El arropamiento correcto

Un compositor jocoso

Hoy arribó a su entrega #240 el programa Dr. Político en RCR. La sesión fue dedicada, primeramente, a satisfacer inquietudes de dos oyentes y a comentar la proposición adelantada por Monseñor Pérez Morales: la sociedad civil debe arropar a los partidos políticos y forzar un gobierno de transición que conlleve a la reconstitucionalización del país. Se argumentó, como ya se hizo en este blog, que lo que debe ser arropado es la Asamblea Nacional, el órgano supremo de la democracia representativa, constituido por los representantes de nosotros. En continuación del «mes de las quintas sinfonías», escuchamos el tema ancho del tercer movimiento de la Quinta Sinfonía en Mi bemol mayor de Jan Sibelius y el inicio del segundo movimiento de la Quinta Sinfonía en Si bemol mayor de Sergio Prokofiev. A continuación el archivo de audio de esta emisión:

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¿Con qué se come eso?

Organizados por la Universidad Católica de Chile

 

…los actores políticos tradicionales entienden el mundo como dividido en dos clases de corte: aquél que les separa a ellos, únicos integrantes del “país político”, de un “país nacional” que a su vez es cortado por la distinción social obsoleta que agota a una nación en las imágenes del empresario y del obrero.

Dictamen – 21 de junio de 1986

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Estábamos en el último año del siglo pasado, a punto de elegir los rectores del Consejo Nacional Electoral (sucedáneo del antiguo Consejo Supremo Electoral). El 29 de mayo de 2000, Luis Miquilena preguntaba: «¿Con qué se come eso?» Se refería a quienes se llamaban a sí mismos «miembros representantes de la sociedad civil organizada» de modo más bien incomprensible, pues el Artículo 296 de la Constitución cuya redacción presidiera dice al comenzar: «El Consejo Nacional Electoral estará integrado por cinco personas no vinculadas a organizaciones con fines políticos; tres de ellos o ellas serán postulados por la sociedad civil, uno o una por las facultades de ciencias jurídicas y políticas de las universidades nacionales, y uno o una por el Poder Ciudadano». (¿Fue «la sociedad civil» la que postulara tres de las cuatro rectoras oficialistas actuales? ¿Es que ninguno de los cinco rectores—cuatro postuladas y un postulado—tiene algún género de vinculación con organizaciones de fines políticos?)  La réplica de Miquilena fue comentada en el artículo breve de la Carta Semanal #196 de doctorpolítico (27 de julio de 2006):

El término “sociedad civil” se ha hecho de uso común en los últimos años. A comienzos del gobierno de Hugo Chávez, una referencia al mismo por parte de Elías Santana, de larga trayectoria como dirigente civil, provocó el despectivo comentario de Luis Miquilena: “¿Con qué se come eso?” Vale la pena detenerse en su significado, sobre todo cuando ahora se prepara una “hoja de ruta” de “la sociedad civil” y se convoca a reuniones para considerar “el curso de acción política de la Sociedad Civil de cara al 2007”. (En la convocatoria de una reunión específica sobre este asunto, se añade: “Tendremos a varios voceros de ONG’s invitados”, y en la mención del año próximo hay una suerte de admisión de la inevitabilidad de la reelección de Chávez, puesto que la invitación acoge sólo a opositores al gobierno).

En efecto, en el uso común del término, se entiende por sociedad civil una aglomeración de organizaciones no gubernamentales que no sean partidos políticos, y esto no es (en parte) sino el remozamiento terminológico de la distinción—que introdujera, creo, Jóvito Villalba—entre un «país político» y un «país nacional». En Dictamen (21 de junio de 1986), se describía la cosa al considerar algunos de los componentes de un paradigma político «esclerosado»:

  1. Existe un “país político” distinguible del “país nacional”: Esta formulación comprende un conjunto de postulados acerca de la natura­leza política de la sociedad venezolana. Para los actores políticos tradicionales ellos conforman el llamado país político. Son ellos los únicos autorizados para el manejo de los problemas públicos. El resto del país, el “país nacional”, no tiene otra función política que la de establecer, cada cinco años, un orden de poder entre los componentes del “país político”, el pecking order (orden de picoteo en un ga­llinero) que distribuye el poder disponible entre los candidatos. Esta visión es, por supuesto, errada. El país nacional es el país polí­tico. Por de­finición, el Estado es la sociedad política, y se define al Estado como un conjunto de personas que ocupan un territorio definido y se organizan bajo un gobierno so­berano. No es el Estado el conjunto de los ciudadanos con activismo político, como no lo es ni siquiera el gobierno de una nación. El Estado, la sociedad polí­tica, comprende a todos los nacionales de un país. Esta elemental noción se con­funde, se olvida o se escamotea con frecuencia. Se olvida, por ejemplo, que a los poderes públicos tradicionalmente considerados (ejecutivo, legislativo, judicial) los precede el poder fundamental que llamamos poder constituyente, cuya residen­cia es el pueblo. Otra cosa es la delegación de poder que se establece a través del acto electoral, pero no puede seguirse sosteniendo, por esclerótica, esa noción de la separación de un país político y un país nacional.

