…de los recuerdos. Transcribo acá una entrevista que me hicieran a mi paso como Editor Jefe de El Diario de Caracas (1999-2000), cargo que me confiara mi amigo y empleador—Corimón, Fundación Neumann—, el gran empresario y hombre de cultura checo-venezolano Hans Neumann. El motivo: hoy me ha llegado el video promocional de When Time Stopped, libro escrito por su hija (Ariana Neumann Anzola) con María Cristina Anzola Etchevers, a quien considero la cuarta de mis hermanas. (Estará disponible en 2020). He aquí el video que anticipa al texto:
Y ahora la entrevista. (Releerla ha removido muchísimos recuerdos gratos y agradecidos; también uno doblemente triste: el sepelio de Hans Neumann Haasova tuvo lugar en Caracas el 11 de septiembre de 2001, el mismo día del ataque hiperterrorista contra las torres gemelas del World Trade Center en la ciudad de Nueva York. Ese día, llamé a María Cristina, ya separada de Hans y residenciada en la metrópolis atacada, para asegurarme de que hubiera sobrevivido y recordar a quien quisimos tanto).
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¿Qué está pasando en El Diario de Caracas?
Marco Gómez
Portada ficticia de El Diario de Caracas, creada por Coromoto Fajardo para mi cumpleaños (11/01/2000; clic amplía)
Primero me dejaron ver un video. Un poco más de dos horas de registro audiovisual de un “seminario de pauta trimestral” de El Diario de Caracas. Luego me actualizaron con los cambios más recientes, pues el evento que el video muestra tiene ya un poco más de un mes de haberse celebrado. Después de esto contestaron mis preguntas—las fáciles, que las difíciles iba a hacérselas al Editor, a quien entrevistaría al día siguiente—para finalmente darme un tour por las instalaciones del periódico, paseo que culminó, mi vista abrumada, ante la imponente rotativa Roland de tres pisos, que puede manejar ediciones de hasta 128 páginas en blanco y negro o de 96 páginas con color.
Todo muy organizado y eficiente, pero cuando pretendía indagar cierta clase de cosas la respuesta era invariable: “Pregúntale a Luis Enrique”. Y por Dios que lo haría.
Luis Enrique Alcalá, el nuevo Editor Jefe de El Diario de Caracas, y yo, novel articulista de sus páginas, nos habíamos visto una sola vez antes de nuestra extensa conversación sobre la nueva fase del periódico. Un amigo común permitió el enlace que a su vez me ofreció la oportunidad de enviar un artículo que gustó a Alcalá. Tuvo la gentileza de obtener mis señas a través del amigo y llamarme por teléfono directamente, sin una voz secretarial que mediara en el encuentro de bocinas. De una vez me propuso que continuara escribiendo para sus páginas de opinión. Al tercer artículo que me publicó (este pasado lunes 1º de noviembre [de 1999]) llamé yo para agradecer el espacio y curiosear acerca de cosas que se estaban diciendo del periódico. Inmediatamente me propuso algo mejor: ¿por qué yo no aceptaba escribir, como observador externo, acerca de lo que Alcalá llama la metamorfosis del diario? Me explicó la transformación que CORPUS experimentaría y puso a mi disposición el espacio de varias páginas. Yo riposté que necesitaría entrevistarlo, a lo que accedió, siempre y cuando yo me sometiera al proceso de inmersión preliminar, el que incluyó el mencionado video y el paseo guiado por el edificio.
Es así como estoy ahora frente a Luis Enrique Alcalá, o simplemente Luis Enrique, como lo llaman en la Sala de Redacción sus periodistas o en la nave de Rotativa sus operarios.
Este hombre de periódicos no es periodista de profesión. Una extraña mezcla de media carrera de Medicina y una completa de Sociología le llevaron alguna vez, hace diez años, a Maracaibo. Allí se encargaría de relanzar el diario La Columna que, habiendo cerrado sus puertas en junio de 1988, volvería a la luz el 8 de septiembre de 1989. En seis meses contados desde esa fecha La Columna circulaba 49 mil ejemplares diarios, dos meses más tarde llegaba a punto de equilibrio por la inserción publicitaria y en dos meses más obtenía el Premio Nacional de Periodismo de 1990.
Mucho antes de eso Alcalá había trabajado para Corimón, la empresa que había fundado el actual dueño del periódico, Hans Neumann. Entre 1968 y 1979 ejerció en ese grupo industrial una diversidad de funciones corporativas. “Para mí esto fue otra universidad”, dice.
De modo que cuando a comienzos de septiembre le propusieron asumir el cargo de Editor Jefe no lo pensó dos veces. Su pasión por los periódicos, y su larga relación con el propietario y su total confianza en él se mostraban como factores positivos convergentes y absolutamente convincentes. “A esto se añade que yo fui lector asiduo de El Diario de Caracas desde que salió por primera vez, en 1979. Yo estaba recién casado y mi esposa me trajo el primer número como regalo. Luego escribí artículos en este diario bajo tres directores diferentes: Ball, Urbaneja y Herrera. Entonces, siempre me he sentido muy cerca de El Diario de Caracas. Cuando me ofrecieron este cargo pensé, confieso: lo que es del cura va para la iglesia”.
La entrada de Luis Enrique en el periódico caraqueño no ha pasado desapercibida. Comentaristas de radio y televisión han tenido que hacer con la primera página del periódico, la mayoría para referirse a ella positivamente. Y, tal vez más significativamente, también ha recibido ataques. ¿Qué es lo que hace que tengan que ocuparse de este periódico después de sólo mes y medio de su cambio de dirección? ¿Qué está pasando en El Diario de Caracas?
“No está pasando nada del otro mundo. En el fondo se trata de hacer ciertas cosas elementales del buen periodismo, mezcladas con una buena dosis de sentido común gerencial. Hacer periodismo bueno en Venezuela es posible, aun tomando en cuenta las limitaciones locales y las que vienen de las circunstancias. Pero en realidad lo que hemos hecho es poco. En esencia se trata de haber sentado la orquesta de modo diferente a como lo hacía el anterior director. (Hemos estado usando mucho entre nosotros la metáfora de la orquesta, y tú viste al entrar el afiche de la Sinfónica de Boston). La hemos sentado distinto significa que hemos producido un nuevo esquema de paginación, que comenzó a regir el lunes 18 de octubre y que ya ha sufrido algunas modificaciones y va a sufrir más todavía. El 19 de noviembre, viernes, aprovechando que no salimos, por ahora, los días sábado y domingo, tendremos una evaluación a fondo del esquema que hemos venido usando”.
El esquema, explica Luis Enrique mientras firma algún tipo de recibo, se fundamenta en dos premisas básicas. El caraqueño es una persona que está profundamente interesada en lo que ocurre en su ciudad. Aunque sólo sea por lo que ocurrió aquí el 27 y 28 de febrero de 1989. Pero el caraqueño es también un ciudadano del mundo, un ciudadano del planeta. Por esto la secuencia de páginas arranca por Caracas y continúa con Mundo.
“Pero hay una premisa más fundamental: El Diario de Caracas es, o más exactamente, debeser el diario de Caracas. Esto refuerza más todavía la conciencia de que debemos pensar en las necesidades de información de los habitantes de Caracas, y se refleja de modo inmediato en que el periódico abre por Caracas”:
Sí, pero ¿por sucesos, por página roja?
“Sí, porque lo que más le interesa a un sistema biológico es que su sistema inmunológico funcione bien. Y los sucesos son el sistema inmunológico de una ciudad”.
Después de las 6 páginas que el periódico dedica a Caracas y el Mundo vienen dos de Opinión—“No debemos tener más por los momentos”, intercala el editor—y luego el periódico se desarrolla por secciones: República, que es una combinación de lo que en muchos periódicos se llama política con lo que se llama país, Indicadores, Economía y Negocios, Economía Personal, Artes, Casa, Espectáculos, Sociales, Deportes. Intercaladas van dos carteleras, una de Servicios y una de Espectáculos, así como una página de Pasatiempos.
