Haveliana benigna

Benigno Alarcón Deza, feliz

 

De nuevo, ha sido Mireya Caldera quien me hiciera llegar, el 8 de este mes de marzo, un artículo de Benigno Alarcón Deza con esta recomendación: «Sin desperdicio, lee hasta el final».

Así lo hice; Alarcón, el Director del Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello, encabeza su texto con palabras de Václav Havel: “No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos». Más adelante, ubica la cita al cierre de este párrafo en el discurso de Havel al tomar posesión como Presidente de Checoslovaquia (1º de enero de 1990):

Por miedo, la gente se ha acostumbrado a ignorar la realidad para centrarse sólo en la suya propia, como si su entorno no existiese. A callar o decir lo contrario a lo que se piensa por miedo. El miedo nos ha llevado a encerrarnos en nuestros asuntos y a ignorar las injusticias, las violaciones más flagrantes a nuestros derechos humanos, ciudadanos y políticos más elementales e incluso la desgracia del otro, para ver a quienes dedican su tiempo a la lucha por la justicia o la democracia como tontos, románticos. Todos nos acostumbramos al régimen totalitario y lo aceptamos como un hecho irrevocable y, con ello, sustentábamos su existencia. En otras palabras: todos nosotros—aunque cada uno en distinta medida—somos responsables del funcionamiento de la maquinaria totalitaria. Ninguno de nosotros es sólo su víctima, sino que todos somos, al mismo tiempo, sus creadores. No fuimos tan solo las víctimas de un sistema sino quienes lo alimentábamos y manteníamos.

Sobre tal idea funda Alarcón su propio diagnóstico de la actualidad política venezolana:

Hoy, el miedo y la lucha por la sobrevivencia nos ha venido hundiendo en una dinámica enfermiza e inmoral. Pero esto no es una situación extraña de la que es imposible salir, sino la enfermedad propia que contamina a las naciones cuando se debilita el sistema y su espíritu democrático, como lo evidencia este discurso en el que Vaclav Havel, refiriéndose a un país que está al otro lado del mundo hace 26 años*, bien podría estarle hablando a la Venezuela de hoy. Esta dinámica inmoral y cínica solo nos lleva a un resultado: la resignación. La resignación, que no es más que esa especie de droga que nos adormece y paraliza como resultado de la desesperanza aprendida, y reforzada por un discurso que pretende ser la única verdad, creída o impuesta, pero la única verdad contra la cual no se puede hacer nada porque luchar contra ella puede tener consecuencias muy graves para quienes se atrevan a desafiar el paradigma impuesto, como si estuviéramos en una nueva etapa del oscurantismo. Así que es mejor bajar la cabeza resignados y simular que creemos que los problemas que vivimos son el resultado de una conspiración y no de las malas decisiones que se imponen sin resistencia alguna en un sistema sin contrapesos institucionales que eviten su auto-destrucción. Acallar la conciencia, callar lo que pensamos, ignorar las injusticias, limitar nuestra existencia al rol miserable de pasar agachados y sobrevivir encerrándonos en nuestras propias vidas es una forma de control social que elimina el último y más importante contrapeso en cualquier sistema democrático: la soberanía del pueblo, que no es más que EL PODER DE LA GENTE.

Sobre este último concepto, escrito a mayúsculas cerradas** que no confieren validez adicional a lo que así se exprese, regresa para concluir:

El camino de la democracia nunca ha sido fácil, los pueblos han tenido que pagar costos muy altos por su libertad. La democracia no es el resultado de lo que está escrito en una Constitución. Una constitución por sí sola no es más que un pedazo de papel. Una constitución para que esté viva necesita del compromiso de la gente con los valores allí expresados y la disposición a luchar por ellos. Los cambios se logran solo cuando las personas de a pie, las personas decentes, que somos la gran mayoría de este país, y con conciencia de lo que es ser ciudadano, lo deciden, se involucran, y se comprometen en las acciones necesarias para lograrlo. Sin la participación de la gente decente***, de los ciudadanos, nada puede cambiar, pero cuando lo deciden, nada los puede detener. En esto consiste EL PODER DE LA GENTE.

El cierre emplea de nuevo esa clase de escritura en mayúsculas para describir típicamente, no explicar concretamente:

Esta es una cruzada en donde nos toca conquistar el corazón de la gente, y despertar las conciencias y la esperanza para iniciar la construcción de un nuevo sistema democrático al servicio de TODOS. Esta es nuestra responsabilidad con la Venezuela en las que nos tocó vivir si queremos ver con orgullo, y no con vergüenza, a los ojos de nuestras próximas generaciones.

Leído el artículo que recibiera de Caldera, le comenté: «Está bien, pero ¿el poder de la gente empleado cómo? ¿Protestando o mandando? Alarcón ha sido particularmente sordo a cosas como ésta, habilitadas por la constitución que él relega al rango de mero papel: Los propios venezolanos«. (Alarcón no concreta cómo es que se «conquista» el corazón de la gente o se «despierta» las conciencias y la esperanza para tan sólo «iniciar» la construcción de un nuevo sistema democrático. También ha escrito: «Una constitución para que esté viva necesita del compromiso de la gente con los valores allí expresados y la disposición a luchar por ellos», siendo que una constitución es un cuerpo de normas, no de «valores»).

