El historiador del Tiempo

 

Stephen Hawking y Eddie Redmayne (Oscar a Mejor Actor 2014 por The Theory of Everything)

 

En la madrugada de hoy ha muerto Stephen Hawking, el autor de Una Breve Historia del Tiempo*, a los 76 años de edad. Más breve aún fue una conversación que tuve con él en la sede principal de la Corporación RAND, el más grande think tank del mundo, en abril de 1977; él tenía entonces 35 años de edad, el suscrito uno menos. No calibré hasta mucho más tarde la inmensa fortuna de que el Vicepresidente Ejecutivo de RAND nos presentara; en aquel momento me interesaba más Brian Jenkins, su experto en terrorismo.

Luego aprendí del gigantesco aporte de Hawking a la Física contemporánea: la matematización del comportamiento de los huecos negros y la generalización de sus conceptos a la comprensión del Big Bang. Tan sólo la semana pasada, teorizaba sobre la siguiente pregunta: ¿qué existió antes del Big Bang? Su respuesta: nada; con su peculiar pedagogía ilustró la noción al apuntar que eso era como preguntar qué estaba al sur del Polo Sur. «Nada andaba por ahí antes del Big, Big Bang», respondió, aduciendo: «El universo no tiene límites. Sí, es como el verdadero amor».

El argumento había sido anticipado, en el campo de la Lógica, por Ludwig Wiitgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus de 1921. He aquí a Bertrand Russell explicando el asunto en su prólogo al Tractatus:

Nosotros sólo podríamos decir cosas acerca del mundo como un todo si pudiéramos salir del mundo, si, es decir, cesara de ser para nosotros todo el mundo. Puede que nuestro mundo esté limitado para algún ser superior que pueda examinarlo desde arriba pero, para nosotros, sin importar cuán finito sea, no puede tener un límite, puesto que no tiene nada fuera de él.

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Seguramente fue su relación con Roger Penrose, de mutua admiración y afecto, una de sus relaciones más significativas. Penrose, tan inglés como Hawking y once años mayor, formó parte del comité evaluador de la tesis del doctorado que Hawking obtuvo en Cosmología de la Universidad de Cambridge. En 1964, había revolucionado el pensamiento cosmológico con su idea de una «censura cósmica»: una enorme masa estelar en colapso ejercería una gravitación tan grande que impediría incluso el escape de la luz, creando lo que luego se llamaría (John Archibald Wheeler) un hueco negro y, en términos técnicos, una singularidad: una región del espacio-tiempo en la que las leyes de la Física cesarían de operar. Junto con Hawking, trabajó la generalización del concepto al cosmos entero: el Big Bang habría surgido de una singularidad primordial. A partir de allí, su colaboración fue frecuente, y ambos recibieron juntos en 1988 el prestigioso Premio Wolf por su contribución a la comprensión del universo.

En 1996, se publicó el grupo de conferencias conjuntas dictadas dos años antes por Hawking y Penrose, sobre Relatividad General, en el Instituto Isaac Newton de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Cambridge. Las respectivas disertaciones incluyen frecuentes reconocimientos mutuos. Dijo Penrose de Hawking, por ejemplo: «Creo que la razón por la cual Einstein no continuó haciendo grandes progresos en teoría cuántica fue la falta en ella de un ingrediente crucial. Este ingrediente faltante fue el descubrimiento de Stephen, cincuenta años después, de la radiación del agujero negro. Es esa pérdida de información, conexa con la radiación de un hueco negro, lo que trajo el cambio». (Hawking había establecido teóricamente, en 1974, que de los huecos negros podía emerger radiación, pero que la energía que escapara de ese modo ya no conservaría la «información» que la acompañaba antes de ser tragada por la enorme gravedad).

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Video de TIME Magazine para conmemorar a Hawking. (Puede ser visto a pantalla completa)

Alguna vez escribí irreverentemente (en El dios de Mandelbrot era el de Borges, 19 de octubre de 2010):

Lo mostrado por Mandelbrot incide sobre un tema recalentado en nuestro tiempo: la existencia de Dios y lo que sobre ella puede o no decir la ciencia. (Hasta Stephen Hawking ha salido recientemente a decir necedades sobre la cosa, postulando que el sentido del cosmos no requiere otra cosa que la gravedad para ser explicado). La complejidad resultante de la iteración inacabable de una ecuación sencillísima (x = x² + z) permite entender a Dios—no el supersticioso o mitológico de las religiones históricas—como un ingeniero fractal.