El resto de la portada (clic amplía)
Pero el cambio en El Diario de Caracas es mucho más que un nuevo esquema de páginas. Ha habido cambios en el estado mayor de la Redacción, por ejemplo. Y hubo el seminario cuyo video vi y que bien podría llamarse un seminario estratégico. Hacia el final del video, cuando se discutía la presentación sobre los objetivos de la Redacción, se registra una intervención entusiasmante de Gianpaolo Veronelli, el Gerente General del periódico: “Ahora este periódico tiene un norte claro. Cuenten con todo el apoyo de las unidades de la Gerencia General. Aquí vinimos a ganar”.
Y es que en el seminario del 2 de octubre no sólo participó el grupo de la Redacción, sino que asistieron y participaron activamente los miembros del equipo de Publicación—Ventas, Administración, Producción, etc.—y hasta el nivel corporativo, representado por Alba de Aponte, Coordinadora Ejecutiva de la Junta Directiva del negocio.
“Cuando hacíamos La Columna en Maracaibo entre 1989 y 1990 yo tenía que ejercer la función de editor y también manejar el lado comercial del asunto. Acá tengo la inmensa fortuna de contar con la presencia de Gianpaolo Veronelli, que es un hombre de las nuevas generaciones gerenciales del país y cuenta con una importante experiencia en periódicos, incluyendo, naturalmente, en el propio periódico nuestro y en The Daily Journal, diario en inglés que es nuestra fraterna competencia corporativa. Por esta presencia, y por la de toda la gente que Gianpaolo comanda con gran maestría, tengo la bendición de poder concentrarme en los aspectos puramente editoriales de la empresa”.
Al seminario se incorporó también un grupo de observadores amigos de El Diario de Caracas, y otros importantes asesores se han acercado con un entusiasmo renovado en las posibilidades del periódico. “Debo destacar la visita de Don René Scull. René es una especie de biblia ambulante del mercadeo en Venezuela, y además su familia era la dueña de El Diario de la Marina en La Habana. De modo que sabe mucho de estas cosas. El día que nos visitó escuchó en serena calma y con toda atención mis explicaciones que, en esencia, eran las cosas que habíamos discutido en nuestro seminario del 2 de octubre. Sólo entonces empezó a hablar. Y amigo, yo me puse a tomar apuntes como un alumno de bachillerato ante un profesor estrella. Aprendí mucho ese día. Pero además obtuve una gran dosis de tranquilidad, pues René ofreció su bendición para los lineamientos presentados en el seminario. Así que ahora me siento doblemente seguro de que vamos por buen camino”.
¿Cuál es ese camino?
“En realidad podemos decir que El Diario de Caracas es un equipo doble A en vías de convertirse en triple A. No somos de las Grandes Ligas. El Diario de Caracas lo fue en un tiempo, pero debemos recuperar ese lugar. Grandeligas son El Nacional, El Universal, Ultimas Noticias… En su campo especializado, Meridiano, que ahora hace una potentísima sinergia con su canal de televisión. Luego tenemos al refrescamiento que Teodoro Petkoff ha logrado con El Mundo. Teodoro está haciendo un experimento interesante, en el que su primera página, o más propiamente, su noticia de abrir, es un editorial. En mi opinión personal El Mundo debiera llevarse el Premio Nacional de Periodismo del año 2000”.
Uno no sabe sí creer este posible exceso de modestia con eso de doble A y triple A. A fin de cuentas, El Diario de Caracas tiene un posicionamiento privilegiado en la memoria de los caraqueños, y con sus capacidades técnicas y la sabiduría industrial de Neumann debiera ocupar muy pronto una posición preeminente. “Bueno, yo creo que Hans Neumann se merece un triunfo con El Diario de Caracas. No sólo por lo que él ha entregado al país como industrial y como promotor de cultura en 50 años de dedicación, sino porque Hans tiene una inocultable vocación comunicacional. Fue miembro de la Junta Directiva de El Nacional, estuvo involucrado en las revistas Semana y Número y, por supuesto, es el factor principal en The Daily Journal desde hace mucho tiempo. Hasta llegó a considerar, unos cuantos años atrás, la posibilidad de comprar El Nacional. Quita eso, que me lo van a cobrar como indiscreción”. Lo siento por ti, Luis Enrique, el desliz de la lengua se copia. Tú me prometiste libertad y yo estoy entregando acá información veraz, oportuna y sin censura. Se encoge de hombros.
“El Sr. Neumann, que está complacido con la dirección de los cambios, me ha instruido con mucha claridad. No te apures, me ha dicho, prefiero que hagas las cosas sólidamente y buscando la calidad. Así que tampoco me preocupo por los temas de la capitalización del periódico. Ahora lo posee íntegramente Hans Neumann, luego de una amistosa adquisición de todo el capital que antes no poseyera”. (Luis Enrique deslizó comentarios elogiosos sobre aciertos de la administración de las Empresas 1BC, y recordó momentos estelares del periódico de esa época bajo sus distintos directores, como la mezcla de articulistas que logró ensamblar Diego Urbaneja, o aún más atrás, las estelares direcciones de Rodolfo Schmidt y Tomás Eloy Martínez).
El concepto estratégico para El Diario de Caracas reserva para el 2000 desarrollos más importantes. En el último trimestre del año se propuso obtener logros significativos sin pretender la conquista del planeta prematuramente. “Pero en el 2000 completaremos la metamorfosis para aumentar el número de páginas y servir la semana completa, de lunes a domingo. Hans Neumann me dijo, este periódico ni es diario ni es de Caracas, yo quiero que sea eldiario de Caracas. Bueno, estamos empezando a ser de Caracas. El año que viene seremos diario”.
El aumento del número de páginas está entendido por Luis Enrique como una evolución perfectamente natural.
“Lo que tratamos de hacer es servir con información básica al Lector de Caracas—pidió la mayúscula para Lector—en nuestras 32 páginas. No es que no nos interese el Lector del interior de la República. Por lo contrario, nos interesa mucho. Pero creo que si hacemos un buen periódico pensando en el Lector de Caracas, el Lector de Barquisimeto nos querrá leer también, porque él también es, como el caraqueño, ciudadano del planeta. Y en esto no hacemos otra cosa que seguir la lógica de los grandes periódicos del mundo. Si apartamos el caso de USA Today, que es una incorporación relativamente reciente, los grandes periódicos norteamericanos son todos periódicos metropolitanos: The New York Times, The Philadelphia Enquirer, The Los Angeles Times… Y Los Angeles Times se lee en Nueva York y se lee en Berlín. Caracas es una entidad política, social y mercadológica de 6 millones de habitantes, diez veces lo que era cuando en primaria estudiaba geografía de Venezuela. Caracas merece un periódico pensado para ella. Ahora bien, si servimos bien a los Lectores, inevitablemente aumentará nuestra circulación—ya lo está haciendo: en las últimas semanas la circulación del periódico ha llegado a incrementarse en porcentajes de hasta 12% intersemanal—y cuando aumente la circulación inevitablemente aumentará el flujo de publicidad. Entonces chillará algún periodista porque le hemos mochado un trabajo que estuvo construyendo desde la mañana para insertar un aviso, y cuando los chillidos sean muchos sabremos a ciencia cierta que necesitamos más páginas”.
El cambio de CORPUS es otra evolución interesante. Era un suplemento que circulaba encartado los días martes, y que desde esta edición circulará los días viernes de cada semana. “Por ahora es un experimento. Se trata de sólo 16 páginas y, por supuesto, queremos hacer más. Pero el asunto surgió porque el Sr. Neumann no estaba conforme con el producto, y preguntó si no debiéramos más bien concentrarnos en nuestras 32 páginas diarias, sin necesidad de apuntalarnos con suplementos. Como se trata de un hombre con criterio abierto y flexible le solicitamos autorización para repensar totalmente a CORPUS. Autorización concedida y hemos convertido a CORPUS en una oferta variada que sustituye a la muy digna versión anterior, que se limitaba al importante campo de la salud integral, pero que es, a fin de cuentas, un campo limitado. Así que CORPUS es ahora un proyecto en gestación y evolución, que querremos hacer crecer y transformarlo de la mano de los Lectores. Tiene por misión, además, ser el germen de lo que será nuestro suplemento de fin de semana una vez que estemos saliendo todos los días”.
No puede ocultarse que han circulado rumores de que el periódico está a punto de ser cerrado, o que algún comentarista de televisión parece tener por el periódico cierta animadversión. Luis Enrique se ríe.