La prédica de este blog acerca de la adquisición por el Pueblo de una «conciencia de Corona» es longeva, pero bastará refrescar cosas dichas en el comentario sobre la marcha del 12 de febrero de 2014 a la Fiscalía General de la República (La marcha de la insensatez; énfasis añadido):

No puede ocultarse lo pernicioso del régimen chavista, y la condición a la que ha sometido al país es repudiable en todo sentido. Es por ello que las ganas de mucho pueblo de protestarlo son harto explicables; el gobierno nos ha llevado a los límites de la exasperación. Pero mandar es muy preferible a protestar. La grave situación de la república, consecuencia de la necia intención de imponerle una camisa de fuerza socialista, sólo puede resolverla la Corona: el Soberano, el Poder Constituyente Originario. Éste es un poder supraconstitucional, sólo limitado por los derechos humanos y lo que la nación haya convenido con las soberanías equivalentes de otras naciones. Es éste el gigante que debe ser despertado para que hable, para que se pronuncie, para que manifieste su voluntad. No para que marche o fabrique pancartas, no para que golpee cacerolas o abuchee presidenticos en juegos de pelota, sino para que ordene. No hay eventos electorales próximos en el calendario nacional (…) pero siempre es tiempo de referendo. Podemos convocarlo cuando queramos. Más que nunca, es el tiempo de preguntar al Soberano si está conforme con la implantación en Venezuela de un régimen político-económico socialista, que es la coartada fundamental del actual gobierno y los que lo antecedieron desde 1999. (Hace dos días, en su amoroso programa Con el mazo dando, el Presidente de la Asamblea Nacional insistía, al comentar la “movida”, la irresponsable “salida” de López & Machado, que “la salida” era el socialismo). Es hora de que hable Su Majestad.

Un abogado anglosajón diría: «I rest my case». LEA

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* Hace treinta y un años; no veintiséis.

** En el uso de Internet, las mayúsculas cerradas constituyen mala educación; se las tiene por el equivalente de gritar.

*** El adjetivo «decente», que Alarcón emplea dos veces en el mismo párrafo, parece significar que nuestros males deben su origen a políticos «indecentes». En agosto de 2014, Juan Carlos Sosa Azpúrua postulaba que la solución de nuestro problema nacional vendría de la mano de unos «militares decentes». Alarcón se incluye en esa categoría: «las personas decentes, que somos la gran mayoría de este país».

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¿Inminencia de un outsider?

Del maestro del suspenso

 

Con fecha de hoy, efectococuyo trae una nota centrada sobre un elocuente hallazgo de Datanálisis: «Un outsider le gana en intención de votos a Maduro y a Guaidó, según encuesta». En el cuerpo de la información, asienta:

Una encuesta de Datanálisis revela que en unas hipotéticas elecciones presidenciales, 45,8% de los electores votaría por un candidato independiente, 12% por el dirigente chavista Nicolás Maduro y 11,4% por el líder opositor Juan Guaidó. 30,8% opta por la opción de No sabe / No responde.

En el estudio, de febrero de este año, el outsider representa casi el doble de intención de votos de los que reúnen Maduro y Guaidó juntos.

“Lo que la encuesta dice es que hay decepción y desconexión con las ofertas políticas existentes llámense oficialistas, que tienen el mayor nivel de rechazo empezando por Maduro, u opositoras (…) la gente quiere una propuesta distinta a las estrategias pasadas, a la polarización actual”, responde el director de Datanálisis Luis Vicente León.

Para el analista político es evidente que en Venezuela aumenta el terreno para un outsider frente a la crisis de partidos y el desgaste de los dirigentes políticos: “El campo del outsider es el campo de las decepciones de la población frente al liderazgo”.

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El próximo mes de septiembre se cumplirán treinta y cuatro años del estudio Sobre la Posibilidad de una Sorpresa Política en Venezuela, que consideró dos clases de sorpresa en el acontecer político venezolano: 1. un golpe de Estado y 2. justamente, la llegada de un outsider democrático a la Presidencia de la República. Respecto del primer tipo, ese estudio postuló: «…de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales, probablemente lo haría con un porcentaje muy re­ducido de votos. En ese caso el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabi­lidad de un golpe militar hacia 1991, o aun antes, sería considerable». Poco después de la fracasada intentona de Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas, Diosdado Cabello et al., se sabría que su alzamiento estuvo planeado para el 16 de diciembre ¡de 1991! Los golpistas proyectaban amanecer mandando desde Miraflores en un nuevo aniversario de la muerte de Simón Bolívar.

Pero la sección pertinente de ese trabajo de 1987 versa sobre el asunto que fuera medido por Datanálisis el pasado mes de febrero. Puede resultar de interés reproducir aquélla prácticamente en su totalidad.

