por Luis Enrique Alcalá | Feb 25, 2020 | Económica, Política |

Ni Kola Madulo **
El 22 de este mes de febrero La Nación de Argentina publicó este trabajo: Bajo presión: las sanciones empujan a Maduro a aplicar un modelo económico chino. Allí se lee (destacado en cursivas de este blog):
Terminaba 2018 cuando un enviado del gobierno chino dejó boquiabiertos a los venezolanos. El militar Wilmar Castro, entonces ministro de Producción Agrícola, preguntó a su invitado cómo podían endurecer, aún más, sus controles contra la economía privada local. Inmutable, el experto chino aseguró que «el gobierno no puede hacer un buen control directo, puede implementar un sistema de incentivos; algunas empresas buenas que tanto necesitamos pueden desarrollarse con más rapidez». La televisión chavista ni siquiera informó sobre el nombre del visionario, pero desde aquel momento comenzó a barruntarse el giro económico que venía. El debate se reabrió ahora de par en par tras las últimas sanciones de la Casa Blanca contra una subsidiaria de la petrolera estatal rusa Rosneft.
Bueno, algo más de cuatro años antes de eso alguien tuvo una visión relacionada:
Tal vez las autoridades económicas venezolanas estén ahora más abiertas a considerar el modelo de un patriarca del socialismo: China, cuyo Partido Comunista ha reunido su 18º Comité Central para aprobar el mes pasado el Plan 383 (con penetración hasta 2030), que comienza por declarar: “En primer lugar, se trata de implementar reformas estructurales para fortalecer los cimientos de una economía basada en el mercado por medio de la redefinición del rol del gobierno; reformar y reestructurar las empresas del Estado y los bancos del sector público; desarrollar el sector privado; promover la competencia; y profundizar las reformas en cuanto a los factores tierra, trabajo y mercados financieros”. Los jerarcas chinos no llaman a los empresarios privados la derecha “fascista” o “parasitaria”; son sus socios en el desarrollo de la cuna de Confucio y de Mao. (Las artes catastróficas, 18 de diciembre de 2013).
En línea complementaria anda The New York Times, según recoge El Carabobeño de El Nacional: «El periódico estadounidense afirmó que ante la presión por las sanciones, el régimen no tuvo más remedio que aceptar recomendaciones del sector privado». La nota da cuenta de un artículo en el periódico neoyorquino que asegura la existencia de un pacto secreto entre Nicolás Maduro y Lorenzo Mendoza, el líder de Empresas Polar: «Ante la creciente popularidad de Mendoza como un posible contendor electoral, el régimen aplicó una política de persecución a todo el sector privado, pero principalmente hacia Empresas Polar, arguye la publicación citada en el portal de El Nacional. (…) De repente, Mendoza desapareció de la vista pública y Maduro dejó de llamarlo ‘ladrón’, ‘parásito’ y ‘traidor’. El gobierno dejó de hostigar a Polar y comenzó a adoptar los cambios económicos que había propuesto Mendoza, como terminar con los controles de precios paralizantes”.
Por su parte, Radio Francia Internacional registra la dolarización de facto de la economía venezolana. Así, cita a Henkel García, Director de la firma Econométrica:
“En la liquidez que uno puede recoger del dinero que hoy sirve para hacer transacciones domina el dólar. De todo el dinero que circula de manera electrónica y en términos de efectivo en esta economía, tres cuartas partes son dólares y una cuarta apenas es moneda local. La creciente circulación del dólar en Venezuela es sólo uno de los factores que explican la existencia de señales de recuperación en la economía venezolana, según Henkel García. “Hay cierto alivio, pero que uno no puede atribuirlo por completo a la dolarización. Creo que hay algo de mejora pero allí coinciden otros hechos como la flexibilización económica que el gobierno ha hecho: ya no hay controles de cambio que teníamos años atrás. Además hay un factor social, la gente empezó a esperar que su destino dependiese de sí mismo y no de condiciones políticas o económicas externas para empezar a hacer su vida. Hay que destacar que todavía no es una mejora significativa y hoy día Venezuela vive en términos generales con una precariedad clara donde todavía tenemos una alta tasa de éxodo. Sin duda hay mejores condiciones, pero no estamos cerca de una recuperación franca de la economía venezolana”, concluye.