“Estos rumores tienen interesados detrás. El Diario de Caracas es un fruto muy apetecible. Tan sólo el nombre vale centenares de millones, y hay quienes quieren ponerle la mano y poseerlo. Razonan que sí logran dañar al periódico conseguirían, a la postre, un precio de gallina flaca por él. Pero voy a desilusionarlos. El Diario de Caracas ni va a cerrar ni está a la venta. Por lo contrario, el accionista principal ha fortalecido su posición de capital.
Mira, cuando en Maracaibo La Columna que dirigí se encontraba todavía en fase de proyecto, un miembro del mismo me dijo: Luis Enrique, yo estoy seguro que Fulano de Tal (un competidor) está grabando tus conversaciones telefónicas para saber qué te traes entre manos. Yo creo que tú debes grabar las conversaciones de él. Entonces le dije lo siguiente: mira Mengano, poco antes de venir a Maracaibo mi señora y yo habíamos comenzado a escalar hasta un punto del Avila que es muy popular. Bueno, al comienzo yo me sentía muy avergonzado, porque mientras yo lograba llegar boqueando a Sabas Nieves, un señor, que obviamente tenía más de 70 años de edad, subía, bajaba, volvía a subir y volvía a bajar. Hasta que me di cuenta de que mi problema no era con el señor sino con la montaña. Cuando dejé de preocuparme por él y comencé a oler montaña, a respirar y sudar montaña; cuando obtuve mi ritmo de la propia montaña, ese ritmo mejoró y ya el viejo atleta no me sacaba tanta ventaja. Y nuestra montaña son los Lectores. De ésos nos preocuparemos. Yo no voy a grabar las conversaciones de nadie.
Con esto te quiero decir que tampoco pongo mucha atención a los rumores. Ni siquiera cuando son más que rumores y pasan a ser pretendidas noticias. Por ejemplo, una conocida columnista llegó a publicar que el cambio en la dirección significaba que El Diario de Caracas cerraría muy pronto. Me limité a enviarle un correo electrónico donde le aseguraba que estaba mal dateada y me ponía a su orden para explicarle los planes de futuro desarrollo. Muy divertidamente contestó por la misma vía con la siguiente explicación: que como no había conseguido el periódico en el kiosco, había llegado a pensar que lo que había escrito en su columna era cierto. Tengo copia de esa perla de información veraz a buen resguardo, con una copia en las bóvedas del Banco Central y otra guardada en Fort Knox. Ante estas cosas, Marco, me rijo por el más sabio de los proverbios árabes: la mejor venganza es ser feliz. Por lo que respecta a otros comentarios, que no sé con qué interés o con qué grado de temor quieren asociarnos con algún partido político y con esperanza de rayarnos, lo que tengo que decir es que, como me ha dicho sin que quepa duda el Sr. Neumann, éste no es un periódico de oposición al Gobierno, como tampoco se trata de un periódico partidario del Gobierno. Nuestro periódico tiene por misión, me dijo, servir a las necesidades de información del Lector de Caracas. Punto. Esa es la línea política de El Diario de Caracas. Es una línea que el Gobierno respetaría, como el Canciller ha reafirmado ante la SIP por el respeto gubernamental a la libertad de expresión y como el propio Presidente de la República ha enfatizado. Queremos hacer, si quieres un calificativo, un periodismo clínico y certero”.
Luis Enrique me advierte que no puede darme un minuto más. Tiene un “cochino” (retraso o empelotamiento) en marcha, por un cuello de botella que tiene en corrección de textos. Recojo mis cosas y salgo con la cinta y mis notas de su oficina. Salgo a la Sala de Redacción, donde el enjambre se encuentra en plena faena. Caras alegres, animadas. Rostros de gente que se sabe perteneciente a un proyecto ganador. Y es que, verdaderamente, ahora El Diario de Caracas es otra cosa. MG
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Apostilla 1: en abril de 2000 cerró operaciones El Diario de Caracas. Hans Neumann pidió que le visitara en su casa—en ese entonces estaba confinado a una silla de ruedas a raíz de un accidente cerebro-vascular—y me explicó que Allan Randolph Brewer Carías y Pedro Nikken (recientemente fallecido) le habían solicitado un periódico para que que lo dirigiera Teodoro Petkoff; de allí surgió su compromiso de financiar Tal Cual. Neumann me explicó que no podía soportar dos periódicos; luego vendería El Diario de Caracas, ya cerrado. El 27 de ese mes y ese año, asistí, por invitación de Gustavo Ghersy, a una reunión en casa de su suegro donde expondría Francisco Arias Cárdenas, a la que asistió un buen número de figuras importantes: «Lo más interesante que recuerdo de esa cita es la presencia de Teodoro Petkoff, quien se había acercado al cónclave con una copia del número cero o ensayo de su nuevo periódico. Sentado a su lado, pude examinarla. Me gustó el nombre del proyectado vespertino—Petkoff venía de un notorio éxito en la Dirección de El Mundo, del que fue despedido por presiones gubernamentales contra la sucesión de Miguel Ángel Capriles—y su lema: Claro y raspao». (Las élites culposas).
Apostilla 2: pensando en Hans Neumann, recordé una pieza hermosísima de Antonin Dvorák, el más grande los compositores checos: Canciones que me enseñó mi madre. Acá está interpretada por la estupenda soprano estadounidense Renée Fleming:
Ingredientes para la cocción de un nuevo paradigma político
El 26 de diciembre de 1985 concluí la escritura de Krisis – Memorias prematuras, mi primer libro, el que sería impreso al año siguiente por Editorial Ex Libris, excelente imprenta que recién iniciaba operaciones. (Fue el segundo libro que ella imprimiera y—según Javier Aizpúrua, amigo y factor principal de Ex Libris—el primer libro venezolano escrito y diagramado en un computador personal). Pudo ver la luz gracias al financiamiento de mi gran amigo Gerd Stern. Reproduzco de seguidas, de ese texto, la relación de un intercambio con Alfredo Keller a comienzos de octubre de 1984.
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A los pocos días tuve contacto con un capaz trabajador de la periferia copeyana: Alfredo Keller, Director de Conciencia 21, centro de análisis político que sirve a COPEI. Su visita, y la que yo hice poco después a sus oficinas, sirvieron para que, al exponer, yo pudiera asentar, con mayor precisión, algunas formulaciones más explícitas de lo que se venía configurando como mi comprensión de lo político y que había venido exponiendo ante el auditorio unipersonal de Diego Urbaneja.
Ante Alfredo esbocé una caracterización del liderazgo político clásico, y comparé varios de sus rasgos con el de un nuevo liderazgo que a mi juicio era posible y era mejor. Por ejemplo, dije que el liderazgo tradicional operaba por oposición, mientras que el nuevo liderazgo debía actuar por “superposición”, al traer un nuevo paradigma político que cubría y hacía prescindible el anterior. Hasta eché mano de Max Weber para discutir una diferencia en la “legitimación” del liderazgo clásico y el liderazgo más moderno que era posible. Max Weber es uno de los grandes de la sociología de fin de siglo. Al estudiar las formas de la legitimación del poder describió tres “tipos ideales”: tres formas cualitativamente diferentes y que podían ser estudiadas con cierta abstracción. El poder puede legitimarse por la vía carismática: el de un liderazgo que tiene poder de conectar alógicamente, influyendo fuertemente de modo afectivo sobre un gran conjunto de personas. Fidel Castro, Adolfo Hitler, John Fitzgerald Kennedy, Renny Ottolina, José Luís Rodríguez, son personas con carisma. Se da también la legitimación tradicional, referida a un largo pasado de unión con una vieja fuente originaria o fundadora: la de Isabel II de Inglaterra o la de Caldera. Y también se establece legitimación para el poder por razones burocráticas: se controla un aparato poderoso. Es el caso de Eduardo Fernández, de Talleyrand, de López Contreras, de Manuel Peñalver.
Había que añadir, le decía a Alfredo Keller, una vía más pertinente al problema. Los próximos líderes se legitimarán porque traerán soluciones que sí sean suficientes, y será posible esto porque enfocarán la política de un modo diferente. La legitimación será programática, porque se establecerá más racionalmente por aquellos que suministren metas con mayor sentido, y será paradigmática, porque aportará una nueva arquitectura para nuevas interpretaciones de los hechos políticos.