Comúnmente, pues, no se entiende que la sociedad civil sea el Pueblo, sino sólo las limitadas porciones de él que pertenezcan a alguna asociación distinta de un partido, lo que ahora parece no exigir que éstas se abstengan de propósitos políticos. Veamos:

Monseñor Ramón Ovidio Pérez Morales, miembro de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), afirmó que la sociedad civil debe arropar a los partidos políticos y forzar un gobierno de transición que conlleve a la reconstitucionalización del país. (…) Al consultarle si la reestructuración de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) podría conllevar a ese nuevo Gobierno, señaló que la sociedad civil es la que debe dar ese paso al frente. “Esto supone la integración de un gran frente nacional por un cambio político”. (Reporte Católico Laico).

No puede haber propósito más político que ése, y monseñor Pérez Morales está diciendo a las claras que la MUD es un establecimiento muy insuficiente que pretendió, con la reorganización que anunciara, «arropar» ella a la «sociedad civil»:

…Torrealba reportó el 17 de los corrientes la creación de un “Congreso de la Sociedad Democrática”, como instancia de articulación de los partidos políticos de la MUD con “organizaciones no gubernamentales y distintos movimientos sociales”, presentándolo como el principal mecanismo de consulta y debate de esa variedad de actores. (MUDa de piel, 24 de febrero de 2017).

Y es que lo que se anticipara en este blog hace algo más de cuatro años (MUD, MUD, MUD, es hora de partir, 25 de diciembre de 2012), amenaza ahora con convertirse en deporte nacional, luego de un desastroso desempeño de la central opositora y la Asamblea Nacional en 2016. Pérez Morales disimuló poco su desahucio de la dirigencia opositora profesional, y estuvo a milímetros de certificar su defunción, lo mismo que expidió sobre el diálogo: “el diálogo está muerto y se le puede dar un buen entierro”.

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La «sociedad civil» no es lo mismo que las ONGs que se oponen al gobierno de Maduro; ella no es homogénea. Hay organizaciones no gubernamentales que se inclinan en favor del oficialismo, y si bien una gran mayoría nacional repudia ese gobierno, tampoco toda ella está conforme con la MUD o partidos opositores que la componen:

Medición recentísima

 

Todavía es el PSUV el partido más apoyado

 

Oposición desciende, gobierno sube y no alineados mucho más

 

De mediciones como ésas puede concluirse que ninguna agrupación de ONGs opositoras puede ser tenida por representativa del Pueblo, y tampoco es que será más fácil acordarse entre ellas que en el seno de la Mesa de la Unidad Democrática. Apartando las que persiguen objetivos institucionales (no políticos) específicos, hay agrupaciones no partidistas de objetivo político único; por ejemplo, las que promueven la elección de una asamblea constituyente «originaria», cosa que no existe. (Lo único originario es el Pueblo). Pues bien, hay al menos dos grupos competidores con ese propósito—el liderado por Enrique Colmenares Finol (el más antiguo) y el de Felipe Pérez Martí, exministro de Chávez—, si no se incluye a Voluntad Popular, que pertenece al «país político» pero cíclicamente replantea ese espejismo.*

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El primero de los números

En febrero de 1994 se estrenaba la publicación mensual referéndum, con un trabajo que fuera titulado Los rasgos del próximo paradigma político. Allí se lee:

La discusión pública venezolana se halla a punto de agotar los sinónimos castellanos del término conciliación. Acuerdo, pacto, concertación, entendimiento, consenso, son versiones sinónimas de una larga prédica que intenta convencernos de que la solución consiste en sentar alrededor de una mesa de discusión a los principales factores de poder de la sociedad. Nuevamente, no hay duda de que términos tales como el de conciliación o participación se refieren a muy recomendables métodos para la búsqueda de un acuerdo o pacto nacional. No debe caber duda, tampoco, que no son, en sí mismos, la solución. (…) Por otra parte, el método mismo tiende a ser ineficaz. Los ideales de democracia participativa, la realidad de la emergencia de nuevos factores de influencia y poder, han llevado, es cierto, a la ampliación de los interlocutores de las «mesas democráticas» de las que debe salir el ansiado «acuerdo nacional». Así fue diseñado, por ejemplo, el consejo de la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE), al combinar en él la presencia tradicional de líderes empresariales y líderes sindicales, con representantes de partidos, de la iglesia, de las organizaciones vecinales, etcétera. Así buscó conformarse el «Encuentro Nacional de la Sociedad Civil» organizado por la Universidad Católica Andrés Bello, cuando su rector tomó el reto que pareció recaer, a mediados de 1992, sobre la Iglesia Católica venezolana, en respuesta a un estado de opinión nacional de gran desasosiego, que buscaba en cualquier actor o institución que pudiera hacerlo la formulación de una salida a la aguda y profunda crisis política. Pro Venezuela, la Mesa Democrática de Matos Azócar, los encuentros que organizó José Antonio Cova, y la constante prédica de los partidos, todos fueron intentos de alcanzar ese ya mítico gran entendimiento nacional. La evidencia es, pues, suficiente. La oposición de intereses en torno a una mesa de discusión difícilmente, sólo por carambola, conducirá a la formulación de un diseño coherente. Es preciso cambiar de método. Y es preciso cambiar el énfasis sobre la herramienta por el énfasis en el producto.