Eso es un cambio atmosférico que sólo implica un alivio relativo y todavía no se traduce en medidas más drásticas, como la posible privatización de PDVSA de la que se ha hablado. Pero la mera aceptación de las transacciones cotidianas en dólares o euros ya es algo extraordinariamente significativo que antaño hubiera sido entendido como apostasía: algo así como abdicar la soberanía monetaria en la Reserva Federal de los Estados Unidos, nada menos. (Apartando el reconocimiento del fracaso del «bolívar soberano», sucesor del «bolívar fuerte» de Chávez—que sucediera a la vez al bolívar de verdad verdad, que se cambió a 4,30 por dólar durante más de dos décadas—, y el del arcano «petro» que es como el cariño verdadero: «ni se compra ni se vende»). Para usar una figura trillada: Hugo Chávez debe estar revolcándose en su tumba por la decisión que habría tomado Nicolás Maduro; según The New York Times, «el régimen optó por convertirse en una autocracia que permite un capitalismo de facto (…) para evitar el colapso y asegurar su continuo control del poder”.
«Cosa más grande», se dice en Cuba ante algo así. LEA
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* «La economía, estúpido» (the economy, stupid), fue una frase muy utilizada en la política estadounidense durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 contra George H. W. Bush (padre), que lo llevó a convertirse en presidente de los Estados Unidos. Luego la frase se popularizó como «es la economía, estúpido» y la estructura de la misma ha sido utilizada para destacar los más diversos aspectos que se consideran esenciales. (Wikipedia en Español).
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** Ilustración tomada de La Nación de Argentina. El título de la imagen es de este blog.
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 21, 2020 | Notas, Política |

Una etiqueta es siempre una sobresimplificación
A CISA
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régimen Del lat. regĭmen. 1. m. Sistema político por el que se rige una nación.
Diccionario de la Lengua Española
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El país, que sufre agudos dolores y privaciones, está atrapado en la tenaza de la perniciosidad del gobierno y la incompetencia de la oposición, mientras ambos se pegan mutuamente etiquetas en las solapas: ¡Dictadura! ¡Fascismo!
Etiqueta negra, 11 de abril de 2016
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Ningún medio de comunicación venezolano se atrevió a llamar dictador a Marcos Pérez Jiménez antes del 23 de enero de 1958 pero, poco después de su caída, los periodistas ofrecían todo género de condenas a la glotonería de un pueblo que por mucho tiempo recibió sólo noticias que no disgustaran al oficialismo de la época. Fue por ese tiempo, creo, cuando empezara el empleo periodístico del término «régimen» como sinónimo de dictadura aunque, como muestra el epígrafe, en castellano es una palabra sin carga despectiva, enteramente neutra. Ése es el uso condenatorio que ha resucitado para referirse al gobierno presidido por Nicolás Maduro.
La época parece necesitada de etiquetas, algunas sustantivas (régimen, dictadura, derecha) y otras adjetivas (ilegítimo, fraudulento, golpista). El mecanismo psicológico subyacente al fenómeno ha sido diagnosticado desde hace tiempo:
La ritual execración de la figura presidencial proporciona al opositor adicto un progreso indirecto en la imagen ética que tiene de sí mismo. En efecto, mientras puedo hablar peor del Presidente, mientras más malvado lo encuentro, yo soy por implicación una mejor persona. Como no soy como él—¡Dios me libre!—entonces soy bueno. Mi bondad progresa relativamente, sin que yo haga mérito independiente, porque su maldad crece todos los días. Así obtengo satisfacción moral. (Enfermo típico, 26 de enero de 2006).
Un último comentario (otra reiteración) tomado de Diálogo digital (15 de febrero de 2019), entrada en este blog de hace un año y seis días:
Es frecuente escuchar que Maduro es el jefe de una “dictadura comunista”. Si lo fuera, es de las más benévolas de esa clase. Comparemos con Cuba; en el primer año y medio de la revolución, se había fusilado a unos 700 opositores o antiguos enchufados de Batista, y no quedaba una sola empresa privada en pie. ¿Es ése nuestro caso? Comparemos con Rusia, la soviética, con cifras más altas: se atribuye a Stalin la muerte de 9 millones de prisioneros políticos, sus compatriotas. Comparados con esos casos reales de “dictadura comunista” lo que nos acontece es una verbena. El problema político nacional no es taxonómico, no es uno de nomenclatura. Bautizar un problema no es resolverlo. La cosa no es decidir si Maduro es morrocoy o cachicamo.