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La cita precedente complementa a Una metamorfosis preferible, entrada en este blog que fuera publicada hace dos días. LEA
Conocí a Gerd Stern en Caracas, en 1973. Ya había venido a Venezuela antes, invitado por quien lo hubiera descubierto: el Ministro de Obras Públicas del primer gobierno de Rafael Caldera, José Curiel Rodríguez. Éste había identificado las capacidades de una pequeña empresa de comunicaciones en Cambridge, Massachusetts: Intermedia, de la que Gerd era el factor principal.
El término multimedia hace referencia a cualquier objeto o sistema que utiliza múltiples medios de expresión físicos o digitales para presentar o comunicar información. De allí la expresión multimedios. Los medios pueden ser variados, desde texto e imágenes, hasta animación, sonido, video, alto nivel de interactividad. También se puede calificar como multimedia a los medios electrónicos u otros medios que permiten almacenar y presentar contenido multimedia. Multimedia es similar al empleo tradicional de medios mixtos en las artes plásticas, pero con un alcance más amplio. (Wikipedia en Español).
Era eso, justamente, la especialidad de Intermedia, y Curiel contrató sus servicios para montar, en el Campo de Carabobo, un espectáculo multimedia que se conoció desde entonces como el Diorama de Carabobo, el que logró impresionar a todo visitante ulterior del terreno de batalla donde se sellara la independencia de Venezuela. Al comienzo del siguiente período constitucional, Diego Arria Salicetti, Gobernador del Distrito Federal, requirió de nuevo la presencia de Intermedia, la que concibió e instaló al frente de la Plaza Bolívar de Caracas otro dispositivo multimedia similar. Gerd Stern, a quien vi por primera vez en casa de Arria antes de la elección de Carlos Andrés Pérez, era el director de esa orquesta y me invitó a su segundo concierto.
Algo hizo clic entre ambos; luego de alucinar con la riqueza sensorial del asombroso espectáculo, descubrí en Gerd un intelectual inquieto, moderno, profundo y nada convencional, repleto de sabiduría insólita, insospechada por mí. No sé que vio en mi persona, pero desde el comienzo me ofreció sus peligrosos abrazos de oso y la calidez de su voz de bajo profundo para descubrir ante mis ojos y oídos un universo de cosas nuevas.
Él había calado, por otra parte, la antropología popular venezolana y vibraba con ella; inexplicablemente, había adquirido una afición a la figura de José Gregorio Hernández, de la que preserva todavía una buena colección de estampas, y prefería almorzar o cenar en el restaurante Jaime Vivas de la avenida Este 2, en el que siempre pedía en español agringado con su voz de Chaliapin: «Yo quiere un bistec de hígado cebollado—nunca dijo encebollado—vuelta y vuelta sine cebolla». (Tenían que cocerlo con abundante cebolla pero ninguna debía venir en su plato). Sé que conoció e hizo amigos en Valencia y Maracaibo además de Caracas.
Mala foto de un collage que Gerd regalara a mi esposa y a mí
Pronto, además, encontré que era poeta; Gerd descompone, recompone y yuxtapone las palabras inglesas para hacernos entender conceptos nuevos que encuentra o inventa, aunque su lengua original es el alemán. Por otra parte, además de la palabra, maneja la visibilidad y construye collages con sólo vocablos, como el que aparece tras él en la fotografía de arriba o el que muestro acá al lado. Gerd es asimismo un artista plástico; en marzo de 2016, admitió en un correo electrónico: «I’m still gluing words together»,
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En diciembre de 1973, lo visité en su casa de Cambridge, donde su esposa de entonces (Sally) y él me alojaron. (Luego la mía y yo les visitamos por Thanksgiving, ahora mudados a New Jersey). De aquella primera visita guardo un exacto recuerdo sonoro, grabado con profundo buril en mis neuronas: la resonante voz de Gerd descubriendo y recitando para mí uno de sus poemas favoritos: The Idea of Order at Key West, de Wallace Stevens. Puedo aún hacer sonar en mi memoria cómo se entrecortó al declamar: She was the single artificer of the world in which she sang… (El poema completo, leído por su autor, al final deElla cantaba más allá del genio del mar). El 31 de ese mes me llevaron a la casa del importante profesor de Psicología en Harvard, David McClelland—The Achieving Society, Power: The Inner Experience, etc.—y su esposa, Mary Sharpless, para una extraña recepción de Año Nuevo que incluyó la proyección de la maravillosa película de Charles Eames, Powers of Ten. De allí salí con un obsequio de Mary: cincuenta palitos de milenrama, que los chinos emplean desde hace milenios para obtener los hexagramas en una sesión adivinatoria del I Ching, o Libro de los Cambios.
También me presentó en Cambridge al rabino Zalman Schacter-Shalomi, quien dijera famosamente: «Hay más bien que mal en el mundo, pero no por mucho», y conocí la sede de Intermedia, donde tomé café con Michael Callahan, su socio de toda una vida de creación civilizatoria, high-tech. Nos encontramos en Nueva York—adonde acaba de mudarse—en 1974, y allí me presentó a varios de sus compinches; por ejemplo, a John Brockmann, fundador de Edgey también poeta. Brockmann, luego de regalarme un libro suyo, me admitió enThe Reality Club a comienzos de los ochenta, y Gerd me obsequió más tarde una chaqueta de lanzador de béisbol, negra con letras blancas, con mi nombre bordado al frente y el del club en la espalda. (Mi hija mayor la vistió por varios años, pero a mi reclamo la ha devuelto). Han sido o son amigos de Gerd notables personajes del siglo XX y el XXI; mencionaré sólo dos: un poeta, Allen Ginsberg, y un profeta, Marshall McLuhan, nadie menos. (Bueno, añado un músico: Michael Kamen, de quien me obsequió un disco que mucho aprecié y reproduje hasta rayarlo).
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Salto largo. En 2013 coordinamos por Internet, para su visita a Israel, una reunión con otro amigo especial:Yehezkel Dror, Wolfson Professor of Political Science en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
Gerd con Yehezkel
Y seguimos en contacto bastante frecuente. Hace dos días, me remitió el archivo de unaconversaciónque sostuvo con Raymond Foye. Quedé anonadado; resultó ser que, tras una amistad de cuarenta y seis años, lo que yo conocía de Gerd era sólo una pequeña muestra de su descomunal existencia. Ya la he leído tres veces y seguiré haciéndolo. En mi agradecimiento le escribí:
Estoy a la vez abrumado y orgulloso. El primer efecto fue causado por la complejidad y significación de sólo esa porción de tu increíble, ricamente significativa, grandemente importante odisea, tal como registra tu deliciosa conversación con Raymond Foye: profunda, mágica, iluminada e iluminadora. (…) Orgulloso de que me llames tu amigo. Estoy convencido de que Donald no debe ser reelecto; es absolutamente imposible que te confiera la Medalla Presidencial de la Libertad, que evidentemente mereces como una fuerza de civilización.
Parece seguro que la causa principal del retraso (dos años y nueve meses) en conseguir el sí de mi esposa es que la hubiera espantado desde un principio. Enamorado con angustia desde la noche en que la conocí, le dejé caer como primera cosa tres páginas y media mecanografiadas de Disquisiciones sobre un tema de arepera, el 3 de junio de 1976. La había visto por vez primera el 11 de mayo, y en una visita a la arepera Las Tres Esquinas—en la intersección de la Avda. Rómulo Gallegos con la Cuarta de Los Palos Grandes—acompañados de Eduardo Plaza Aurrecoechea, mi compadre, y Gisela Marrero Santana, nuestra futura comadre (que apostó en 1979 una caja de champaña que no ha pagado a que Nacha Sucre y yo no duraríamos seis meses de casados), emergió en la noche del 2 de junio una tesis corrosiva y escéptica acerca de las posibilidades del amor.
Comoquiera que yo necesitaba que me quisiera, me pareció harto inconveniente permitir que las cínicas tesis de esa noche permanecieran sin refutación: «La renuncia a construir el futuro. La reducción de uno mismo a caja de resonancia que depende de la cuerda exterior y no de sí misma. Ésa es la más grande declaración de inferioridad que pueda hacer una persona. Sólo aquél que rescata puede inventar. Se necesita, siempre, inventar el amor. Con un realismo orgulloso y apasionado, que también viva el presente con fruición».