Stephen Hawking nació trescientos años después de la muerte de Galileo Galilei y el nacimiento de Isaac Newton (1642), y escogió morir el Día de Pi, la constante matemática π3,141592… etcétera. En el formato anglosajón de fechas (March 14, 3/14) el día de hoy coincide con los tres primeros dígitos de la ubicua e imprescindible constante; la primera vez que se celebró en grande fue en 1988, el año del Premio Wolf que compartió con Penrose, su gran colega y amigo. Tal vez se deban tales coincidencias al campo gravitacional personal ejercido por Stephen Hawking, que hoy ha pasado a ser una enorme singularidad. LEA

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* No puedo menos que asociar A Brief History of Time con mi entrañable amigo Ignacio Andrade Arcaya; era el libro que leía mientras estaba postrado en cama por la agresiva leucemia que acabó con él.

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288 y contando

 

La suite de Prokofiev

La transmisión #288 de Dr. Político en RCR echó mano de textos en la revista referéndum (1994-1998) y en la obra de Carl Sagan The Demon-Haunted World, que en su capítulo final cita a Thomas Jefferson, para establecer al Pueblo como actor político principal de la democracia. Una referencia a la Proclama del Frente Amplio Nacional (Aula Magna UCV, 6 de marzo) extrajo una consecuencia directa de sus planteamientos: que la Asamblea Nacional Constituyente es una máquina infernal para sepultar la soberanía popular y que es hora del protagonismo del pueblo. El corolario no es otro que el aterrizaje operativo de tales premisas, en un decidido apoyo del Frente al referendo que puede decidir la disolución de la ANC y la anulación de todos sus actos. Albert Ketèlbey nos visitó de nuevo con el tema de En el jardín de un monasterio; luego se escuchó Troika, una de los números de la Suite del Teniente Kijé, de Sergio Prokofiev. Aquí está el audio de la emisión de hoy (debajo de éste, se coloca un fragmento de seis minutos con la esencia del planteamiento al Frente Amplio):

LEA

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El casero llama de nuevo

 

También puede alquilarse a ciertos hombres

 

En alemán: Haus, casa; Mann, hombre.

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Los servicios caseros de Ricardo Hausmann fueron alquilados por primera vez por María Corina Machado en 2004, para que «demostrara» que el referendo revocatorio de ese año contra Hugo Chávez había sido un fraude.

Habiendo “fracasado” en su ostensible intento por demostrar que no hubo fraude—cuando en verdad lo que querían probar era justamente lo contrario—no han podido rechazar la hipótesis de fraude—”Esto nos impide rechazar la hipótesis de fraude”—que habían dicho que no era su hipótesis. En ningún caso han probado ni el fraude ni ninguna otra concebible constelación de factores que pudiera haber causado los resultados de sus alambicados y peculiares cómputos. Para haberlo hecho hubieran tenido que demostrar que no existe ninguna otra configuración factorial, distinta del azar y de una intención fraudulenta en acción, capaz de generarlos. Y siendo ellos quienes cantan fraude, sobre ellos pesa la carga de esa prueba. Pero nunca fue verdad que partieran “de la hipótesis de que no hubo fraude”, sino en realidad de la hipótesis de que no debiera haber discrepancias entre sus firmas y sus exit polls y los datos finales del CNE, discrepancias que fueron justamente lo que suscitó el estudio, lo que fue su origen. Fue su conclusión predeterminada, ya no un voto oculto, ya no una oculta intención de voto, lo que buscaron probar y no pudieron, ni siquiera porque ocultamente la tuvieron, inválidamente, como premisa. (Juvenalia y tropicalia, 9 de septiembre de 2004).

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Y fue precisamente sobre esas encuestas de salida que Súmate montó su pretensión de que había demostrado que aquel fatídico 15 de agosto había sido perpetrado un fraude masivo, al encargar a los impecables profesores Hausmann y Rigobón un análisis estadístico al respecto. Pero el año pasado Alejandro Plaz admitió, ante asedio insistente de Pedro Pablo Peñaloza que le entrevistaba para El Universal, que no se había podido demostrar fraude y que tampoco se podría en el futuro. Antes de tamaña admisión, el profesor Rigobón había declarado al mismo periódico en 2004, poco después de que sus “hallazgos” hubieran sido anunciados con fanfarria, y en imprudente descuido: “Hay dos piezas de evidencia en lo que nosotros mostramos. Uno depende de los exit polls. Pero éstos, como tal, pueden estar muy sesgados. Y eso ocurre en todos los países del mundo. Los exit polls no deberían ser tomados tan en serio como lo hacemos en Venezuela, porque son una porquería en todos los países. Y las diferencias son, generalmente, muy grandes, entre sus resultados y el conteo. En nuestros métodos estadísticos tomamos en cuenta que ese instrumento es muy malo”. (La recta final, 16 de noviembre de 2006).