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SORPRESA #2: OUTSIDER DEMOCRATICO

Es posible también una sorpresa más democrática que un golpe de Estado. Es más, la probabilidad de ese tipo de sorpresa es significativa­mente mayor que la de una «solución» militar. No obstante, sigue siendo una sorpresa. Es decir, la probabilidad de un evento tal es baja. No es altamente probable que un candidato no postulado por Acción Democrática o COPEI llegue a ganar las elecciones. Pero de esto se trata precisamente, de considerar cualitativamente las sorpresas, pues de su ocurrencia se ocu­pará el curso de los acontecimientos y el signo de los tiempos, según el cual, para recordar a Dror, la sorpresa es ahora un fenómeno endémico.

El tipo de análisis que haremos acá es el de estipular cuáles serían los requisitos necesarios en un candidato sorpresa y en su campaña, sin los que no podría darse su triunfo.

 

    1. Rasgos necesarios del candidato

El primer rasgo indispensable en el líder que pueda orientar a su favor la considerable potencialidad de un voto harto de lo tradicional y de su inefi­cacia, es que sea un verdadero outsider. Hay, al menos, dos sentidos en los que este concepto de outsider se aplicaría en este contexto.

Para comenzar, el candidato debe ser un político que pueda ser per­cibido como estando fuera del establishment de poder venezolano. No ne­cesariamente significa esto que el candidato deba estar contra la actual ar­ticulación de poder en Venezuela. Simplemente es necesario que no se le perciba como formando parte de la red de compromisos que caracterizan a la configuración actual.

(…)

El pueblo sabe, empírica o intuitivamente, que una persona, partici­pante directo de la configuración de poder actual, carece de la libertad ne­cesaria para acometer los cambios que sería necesario introducir a través de tratamientos novedosos a la situación política. Para ponerlo en otros términos: un líder que ostente en los momentos actuales una cantidad signi­ficativa de poder, estará al mismo tiempo muy impedido por la serie de tran­sacciones en las que, con toda probabilidad, habrá debido incurrir para ac­ceder a la posición que ocupa y para mantenerla.

(…)

Hay un segundo sentido, más específico, en el que el candidato que pueda resultar la sorpresa debe ser un outsider. Debe serlo también en términos de estar afuera o por encima del eje tradicional del «espacio» polí­tico. Tal eje viene determinado por un continuum más o menos lineal, que va desde las posiciones de «izquierda» hasta las posiciones de «derecha». Esta es una división tradicional del campo político, pues responde al criterio de que el principal «problema social» (o político), consiste en distribuir la renta social: si se acomete este asunto con preferencia para «los pobres» entonces se es izquierdista; si esto se hace con preferencia por «los ricos», entonces se es derechista.

No es éste el sitio para describir otra noción política más moderna que considera obsoleto el planteamiento anterior, definitorio de «derechas» e «izquierdas». Pero el candidato que pretenda tener éxito en 1988 deberá ser outsider también en el sentido de no situarse en alguna posición del eje referido, sino en un plano diferente.

(…)

La segunda característica importante (a nuestro juicio más importante que la condición de outsider) que debe ostentar un candidato con posibili­dades de «dar la sorpresa», es la posesión de tratamientos suficientes y convincentes para la crisis.

La base de esta condición consiste en poder partir de una concepción de lo político que comprenda importantes y hasta radicales diferencias con las concepciones convencionales. En la raíz de tal concepción está la ne­cesidad de una sustitución de paradigmas políticos, en el sentido que Tomás Kuhn da al término paradigma. Es decir, nos hallamos ante una realidad social y política que ya no puede ser comprendida por los plantea­mientos y enfoques convencionales, lo que es la causa de fondo de la crisis de gobernabilidad. No es el caso que los políticos tradicionales tengan las recetas adecuadas y por «maldad» se resistan a aplicarlas. El punto es que no las saben.

(…)

A partir de una concepción diferente, más científica y moderna de la política y sus posibilidades tecnológicas reales, es como podría ser posible la generación de tratamientos que cumplan con tres condiciones necesarias a la persuasión pública requerida:

1. Deben ser radicales pero pocos: dos extremos resultan imposi­bles, dañinos o inútiles: el planteamiento de una reforma radical y global, que se ocupe de todo a la vez, en el mejor de los casos será altamente traumático y, más probablemente, imposible de aplicar por falta de capaci­dad para gerenciar un grado de cambio tan exhaustivo; la estrategia de cambiar lo menos posible e ir ajustando las cosas de modo incrementalista es derrotada por la complejidad original del problema y su velocidad de complicación creciente. Este dilema es comprendido intuitivamente por el elector promedio. De allí la poca credibilidad de los programas de gobierno exhaustivos, así como la de los programas tímidos e incrementalistas. Para que un programa alcance la credibilidad necesaria deberá ser del tipo radi­cal selectivo, es decir, identificador de pocos puntos estratégicos sobre los que se ejerza una acción transformadora a fondo. Y a esta condición deberá sumarse la de concreción, pues no bastará la enumeración de pocas áreas si éstas son vagamente definidas.