Era inevitable que quien todavía no era mi señora se formara la impresión de que mi cerebro estaba, en verdad, tostado. (Ya la habían informado de que yo era medio loco). ¿A quién se le ocurría cortejar de esa manera? Pronto confirmaría su hipótesis.
Tenía yo entonces «la edad de Cristo», y faltaban siete años para que poseyera un computador personal dotado de procesador de palabras, así que me levanté angustiado de la cama para vaciar mediante una obsoleta máquina de escribir la urgencia que me dominaba. Hoy, cuando nuestro matrimonio arriba justamente a cuatro décadas de feliz y fructífera sociedad, creo que Nacha no me abandonará al ver reproducido de seguidas (con alguna edición) el pesado y pretencioso texto, con el que desesperadamente quise convencerla de la solidez del amor que aún no le había declarado pero ella sospechaba. (Debo admitir que hay cosas en él que yo mismo no entiendo bien a cuarenta y tres años de distancia). LEA
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DISQUISICIONES SOBRE UN TEMA DE AREPERA
3 de junio de 1976 – 3:25 a. m.
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No es nada nuevo afirmar lo siguiente: el mundo y en particular el ser humano se nos presentan como dualidades, pero vale mucho entenderlo para el discurso que se haga en torno al tema del amor.
Cada nivel de conciencia tiene su nivel de certidumbre—diría Hegel—, y parece sin embargo inalcanzable la verdad, pues si cambio tanto de pareceres y a cada paso mi espíritu se halla convencido de su propia certeza ¿qué garantía tengo de llegar alguna vez a la verdad? Si la señal es esa certidumbre subjetiva, se me antoja como efímera e infiel.
Pero si comparo certezas recientes con certidumbres de antaño encuentro una evidencia inmediata: mi nueva certeza incluye de alguna manera mis certezas anteriores, a las cuales ha modificado contradiciéndolas al tiempo que las rescata y las preserva, de modo que puedo ver, felizmente, tal sucesión de contradicciones no como una inconsistente locura, sino como el íntimo mecanismo con el cual se aproxima el espíritu a la verdad.
Hoy en día hay enormes capas de humanidad que ven su mundo y su destino como compuesto por una secuencia de instantes que no se tocan, en contradicción con la cultura precedente que afirmaba su lema sobre la percepción de que había una sola e ininterrumpida línea de tiempo. Para esta concepción, las palancas de la historia eran el raciocinio y la voluntad. «Querer es poder» rezaba la divisa. Ya no es esa la vivencia; ahora la consigna es vivir el presente porque el futuro, en propiedad, no existiría.
Creo—estoy seguro con certidumbre de estreno—que esa convicción aislada es incompleta, que obedece a un aparente manto de revolución liberadora y que en el fondo proviene de un secreto temor. Creo, asimismo, que tal noción es muy explicable: viene como grito escéptico y decepcionado de los testigos de un momento crucial en la historia humana. (La verdadera historia, no la historia que se contabiliza en acontecimientos, sino aquella cuyos hitos están señalados por crisis y sustitución de percepciones). Por todas partes nos asaltan procesos que nos empequeñecen y nos paralizan. Todo nos desahucia. La escala de las instituciones políticas, por ejemplo, ha saltado súbitamente al ámbito planetario, y allí la dimensión del ciudadano y su posibilidad de influencia se miniaturiza con proporcional rapidez. Solución: ¿renuncia a la participación política?
O es la percepción de lo temporal lo que sufre un reacomodo. Vivimos la era de la aceleración frenética de las modas, dentro de un sistema que se sostiene entre otras cosas por eso, que de todo hace un fugaz y transitorio evento. Ya no somos los histéricos reprimidos, súbditos de Victoria; ahora somos los obsesivo-compulsivos que no conocen la fuente de su conducta ni tampoco la posibilidad de reposo. Sin saber por qué, saltamos febrilmente de una cosa a otra, de una experiencia a otra.
Muy bien; ésa puede ser una estrategia para tomar contacto con el mundo. Pero a mí no me satisface, porque elige un polo de una dualidad entre las muchas que componen el ser del hombre. Escoge la ruta del acopio desenfrenado, amplio y superficial del número mientras que, maldita sea, yo ejerzo mi opción a favor de la relación apasionada, concentrada y profunda con el universo de una flor, de un amor, de una persona. En el diseño de una roca puede leerse el universo entero si se mira con suficiente penetración en la mirada. Cuando amo es porque la novia me abre el código conque descifro al mundo. En ese momento me siento poderoso y sincronizado con lo cósmico. Veo, entiendo, creo y creo.
Otros prefieren renunciar a eso. La evidencia que ofrecen parece irrebatible: «En todos los casos que hemos visto, la relación ha terminado por extinguirse, en una explosión repentina y traumática o bien en un lento proceso congelante de cenizas». Los que así hablan, cuando son personas generosas, cometen sin embargo un error compuesto de grave monto. Primero, confunden lo interminable con lo atemporal. Es un idiota el que pone plazo a su sentimiento, sea para minimizarlo con el pánico o para decir que terminará con la muerte y será «eterno» de acuerdo con su óptica pueblerina. Pero peor aún es aquel triste personaje que no sabe amar sin referirse al tiempo, porque el legítimo enamorado es aquel que no tiene la compulsión de medir su pasión, ni con vara pequeña ni con reloj perenne. Simplemente, su amor no tiene tiempo.
En segundo lugar, demuestran su ignorancia de lo que es la vida y, por tanto, de lo que es el hombre. No hubo en la tierra milenaria vida durante longevas eras. Un habitante del espacio que pensara y razonara como los equivocados reportaría a su nave madre: «Hemos examinado todo el planeta. Lo hemos hecho durante larguísimos períodos y no hay rastro de vida. Ergo: es imposible que se dé la vida en este sitio». Otro viajero sideral diría más tarde: «Informo que durante millones de años la forma más avanzada de vida que se encuentra es la de reptiles que ignominiosamente arrastran sus corpulentos rasgos. Hemos concluido que sobre estos terrenos nunca correrán hermosos corceles, ágiles y altos»: Otro finalmente asentará: «Largo tiempo he recorrido este interesante astro, poblado por variedad de espaciosas tribus vegetales, innumerables rebaños de caballos y patrullas de monos incapaces de palabra. Es mi convicción firme la de que aquí no florecerá la palabra inteligente». La historia de la tierra no es más que una cadena de sucesos imprevisibles, fortuitos, imposibles. La ausencia enorme de cada uno nunca negó su presencia posterior.
El último error es más grave, porque si los anteriores eran errores lógicos, éste es un error militar. Si aquéllos, los que han logrado desprenderse de obsoletas y mezquinas opiniones, tratan al amor con incredulidad y pesimismo, están entregando bandera y posición al enemigo. Porque los otros, los que discriminan, los que moralizan para el público pero no para ellos mismos, los que acumulan metales o papeles bancarios, los que se creen una especie superior pero no se dan cuenta de que sus clubes exclusivos son elegantes jaulas de un zoológico infecundo, ésos sí hablan del amor a boca llena y corazón vacío; ésos sí dicen respetar el pendón que les dejamos en el suelo. Y eso es una profanación que no tiene nombre, un insulto a nosotros que no debemos permitir. El amor es nuestro. De todos los matices y perfumes, de toda dirección ascendente. El estancamiento, el pesimismo, el cansancio son para ellos.
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«No creo que el solo sufrimiento enseñe. Si el mero sufrir enseñara, todo el mundo sería sabio, pues cada persona sufre. Al sufrimiento debe añadirse duelo, comprensión, paciencia, amor, apertura y la disposición de seguir siendo vulnerable». Eso lo escribió, no una persona cualquiera, sino una mujer llamada Anne Morrow Lindbergh, cuyo hijo fue secuestrado y muerto de noche el 1º de marzo de 1932.
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La renuncia a construir el futuro, la reducción de uno mismo a caja de resonancia que depende de la cuerda exterior y no de sí misma; ésa es la más grande declaración de inferioridad que puede hacer una persona. Sólo aquel que rescata puede inventar. Se necesita, siempre, inventar al amor. Con un realismo orgulloso y apasionado, que también viva el presente con fruición. Lo contrario es hacerse inválido al comparar la capacidad propia e igualarla con la del mediocre que no pudo.