La ideología de Hausmann

Ésa fue la primera vez que me ocupé de algo firmado por Ricardo Hausmann. Más recientemente, lo mencioné de nuevo en Del catastrofismo como placer (9 de marzo de 2017), presentándolo de este modo: «Ricardo Hausmann. Éste lidera el llamado ‘Grupo de Boston’, una constelación de profesionales que sigue de cerca el caso venezolano desde los EEUU y mantiene nexos operativos con el Fondo Monetario Internacional». He aquí el cierre de esa entrada:

Creo conocer tres tipos de catastrofistas: 1. el que profetiza el desastre en apropiado tono de preocupación; 2. el que lo hace con rostro indignado, enfurecido, creyendo que es la actitud comme il faut que le reportará mayor admiración y apoyo político—políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que (…) creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento” (Autoungidos furibundos); 3. quien pronostica la catástrofe con una condescendiente sonrisa de superioridad académica. De los tres, prefiero el primer tipo y el segundo sobre el tercero. Hay también quien cree ver en el desastre una buena cosa; hace unos meses, alguien me escribió: “La buena noticia es que la crisis continúa”. Mientras peor le fuera al país, peor le iría al gobierno y esto era lo importante. El más horrible de los cuentos produce placer a ciertos opositores.

Dejo así constancia de que no simpatizo con las posturas de Ricardo Hausmann.

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Arrancando este año (2 de enero) creí mi deber refutarlo de nuevo; en esta ocasión enfilé—en El graznido del pato negro (una alusión a su «estudio del cisne negro», de 2004)—contra este desvarío suyo:

Con fecha de hoy se publica en Project Syndicate (The World’s Opinion Page) un artículo cuyo autor es Ricardo Hausmann: D-Day Venezuela, del que también hay versión en español. Se trata de una pieza delirante, que aboga por ¡la invasión de Venezuela por una fuerza armada ensamblada con militares de varios países de América y Europa! Hausmann pretende justificar tal crimen internacional sobre la base de una escueta enumeración más de los problemas que aquejan a la población venezolana. (No dice nada que no sepamos). Previamente, despacha como remedios inadecuados o inútiles dos posibles desenlaces: el que proporcionaría una elección presidencial y el que provendría de un golpe de Estado militar, como si se tratara de categorías equivalentes.

Más de un analista internacional (Andrés Oppenheimer, por ejemplo) desestimó como locura tan extraviada prescripción, y pareció oportuno insertar una actualización a la crítica evaluación anterior:

Bloomberg trae hoy (3 de enero) una nota de la que se traduce lo siguiente: “Pero, bajo las leyes actuales, los legisladores pueden expulsar a Maduro y El Aissami y procurar la instalación de un nuevo gobierno conducido por el jefe de la Asamblea Nacional. Esa persona pudiera entonces solicitar a fuerzas internacionales que provean asistencia militar para restaurar un orden democrático, dijo Hausmann”. No existe ninguna ley venezolana que permita tales cosas. Bloomberg, quizás sin proponérselo, no hace otra cosa que confirmar el grado de delirio de Hausmann y su abismal ignorancia—y la de la agencia misma—acerca de la juridicidad venezolana, que más bien lo sometería a juicio por el delito de traición a la patria si pudiera echarle mano. (Ver asimismo la evaluación del desvarío en Americas Quarterly por Sean W. Burges y Fabricio Chagas Bastos: Invadir Venezuela es una pésima idea).