El procedimiento de etiquetar es indudablemente cómodo; no requiere mucho análisis. Pero más allá de eso, hay quienes se sienten heroicos patriotas al emplearlo, creyendo que es su deber asumir en su habla cotidiana las etiquetas más reiteradas y ofensivas. Con frecuencia se añade, en referencia a la comunidad socialista que nos gobierna: «¡Esta gente es de lo último!» La cosa sería un problema de «falta de clase», y la solución sería por tanto conseguir, como propugnaba Juan Carlos Sosa Azpúrua en agosto de 2014, unos «militares decentes» que barran con esa gente «de lo último».
¿Es eso una política seria, responsable y eficaz? LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 19, 2020 | General, Política |

La película sobre el desastre de 2010 en el Golfo de México
Mike Williams—Jefe de Mantenimiento de Deepwater Horizon, la plataforma petrolera de British Petroleum—, representado en la película de 2016* por Mark Wahlberg, es quien pronuncia las palabras que forman el título de esta entrada: «Hope is not a tactic», que repite enfáticamente. En efecto, la esperanza no es una actuación, y él las dice porque un alto ejecutivo de BP propone tomar una decisión altamente arriesgada y esperar que resulte bien.
Como sabemos, la plataforma fue destruida por una explosión que pudo ser evitada y el sucesivo incendio de las instalaciones. En este blog se comentó, en la Nota del día 2 de mayo de 2010, el terrible incidente:
Hablar de derrame de petróleo en el Golfo de México es un eufemismo. Es lo que uno dice cuando un envase de volumen definido, así sea del tamaño de un supertanquero como el Exxon Valdez, vierte todo su contenido. El accidente de la plataforma Deepwater Horizon de BP, acaecido hace doce días, ha desatado en verdad una mayúscula descarga continua desde las profundidades perforadas, y se parece más a la erupción del volcán Eyjafjallajökull que al vaciado de un embalse. (…) Tres bocas submarinas escupen petróleo a una rata diaria de 10.000 barriles, según estimaciones satelitales; al menos, una mitad de esa tasa, equivalente a casi 800.000 litros diarios o 9,2 por segundo. Ahora se estima que pudiera tomar unos tres meses detener la abundante petrorragia; un mes antes de eso, el volumen arrojado al mar a 5.000 barriles por día habrá superado la descarga del Exxon Valdez. Cuatrocientas especies animales, se estima hasta ahora, serán gravemente afectadas si no barridas definitivamente del área, y la cuarta parte de la pesca de los Estados Unidos dejará de ser por un buen tiempo. Es muy posible que las consecuencias económicas, con su ineludible secuela social de paro y desempleo, sean peores que las que el huracán Katrina dejó a su paso.
Emplear una táctica fundada sobre bases falsas y esperar que funcione—los militares se alzarán, la protesta ciudadana dará al traste con el gobierno—, como si la sociedad fuese un sistema mecánico enteramente previsible y lo único posible fuera «aumentar la presión», es una irresponsabilidad:
No es un secreto que en el muy difícil proceso político venezolano hay posiciones de oposición radical que no sólo recomiendan como “salida” golpes de Estado desde hace mucho tiempo, sino que propugnan invasiones extranjeras al país o creen justificado un magnicidio y de hecho lo han intentado. He vuelto a recordar lo que me escribiera hace dos años quien, después de referirse a los militares venezolanos—los “verdes”, los llama él—como factor clave, asegurara esta monstruosidad: “La buena noticia es que la crisis continúa”. (Tratamiento antidepresivo, 10 de octubre de 2018).
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Ayer conversaba con un amigo de décadas a quien mucho estimo; él es graduado en Ciencias Políticas de una prestigiosa universidad francesa, y en cuanto comenzábamos a tratar el tema político nacional soltó la abusada sentencia atribuida a Aristóteles: «La política es el arte de lo posible». Con esto quiso sugerir que lo que yo ni siquiera había terminado de esbozar no podía hacerse—sugerencia que no justificó—y, pontificando, enseñarme algo como que si jamás lo hubiera oído. Antes de que terminara el día le escribí, dejando constancia de esto:
Creo que la intención de esa simple y manida fórmula es enfatizar que no debe atenderse a proposiciones inalcanzables, y nunca he predicado algo distinto. Por lo contrario, cerrando el año pasado escribí (Una metamorfosis preferible): “Para que algo sea un deber tiene primeramente que ser posible; nadie está obligado a hacer lo imposible”.