Por eso ¡venga el muro! Trataré de fracturarlo con el corazón y con la frente. Si resultare yo fracturado y muerto, ya vendrán detrás cabezas testarudas a resquebrajar la pared de los cobardes. Porque es inevitable la ideología para el amor cuando se tiene amor por la ideología.
La verdad respecto de un hombre es, ante todo, lo que él oculta.
André Malraux
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Preámbulo
Hace unos días me escribió desde Los Ángeles un noble amigo—Leopoldo Hellmund Blanco—cuyo nombre de pila puse a mi hijo mayor, nacido en 1969. Este primer hijo ha sido apoyo fundamental, conceptual y tecnológico, del esfuerzo de treinta y seis años en mi peculiar política: me asistió en la escritura y diagramación deKrisis*, mis «memorias prematuras» (1986), me animó en 2002 a producir lo que en un comienzo fue la Carta de Política Venezolana y luego—desde el #86 del 12 de mayo de 2004 hasta el #356 del 5 de noviembre de 2009—laCarta Semanal de Dr. Político. De hecho, fue él la fuente de tal denominación al instruirme en el concepto de «marca personal» (personal brand) que yo desconocía; me convocó una mañana a su casa para explicármelo y advertirme que mi marca personal debía expresar lo que yo era, lo que yo hacía. Respondiendo a su estímulo, sugerí que si lo que yo hacía era una política médica, clínica, tal vez Dr. Político fuera la marca adecuada. (Muchas veces he explicado que no tengo doctorado alguno, a pesar de nueve años de educación universitaria—tres en Medicina, uno de Estudios Internacionales y cinco de Sociología—; el «doctor» de mi marca es simplemente sinónimo de médico: «Vengo del doctor, el doctor me recetó»). Más adelante, estableció y diseñó este blog y financió sus gastos (lo que hace todavía), y descubrió para mí la maravillosa gratuidad deivoox.comen el montaje de archivos de audio, que permitióentradas musicales(88 hasta la fecha) y más tarde el almacenamiento de misprogramas sabatinosen Radio Caracas Radio. Toda ignorancia mía en el mundo digital es cubierta por él, y le he encargado asegurarse de que este blog me sobreviva como repositorio abierto de los productos de una trayectoria intelectual que se remontan a 1969.
No podía menos que expedir tan insuficiente constancia en esta entrada, que es la número 2.000 de este blog en materia política, cuyo epígrafe es el mismo escogido para Krisis.
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Materia
No he ocultado que, al menos en cinco ocasiones, he sentido mi deber intentar una campaña por la Presidencia de la República en Venezuela. La más reciente es de hace algo más de tres años, motivada por la pregunta de una dama preocupada por el acontecer nacional:
Doña Amparo Schacher de Wiedenhofer tuvo la amabilidad de preguntarme(encomentario aUna orgullosa alegría): “Tomando en cuenta su visión de la política como acto médico ¿cuál sería el método y cuáles las primeras medidas a tomar si Ud. fuese elegido Presidente actualmente?” (Recurso de Amparo, 14 de julio de 2015).
Cerré ésa, mi contestación, con estas palabras:
Dije anteayer a la Sra. Schacher de Wiedenhofer: “Gracias, Doña Amparo, por la confianza implicada en sus preguntas. Me propongo contestarlas con las mayores seriedad y responsabilidad. Deme Ud. unas horas, al cabo de las cuales sustituiré este inmediato acuse de recibo por una verdadera respuesta. Le avisaré a su dirección electrónica”. Lo que antecede es una contestación provisional, tal vez ilustrativa; un trabajo serio con asesores idóneos producirá un programa de mayor corrección. Naturalmente, lo aquí propuesto no es otra cosa que el arranque, lo que creo deben ser “las primeras medidas a tomar”, como lo pone la Sra. Wiedenhofer; mucho más puede y debe hacerse durante el resto del período constitucional. Una cosa sí no haría: buscar la reelección al término de ese plazo. Es estipulación de micódigo de ética política—compuesto y jurado públicamente en septiembre de 1995—ésta que me obliga:
Podré admitir mi postulación para cargos públicos cuyo nombramiento dependa de los Electores en caso de que suficientes entre éstos consideren y manifiesten que realmente pueda ejercer tales cargos con suficiencia y honradamente. En cualquier circunstancia, procuraré desempeñar cualquier cargo que decida aceptar en el menor tiempo posible, para dejar su ejercicio a quien se haya preparado para hacerlo con idoneidad y cuente con la confianza de los Electores, en cuanto mi intervención deje de ser requerida.
El mejor médico es el que se hace prescindible cuanto antes.
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Establecido el orden inverso, refiero la penúltima inquietud, esta vez detonada por otras preguntas; las de un íntimo amigo—Carlos Blunck—en una cena en su casa a fines de 2007, quien me disparó a quemarropa: «¿Cómo ves la vaina? ¿Qué crees que va a pasar?»
Veníamos del frenazo del Pueblo a las intenciones socializantes de Hugo Chávez Frías en el referendo del 2 de diciembre del aquel año. (Sobre su proyecto y el de la Asamblea Nacional para reformar la Constitución). Mientras cortaba un trozo de salmón en el plato que tenía por delante, encendí el reproductor de mi cerebro que contenía respuestas ya elaboradas; así le dije automáticamente: «Acabamos de lograr algo importante el pasado 2 de diciembre y la oposición se nota algo más articulada. Pero si no ponemos en la calle una contrafigura eficaz a la de Chávez el mandado no estará hecho porque, como dicen los gringos, You can’t fight somebody with nobody». Callé y puse el salmón en mi boca.
Entonces sentí que me caería mal la comida porque, si yo creía tener los rasgos apropiados de tal contrafigura ¿qué hacía allí comiendo salmón en vez de estar en la calle? (El 3 de enero siguiente, Teodoro Petkoff me invitó a desayunar solos el día de su cumpleaños y le referí el episodio, a lo que repuso: «Yo también creo que tú tienes lo que se necesita. Lo que falta es el plan». De allí no pasó la cosa).
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La misma desazón me había asaltado pocos años atrás; de esto doy cuenta enCuestionario prerrevocatorio: «Diez meses antes del referendo revocatorio del mandato de Chávez en agosto de 2004, el Dr. José Raúl González Ágreda, el hombre de los cuatro acentos, conversaba con Orlando Amaya y conmigo acerca del presunto término del mandato de Hugo Chávez y sobre quién sería un sucesor preferible. Consideró que yo pudiera serlo, si contestaba satisfactoriamente un cuestionario que luego redactó y me hizo llegar». En el enlace precedente puede ser leída mi contestación de las preguntas, cuya «justificación general» anticipaba:
Según puede predecirse como desenlace probable—no inexorable—de la actual situación política venezolana, estamos ante la posibilidad de una inminente cesación pacífica del actual gobierno y la elección de un nuevo presidente que complete el período constitucional. (…) Tal circunstancia determina de por sí un lapso corto y extraordinario que, por una parte, estará signado por grandes dificultades y, por la otra, convendrá tomar como oportunidad especialísima para introducir cambios sustanciales y suficientes en el esquema político nacional.
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En fecha próxima a la elección presidencial de 1998 ocurrió lo que refiero enLas élites culposas (Memorias imprudentes):
Gustavo Tarre Briceño me invitó a almorzar en enero de 1997 para reclutarme a su proyecto de entonces: convertir a Luis Giusti, Presidente de PDVSA, en el candidato presidencial de COPEI en 1998. (…) Pero luego de ensalzar las indudables capacidades de liderazgo presentes en Giusti, yo le respondí diciéndole que, si era por eso, yo también las tenía. Tarre contestó: “Yo creo que tú serías un buen Presidente de la República, pero ¿quién te conoce?” Rápidamente, respondí que eso era una ventaja cuando la mayoría de los votantes prefería una cara nueva. No hablamos más de este asunto. (En 1989, Alberto Fujimori, un outsider, alcanzó la Presidencia de Perú tras una campaña de tres meses. Dos años antes, yo había prescrito exactamente una campaña corta para un candidato de ese tipo enSobre la posibilidad de una sorpresa política en Venezuela).