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La pieza de ayer

Hausmann no se quedó quieto. Ayer mismo publicaba Project Syndicate su nuevo artículo, How Democracies Are (re)Born (Cómo renacen las democracias), con pie en el reciente libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, How Democracies Die (Cómo mueren las democracias). El sumario inicial ya es insidioso: «No puede haber una democracia estable si tiene que coexistir con un gran partido político competitivo dedicada a destruirla. Ésta es la lección de Venezuela hoy, tal como lo fue la de Alemania Occidental de la postguerra». Y a partir del certificado de defunción que expide para la democracia venezolana pregunta:

La cuestión es cómo resucitarla, un reto complicado por las actuales hiperinflación y catástrofe humanitaria del país. ¿Debiera Venezuela posponer el restablecimiento de la democracia y enfocarse en la deposición del presidente Maduro y la reanimación de la economía, o debiera restablecer la democracia antes de acometer los asuntos económicos?

Por supuesto, Hausmann plantea la pregunta para presentar su respuesta, basada en analogías históricas que no se sostienen:

Así que ¿cómo puede revivirse la democracia? Dada la crisis humanitaria, Venezuela necesita una rápida recuperación económica, la que es improbable a menos que el derecho de propiedad sea creíblemente restablecido. Pero ¿cómo es esto posible en el contexto del gobierno de la mayoría? ¿Qué impediría que una futura mayoría electoral de nuevo se apoderara de activos después de la recuperación de la economía, como pasó en Zimbabwe durante y después del acuerdo de cohabitación de 2008 a 2013? (…) Lewitsky y Ziblatt advierten que la democracia requiere competidores políticos que se abstengan de actuar demasiado poco cooperativamente. Tal sistema, basado en el reconocimiento y la tolerancia mutuas, fue formalizado en Venezuela en 1958, mediante lo que se conociera como el Pacto de Puntofijo, que estabilizó la democracia durante 40 años, antes de que Chávez lo denunciara y destruyera. Tales pactos no pueden extender su reconocimiento a organizaciones que se opongan a la democracia. (…) La democracia española murió en los años treinta porque era imposible un sistema de mutuo reconocimiento entre fascistas, conservadores, liberales y comunistas. La democracia en Alemania Occidental después de la Segunda Guerra Mundial requirió un proceso de desnazificación que proscribiera la visión del mundo que había conducido al desastre. (…) Del mismo modo, en la Venezuela de hoy será imposible restablecer la democracia liberal si se permite al régimen actual regresar y expropiar de nuevo. (…) En Venezuela, ese aprendizaje social será más difícil que el de Alemania. A diferencia de Hitler, Chávez murió antes de que la máscara económica cayera, lo que hizo más fácil denunciar a Maduro sin arreglar las cuentas con el chavismo, la ideología subyacente al desastre actual. (…) Para asegurar la democracia liberal, Venezuela debe exorcizar no sólo el régimen y sus secuaces, sino también la visión del mundo que los llevó al poder.

Claramente, Hausmann opta por la primera de las únicas dos avenidas que divisa (sabe bastante de divisas): según él, Venezuela debe «posponer el restablecimiento de la democracia y enfocarse en la deposición del presidente Maduro y la reanimación de la economía».

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Hausmann: Exagera y triunfarás

La vistosa retórica de Hausmann sobresimplifica más de una cosa. Primeramente, nos compara con la España de la Guerra Civil: «Estudios, basados en evoluciones demográficas, cifran en 540 000 la sobremortalidad de los años de la Guerra Civil y la inmediata posguerra, y en 576 000 la caída de la natalidad.​ La estimación de víctimas mortales en la Guerra Civil Española consecuencia de la represión puede cifrarse en 200 000 personas». (Wikipedia). Nos compara con la Alemania de Hitler, directamente causante de la Segunda Guerra Mundial a escasos seis años de su asunción al poder: «la Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más mortífero en la historia de la humanidad, con un resultado final de entre 50 y 70 millones de víctimas». (Wikipedia). Si se insiste en esas ligeras e irresponsables comparaciones, lo que ocurre ahora en Venezuela puede ser tenido por una verbena ante cataclismos de esa magnitud.

Luego, no ha habido demasiada dificultad en nuestro país para el aprendizaje («En Venezuela, ese aprendizaje social será más difícil que el de Alemania», pontifica Hausmann). En noviembre de 2014 medía Datanálisis 80,1% de acuerdo con esta afirmación: «El socialismo del siglo XXI es un modelo equivocado que debe ser cambiado». Y ya en 2009 todas las encuestas respetables registraban un rechazo mayoritario al socialismo, lo que permitió proponer un referendo consultivo que preguntara al Pueblo: «¿Está usted de acuerdo con la implantación en Venezuela de un sistema político-económico socialista?» (Parada de trote, 23 de julio de 2009). A esa invitación, reiterada al año siguiente y replanteada insistentemente desde 2012 por Dr. Político en RCR, nunca se ha hecho caso; a la democracia que Hausmann dice defender no se la respeta, no se cree en ella. Aunque es justamente ella la que tiene el remedio, Hausmann prefiere que una concertación de políticos profesionales y tecnócratas suplante la soberanía popular.