También le puse hacia el final:
Mucha, si no toda la oposición a Maduro (antes a Chávez) se predica sobre la base de un juicio moral, y si incurres en conductas inmorales entonces pierdes toda la autoridad. En una película de Luis Alberto Lamata dice un personaje femenino: «En una batalla moral, si actúas como el enemigo eres el enemigo».
La mayoría opositora transita nuestro doloroso proceso nacional apostando únicamente a la esperanza de que las cosas saldrán bien, así estén fundadas sobre la mentira. Pero, bueno, todos tenemos derecho a la equivocación y no es necesario morir con ella. También podemos variar de opinión y de actitud. LEA
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* Deepwater Horizon es una película estadounidense de drama y desastre protagonizada por Mark Wahlberg, Dylan O’Brien, Kurt Russell, Gina Rodriguez, Kate Hudson y John Malkovich, dirigida por Peter Berg y escrita por Matthew Sand y Matthew Michael Carnahan. La película está basada en la explosión de la Deepwater Horizon en el golfo de México el 22 de abril de 2010. El rodaje comenzó el 27 de abril de 2015 en Luisiana, Nueva Orleans, y se estrenó el 30 de septiembre de 2016. (…) Tuvo en su mayoría críticas positivas… (Wikipedia en Español).
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 17, 2020 | Polémica, Política |

Hijo de Rafael Caldera, Ministro de la Secretaría de la Presidencia de su segundo gobierno
El propósito medular del discurrir humano es la consecución de la verdad. En Política—el arte de resolver problemas de carácter público—, además, es no sólo moralmente aconsejable conseguirla, sino prácticamente necesaria, pues las políticas fundadas sobre nociones equivocadas conducen al daño social. (…) Aquella política que se diseñe sobre lecturas equivocadas de la realidad muy probablemente fracasará en su ejecución. Siendo esto así, se convierte en deber la mostración del error, así sea uno que se cometa “de nuestro lado”.
Lógica anecdótica – 17 de mayo de 2017 (Epígrafe precedente: Solíamos decir de él que sería el mejor de los compañeros si no dijera siempre la verdad. Oscar Wilde – La esfinge sin secreto)
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Recibí de Andrés Caldera Pietri, ayer domingo 16 de febrero, el enlace a una entrevista que publicara el sitio web de La Razón, que el medio titula así: ANDRÉS CALDERA: “No estamos en un estado de derecho”. Esto le comenté en retorno ese mismo día::
Gracias, Andrés, una buena entrevista. Encuentro en ella mucho de pasado y una recomendación a futuro cercano con la que estoy en desacuerdo: «lo lógico es que todos nos pongamos detrás de Juan Guaidó y sigamos la línea que la oposición, mayoritariamente plantea». Guaidó ha fundado su actuación sobre una patraña tras otra. Él, para empezar, no es el Presidente de Venezuela. Hay que «ponerse detrás» de una estrategia fundada sobre bases correctas, no detrás de una persona. No se combate el error con la mentira, sino con la verdad.
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Un comentario adicional. En la entrevista destacas: «La Conferencia Episcopal ha propuesto que se consulte al soberano. Yo estoy seguro de que si se hace una consulta al país, la mayoría de la gente va a pedir que se hagan unas elecciones presidenciales este año». La CEV propuso eso el 12 de enero de 2018 (Corolarios episcopales);* yo lo propuse el 22 de octubre de 2016 (Prontas elecciones) y hablé extensamente del asunto a la plana mayor de la CEV. Igualmente, te recibí en mi casa** e intenté venderte un tratamiento referendario de la crisis; con posterioridad, eludiste el tema y mi invitación a que te sumaras a la promoción de tal salida.
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Este comentario tuyo es lamentable: «no se conseguían jueces, para que lo condenaran» [a Chávez]. ¿No y que la justicia debe ser autónoma? ¿Cómo es que se formulaba la condena antes del juicio?