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Pero la primera vez que sentí el peso del deber fue en 1985. Cuento enKrisis:
Era el día viernes 16 de agosto. Yo había trabajado por la mañana en las oficinas de La Florida y me había ido a almorzar a la casa. Reposando el almuerzo, me encontraba viendo el noticiero de televisión por el canal cuatro, cuando escuché una entrevista que se le hacía a un connotadísimo líder político, de quien uno podría esperar, por su relativa juventud, una postura más moderna respecto de los problemas nacionales. Las respuestas del entrevistado fueron deplorables, y, en gran medida, irresponsables. Sentí un profundo malestar.
“La persona que cree que su propio juicio, aunque falible, es el mejor, y que se impacienta viendo a hombres de menos categoría manejar mal las riendas del poder, por fuerza tiene que ansiar, hasta dolorosamente, hacerse con esas riendas. Ver las chapuzas y los patinazos de otros puede resultar hasta físicamente atormentador para él”. Estas son palabras de Richard Nixon en el capítulo final de aquel libro que me había regalado Arturo Ramos Caldera. Describen cabalmente la sensación que me dominaba ese mediodía. Recuerdo que casi me indigesto de la furia ante la inanidad de las frases del entrevistado, ante su ceguera y falta de comprensión de lo que verdaderamente hervía en Venezuela. No sería la primera vez que lo sentía, no sería la primera vez que pensaba en el asunto, pero ese mediodía sentí como si fuese mi deber intentar una carrera hacia la Presidencia, así luciese imposible desde cualquier punto de vista.
En la introducción de ese mismo libro doy fe de lo siguiente:
El fin de semana, como tantos otros, lo pasé trabajando protegido por mi mujer de los reclamos de los niños. Por la madrugada del domingo 15, revisando textos comenzados e interrumpidos días atrás, encontré uno que implicaba un grave paso. Entonces supe que lo daría y sentí paz. Me sentí incomparablemente mejor que cuando fui por el empleo. Al día siguiente, 16 de diciembre de 1985, di el paso. Me presenté en la Notaría Primera del Distrito Sucre y allí autentiqué un documento. El texto es el que sigue:
Yo, Luís Enrique Alcalá Corothie, venezolano, mayor de edad, casado, titular de la cédula de identidad número dos millones ciento treinta y nueve mil cuatrocientos ocho, ocurro ante Notario Público para certificar la siguiente declaración:
Primero. Que en ejercicio de mis derechos políticos, según lo dispuesto en los Artículos 112 y 182 de la Constitución de la República de Venezuela, he decidido solicitar de los electores venezolanos el apoyo necesario para ser postulado candidato a la Presidencia de la República en la próxima oportunidad constitucional.
Segundo. Que buscaré esta postulación directamente de los electores, según lo contemplado en el parágrafo segundo del Artículo 95 de la Ley Orgánica del Sufragio.
Tercero. Que he tomado esta decisión, en pleno uso de mis facultades y con plena conciencia de mis muchas debilidades, porque, después de un severo y laborioso examen de ambas y de una concienzuda consideración del actual proceso nacional y su posible evolución, creo reunir los requisitos que estimo necesarios para desempeñar el cargo de la Presidencia de la República con eficacia.
Cuarto. Que estoy asimismo plenamente consciente de la enorme dificultad del intento que me propongo y que, también considerada debidamente esa dificultad, creo poder vencerla, con la ayuda de Dios.
Quinto. Que en procura de tal finalidad no cabe otra conducta responsable que la de prepararme más aún, en el tiempo que me es disponible, para el servicio a la Nación desde su más obligante magistratura.
Es declaración dada en Caracas, a los dieciséis días del mes de diciembre de mil novecientos ochenta y cinco.
Con esto último se completa el registro de esa cíclica precandidatura tan gastronómica. (Sólo la contestación a la Sra. Wiedenhofer no tuvo que ver con algún condumio; menos aún con el peligro de indigestión).
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Es inocultable que vuelve a presentarse en Venezuela una circunstancia de inminente elección presidencial, casi universalmente deseada por su ciudadanía. Estoy a la orden, y lo que pongo a la orden es lo siguiente:
Una aproximación a la Política comoarte de carácter médico, definida por la solución a los problemas de carácter público dentro de uncódigo de éticaprofesional; esto es, distinta de una mera lucha por el poder sobre la base de alguna ideología. Dicho de otra manera, desde un discurso transideológico que está por encima del paradigma decimonónico del eje izquierda-derecha.
Una demostrable capacidad deanticipación del futuro. (Alexis de Tocqueville: «…el verdadero arte del Estado: una clara percepción de la forma como la sociedad evoluciona, una conciencia de las tendencias de la opinión de las masas y una capacidad para predecir el futuro”).
Unaausencia de intenciones de vindicta, apropiada para la unificación de un país dividido, e independencia de cualquier grupo de interés, aun del más saludable.
*Krisis fue el segundo libro impreso enEditorial Ex Librispoco después de fundada por el premiado editor Javier Aizpúrua, y el primer libro venezolano en escribirse y componerse íntegramente en un computador personal (con MacWrite desde un Macintosh Plus con ¡un megabyte de memoria RAM!) Ésta fue su dedicatoria:
Mi padre fue quien me enseñó aquello de que un hombre no está completo si no ha tenido un hijo, si no ha sembrado un árbol y si no ha escrito un libro. Este es mi primer libro y si no sé cuál es el primer árbol que sembré no tengo dudas de quien fue mi primer hijo. Es causa de un amor y de un orgullo de los que no he podido recuperarme. Dedico mi primer libro a Leopoldo Enrique Alcalá Manzanilla.
Leopoldo Enrique también me auxilió en 1989 en Maracaibo (mientras me ocupaba como Editor Ejecutivo deldiario La Columna), al instalar la red local para los computadores de la Redacción y el Departamento de Diseño. (Venía de un distinguido empleo en Manapro, una empresa venezolana precursora en el mundo del software, adonde se le conocía como Superchamo).
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Algunos otros enlaces pertinentes (atención a las fechas):
En este décimo día de diciembre de 2018 he recibido con gran alegría un saludo por Twitter de Yosy Figueira, hija de Abel Figueira Chaves, quien fuera el dueño de Automercado Los Palos Grandes. Ella puso: «Buenas noches, no sé si le sea familiar después de tantos años, pero yo soy la hija de Abel Figueira; entiendo que era su amigo». Nada mejor hubiera podido ocurrirme hoy, y en agradecimiento le comuniqué lo que sigue:
Me alegra mucho su contacto. En efecto, me consideraba amigo de su padre, Don Abel Figueira Chaves. El diseñador de mi primer libro(Krisis – Memorias prematuras) concibió la portada para representar un paquete postal con varios sellos que sugirieran que anduvo de una dirección a otra; yo escogí como etiqueta del destinatario el nombre de Don Abel. (Puede ver la portada en el enlace precedente).
En el texto lo menciono primero cuando refiero una cierta revista (Válvula) que concebí y dirigí en 1984; así puse:
Diego Urbaneja dijo que la revista le había caído como un bálsamo y que le había levantado el espíritu. La repartí con orgullo. Al Dr. Úslar Pietri le había encantado. Recomendó su envío a España y a universidades norteamericanas. La llevé o entregué personalmente a una buena cantidad de gente. A mi madre y mis hermanos, a mis suegros, a Marcel Roche, que pasaba unos días en Venezuela antes de regresar a representar a Venezuela ante la UNESCO en París, a Abel Figueira Chaves, el dueño del Automercado Los Palos Grandes, a Isidro Dos Santos, mi suplidor de leche y periódicos, a Oscar Avilán, el amistoso cobrador de las cuotas del automóvil, al profesor Horacio Vanegas, a Cruz Arguinzones, mi mensajero, a Elías Santana, el dirigente de las asociaciones de vecinos, a Gerardo Cabañas, entre otros. Son personas en las que tiendo a pensar cuando tengo algo que dar.