Ante un problema político, como ante uno de salud, lo importante es identificar un mejor tratamiento. Un consenso, una mayor «representatividad» de alguna proposición no es lo mismo que su corrección terapéutica. Pero la riqueza de la sociedad civil reside en la participación cívica de gente con vocación altruista e interesada en soluciones. Allí puede hallarse, de cuando en cuando, verdaderas gemas estratégicas.

Mapa genético de madre e hija (MUD 2012)

La lectura de Pérez Morales va, sin embargo, en otra dirección. Es ante el deficiente desempeño de la dirigencia opositora nacional que recomienda que la sociedad civil «arrope» a los partidos que, en nuestro caso, bien pudieran llamarse «subpartidos». (A fines de 2012, la MUD se componía de 30 partidos; a semejanza de Italia que, con una población del doble de la nuestra, tiene hoy 11 partidos mayores, 23 menores y 71 regionales).

Quien escribe incluiría en la recomendación de Monseñor «arropar a la Asamblea». Cuando se piensa en el mantra de la «presión de calle» se le cree dirigido contra el gobierno y sus aliados: la soñada marcha a Miraflores o las protestas ante el Consejo Nacional Electoral. (La que inaugurara la temporada guarimbera de 2014 se dirigió a la Fiscalía General de la República). Es tiempo de pensar en la presión ciudadana sobre el Poder Legislativo Nacional, sobre «nuestros» representantes.

¿Para qué? Para que hagan el aporte decisivo al meollo del problema político nacional que, en sentido restringido, se define como la sustitución perentoria del gobierno que preside Nicolás Maduro y, en sentido amplio y no menos importante, requiere el reemplazo del esquema socialista. Para que la Asamblea Nacional establezca alianza con el Poder Constituyente Originario y lo convoque a referéndum. (“Las heridas venezolanas son tantas y tan lacerantes, que no hay modo de curarlas sin una apelación perentoria al poder fundamental y originario del Pueblo, a través de un Gran Referendo Nacional”, 5 de febrero de 2003). Para traer el Poder Supremo del Pueblo, como grande y definitivo terapeuta, a decidir si conviene el socialismo a Venezuela y si quiere elecciones presidenciales (no elecciones «generales») inmediatas. (Ver en este blog ¿Qué espera la Asamblea Nacional? y Prontas elecciones, del 8 de marzo y el 22 de octubre de 2016, respectivamente. Sobre lo primero se llamó acá la atención de Monseñor Pérez Morales el 21 de julio del año pasado a raíz de importante artículo suyo; ver Pandemónium).

La Asamblea Nacional puede convocar inapelablemente—sin firmas, fotos o huellas dactilares—referendos consultivos por mayoría simple (84 diputados), pero para hacer eso debe recuperar su eficacia; esto es, debe salir de la situación de desacato que la mantiene maniatada y anulada. Por tanto, la sociedad civil que eligió a los diputados debe arroparles para que de una vez por todas procedan a recuperar su eficacia lo que, al menos declarativamente, cuenta con la apertura del Presidente de la República y el Tribunal Supremo de Justicia. Que les tomen la palabra y se dejen de declarar abandonos de cargos y crisis humanitarias, o de representar ante Luis Almagro y el flamante canciller brasileño peticiones de auxilio. Que resuelvan nuestros problemas aquí, dándonos el derecho de palabra.