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Con razón «no estamos en un Estado de Derecho»; desde hace tiempo viene la cosa.***
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Estoy esperando la reacción de Caldera Pietri. Recuerdo, entretanto, esto que puse en De Oslo a Bridgetown el 9 de julio del año pasado:
…de las múltiples aristas del problema político venezolano, es la más aguda el ejercicio de la Presidencia de la República en manos del Sr. Nicolás Maduro (no en las de Juan Guaidó). Pero no puede celebrarse nuevas elecciones presidenciales mientras Maduro ejerza su cargo, pues el presente período constitucional expira el 10 de enero de 2025; tendría Maduro que renunciar a él para abrir la puerta o el único poder capaz de hacerlo, el Pueblo en su carácter de Poder Constituyente Originario y Supraconstitucional (no limitado por la Constitución), tendría que ordenar nuevas elecciones mediante referendo convocado al efecto. De no darse alguna de esas dos circunstancias, un acuerdo de fuerzas políticas en Barbados sólo sería convenir en la violación a cuatro manos de la Constitución.
Y es del 28 de noviembre de 2017 una previa entrada que hace referencia al mismo medio de comunicación empleado en el intercambio precedente (What’s up in WhatsApp). Allí dije hacia el final:
La ANC no es algo que pueda decidirse en una mesa de negociación. Si bien sobre bases comiciales deformes, fue legítimamente convocada. A pesar de la propensión de moda a las etiquetas, ella no es fraudulenta y fue elegida por 8 millones de votantes. (Según el CNE; 7 millones según el alegato no probado de Smartmatic, una votación parecida a la del “plebiscito” del 16-J, o 38,5% del registro electoral). Sólo el Poder Constituyente Originario, el Pueblo expresado en referendo, podría disolverla e incluso anular todos sus actos.**** Tampoco puede decidirse en una mesa por los negociadores elecciones fuera de los ciclos constitucionales (las “elecciones generales” que propusiera José Guerra por CNN el 25 de octubre del año pasado).
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* En verdad lo que planteó la Conferencia Episcopal Venezolana en enero de 2018 fue que el Pueblo asumiera “su vocación de ser sujeto social con sus capacidades de realizar iniciativas como, por ejemplo, que la sociedad civil lleve adelante una consulta para señalar el rumbo que quiere dar a la nación como prevé nuestra Carta Magna (Cfr. Art. 71)”. En esa oportunidad comenté en Corolarios episcopales: «Bueno, ése no es el objeto de los referendos consultivos; el Artículo 71 citado por los obispos indica que ellos tienen por propósito genérico considerar ‘materias de especial trascendencia nacional’, pero el rumbo que se quiere dar al país está más directamente relacionado con el plan de desarrollo económico y social de la nación, cuyos lineamientos generales deben ser aprobados por la Asamblea Nacional en ejercicio de prerrogativa especificada en el numeral 8 del Artículo 187 de la Constitución, que establece sus facultades».
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** En noviembre de 2017.
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*** Hoy ha publicado la web de CNN un artículo de su antigua corresponsal Frida Ghitis, titulado así: Trump está aprendiendo de los dictadores. Allí pone: «Cuando el presidente Donald Trump tuiteó su objeción a la sentencia recomendada para su amigo Roger Stone, y el Secretario de Justicia, William Barr, rápidamente revirtió la recomendación, siguieron un camino muy recorrido en la historia: el aplastamiento sistemático de la independencia del sistema judicial. Ya vimos esta película y no termina bien. Un sistema judicial independiente es un ingrediente indispensable en el Estado de derecho. Sin Estado de derecho es casi imposible preservar el funcionamiento de una democracia, ni qué decir del buen funcionamiento de un gobierno. Vimos este desarrollo incluso en la historia reciente: cuando los autócratas en potencia arrancaron a múltiples países de sus amarras democráticas, uno de los primeros objetivos fue el sistema judicial».
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**** Datanálisis consultó, poco después de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal mencionada arriba, acerca de la disposición a disolver la Asamblea Nacional Constituyente en funciones y anular todos sus actos. Éstas fueron sus mediciones:

Hallazgos de Datanálisis (febrero 2018)
El total de los entrevistados que estaba de acuerdo con la disolución de la ANC superaba por 14 puntos a quienes se mostraban en desacuerdo, y esa ventaja ascendía a 20,3 puntos respecto de la posible anulación de sus actos. Ni siquiera ese registro, universalmente sabido, hizo que la dirigencia que se hace llamar «opositora» se animara a organizar la convocatoria de un referendo sobre tales cuestiones. Por entonces no logré interesar a Andrés Caldera Pietri en esa avenida de democracia participativa. LEA
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por Luis Enrique Alcalá | Feb 15, 2020 | Argumentos, Terceros |

El pasaje crucial de La Ética de la Creencia
Presentación: lo que sigue—con la adición de tres anotaciones—es la traducción del muy recomendable artículo en brainpickings de María Popova acerca de una obra fundamental de William Kingdon Clifford: La ética de la creencia. Mi admiración por este agudo y certero autor británico es muy grande, y no vacilo en reconocer que ese ensayo suyo es una de mis principales guías éticas, tal vez la más importante, en materia política.