2. Deben ser eficaces: no se trata por tanto de pseudotratamientos. «Reactivar la economía» no es la solución, sino el estado final que debe al­canzarse una vez aplicada la solución. Combatir el «centralismo», combatir el «presidencialismo», etcétera, son orientaciones generales muy loables pero poco concretas. Los tratamientos deberán venir explicados en forma tan concreta que se pueda especificar su beneficio y su costo. Los tratamien­tos deberán dirigirse al ataque de causas problemáticas antes que a la mo­deracion temporal de sintomatologías anormales.

3. Deben ser positivos: se necesita un planteamiento terapéutico que trascienda la política quejumbrosa para ofrecer salidas que permitan un ra­zonable optimismo.

Por último, el candidato debiera tener la capacidad de «librar por to­dos». (En el juego infantil del escondite se estipula a veces una regla por la que al quedar sólo un jugador por descubrir, éste puede salvarse, no úni­camente a sí mismo, sino a todos los anteriores que hayan sido atrapados). (…) El cargo de Presidente de la República tiene de por sí mucha capacidad de convocatoria, y lo tendría mucho más si tal cargo lo ocupase un outsider que hubiera logrado dar la sorpresa. El punto está más bien en la voluntad real de convocar que tenga el involucrado, en la medida en que no esté atado a intereses tan específicos que no pueda verdaderamente pasar por encima de rencores de asiento grupal. Si un aspirante a outsider sorpre­sivo, a «tajo» de las elecciones, plantea su campaña con un grado aprecia­ble de vindicta, de falta de comprensión de lo que en materia de logros polí­ticos debemos aun a los adversarios, obtendrá temprana resonancia y fra­caso final. El outsider con posibilidad de éxito no se impondrá por una mera descalificación de sus contendientes y, en todo caso, no por descalificación que se base en la negatividad de éstos sino en la insuficiencia de su positi­vidad. El propio Issac Newton reconoció: «Si pude ver más lejos fue porque me subí sobre los hombros de gigantes».

 

    1. Rasgos necesarios de la campaña

Suponiendo que exista el verdadero outsider y que éste posea un arsenal terapéutico eficaz, concentrado y positivo, capaz de ser asumido voluntariamente como programa por el público en general, todavía queda el problema de ejecución de su campaña en forma correcta.

El eje básico de una campaña correctamente ejecutada pasa nuevamente por la suficiencia de los tratamientos que el outsider proponga. La campaña debe ser planteada en esos términos: suficiencia vs. insuficiencia.

Luego viene la consideración del tiempo estratégico. Por diversas razones el tiempo de lanzamiento de la candidatura con posibilidades debe ser lo más tardío posible. Por un lado está el problema de los recursos: es improbable que un verdadero outsider pueda conseguir los fondos necesarios a una campaña prolongada. Por otra parte, el intento debe ser hecho contraviniendo los intentos de actores muy poderosos. En tales condiciones una guerra de atrición no es sostenible. No puede un outsider trenzarse en una larga «guerra de trincheras» contra Acción Democrática y COPEI, pues caería en el asedio. Nuestro outsider se encuentra en la situación de Israel, país pequeño y rodeado de enemigos mucho más numerosos y de mayor poder. Así, su estrategia indica un golpe sorpresivo y contundente y definitivo. Por último, el tiempo debe ser tardío porque lo que es necesario producir corresponde a lo que los psicólogos de la percepción llaman un gestalt switch. Es un cambio súbito en la manera de percibir una misma cosa. De este modo, o el cambio de percepción se produce o no se produce, o se entiende o no se entiende, y para esto no es necesaria o correcta una campaña de convencimiento gradual, sino una argumentación suficiente que tienda a producir una respuesta más instantánea.

Este punto viene ligado, como dijimos, al tema de los recursos, pues una condición de corrección de la campaña deberá ser por fuerza la de su economía. La campaña deberá ser económica, tanto porque no se dispondrá de muchos recursos como porque un gasto excesivo produciría un rechazo de la misma. Así, la campaña debiera ser diseñada en términos económicos.

Esto será posible si la campaña es planteada en términos de calidad vs. cantidad. Contra la reiteración esloganista de millares de cuñas y pancartas, una concentración en mensajes más completos, más densos y contundentes.

A favor de esta posibilidad jugaría la amplificación que se daría por el efecto de novedad. Por el mismo hecho de plantearse una campaña de estilo diferente es como se daría la posibilidad de distinguir el mensaje en un mar de ruido electoral, en la cacofonía de las abrumadoras campañas tradicionales, como un minúsculo flautín clarísimo lo hace dentro de un tutti orquestal.

La campaña deberá caracterizarse, además, por una extraordinaria capacidad organizativa. Se trata, para mencionar sólo un problema, de disponer de testigos en unas treinta mil mesas electorales, con su correspondiente apoyo logístico y de comunicación. Para un outsider este problema es de gran cuantía puesto que, por definición, al ser outsider no dispone de la «maquinaria» de antemano.

Finalmente, el outsider deberá ser capaz de resistir los ataques que sobrevendrían, en una gama que puede ir desde el enlodamiento de su reputación hasta la eliminación física. El riesgo aumentará a medida que la opción que representa comience a significar una posibilidad clara de victoria.

 

    1. Las probabilidades

Siendo lo que antecede las condiciones indispensables a una «sorpresa» exitosa ¿qué puede decirse de las probabilidades de tal aventura?