No requerimos un «gobierno de transición», sino uno que se elija cuanto antes y se ocupe del período corto que concluiría el 10 de enero de 2019 (lo que de suyo definiría su carácter «transicional»). Tampoco un acuerdo programático innecesario, al estilo de los Lineamientos para el Programa de Gobierno de Unidad Nacional (23 de enero de 2012). Los candidatos que quieran presentarse a una elección presidencial tan posible como urgente, y habría bastantes, tendrán simplemente que convencer a un electorado que ha aprendido mucho en los pesados últimos años de nuestra república de gente que sufre. Es esta gente la que tiene que acordarse. LEA

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*Colmenares Finol está tras una constituyente desde al menos 2005, poco después del intento revocatorio fallido de 2004. (El suscrito escuchó una presentación suya en ese año en las oficinas de Don Ricardo Zuloaga). Antes aún, Herman Escarrá, diputado a la constituyente de 1999, propugnaba una nueva apenas tres años después como modo de salir de Hugo Chávez, y su proposición fue incluida en el combo de opciones que Súmate puso a consideración ciudadana el 2 de febrero de 2003. Raúl Isaías Baduel predicaba lo mismo por la época del referendo sobre los proyectos de reforma constitucional de 2007. Manuel Rosales se le había adelantado con esta idea del 25 de septiembre de ese mismo año: “Yo creo que, definitivamente, en Venezuela, después de este referendo constitucional hay que pensar seriamente en la realización de una Asamblea Nacional Constituyente porque es la refundación y la reconciliación del país”. El 7 de diciembre de 2013, Leopoldo López y Ma. Corina Machado encabezaban una lista de decenas de personalidades que pedían constituyente en un manifiesto de prensa; entre ellas destacaba el nombre de Blanca Rosa Mármol, hoy incorporada al grupo que lidera Felipe Pérez Martí.

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Segunda de quintas

Emil Orlik dibujó al compositor

Este sábado se transmitió la edición #239 de Dr. Político en RCR, dedicada a las predicciones catastrofistas que con frecuencia son expedidas sobre nuestro futuro. (Ver en este blog Del catastrofismo como placer). También se informó de recientes mediciones de Datanálisis, que revelan un crecimiento de los independientes en el país, y se comentó la significativa elección de Venezuela a la Presidencia de la Asociación de Estados del Caribe, que presagia el fracaso de los intentos de lograr la aplicación de la Carta Democrática Interamericana a nuestro país.Temas del Adagietto y el primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler dieron continuidad al mes de las quintas sinfonías. Acá abajo, el archivo de audio de la emisión de hoy:

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*Venezuela acaba de ser elegida a la Presidencia de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), conformada por 25 Estados miembros: Antigua y Barbuda, Las Bahamas, Barbados, Belice, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dominica, República Dominicana, El Salvador, Granada, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, México, Jamaica, Nicaragua, Panamá, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Trinidad y Tobago, y Venezuela. Apartando nuestro país, 23 de ellos son miembros de la OEA, que tiene un total de 35. (Cuba ha elegido no reincorporarse). La aplicación de la Carta Democrática Interamericana a Venezuela requiere la votación favorable de dos terceras partes de los miembros, o un total de precisamente 23 países. Fuera de los caribeños, sólo quedarían 12—entre los que se cuenta a Bolivia, Colombia, Chile y Ecuador—para sancionar de tal modo a Venezuela. ¿Será probable que quienes votaron unánimemente a favor de Venezuela en la AEC lo hagan en su contra en la OEA? (Ver Etiqueta negra).

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Del catastrofismo como placer

Un camino a la notoriedad

 

catastrofismoActitud de quien, exagerando con fines generalmente intimidatorios, denuncia o pronostica gravísimos males.

Diccionario de la Lengua Española

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El estropicio causado en Venezuela por el chavismo-madurismo es de muy grandes proporciones. Al término de su dominación, será preciso practicar cirugía reconstructiva sobre el Estado venezolano y hacer mucha psiquiatría política de nuestra sociedad, pues el daño en la psiquis nacional que esa dominación ha producido es muy considerable.

Desde que entró, en mala hora, Hugo Rafael Chávez Frías a la política venezolana, el 4 de febrero de 1992, este ciudadano se ha conducido, constantemente, como un modelo agresivo. (…) Cualquier cosa positiva que Chávez haya podido traer a su pueblo es anulada por esta permanente modelación de la violencia, por cuanto aquí el daño que infiere es a lo psíquico de nuestra sociedad. (…) Preparémonos para una inmensa tarea de psiquiatría política al cese de su mando. (Nocivo para la salud mental, 5 de julio de 2007).