Más adelante dejo esta constancia:
Una mañana fui, como lo he hecho muchas veces en los últimos seis años, a comprar algunas cosas a la casa de abasto Los Palos Grandes. Abel Figueira estaba al frente de su negocio, como todos los días. Al igual que siempre, me preguntó: “¿Cómo están las cosas?” Le dije que estaba pensando seriamente irme del país, que me era cada vez más difícil aguantar la presión. El silencio de Abel fue un helado y terrible reclamo. Su mirada se dirigió hacia la calle, perdida en algún punto indiferente. Su brazo derecho se desplomó hacia abajo, y su mano dejó caer un bolígrafo que sostenía. Era como si lo que le había dicho constituyera una traición personal que le hacía, como si yo le estuviese abandonando a él al abandonar mi lucha, de la que Abel se enteraba ocasionalmente en nuestras fugaces conversaciones. Durante muchos días esta imagen de la silenciosa demanda de Abel me poseyó, penetrando en mi espíritu con intención de no abandonarme. Más de una vez había yo pensado en Abel como ejemplo admirable de la Venezuela que sufre, adaptándose a la crisis con silencioso redoblar de esfuerzos. Su ejemplo se sumaba al de muchos que laboran incesantemente y cada vez mejor. Algún acostumbrado vendedor ambulante que se notaba más aprendido y profesional, la cuadrilla de obreros del servicio eléctrico que reparaba frente a mi casa una lámpara de la calle a las dos de la madrugada, un empleado del Aseo Urbano que llamó para cerciorarse de que un perro muerto hubiese sido efectivamente recogido. En los últimos años, en los años de la depresión de nuestra economía, son incontables los ejemplos que he visto de los habitantes de este país que compensan con mayor trabajo la dureza de los tiempos. Abel era epítome de estas gentes, y me acusaba en silencio porque yo, que tanto me la pasaba hablando de política y de las buenas posibilidades del país, estuviese dispuesto a claudicar y abandonarlo todo. Esto me removió, y me puso a buscar fuerzas de profundidades insospechadas para combatir de nuevo. Pensando en él y en su honor compuse un corto texto que transcribo acá:
santamaría
A María Ignacia, hija que quise tener.
abasto. (De abastar.) m. Provisión de bastimentos, y especialmente de víveres. || 2. abundancia. || 3. En el arte del bordador, pieza o piezas menos principales de la obra. || 4. adv. m. ant. Copiosa o abundantemente. Ú. en Sal. || dar abasto. fr. Dar o ser bastante, bastar, proveer suficientemente. Hoy se usa más con neg.
Dedicatoria a Abel enviada por su hija
Abel es un Latino Portugués que vive en Venezuela y despacha todos los días desde su casa de abasto. Tiene faena muy tempranera, cuando él mismo va a buscar los víveres del mayorista, pero tampoco comienza tarde los demás días, cuando solo le toca comenzar la jornada abriendo la santamaría de su tienda. Allí trabaja de ocho a ocho de lunes a sábado, y los domingos podrá comprarse cualquier cosa de ocho a una del día, y hasta obtener, si uno es conocido, algo de dinero efectivo para hacerle a los niños el domingo o jugarlo a los caballos, presentando algún cheque que a veces el girador y el mismo Abel sabrán, en silencio, que no tiene fondos y habrá de ser cubierto días más tarde. Abel transcurre casi toda la jornada de pie, desde la caja, dando salida a las provisiones, concediendo crédito y sacando cuentas, ordenando el tráfico de servicios de sus empleados, tomando nota de cuando alguna cosa se ha agotado, recibiendo envíos o enviando a domicilio los pedidos que se le hacen por teléfono, planeando los bastimentos que regalará por Pascua de Navidad a los parroquianos más constantes, pensando su empresa, aceptando la charla de los muchos que aprecian su frugal pero entendida conversación o de los que sólo pueden, por los momentos, pagar por los alimentos con palabras. Después, en su casa, todavía quitará tiempo al descanso para alguna administración que se precise.
Un tiempo atrás la casa de abasto Los Palos Grandes no estaba tan ordenada como ahora, y Abel atendía la clientela las más de las veces sin haberse afeitado. Pero ya la economía de Venezuela no es tan próspera como hace no mucho lo fuera y la respuesta de Abel a la depresión ha sido presentarse con la cara limpia para abrir su tienda transformada. Ahora la mercancía está mejor clasificada y dispuesta según una estética mejor, y la atención del personal es aún más cortés y servicial. No impidió su valerosa reacción la mayor frecuencia de los robos nocturnos ni la de los asaltos diurnos que la creciente miseria de algunos caraqueños le impusiera. (Hace unos meses una bala generosa le agujereó la pierna del pantalón perdonándole la propia.) Y no se queja en voz alta de la lentitud de la cobranza ni del endurecimiento de los suplidores que ahora sólo quieren venderle la mercancía de contado. Algún suspiro se permitió exhalar el día que un árbol viejo se vino, por la lluvia, sobre el letrero que anuncia su razón social resquebrajándolo. Pero allí está Abel trabajando mejor cada día que pasa, aunque cada día se le haga más difícil dar abasto.
Abel es paradigma de la experiencia latina de este momento. Los latinos estamos, por un lado, perdiendo. En otro nivel vamos ganando, vamos dándonos cuenta. Es tanto el sufrir que no podíamos soportarlo sin transmutar esa disminución en crecimiento.
El habla es un registro de la vida de un pueblo. En nuestra experiencia de latinos hubo tiempos de abundancia que proveyeron suficientemente. Era época en la que se podía dar abasto. Así nos da a entender el diccionario, al referirnos que ahora dar abasto se usa más como expresión negativa. Nuestro lenguaje diario retrata la presente coyuntura. No es nueva la penuria. En la memoria latina el recuerdo de nuestra prosperidad es antiguo; la conciencia del trabajo es más reciente, más actual la recesión.
Por debajo del dolor, sin embargo, fermenta más rápido ahora una dulce catástrofe. Un cataclismo de la conciencia de los Estados desunidos. Ya se ha invertido la tendencia que nos llevó por las rutas de la dispersión. Los hermanos se aproximan. Cada vez más los discursos latinos aluden al contexto máximo, más allá de las fronteras que distinguen sus países pero que nunca pudieron, en el fondo, anular el verdadero Estado. “Unirse es renunciar cada uno a estar por encima de los demás”. Pronto el dolor nos permitirá la humildad para entender esa serena admonición de Paulo VI.
Entonces, visto el astro que surcará el firmamento con el Año Nuevo, nacerá el Estado de Estados, porque es menester que la carne se haga verbo. Y así Abel renacerá, a pesar de los caínes, y reconocerá la prosperidad que su trabajo merece. Así nos presentaremos, con un mismo pasaporte, a ofrecer al mundo lo que Dios ha querido que pase por la santamaría. Ya aprendemos la nueva economía y pronto sabremos que el costo de no hacerlo no es más que el desperdicio de la oportunidad.
costo2. (Del lat. costus, y éste del gr. kóstos.) m. Hierba vivaz, propia de la zona tropical, y correspondiente a la familia de las compuestas. El tallo es ramoso, las hojas alternas y divididas en gajos festoneados, las flores amarillas, y la raíz casi cilíndrica, de dos centímetros de diámetro aproximadamente, porosa, cenicienta, con corteza parda y sabor amargo; pasa por tónica, diurética y carminativa. || 2. Esta misma raíz. || hortense. hierba de Santa María.
Luego añadí: «Muchas gracias por su mensaje, que transforma el día para bien, como su padre hacía», y después:
A continuación del extracto del libro que transcribí, se lee esta explicación:
Hay veces cuando creo ser testigo de la magia. “La lógica le da al hombre lo que necesita; la magia le ofrece lo que él quiere”.* Así como aquella vez cuando recibí el trabajo de Yehezkel Dror con su afirmación del carácter clínico de las “ciencias de las políticas”, poco después de haberme puesto yo a formular algo parecido. El texto que llamé “santamaría” lo concluí una madrugada. Había estado jugando, como lo hago en ocasiones, con el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Busqué la palabra “abasto” para encabezar la composición con una trascripción del artículo del diccionario, habiendo ya decidido el nombre del título, en alusión tanto a mi hija, que lleva ese nombre, como en referencia a esas puertas de acero corrugado arrollable que son características de nuestras casas de abasto y que en Venezuela llamamos “santamaría”. También, por supuesto, es ése el nombre de la nave capitana del Descubridor. Al haber terminado de escribir fui a cerrar el diccionario, colocado a mi izquierda sobre el escritorio. Había quedado abierto en una página cuya última palabra resultó ser “costo”, que había usado en la última frase del texto. Resultó ser que además de la acepción económica significaba también una hierba propia de la zona tropical, como nuestros pueblos, dividida en gajos, como nuestros pueblos, y resultó llamarse también hierba de Santa María.
*Frase en Another Roadside Attraction, la primera novela de Tom Robbins.
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