La condición crítica será seguramente la de disponibilidad de los recursos. Acá se enfrentaría un outsider con la incredulidad básica ante una aventura no convencional y con la tendencia conservadora que aún en casos de crisis encuentra difícil ensayar algo novedoso. Aquellos que pudieran dotar a una campaña como la esbozada de los recursos suficientes estarán oscilando entre los extremos de más de un dilema.

Uno de los dilemas es el de seguridad vs. corrección. Se sabe de lo inadecuado de los actores políticos tradicionales, pero ante un planteamiento correcto por un outsider habría la incomodidad de abandonar lo conocido. Es queja perpetua del sector privado que el Gobierno no establece reglas de juego estables. La verdad es que hay reglas tácitas de conducta establecidas desde hace tiempo, incluyendo las que regulan la urbanidad de la corrupción. Stafford Beer decía, refiriéndose a la sociedad inglesa de hoy, que su problema era que “los hombres aceptables ya no son competentes, mientras los hombres competentes no son aceptables todavía”. En forma similar Yehezkel Dror destaca otro dilema: si se quiere eficacia es necesaria una transparencia en los valores, la exposición descarnada de los mismos; si lo que se quiere, en cambio, es consenso, entonces es necesaria la opacidad de los valores, no discutirlos más allá de vaguedades y abstracciones.

Así, pues, se estaría ante un dilema de tradicionalidad vs. eficacia, de poder vs. autoridad. Es pronosticable que la mayoría de los actores con recursos, ante una solicitud de cooperación por parte de un outsider con tratamientos realmente eficaces, se pronunciarían por los términos dilemáticos más conservadores.

Pero es concebible que una minoría lúcida entre los mismos pueda proveer los recursos exigidos por una campaña poco costosa en grado suficiente, al menos para cebar la bomba que pueda absorber los recursos totales del mercado político general, pues si la aventura cala en el ánimo del público, una multitud de pequeños aportes puede sustituir o complementar a un número reducido de aportes cuantiosos.*

Pero el obstáculo principal consistirá en salvar la diferencia entre una percepción de improbabilidad y una de imposibilidad. Ni aún el menos conservador de los hombres dará un céntimo a una campaña de este tipo si considera que todo el esfuerzo sería inútil, si piensa que un resultado exitoso es, más allá de lo improbable, completamente imposible. El análisis que hemos hecho indica que, si bien el éxito de una aventura así es por definición improbable—a fin de cuentas se trataría de una sorpresa**—no es necesariamente imposible y que, por lo contrario, la dinámica del proceso político venezolano hace que esa baja probabilidad inicial vaya en aumento. Si esto es percibido de este modo, entonces tal vez las fuentes de apoyo necesarias quieran comportarse como un jugador racional de la ruleta con cien dólares en la mano. Apartará cincuenta dólares como reserva y de los cincuenta restantes apostará la mayoría, cuarenta y cinco quizás, a las posibilidades de mayor probabilidad, rojo, negro, par, impar. Pero jugará cinco de los cien dólares en pleno al diecisiete negro (outsider), porque sabe que si la apuesta es de éxito menos probable, si pierde pierde poco y si gana ganará mucho más que lo que invirtió.

Finalmente, y nuevamente en la analogía de los juegos, bastante dependerá de la lectura que se tenga de la crisis. Para aquellos para los que la abrumadora acumulación de evidencias no sea suficiente para creer que la crisis no es de carácter coyuntural y pasajero, será lo indicado negar su apoyo al outsider. Sólo aquellos que ya se hayan convencido de que la crisis es estructural y requiere por tanto terapias no convencionales, podrán pensar como el buen jugador de dominó (o de bridge) que carezca de información completa sobre la localización de las piezas o cartas clave. En esas condiciones, un buen jugador identificará cómo tendría que darse esa ubicación de piezas para poder ganar la mano. Entonces jugará como si en verdad la disposición fuese esa única forma de ganar, rogando para que así sea.

Yehezkel Dror nos dice que la situación del agente de decisión de hoy es cada vez más la de una apuesta difusa.

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* Veintiún años después, Barack Obama lograría precisamente eso en su campaña de 2008: 70% de los recursos financieros de su campaña fue provisto por numerosas donaciones individuales con un promedio de 50 dólares por aporte.

** Una sorpresa es la ocurrencia de un evento improbable. Para el Diccionario de la Lengua Española, sorpresa es «Acción y efecto de sorprender», y  sorprender es «Conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible».

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Un complemento a esta entrada es Retrato hablado, del 30 de octubre de 2008.

LEA

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Un importante trabajo

Raúl Alegrett Ruiz

 

Debo a Mireya Caldera la lectura de un inestimable trabajo de Raúl Alegrett Ruiz: la crónica de la destrucción del aparato económico venezolano, fechada el 22 de febrero próximo pasado. (En este enlace puede descargárselo en formato .pdf: LAS SANCIONES. Vale la pena leerlo y archivarlo para permanente referencia).