Entonces llevaba el pernicioso modelo socialista ocho años de haberse inaugurado, y esa peligrosidad era previsible. Cuatro días antes de su primera elección, el ingeniero petrolero Marco Antonio Suárez escribía muy preocupadamente a sus amigos:

No puedo votar por Chávez. Hago uso de mi muy democrático derecho a disentir. Por mucha arrechera que también tenga encima no pretendo lanzarme del trampolín sin saber si la piscina tiene agua, o por lo menos si hay piscina. No he visto en Chávez ni la intuición de saber gobernar esta complicación llamada Venezuela. No le he leído una frase coherente, sino efectista; no le he escuchado una propuesta sabia, sólo una denuncia hiperbólica llena de malabares. Lo cual no me impide ver que su triunfo es inminente y hasta posiblemente necesario. Creo que en su rabia represada los venezolanos estaremos tomando una decisión propia de ignorantes. (…) En cuarenta años la democracia venezolana ha preparado una generación completa de ignorantes, educados mediocremente, que leen y escriben su propia lengua mediocremente, mientras el chorro petrolero nos pasaba a todos por encima en cantidades encandilantes e iba a parar a bolsillos más que identificados, los mismos que de quienes hoy se rasgan las vestiduras. He aquí la combinación de la cual Hugo Chávez es producto: Venezuela está a punto de tomar una decisión marcada por la ignorancia innata de toda una generación estafada por nuestra versión de democracia. (…) Ya ni siquiera hace falta pensar en los culpables, que en su hirsuto afán de aferrarse a cualquier tipo de poder no se detienen a pensar que están frente a lo que crearon, y que lo mejor es encararlo con una dignidad que desconocen. Ojalá que entre la miríada de interrogantes que Chávez se niega a responder con algún dejo de claridad esté escondida en alguna parte una declaración de emergencia de la educación venezolana. Si alguno, ése debe ser su legado. Porque una vez electo, no son cinco, ni diez, son veinte años antes de que volvamos a ver luz. Y mientras tanto una nueva generación podrá educarse para que estos resbalones históricos no vuelvan a suceder. Para que la retórica superficial y sabanera no vuelva a ser protagonista. Para que los adornos baratos del lenguaje no sustituyan la discusión seria. Por lo pronto, Chávez habemus, con todo y verruga. Es nuestra manera particular de recibir el siglo XXI. Por ahora. (Anfitrionía, 4 de diciembre de 1998).

Más todavía, la posibilidad de la emergencia golpista fue anunciada en julio de 1991 (Salida de estadista) y ¡en septiembre de 1987! (Aunque en esta última fecha el suscrito la tenía por la menos probable entre los tipos concebibles de golpe de Estado: Modelo del Cono Sur, Modelo populista, Modelo cívico-militar):

Por otra vía, los golpistas podrían buscar apoyo, ya no en los sectores económicos, sino en los estratos de más bajos ingresos, planteando una orientación populista (al estilo de Perú en los años sesenta) nutrida ideoló­gicamente de fórmulas de izquierda, esto es, con dosis variables de mar­xismo. Los requisitos de un golpe de esta naturaleza son básicamente los mismos que los de cualquier intento militar. Principalmente, requiere un ni­vel muy acusado de descontento popular e incidentes reiterados de protesta social. Pero además requiere la presencia muy marcada de un liderazgo militar con ideología de izquierda. (…) …de ganar las elecciones de 1988 uno de los candidatos tradicionales (…) el próximo gobierno sería, por un lado, débil; por el otro, ineficaz, en razón de su tradicionalidad. Así, la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabi­lidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable. (Sobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela; originalmente, los golpistas de febrero de 1992 planearon asaltar el poder en movimiento del 16 de diciembre de 1991, para amanecer en Miraflores en día de la muerte de Bolívar).

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La sociología de la Revolución Francesa

No toda predicción es, sin embargo, catastrofista. Alexis de Tocqueville consideraba la visión como una cualidad imprescindible en el verdadero estadista. Así dijo en L’Ancien Régime et la Révolution:

…es decididamente sorprendente que aquellos que llevaban el timón de los asuntos públicos—hombres de Estado, Intendentes, los magistrados—hayan exhibido muy poca más previsión. No hay duda de que muchos de estos hom­bres habían comprobado ser altamente competentes en el ejercicio de sus funciones y poseían un buen dominio de todos los detalles de la adminis­tración pública; sin embargo, en lo concerniente al verdadero arte del Estado—o sea una clara percepción de la forma como la sociedad evolu­ciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro—estaban tan perdidos como cualquier ciudadano ordinario.

En el año del Caracazo, varios ministros de la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez venían de posiciones ejecutivas exitosas en la empresa privada o en las filas académicas del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA); Moisés Naím, por ejemplo. Eran gente experimentada en las técnicas de gestión, pero el nombrado escribió un libro acerca del gigantesco desorden desde su voluntario y permanente exilio:

Naím estuvo entre quienes expresaron su sorpresa por la eclosión del descontento popular. En 1994, el Fondo Carnegie publicó su libro Paper Tigers and Minotaurs – The Politics of Venezuela’s Economic Reforms, sobre el paquete de Pérez y sus vicisitudes. (Puede leerse en este blog una crítica de ese libro en Minotauro de papel, artículo de diciembre de ese año). Naím argumentó que el Caracazo no se debió a que la política económica que él, como Ministro de Fomento, contribuyó decisivamente a implantar, estuviera fundamentalmente errada, sino a la falla de orden comunicacional de un gobierno que no supo explicar por qué el pueblo tenía, para alcanzar “la mayor suma de felicidad posible”, que someterse a la infelicidad de los desalmados ajustes del Consenso de Washington. El economista Jeffrey Sachs escribió una introducción al libro de Naím en la que comparte la sorpresa del autor:  “La gran paradoja de la experiencia venezolana es que logros macroeconómicos significativos—un rápido crecimiento del PNB, el haber esquivado la hiperinflación, la promoción de exportaciones—hayan sido acompañados por una profunda agitación política, incluyendo dos intentos de golpe. ¡Uno se estremece de pensar en lo que un fracaso macroeconómico hubiera producido!” (Apostilla a un texto defectuoso).

Los experimentados gerentes y profesores, Sachs incluido (como asesor del segundo gobierno de Pérez), no habían hecho caso de las advertencias: «un ni­vel muy acusado de descontento popular e incidentes reiterados de protesta social… (…) …la probabilidad de un deterioro acusadísimo sería muy elevada y, en consecuencia, la probabi­lidad de un golpe militar hacia 1991, o aún antes, sería considerable». A posteriori, el mismo Sachs diría en The End of Poverty (2005):

…la actual economía del desarrollo es como la medicina del siglo dieciocho, cuando los doctores aplicaban sanguijuelas para extraer sangre de los pacientes, a menudo matándolos en el proceso. En el último cuarto de siglo, cuando los países empobrecidos imploraban por ayuda al mundo rico, eran remitidos al doctor mundial del dinero, el FMI. La prescripción principal del FMI ha sido apretar el cinturón presupuestario de pacientes demasiado pobres como para tener un cinturón. La austeridad dirigida por el FMI ha conducido frecuentemente a desórdenes, golpes y el colapso de los servicios públicos. En el pasado, cuando un programa del FMI colapsaba en medio del caos social y el infortunio económico, el FMI lo atribuía simplemente a la debilidad e ineptitud del gobierno. Esa aproximación, por fin, está comenzando a cambiar.

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Hasta manuales hay

Muy recientemente (28 de febrero) la web de Prodavinci publicó un trabajo de Douglas Barrios y Miguel Ángel Santos, que acometió la siguiente cuestión: «¿Cuánto tiempo tomará recuperarnos de la debacle económica?»

¿Cuánto tardaría Venezuela en recuperarse de la debacle económica de estos años? Es una pregunta frecuente en las conversaciones cotidianas, en los salones de clases y en los foros de discusión dentro y fuera del país. Es también una pregunta sencilla, relativamente intuitiva, cuya respuesta es compleja por diferentes razones. En primer lugar, la pregunta supone que el país corrige el rumbo a partir de cierto punto, mediante una transición política de la que hoy en día nadie sabe a ciencia cierta cómo ni cuándo puede ocurrir. En segundo lugar, no todos entendemos lo mismo por recuperación. ¿Es detener la recesión? ¿Es recuperar el nivel de algún punto reciente? ¿Es volver a nuestro mejor momento? ¿Es alcanzar el nivel o las tasas de algún país que nos sirva de referencia? ¿Cuál es la base de referencia en la que piensan quienes se hacen esta pregunta? Es importante encontrar una definición de éxito que balancee nuestras ambiciones y posibilidades. Por último, aun suponiendo que sabemos a dónde queremos llegar y que ocurre un cambio político capaz de enrumbar al país en esa dirección, está el hecho de cuan factible es una recuperación acelerada.

Los autores del estudio sugerían que lo más probable es que Venezuela consuma veinticinco años, una generación, en el proceso, cuya esencia definen en el citado párrafo. Así resume esa conclusión un colega de ellos, Leonardo Vera, en artículo publicado en la misma web (¿Por qué Venezuela podría recuperarse de la debacle económica más rápido de lo que algunos suponen?, 8 de marzo):

S&B establecen que aun creciendo ininterrumpidamente a una tasa de 2,3% cada año, a Venezuela le tomaría 25 años retornar a los niveles de ingreso por habitante que exhibió en el año 2012 (dicho y sea de paso, su tercer mejor marca en más de 60 años de historia). Para ellos éste escenario, 25 años, es el “escenario relativamente más probable” en tanto que un crecimiento de la producción de este tipo (de 2,3%) ha sido registrado en Venezuela en al menos 50% de todas las secuencias posibles de diez años entre 1961 y 2015. Mucho más difícil sería volcarse a una meta de alcanzar el ingreso per cápita de 2012 en 10 años. Para ello se requeriría crecer durante ese lapso a tasas anuales de 4,6%, algo que ha ocurrido en sólo 5 de las 54 secuencias de 10 años entre 1961 y 2015.