Hausmann distorsiona el sentido del Pacto de Puntofijo «que estabilizó la democracia durante 40 años». (Sus palabras). Si bien es cierto que no se invitó al Partido Comunista de Venezuela a suscribirlo, este partido y otros de inspiración marxista pudieron actuar en nuestro escenario político precisamente durante esas cuatro décadas:

El Pacto de Puntofijo era un acuerdo para echar las bases del sistema democrático en un país que, en toda su historia, sólo tuvo elecciones universales en 1947—anuladas rápidamente por otro golpe militar en noviembre del año siguiente—, y difícilmente podía incluir a un partido (PCV) que sostenía como punto de fe programática el esquema marxista-leninista para el establecimiento de una dictadura del proletariado, la negación de la democracia. (El mismo Hugo Chávez se cuidó de aclarar que el PSUV no era marxista-leninista, el 28 de julio de 2007). Pero el Partido Comunista, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el Movimiento Electoral del Pueblo, el Movimiento Al Socialismo y la Causa Radical, todos marxistas, pudieron actuar políticamente en el país durante todo el período que va de 1958 a 1998, a menos que se involucraran en la lucha política insurreccional y armada. Los partidos que lo hicieron—PCV, MIR, URD—, además, tuvieron espacio para actuar sin trabas dentro de un marco democrático luego de la pacificación calderista. (Retórica cuatrofeísta, 5 de febrero de 2015).

La culpa es compartida

Finalmente, el casero escamotea para su conveniencia argumental la responsabilidad de los partidos venezolanos convencionales en nuestra actual tragedia. Tersamente escribe: «En diciembre de 2015, los votantes eligieron una Asamblea Nacional con una mayoría opositora de dos tercios, indicando a Maduro y sus compinches que aun una democracia grandemente iliberal no sería suficiente para mantenerlos en el poder. A partir de entonces, Venezuela cayó en una dictadura absoluta». En ningún pasaje de su último artículo se registra el hecho de que el Presidente de esa misma Asamblea Nacional proclamó en el acto de su instalación que el cuerpo legislativo consideraba un «compromiso no transable» encontrar en seis meses el modo de salir del gobierno de Maduro, ni se sugiere que esa postura tuviera algo que ver con el endurecimiento de la posición oficialista. (Ver en este blog, para ésa y otras torpezas, La historia desaparecida, 2 de abril de 2017). Mucho antes de eso, lo que Hausmann tal vez admita como nuestra «democracia liberal»—algo liberal; Artículo 99 de la Constitución de 1961: «Se garantiza el derecho de propiedad. En virtud de su función social la propiedad estará sometida a las contribuciones, restricciones y obligaciones que establezca la ley con fines de utilidad pública o de interés general»—se hizo «ilegítima de desempeño», y permitió el triunfo de Hugo Chávez escasamente un año después de que éste alcanzara, a duras penas, entre 6 % y 8% de intención de voto a su favor.

La historia que cuenta Hausmann es tan distorsionada como incompleta; por eso es una historia falsa, falsificada. En vez de la prohibición por la que aboga debe haber educación; sin que los opositores venezolanos la hayan impartido (o se hayan educado ellos mismos), el pueblo venezolano ha aprendido.

En conciencia del poder controlador de la ambición, la corrupción y la emoción, puede ser que en la búsqueda de un gobierno más sabio debiéramos mirar primero a la prueba del carácter. Esta prueba debe ser la del coraje moral. (…) Puede que el problema no sea tanto un asunto de educar a funcionarios para el gobierno como el de educar al electorado para que reconozca y premie la integridad de carácter y rechace lo postizo. (Barbara Tuchman, La marcha de la insensatez, 1984).