Es destacada utilidad del reporte de Alegrett la certificación de que el deterioro económico se inició antes de que Nicolás Maduro asumiera la Presidencia de la República. Por ejemplo, le leemos:

La producción de petróleo, como consecuencia de una gestión deficiente, iniciada con el despido de un numeroso contingente de personal calificado*, con la partidización de la administración** y con el incremento de la nómina de trabajadores, que de menos de 50 mil empleados en 1998 aumentó a más de 110 mil en 2012; de la falta de transparencia y rendición de cuentas, y de la insuficiencia de las inversiones necesarias para mantenimiento y ampliación; en lugar de crecer, como había anunciado Chávez en 2005 con su “Plan de Siembra Petrolera”, para alcanzar seis millones de barriles por día en 2012, se encontraba en 2008 al mismo nivel de 1998, alrededor de 3,3 millones de barriles por día, y para el año meta 2012, había descendido a 2,9 millones. En 2015, dos años antes de la aplicación de las sanciones, apenas llegaba a 1,4 millones de barriles por día. Es un hecho que, a partir del año 2012 se inició una caída de las inversiones en todos los sectores de actividad de la industria petrolera. Los taladros operativos, que en 2011 eran 83, disminuyeron a 51 en 2016. Asimismo la capacidad de refinación se redujo significativamente. Las exportaciones de derivados de petróleo que en 2009 fueron de casi un millón de barriles por día, comenzaron a declinar en el 2010, y en 2016 eran apenas 250 mil b/d.

Claro que las administraciones de Maduro han acelerado el colapso. En Alquimia de la culpa (9 de diciembre de 2014) se expuso acá:

El presidente Nicolás Maduro es ducho en [la] práctica de la proyección. Las macroculpas, naturalmente, son siempre de la “Cuarta República”—en sí misma, una noción tramposa*—y el “Imperio”. La más reciente transferencia de su responsabilidad ha consistido en postular la existencia de un “bloqueo financiero”; se queja de que el acceso a los medios externos de financiamiento es cada vez más oneroso para Venezuela. Maduro denunció que el “bloqueo financiero” que se está ejerciendo sobre Venezuela no permite que se obtenga financiamiento. Responsabilizó de esto a las calificadoras de riesgo al sentenciar que “han puesto el riesgo país Venezuela como el más alto del mundo. Tenemos más riesgo país que otros que están en guerra. No voy a nombrar países para no ofender. Tenemos el doble de riesgo país que los hermanos países de África con Ébola”.

Venezuela acaba de cambiar por liquidez inmediata con Goldman Sachs la deuda de República Dominicana por petróleo sin mayor problema, pero el punto es que las calificadoras de riesgo, aun si tuvieran (como las tienen) sus propias simpatías y antipatías políticas, no pueden inventar fábulas sin grave pérdida de credibilidad, imprescindible en su negocio. Venezuela está en serios problemas económicos, agravados por la baja de precios petroleros; tiene la mayor tasa de inflación del planeta, un déficit equivalente a dieciséis puntos del Producto Interno Bruto, una fase contractiva de su economía, un retraso en el cumplimiento de sus asignaciones de divisas… y pare de contar. ¿Quería Maduro que Moody’s o Standard & Poor o Fitch dejaran de considerar esta situación? Descartemos a esas agencias porque son del Imperio y preguntemos a los chinos—que por principio ven con más simpatía a los gobiernos socialistas—, a quienes debemos literalmente varias millonadas, por lo que no está en su interés que Venezuela tenga dificultades. Pero, reportó Víctor Salmerón el 13 de agosto en El Universal: “Principal calificadora china ve alto riesgo en Venezuela – Dagong degradó la calificación del país y proyecta déficit fiscal de 14.7% del PIB”.

El problema de Maduro y su gobierno es que la ciudadanía venezolana ha aprendido a desentrañar en sus primitivos pretextos la proyección freudiana. Datanálisis ha encontrado en noviembre que 85,7% de los encuestados opina que es mala la situación del país. (¿Es que más de las cuatro quintas partes de nuestra nación han constituido una agorera agencia de calificación de riesgo que impide el acceso razonable a financiamiento externo?) También midió la encuestadora, por cierto, un rechazo de 72,2% al gobierno y 71,5% de quienes creen que el mandato de Maduro será revocado en 2016.

No debe buscarse en la lluvia de sanciones internacionales contra nuestra república* y un buen número de sus funcionarios públicos la causa principal del colapso; ella está certificada por Alegrett con la mayor claridad.

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El sitio de aporrea acaba de reproducir una entrevista que hiciera el diario español ABC a Rafael Ramírez, el otrora «zar» del petróleo venezolano. El medio pregunta, por ejemplo, si Chávez quería a Maduro como su sucesor. La respuesta de Ramírez: «Chávez no dijo «voten a Maduro como mi sucesor», porque él pensó que volvería. Lo hizo porque Capriles había hecho una gran campaña y, salvo a Hugo Chávez, podía ganarle las elecciones a cualquier candidato del chavismo».