Muy cerca de la postura de Clifford está la expresada por John Erskine en La obligación moral de ser inteligente, puesto que ambos son de la opinión de que el conocimiento no es una cosa que pueda elegirse tener o no tener, según nuestro capricho. Desde el momento cuando terceras personas son afectadas por nuestras acciones, debemos a los otros el asegurarnos, hasta donde sea posible, de que no resultarán dañados por nuestra ignorancia. Es nuestro deber ser inteligentes. (Un tratamiento al problema de la calidad en la educación superior no vocacional en Venezuela, 15 de diciembre de 1990).
La prédica central de Clifford es esencial para no perderse en esta época de fake news, cuando la política está infestada de ellas y de dogmáticas condenas. LEA
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La Ética de la Creencia: el gran matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford sobre la disciplina de la duda y cómo podemos confiar en una verdad

MARIA POPOVA
«La confianza que las personas tienen en sus creencias no es una medida de la calidad de la evidencia sino de la coherencia de la historia que su mente ha logrado construir», observó el psicólogo Daniel Kahneman*, ganador del premio Nobel, al resumir sus estudios pioneros de psicología del comportamiento sobre cómo y por qué nuestras mentes nos engañan. Y, sin embargo, nuestras creencias son la brújula con la que navegamos por el paisaje de la realidad, la que dirige nuestras acciones y conforma así nuestro impacto sobre esa misma realidad. El gran físico David Bohm capturó esta dependencia ineludible de manera memorable: “La realidad es lo que consideramos cierto. Lo que consideramos verdadero es lo que creemos… Lo que creemos determina lo que consideramos verdadero ”.
¿Cómo, entonces, alinear nuestras creencias con la verdad en lugar de la ilusión, para que podamos percibir la representación más precisa de la realidad de la que sea capaz la mente humana, y a la vez guiar nuestras acciones hacia fines nobles y constructivos?
Eso fue lo que el matemático y filósofo inglés William Kingdon Clifford (4 de mayo de 1845 – 3 de marzo de 1879) exploró con visión poco común y elegancia retórica casi un siglo y medio antes de la edad de oro de los «hechos alternativos«.
Cuando la tuberculosis reclamó su vida a la edad injusta de treinta y tres años, Clifford había revolucionado las matemáticas desarrollando el álgebra geométrica, había escrito un libro de cuentos de hadas para niños y se había convertido en la primera persona en sugerir que la gravedad podría ser una función de una geometría cósmica subyacente, al desarrollar lo que llamó una «teoría espacial de la materia» décadas antes de que Einstein transformara nuestra comprensión del universo al unir el espacio y el tiempo en una geometría del espacio-tiempo.
Pero una de las contribuciones más duraderas de Clifford es un ensayo titulado La ética de la creencia, publicado originalmente en 1877 en la revista Contemporary Review y luego incluido en Razón y responsabilidad: lecciones sobre algunos problemas básicos de filosofía. En el ensayo, Clifford investiga la naturaleza del bien y el mal, el infernal abismo entre la creencia y la verdad, y nuestra responsabilidad por la verdad a pesar de nuestras habituales desviaciones humanas de la sinrazón, el engaño y la racionalización.