Aun antes de haber leído ese libro fundamental de la Profra. Tuchman, se redactó al año siguiente, para la enumeración de objetivos de un nuevo tipo de organización política, este propósito primero: «La Asociación tiene por objeto facilitar la emergencia de actores idóneos para un mejor desempeño de las funciones públicas y el de llevar a cabo operaciones que transformen la estructura y la dinámica de los procesos públicos nacionales a fin de: 1. Contribuir al enriquecimiento de la cultura y capacidad ciudadana del público en general y especialmente de personas con vocación pública…»

Eso sí es confiar en la democracia y fortalecerla. Hausmann, defensor de la democracia «liberal», no debe ignorar que la cumbre del pensamiento liberal fue, sin duda, el gran pensador y activista inglés John Stuart Mill, quien escribiera en su Ensayo sobre el gobierno representativo:

Si nos preguntamos qué es lo que causa y condiciona el buen gobierno en todos sus sentidos, desde el más humilde hasta el más exaltado, encontraremos que la causa principal entre todas, aquella que trasciende a todas las demás, no es otra cosa que las cualidades de los seres humanos que componen la sociedad sobre la que el gobierno es ejercido. Siendo, por tanto, el primer elemento del buen gobierno la virtud y la inteligencia de los seres humanos que componen la comunidad, el punto de excelencia más importante que cualquier forma de gobierno puede poseer es promover la virtud y la inteligencia del pueblo mismo.

Hausmann no promueve ninguna de las dos. LEA

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Elecciones y consultas

Camille Saint-Saëns

El programa #287 de Dr. Político en RCR volvió sobre la iniciativa de convocar por iniciativa popular un referendo que podría, desde el poder supraconstitucional del Pueblo, disolver la Asamblea Nacional Constituyente y anular sus actos. Previamente, se comentó el evento electoral múltiple previsto para el 13 de mayo próximo y la candidatura específica de Henri Falcón. El Andante Cantabile del Cuarteto para cuerdas #1 de P. I. Tchaikovsky y la Danza macabra de Camille Saint-Saëns acompañaron la sesión, cuyo archivo de audio se coloca acá abajo:

LEA

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La conspiración de los holgazanes

Uno de los siete pecados capitales

 

Pereza: decisiva para explicar la ruptura de la convivencia y finalmente la guerra civil. Pereza, sobre todo, para pensar, para buscar soluciones inteligentes a los problemas; para imaginar a los demás, ponerse en su punto de vista, comprender su parte de razón o sus temores. (…) ¿No era una época en que los intelectuales gozaban de gran prestigio, no había entre ellos unos cuantos eminentes y de absoluta probidad intelectual? Ciertamente los había; pero encontraron demasiadas dificultades, se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación, funcionó el partidismo para oírlos “como quien oye llover…” Llegó un momento en que una parte demasiado grande del pueblo español decidió no escuchar, con lo cual entró en el sonambulismo y marchó, indefenso o fanatizado, a su perdición. Tengo la sospecha—la tuve desde entonces—de que los intelectuales responsables se desalentaron demasiado pronto. ¿Demasiado pronto—se dirá—, con todo lo que resistieron? Sí, porque siempre es demasiado pronto para ceder y abandonar el campo a los que no tienen razón.

Julián Marías – La Guerra Civil. ¿Cómo pudo ocurrir? (Madrid 2012).

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Salvo la envidia y la avaricia, me confieso practicante de los restantes cinco pecados capitales...

Hallado lobo estepario en el trópico – 28 de mayo de 2011

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A mis diecinueve años cumplidos compré y leí en Mérida la Historia de la Filosofía de Julián Marías, cuando estudiaba el tercer año de Medicina en la Universidad de Los Andes; ahora es mi esposa quien tiene a su hijo Javier entre sus novelistas favoritos. Hoy me llegó de un apreciado amigo una reseña del ensayo de Marías el padre sobre la Guerra Civil Española; fue publicada—11 factores que explican la Guerra Civil Española según Julián Marías—el pasado 24 de febrero en Prodavinci, un sitio web que visito con frecuencia pues usualmente trae trabajos de calidad, pero había escapado mi atención. A mi estimulante corresponsal le puse:

Lo primero que llamó mi atención en el texto de Marías fue su referencia (en el tercer puesto de once factores explicativos de la Guerra Civil Española) a la pereza. No pude menos que recordar a ciertos amigos, a quienes dediqué [una entrada] en mi blog. Así puse: «A XXX, YYY y ZZZ, quienes prefieren leer no más de una paginita».