Bueno, he aquí las palabras precisas de Hugo Chávez, registradas por YouTube el 8 de diciembre de 2012:

 

Al medio español, que lo había pinchado así: «Hace una descripción idílica del periodo Chávez, nada de autocrítica», dijo también:

–Ni Chávez ni yo nos dimos cuenta de que teníamos ahí ese grupo tan dañino que tomó el control y acabó con todo. Por otro lado, para sostener nuestro modelo de garantías sociales teníamos que no depender sólo del petróleo y en esos diez años no tuvimos capacidad de superar el modelo, pero entregamos a Maduro un país con suficientes recursos para salir adelante y lo dilapidó. Tuvimos errores, pero llevamos al país por la prosperidad durante muchos años. Un gobierno progresista y respetuoso con los derechos humanos. Eso se ha de reconocerse para llegar a la unidad. A nadie del sector privado le fue mal con Chávez.

¿A nadie del sector privado? ¿Es que no vimos los casos de Agroisleña, la industria cementera, La Electricidad de Caracas, RCTV, etcétera, etcétera?

Y hablando de «la partidización de la administración»—¿por «ese grupo tan dañino»?—en la industria petrolera venezolana señalada por Alegrett, viene al caso refrescar las palabras del entrevistado, registradas el 23 de julio de 2009 en Parada de trote:

Rafael Ramírez, bajo su casco de Presidente de PDVSA, proclama: “PDVSA está con Chávez. PDVSA está con la revolución… Quien no esté en un comité socialista es sospechoso de conspirar contra la revolución”. (23 de julio de 2009).

Fuera Maduro—de la manera correcta—y fuera Ramírez. LEA

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* Horacio Medina, el actual «presidente» de PDVSA nombrado inválidamente por Juan Guaidó, comentó con orgullo estratégico en la Peña de los Lunes de Luis Ugueto Arismendi a mediados de 2003: “Chávez iba a fregarnos en dos años; con el paro ¡logramos que se quitara la careta y nos fregara en dos meses!” (???)

** Tampoco es una apreciación justa sostener que las sanciones internacionales no tengan efectos nocivos para la población venezolana: “La buena noticia es que la crisis continúa”, me escribía un líder empresarial en 2017, queriendo decir que la propensión a protestar al gobierno aumentaría con las privaciones y por tanto la probabilidad de su desmoronamiento. Gobiernos de emergencia, 10 de mayo de 2020.

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Inconsistencias internacionales

Noticia que rompía el celofán de ayer

 

Esto dice de Khashoggi Wikipedia en Español:

Yamal Ajmad Jashogyi (Medina, Arabia Saudita, 13 de octubre de 1958 – Estambul, Turquía, 2 de octubre de 2018), también transliterado (sobre todo en el dominante idioma inglés) como Jamal Khashoggi, fue un periodista saudí y columnista de opinión de The Washington Post, autor y exdirector general y redactor jefe del canal de noticias Al-Arab News Channel. También trabajó como redactor del periódico saudí Al Watan, convirtiéndolo en una plataforma para los progresistas saudíes. Jashogyi huyó de Arabia Saudí en septiembre de 2017​ y desde entonces escribió artículos periodísticos críticos con el gobierno del país, en particular del poderoso príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammad bin Salman, y de su rey, Salmán bin Abdulaziz.​ También criticó la intervención saudí en Yemen. Fue asesinado el 2 de octubre de 2018 en el consulado de Arabia Saudita en Estambul (Turquía). La Casa de Saud, tras 17 días sin pronunciarse sobre el hecho, confirmó su muerte en el consulado saudí, señalando que murió tras una pelea y que hay 18 detenidos por la causa.​ Fuentes turcas apuntan a la existencia de grabaciones de audio que demostrarían que fue torturado y asesinado cortándole el cuello, y que todo su cuerpo fue descuartizado con una motosierra.​ (…) El 10 de noviembre el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, confirmó oficialmente la existencia de grabaciones del último momento de Jashogyi que fueron enviadas a Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña y Francia.​ El 11 de noviembre, la cadena televisiva Al Jazeera filtró la transcripción de lo que supuestamente —según una fuente periodística turca— habrían sido sus últimas palabras que contenía las grabaciones: «Me estoy asfixiando, quítame esta bolsa de encima… soy claustrofóbico». La agonía duró 7 minutos.

Mohammad bin Salman fue uno de los gobernantes favoritos del expresidente Donald Trump, quien también mostrara reiterada debilidad, entre otros jefes de Estado autoritarios, por Vladimir Putin y Kim Jong-un, a quien llamaba su «gran amigo». Uno esperaría de Joe Biden alguna postura diferente de la de su predecesor pero, según el periódico neoyorquino, no impondrá sanciones al autócrata saudí. Es más fácil sancionar a Nicolás Maduro con medidas que afectan negativamente a toda la población venezolana.

Condenar y sancionar al gobierno venezolano (afectando a su pueblo) se ha convertido en uno de los deportes políticos de moda, comme il faut, dirían los franceses chic. La autoridad que eso haga obtiene una certificación de demócrata preocupada por los derechos humanos a un costo bajísimo (para ella). Precisamos salir de Maduro cuanto antes, pero así no. (El caso Venezuela, un deporte internacional – 5 de febrero de 2019).