Los lectores pueden acometer por su cuenta la lectura de ambos trabajos, y dejarse convencer por la más o la menos catastrofista de las evaluaciones. Barrios y Santos leyeron una versión preliminar del artículo de Vera (lo que éste hace constar), y ambos son profesores en la Universidad de Harvard, donde es académico de mucha importancia otro economista venezolano: Ricardo Hausmann. Éste lidera el llamado «Grupo de Boston», una constelación de profesionales que sigue de cerca el caso venezolano desde los EEUU y mantiene nexos operativos con el Fondo Monetario Internacional. (Hausmann compuso en 2004 junto con su colega Roberto Rigobón, poco después del referendo revocatorio contra Hugo Chávez y por encargo de Súmate, el primer estudio de corte estadístico que pretendiera demostrar fraude electoral en ese evento; en este blog puede leerse una refutación—Juvenalia y tropicalia—de sus argumentos).

Ayer remití a un amigo los enlaces a la pareja de artículos publicados por Prodavinci, recibiendo el siguiente comentario: «Muchas gracias. Enfoque académico pero válido como marco de referencia; cambié mi opinión acerca del autor» (Santos). A mi vez respondí:

Santos siempre tuvo empaque académico, desde que era la estrella joven del IESA. Pero creo que se trata de lo académico al servicio de un propósito: decir lo peor posible respecto del gobierno actual, así sea mediante la justificación académica del catastrofismo. («Esto es una crisis humanitaria, una hambruna» (Ma. Corina), cuando estas denotaciones tienen definiciones precisas que no corresponden a nuestra grave situación). (…) Estoy más de acuerdo con Vera. El razonamiento de Santos y Barrios es que las cosas no pueden mejorar más rápidamente porque en el pasado las cosas se comportaron de cierto modo. («La historia siempre se repite», lo que es una falacia).

Me permito recordarte de Recurso de Amparo (14 de julio de 2015):

Naturalmente, algunas cosas positivas vendrán de la mera omisión de lo negativo. La erradicación instantánea, por ejemplo, del abuso comunicacional del Ejecutivo Nacional actual y del estilo pugnaz y condenatorio en la retórica de los altos funcionarios del Estado. Un tratamiento respetuoso de nuestros empresarios, de nuestros universitarios, de nuestros obreros, de nuestros científicos, junto con la inmediata mejora del clima nacional, restañaría significativamente la hemorragia de la dolorosa emigración de nuestros talentos. Lo económico es en gran medida climático, y el solo hecho de la cesación de lo malo actual, del cambio de rumbo y de estilo, producirá efectos beneficiosos. Entonces escamparía.

La esperanza renacería, y con ella la energía necesaria para acometer metas ambiciosas. El país debe ser estimulado para que responda con su ingenio y su trabajo en pos de direcciones no tradicionales; es preciso encontrar actividades económicas distintas de la industria petrolera, pues necesitamos entrar en la economía del futuro, distinta de la mera extracción que es lo característico de una economía primaria, otra cosa que nuestra propia estimulación del calentamiento global. Es la marca de los tiempos la expansión indetenible de las actividades informáticas en la Internet o las de ingeniería genética; en actividades como ésas, en la nueva economía—ver New Rules for the New Economyde Kevin Kelly—siempre habrá espacio, siempre será posible, como demostró Irlanda, saltar de una economía tradicional a lo más adelantado.

Esa audacia es necesaria; esa audacia será bienvenida por los venezolanos, que queremos reto y acicate. Nada hay en nuestra composición de pueblo que nos prohíba entender el mundo del futuro. Venezuela tiene las posibilidades, por poner un caso, de convertirse, a la vuelta de no demasiados años, en una de las primeras democracias electrónicamente comunicadas del planeta, en una de las democracias de la Internet. En una sociedad en la que prácticamente esté conectado cada uno de sus hogares con los restantes, con las instituciones del Estado, con los aparatos de procesamiento electoral, con centros de diseminación de conocimiento. No es imposible que en el año 2015 el venezolano promedio tenga un nivel de conocimientos equivalente a una licenciatura de estudios generales. La educación primaria garantizada estaba bien para el país de Guzmán Blanco. A comienzos del siglo XXI los venezolanos todos deberíamos disponer de una educación superior. (En El mes de Janoreferéndum #11, 21 de enero de 1995. Digamos ahora, luego del tiempo perdido, en 2035).

Naturalmente, el estropicio es enorme. Habrá que hacer cirugía reconstructiva del Estado venezolano y psiquiatría política de nuestra sociedad. Pero Santos & Barrios (y Hausmann por detrás) hacen, con «estudios» como ése, más difícil que fácil el que el FMI nos tienda la mano. Están encareciendo la recuperación y agravando la depresión (no económica, sino psicológica).