Ocurre con frecuencia que mis lecturas clínicas del proceso venezolano son cortadas por un interlocutor que las declara «teóricas» o «demasiado largas». Siempre me ha parecido que un proceso político tan complejo como el venezolano de las últimas dos décadas no puede ser comprendido con simpleza. «En la emisión #266 de Dr. Político en RCR se argumentó que el proceso político venezolano es, incorrectamente y con frecuencia, entendido como película en blanco y negro de superhéroes contra supervillanos (roles cambiantes según quien la cuente)», por ejemplo. O esto:

Un amigo inteligente, bien intencionado y proactivo, me escribe: “es una DICTADURA”. (…) Se ha conseguido por fin la etiqueta definitiva, cuyo uso satisfará toda necesidad. Del otro lado de esta polarización que hace mucho más daño que bien, se ha empleado otras; la más reciente es una reciclada: “derecha fascista”. El país puede respirar tranquilo, pues su problema político se habría esfumado con tales “descubrimientos”; su clase política opone una etiqueta a otra, cada actor enfrentado coloca una estrella amarilla de seis puntas en el abrigo del otro, como hacía Hitler en la Alemania que sojuzgó tan trágicamente. Problema resuelto. (Etiqueta negra, 11 de abril de 2016).

Más recientemente aún, el uso indiscriminado del adjetivo «fraudulento» para calificar (más bien descalificar)—se pretende que decisivamente—cualquier cosa que se le ocurra al gobierno desde que muy erróneamente Allan Randolph Brewer Carías declarara a CNN, el 1º de mayo del año pasado, que la convocatoria a constituyente sólo podía hacerla el Pueblo en referendo. (Ver #lasalida de Maduro (segunda parte)).

A otro corresponsal de hoy acabo de decirle:

Bautizar un problema no es lo mismo que resolverlo. Nuestro problema no es taxonómico, no es decidir si Maduro es morrocoy o cachicamo, si su régimen es una dictadura, una democracia, una subdictadura (una vez diagnosticaron a mi madre de tiroiditis subaguda) o una subdemocracia. Yo evitaría el empleo del adjetivo «fraudulento», precisamente porque es ahora una muletilla, una etiqueta con la que se pretende resolver todo.

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Regresemos al primer corresponsal. Una vez que hubiera leído la reseña completa de las tesis de Marías, le escribí de nuevo para reportarle que discrepaba de esta afirmación suya: «La función política que puede esperarse de los intelectuales es que sean intelectuales y no políticos». Justifiqué la discrepancia en estos términos:

En De héroes y de sabios (junio de 1998) expuse:

Una vez un profesor extranjero, experto internacional en sistemas de decisión racional de alto nivel, fue invitado por un ministro clave de un gabinete de esta última mitad de siglo venezolana. El profesor, a petición del ministro, recomendó la institución de un centro de investigación y desarrollo de políticas—con una cierta propensión al largo plazo, bien dotado de recursos, escudado del poder—; una unidad de análisis de políticas para la Presidencia de la República, naturalmente sometida al corto plazo, con capacidad de respuesta instantánea; y un programa de formación para los que trabajarían en ambos tipos de centro. Dijo que esa trilogía era indispensable para aumentar la racionalidad en la toma de decisiones públicas. Después de escucharlo con mucha atención, y después de declarar que esto último era lo que él procuraba hacer desde su ministerio, el ministro dijo: “El problema, profesor, es que por mucho tiempo más la clave de la política venezolana estará en el número de compadres que tenga el Presidente en el país”.

Y no se crea que algo así ocurre sólo en el corazón del Gobierno Central: hace unos años ya en una de las operadoras de PDVSA, nuestro dechado de virtudes gerenciales, un conferencista buscaba una página en blanco en el rotafolio de la junta directiva a la que hablaría en unos instantes. En ese proceso se topó con una página en cuyo centro estaba escrito lo siguiente: “A la industria petrolera no le conviene tener demasiada gente inteligente”.

¿Qué es este prejuicio contra las personas que tienen la tara de intelectualidad? Que se sepa, la Constitución de 1961 sólo inhabilita para el ejercicio de los altos cargos públicos a quienes no son venezolanos por nacimiento, a quienes son demasiado jóvenes, a quienes son religiosos. (Si se comprende las enmiendas, a quienes han sido hallados culpables de delitos contra la cosa pública). No existe indicación alguna, ni en su texto original ni en las dos enmiendas subsiguientes, de la inhabilidad política de los “hombres de pensamiento”. ¿De dónde se saca entonces que éstos no deben mandar?