LEA

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De Crisis en Crisis

El nuevo análisis del Grupo Crisis

 

Con fecha del miércoles de esta semana, el International Crisis Group ha publicado un nuevo informe acerca del proceso político venezolano, sobre el que llamara mi atención el competente analista internacional Dimitris Pantoulas (residenciado en Caracas), a quien agradezco. Su título es El Efecto Exilio: La oposición de Venezuela en el exterior y los medios sociales. (Puede ser descargada en este enlace su versión en español: REPORT  86). El sumario del estudio explica:

Un estudio del contenido de las redes sociales muestra que las figuras de la oposición venezolana que se encuentran en el exilio, tienden a mostrar posturas antigubernamentales más severas.

Es en la versión inglesa donde se encuentra los gráficos correspondientes a tal aserción:

 

 

Luego, en su Resumen Ejecutivo, argumenta:

Las elecciones legislativas a inicios de 2020 consolidaron el control de Maduro sobre casi todos los niveles del Estado venezolano. La mayor parte de la oposición boicoteó las elecciones argumentando, con razón, que no fueron libres ni justas. Pero esa estrategia ha tenido costos enormes. Aunque la mayoría de países occidentales y de América Latina no ha reconocido la legitimidad del nuevo parlamento, el cual está integrado casi en su totalidad por personas leales al régimen de Maduro, tampoco se han adherido al argumento de la oposición según el cual la anterior asamblea, que contaba con la mayoría de la oposición, conserva su mandato. Su postura, un tanto ambigua, mina la pretensión de Guaidó de ser el “presidente interino” y, de hecho, la mayoría de los aliados de la oposición, incluyendo la Unión Europea y el Grupo de Lima (una alianza de los países del hemisferio occidental que respaldó la estrategia de “máxima presión” de EE. UU) han dejado de catalogarlo como tal.

Y, más adelante, expone su recomendación:

La tendencia de los exiliados a adoptar posiciones estrictamente antigubernamentales también puede tener consecuencias significativas porque, como ha argumentado Crisis Group en otras investigaciones, la salida a la crisis en Venezuela requiere un acuerdo. Esto sólo será posible si los líderes de la oposición y los países que los apoyan siguen el ejemplo de las voces conciliadoras de la coalición, en vez de las posiciones más agresivas que expresan algunos activistas exiliados.

………

Aun con esa sensatez nada frecuente, una vez más, el Grupo Crisis no cuenta todo el cuento. No hay en ninguna parte del estudio referencia, por ejemplo, a  1. la declaración de guerra, del 5 de enero de 2016, por parte de la Asamblea Nacional que calificó de «compromiso no transable» del Poder Legislativo Nacional la búsqueda de un modo de obtener «la cesación de este gobierno», luego de que el objetado Consejo Nacional Electoral proclamara en él una mayoría opositora de 112 diputados; 2. la declaración, al año siguiente, de que Nicolás Maduro había ¡abandonado su cargo!; 3. el nombramiento, sin seguir la ruta constitucional, de un Tribunal Supremo de Justicia «legítimo» que poco después empezaría a sesionar en el exilio o, para hacer breve esta enumeración, 4. la serie de trapacerías de Juan Guaidó, quien jamás ha sido Presidente interino de Venezuela.

Tampoco hay en este nuevo informe el reconocimiento a la única ruta constitucional para lograr el término del mandato de Nicolás Maduro: el camino referendario. El 12 de marzo del año pasado se comentó acá—Exégesis de Crisis (Group)—un previo informe del prestigioso think tank, señalando en esa ocasión olvidos similares:

En De Oslo a Bridgetown—entrada pertinente por la explícita y reiterada mención que el informe comentado hace de la mediación noruega—, se puso acá el 9 de julio de 2019:

…de las múltiples aristas del problema político venezolano, es la más aguda el ejercicio de la Presidencia de la República en manos del Sr. Nicolás Maduro (no en las de Juan Guaidó). Pero no puede celebrarse nuevas elecciones presidenciales mientras Maduro ejerza su cargo, pues el presente período constitucional expira el 10 de enero de 2025; tendría Maduro que renunciar a él para abrir la puerta o el único poder capaz de hacerlo, el Pueblo en su carácter de Poder Constituyente Originario y Supraconstitucional (no limitado por la Constitución), tendría que ordenar nuevas elecciones mediante referendo convocado al efecto. De no darse alguna de esas dos circunstancias, un acuerdo de fuerzas políticas en Barbados sólo sería convenir en la violación a cuatro manos de la Constitución.

En general, el informe de Crisis Group International es bastante más equilibrado que otros análisis extranjeros, pero peca de ignorancia culposa de nuestra constitucionalidad, bajo la creencia de que los “políticos” que negociarían una salida al conflicto político venezolano estarían autorizados a saltársela a la torera.

De nuevo, pues, el Grupo Crisis recomienda el menos conflictivo procedimiento de negociación entre fuerzas partidistas—que a su criterio podría acordar aberraciones inconstitucionales—, mientras ignora el papel que tendría que desempeñar el actor fundamental, llamado a resolver la crítica situación política nacional: el Pueblo de Venezuela. LEA

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