luto en alguna ciudad o pueblo con campanario; otras tocan a rebato—Convocación de los vecinos de uno o más pueblos, hecha por medio de campana, tambor, almenara u otra señal, con el fin de defenderse cuando sobreviene un peligro. Diccionario de la Lengua Española—, pero las más de las veces expresan y difunden felicidad. Eso último ocurre elocuentemente en época navideña, y dos son los más notables ejemplos de la asociación de campanas alegres con este tiempo, aun en medio de la inesperada pandemia que ha marcado este año a punto de concluir.
Mikola Leontóvich (1877-1921) «fue un compositor, director de coro, y profesor ucraniano de renombre internacional. Escribió en el estilo de nacionalismo musical. Se especializó en música vocal». (Wikipedia en Español). Su composición de mayor fama es Shchedryk, también conocida como Campanas de Ucrania o el Villancico de las campanas (Carol of the bells). Con base en cantos folclóricos ucranianos, fue interpretada por primera vez por un coro de estudiantes de la Universidad de Kiev*, la capital de Ucrania, en diciembre de 1916. (Y yo la oí por vez primera el 11 de mayo de 1976). He aquí una versión de lujo por el gran Coro del Tabernáculo Mormón, acompañado por la Banda de la Reserva de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos.
Y una canción de Navidad que prácticamente todos conocemos en la infancia es, sin duda, Jingle Bells—Tintineen, campanas—, compuesta por James Lord Pierpont en 1857, quien entonces la llamó One horse open sleigh—trineo abierto de un caballo—, como dice uno de sus versos. Acá está una simpática versión protagonizada por nadie menos que Andrea Bocelli.
Que tenga Ud., amable visitante, la mejor Navidad posible. LEA
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* La orquestación de Maurice Ravel para Cuadros de una exposición, obra originalmente compuesta para piano por Modesto Mussorgsky, exige campanas para su número final, La Gran Puerta de Kiev. El tema no es navideño pero sí triunfal, como lo pone de manifiesto esta rendición de la Orquesta Sinfónica de Vancouver, conducida por Bramwell Tovey.
Se trata, naturalmente, de campanas tubulares. Son también lo que suena en el último movimiento de la Sinfonía de la Campana, de Aram Khachaturian, su Segunda Sinfonía en Mi menor, que se estrenara en Moscú el 30 de diciembre de 1943.
Andante mosso – Allegro sostenuto, maestoso
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Lo que debemos hacer
La manera correcta de obtener nuevas elecciones presidenciales es con la renuncia de Nicolás Maduro Moros, a su cargo de Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, porque el Pueblo así lo quiera según se exprese en referendo consultivo, no meramente en encuestas. Por ejemplo, contestando mayoritariamente esta pregunta:
¿Preferiría Ud. que el ciudadano Nicolás Maduro Moros, Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, renunciara a su cargo cuanto antes?
Una mayoría que contestara afirmativamente tal cuestión haría prácticamente imposible que el Sr. Presidente decida no renunciar aunque hacerlo, no obstante, es una decisión personal de su incumbencia. El ejemplo de renuencia de Donald Trump pudiera sugerirle lo contrario, pero Maduro no es Trump.
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Dice la Constitución:
Artículo 71. Las materias de especial trascendencia nacional podrán ser sometidas a referendo consultivo por iniciativa del Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros; por acuerdo de la Asamblea Nacional, aprobado por el voto de la mayoría de sus integrantes; o a solicitud de un número no menor del diez por ciento de los electores y electoras inscritos en el registro civil y electoral.
No es lo indicado esperar que el Sr. Presidente convoque ese referendo. Tampoco la Asamblea Nacional; aún no ha resuelto el problema de desacato en el que ella misma se metiera. Sólo queda la iniciativa popular para convocar, con unos dos millones de firmas*, tal decisión. Eso no es una «consulta popular», eso es un referendo; eso sí causa efectos constitucionalmente previstos.