Más adelante en el mismo trabajo fui más allá:

Es probable que continúe habiendo un predominio de los “hombres de acción” en las cabezas ejecutivas de los Estados, de los partidos políticos, pero aun en este caso habrá un marcado aumento del espacio y la influencia de los “hombres de pensamiento” en la política.

Es probable que los hombres de pensamiento que se dediquen a la formulación de políticas se entiendan más como “brujos de la tribu” que como “brujos del cacique”. Esto es, se reservarán el derecho de comunicar los tratamientos que conciban a los Electores, sobre todo cuando las situaciones públicas sean graves y los jefes se resistan a aceptar sus recomendaciones.

Pero también es probable que en algunos pocos casos algunos brujos lleguen a ejercer como caciques. En situaciones muy críticas, en situaciones en las que una desusada concentración de disfunciones públicas evidencie una falla sistémica, generalizada, es posible que se entienda que más que una crisis política se está ante una crisis de la política, la que requiere un actor diferente que la trate.

Y luego el nuevo paradigma político se extenderá por el planeta: uno en el que la inteligencia reivindique su espacio y su función y en el que los hombres intelectualmente más capaces no sean tratados como inhábiles políticos.

Argenis Martínez había enunciado el año anterior esta maldición:

La característica general de la política venezolana hasta ahora es que si usted está mejor preparado en el campo de las ideas, es más inteligente a la hora de buscar soluciones y tiene las ideas claras sobre lo que hay que hacer para sacar adelante el país, entonces usted ya perdió las elecciones.

………

Reconozco el feo pecado de haber leído algo, por ejemplo a Julián Marías hace cincuenta y seis años. Admito también haber sufrido y confrontado lo que él revela en materia de resistencia a los intelectuales:

…encontraron demasiadas dificultades, se les opuso una espesa cortina de resistencia o difamación, funcionó el partidismo para oírlos “como quien oye llover…”

Pero, como él declara, «siempre es demasiado pronto para ceder y abandonar el campo a los que no tienen razón». No pienso ceder en ninguna de las estipulaciones del código de ética política que compuse y juré públicamente cumplir en septiembre de 1995, principalmente de la segunda de ellas:

2. Procuraré comunicar interpretaciones correctas del estado y evolución de la sociedad general, de modo que contribuya a que los miembros de esa sociedad puedan tener una conciencia más objetiva de su estado y sus posibilidades, y contradiré aquellas interpretaciones que considere inexactas o lesivas a la propia estima de la sociedad general y a la justa evaluación de sus miembros.

Creo que son suficiente protección de mis propios errores, de mi posible falta de razón, las estipulaciones quinta y sexta:

5. Consideraré mis apreciaciones y dictámenes como susceptibles de mejora o superación, por lo que escucharé opiniones diferentes a las mías, someteré yo mismo a revisión tales apreciaciones y dictámenes y compensaré justamente los daños que mi intervención haya causado cuando éstos se debiesen a mi negligencia.

6. No dejaré de aprender lo que sea necesario para el mejor ejercicio del arte de la Política, y no pretenderé jamás que lo conozco completo o que no hay asuntos en los que otras opiniones sean más calificadas que las mías.

Y el mismo código contiene una estipulación octava que me impide acoger el papel constreñido que Marías adjudica a los intelectuales:

8. Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.

He leído (y escrito) libros, lo confieso, pero también he sido ejecutivo muchas veces, con algún éxito.

………

Los holgazanes en los que pienso son, paradójicamente, personas bastante diligentes; trabajan muy denodadamente en numerosas iniciativas que buscan superar el actual estado de cosas en el país. Pero son intelectualmente perezosos; es en la comprensión del problema donde fracasan, prefiriendo no abandonar su congelado y nominalista diagnóstico por la incomodidad de desplazar su punto de vista, de aprender algo que se trate de explicarles y no quepa «en una paginita».

“…la actual crisis política venezolana no es una que vaya a ser resuelta sin una catástrofe mental que comience por una sustitución radical de las ideas y concepciones de lo político. (…) …la revolución que necesitamos es distinta de las revoluciones tradicionales. Es una revolución mental antes que una revolución de hechos que luego no encuentra sentido al no haberse producido la primera. Porque es una revolución mental, una ‘catástrofe en las ideas’, lo que es necesario para que los hechos políticos que se produzcan dejen de ser insuficientes o dañinos y comiencen a ser felices y eficaces. Por eso creo que las élites deben hacerse revolucionarias”. Krisis – Memorias prematuras (1986).

Ése es el trabajo. LEA

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