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Creo conocer tres tipos de catastrofistas: 1. el que profetiza el desastre en apropiado tono de preocupación; 2. el que lo hace con rostro indignado, enfurecido, creyendo que es la actitud comme il faut que le reportará mayor admiración y apoyo político—«políticos iracundos, atrabiliarios (de bilis negra) que (…) creen que es preciso mostrar constantemente un rostro disgustado, al borde del enfurecimiento» (Autoungidos furibundos); 3. quien pronostica la catástrofe con una condescendiente sonrisa de superioridad académica. De los tres, prefiero el primer tipo y el segundo sobre el tercero. Hay también quien cree ver en el desastre una buena cosa; hace unos meses, alguien me escribió: «La buena noticia es que la crisis continúa». Mientras peor le fuera al país, peor le iría al gobierno y esto era lo importante. El más horrible de los cuentos produce placer a ciertos opositores. LEA

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Semper Cornelis

Entrevista con Rosalía Arteaga, periodista ecuatoriana, 9 de septiembre de 2012 (primera parte)

 

¿Por qué este Ulises, este héroe de la belleza más poderosa, este insólito condensado de humanidad escogió a Venezuela como casa? (…) Creo tener la respuesta. Cornelis vio algo único en el alma venezolana. (…) Es nuestra gente lo que cautivó a Cornelis y Vera. Se quedaron en Caracas por nosotros.

Zitmangebouw de Caracas

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Folleto de la exposición

Ayer fuimos mi señora y yo a La Trinidad, por gentil invitación de Vera Roos de Zitman, para ver una exposición de esculturas de pequeño formato y de dibujos del gran e inolvidable amigo, Cornelis Zitman. Es una hermosa muestra de su arte, montada muy eficaz y bellamente por Berend, el mayor de los hijos de la singular pareja, sobre curaduría de Rafael Santana y la nieta de Cornelis, Sarah Adam. Vale la pena ir a sumergirse en esa belleza; hay oportunidad hasta el 2 de abril en el Secadero 3 del Parque Cultural Hacienda La Trinidad.

Cornelis solía hacer maquetas de sus esculturas finales, algunas de las cuales son de escala colosal. (Hubo que enviar una de ellas a Boston en la barriga de un Boeing 747 para que cupiera). Me regaló uno de esos bocetos, para una obra que nunca vio su plena realización; era la figura, de unos treinta centímetros de alto, de un hombre desnudo con una piedra en su mano derecha, sobre un suelo en el que reposaban otros proyectiles similares, listos para ser lanzados. ¿Contra qué? Pues hacia la puerta del viejo Consejo Supremo Electoral, que quiso encargarle un grupo escultórico que se colocaría a su entrada. Naturalmente, nunca se aprobó contratarle la obra que así proyectaba; no convenía recordarle al organismo electoral que el Pueblo podía visitarle con violentos reclamos, y menos al Pueblo mismo que podía hacer justamente eso. ¿Premonición de artista? El psicólogo existencial Rollo May postuló, en Love and Will (1969), que los neuróticos y los artistas presentían el futuro, y los segundos lo anticipaban en sus obras ¡constructivamente!

En el video de YouTube colocado al comienzo, primera parte de una entrevista—segunda parte, tercera parte—, Zitman deja entender lo que sus amigos sabemos: que nunca se tomó a sí mismo demasiado en serio. Poseedor de un persistente buen humor, cuenta cosas divertidas y entrañables acerca de su llegada a estos lares de la Tierra de Gracia descubierta por Colón en 1498, a los que regaló su arte y su familia. Espoleado por Rosalía Arteaga (nada menos que Ministra de Educación, Vicepresidenta y fugaz Presidenta de Ecuador), confiesa su ignorancia inicial acerca de la galerista parisina que lo descubriera en nuestro Museo de Bellas Artes, Dina Vierny; entonces no sabía que ella había sido la musa de Aristide Maillol, el gran escultor francés, o modelo preferida de Henri Matisse y Pierre Bonnard, ni que abriría a este europeo original, venezolano por adopción, las puertas de Francia, la patria de Rodin. Hoy hay exposiciones permanentes de su escultura en España y Holanda, y obras suyas en museos y espacios arquitectónicos de Japón, Italia o Estados Unidos, para no contar las colecciones privadas en todo el mundo. Por lo que respecta a nosotros, ya Cornelis había ganado el Premio Nacional de Escultura en 1951—»de ñapa», dijo—, a cuatro años apenas de su benéfica llegada.

Detrás de su arte, por supuesto, estuvo su humanidad; nadie puede crear tanta belleza si ella no es la substancia de su alma. Quienes tuvimos la inmensa fortuna de tratarle supimos de su inerrante instinto moral, su bondad, su generosidad, su invariable alegría. No sabemos, creo, cómo agradecer su existencia entre nosotros. LEA

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