Artículo 233. Serán faltas absolutas del Presidente o Presidenta de la República: la muerte, su renuncia, la destitución decretada por sentencia del Tribunal Supremo de Justicia, la incapacidad física o mental permanente certificada por una junta médica designada por el Tribunal Supremo de Justicia y con aprobación de la Asamblea Nacional, el abandono del cargo, declarado éste por la Asamblea Nacional, así como la revocatoria popular de su mandato. (…) Cuando se produzca la falta absoluta del Presidente o Presidenta de la República durante los primeros cuatro años del período constitucional, se procederá a una nueva elección universal y directa dentro de los treinta días consecutivos siguientes.
Sólo el Pueblo puede exigir tal avenida. En particular, una cosa así no es negociable por organizaciones políticas nacionales y mucho menos por extranacionales, por una o varias repúblicas extranjeras o asociaciones de ellas. Los primeros cuatro años se cumplen el 10 de enero de 2023. El próximo 10 de enero tendremos dos años por delante para efectuar el referéndum aquí propuesto y causar una nueva elección presidencial, pero es obvia la perentoria necesidad de organizarlo lo antes posible. Creo que tal cosa es mejor que esperar hasta 2022 para intentar un referendo revocatorio.
Artículo 72. Todos los cargos y magistraturas de elección popular son revocables. Transcurrida la mitad del período para el cual fue elegido el funcionario o funcionaria, un número no menor del veinte por ciento de los electores o electoras inscritos en la correspondiente circunscripción podrá solicitar la convocatoria de un referendo para revocar su mandato.
Por otra parte, el esfuerzo revocatorio, sólo posible desde la iniciativa popular, amén de tardío requiere el doble de firmas que un referendo consultivo popularmente causado. Además, habría que aguantar dos años adicionales para revocar el mandato que Maduro iniciara el 5 de enero del año pasado (2019), mientras que un referendo consultivo puede iniciarse ya. No estamos para esperar.
luis enrique ALCALÁ
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Notas
1. En 2004, con un registro electoral bastante menor y luego de superar un buen número de obstáculos colocados por el Consejo Nacional Electoral presidido por Francisco Carrasquero López, fue posible validar, hace dieciséis años, un total de 2.436.830 firmas.
2. Un amable corresponsal me informó por WhatsApp que cierto abogado opinó sobre lo aquí propuesto: «El problema de esa propuesta está, en que eso solo procedería frente a un presidente ‘legítimo’, y Maduro no lo es. Convocar a tal consulta en esos términos es darle una legitimidad que no tiene». A eso contesté: «Se ha dicho que la elección de Maduro es ilegítima, por diversas razones. La primera es que fue electo para su segundo período el 20 de mayo de 2018, en presunta contravención de lo constitucional y legalmente previsto; ciertamente, la fecha contravino la costumbre electoral venezolana, pero ni la Constitución ni la Ley Orgánica de Procesos Electorales prescriben una fecha específica a la elección de Presidente. Luego, la convocatoria misma, hecha por el Consejo Nacional Electoral, fue precedida por una decisión al respecto de la Asamblea Nacional Constituyente en funciones, pero nuestro CNE no podía objetarla, puesto que la Constitución establece en su Artículo 349: ‘Los poderes constituidos no podrán en forma alguna impedir las decisiones de la Asamblea Nacional Constituyente’. (Cualquier decisión subconstitucional de este órgano debe ser acatada). Claro que la constituyente misma es objetada, sobre la errada tesis de que la elección de ella no puede ser decidida sino mediante un referendo popular, cuando el Artículo 348 se inicia diciendo: ‘La iniciativa de convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente podrá hacerla el Presidente o Presidenta de la República en Consejo de Ministros…’ Finalmente, se sostiene que no todas las organizaciones partidistas pudieron participar en la elección de mayo del año pasado por encontrarse inhabilitadas ventajistamente; nuestra legislación electoral obliga a cualquier partido que no haya participado en la elección inmediatamente anterior a un proceso de rehabilitación, y fueron esos mismos partidos los que decidieron no acogerse a ese procedimiento». (Tomado de Je m’accuse, una carta a Sebastián Piñera publicada acá el 23 de septiembre de 2019).
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