Clifford, con solo treinta y dos años, comienza con una parábola que contiene un experimento mental de carácter ético:
Un dueño de barcos se encontraba a punto de enviar al mar un buque de emigración. Sabía que éste era viejo y no demasiado bien construido desde un comienzo; que había visto muchos mares y muchos climas y que a menudo había necesitado reparación. Se le había sugerido dudas de que posiblemente el barco en cuestión no mereciera navegar. Estas dudas hacían presa de su mente y le causaban infelicidad; pensó que tal vez debiera hacer que le reacondicionaran y readaptaran a fondo, aunque eso pudiera significarle un gasto considerable. Antes de que el buque zarpara, no obstante, fue capaz de vencer tales reflexiones melancólicas. Se dijo a sí mismo que el barco había navegado con seguridad en muchos viajes y había superado tantas tormentas que era ocioso suponer que no regresaría a salvo también de este viaje. Pondría su confianza en la Providencia, que difícilmente podría dejar de proteger a las infelices familias que abandonaban su patria para buscar mejores tiempos en alguna otra parte. Despediría de su mente todas las poco generosas suposiciones acerca de la honestidad de constructores y contratistas. De tal modo llegó a adquirir una sincera y cómoda convicción de que su barco era decididamente seguro y digno del mar; le vio zarpar con corazón liviano y con deseos benevolentes por el éxito de los exiliados en lo que sería su nuevo y extraño hogar; y cobró el dinero del seguro cuando el barco se hundió en medio del océano y no contó cuentos.
¿Qué diremos de él? Seguramente esto: que verdaderamente era muy culpable de la muerte de aquellos hombres. Puede admitirse que creyera sinceramente en la idoneidad de su barco; pero la sinceridad de su convicción no puede de ningún modo auxiliarle, porque no tenía derecho de creer en una evidencia tal como la que tenía delante de sí. El había adquirido su creencia no ganándosela responsablemente mediante paciente investigación, sino sofocando sus dudas. Y aun cuando al final podría haberse sentido tan seguro que no hubiera podido pensar de otra manera, sin embargo, en tanto consciente y voluntariamente se dejó llevar a ese estado mental, tiene que considerarse responsable por ello… Alteremos un poco el caso y supongamos que el barco sí era idóneo después de todo, que hizo ese viaje con seguridad y muchos otros después de ése. ¿Disminuye esto la culpa del propietario? Ni un ápice. Una vez que una acción está hecha es correcta o incorrecta para siempre, y ningún fracaso accidental de sus buenas o malas consecuencias puede posiblemente alterar eso. Ese hombre no habría sido inocente, simplemente no habría sido descubierto.
Clifford agrega una capa de complejidad ética al argumentar que incluso si el barco no se hubiera hundido, el propietario del barco sería culpable del mismo error de juicio, ya que «no habría sido inocente, sino que no habría sido descubierto». Así escribe:
La cuestión del bien o el mal tiene que ver con el origen de su creencia, no con su sustancia; no con lo que era sino con cómo la obtuvo; no si a fin de cuentas resultó ser verdadera o falsa, sino si tenía el derecho de creer a partir de la evidencia que tenía frente a sí.
[…]
Porque no es posible separar la creencia de la acción que ella sugiere para condenar a una sin condenar a la otra. Ningún hombre que tenga una fuerte creencia a favor de un lado de una cuestión, o incluso que desee sostener una creencia en ese lado, puede investigarlo con tanta justicia e integridad como si realmente estuviera en duda y fuera imparcial, de modo que la existencia de una creencia que no está basada en una investigación justa hace incompetente a un hombre para el desempeño de ese necesario deber.
Un siglo antes de que los psicólogos llegaran a identificar defectos cognitivos tales como el sesgo de confirmación y el efecto contraproducente**, Clifford agregaba:
Tampoco se trataba en absoluto, verdaderamente, de una creencia que no tuviera influencia alguna sobre las acciones de quien la sostenía. Quien realmente cree en lo que lo impulsa a una acción lo ha considerado para codiciarla, ya se ha comprometido con ella en su corazón. Si una creencia no se realiza de inmediato en actuaciones manifiestas, se almacena para la orientación del futuro. Pasa a formar parte de ese agregado de creencias que vincula la sensación y la acción en cada momento de nuestras vidas y se organiza y compacta tanto que ninguna de sus partes puede aislarse del resto, más bien cada nueva adición modifica la estructura del conjunto. Ninguna creencia real, por minúscula y fragmentaria que parezca, es realmente insignificante; nos prepara para recibir otras similares, confirma las anteriores que se le parecen debilitando a otras y así, gradualmente, establece una furtiva cadena de íntimos pensamientos que puede explotar algún día como acción abierta, dejando su impronta en nuestro carácter para siempre.
En un sentimiento evocador de las reflexiones del poeta y filósofo indio Tagore sobre la interdependencia de la existencia, Clifford se encarga de resaltar el tapiz sociológico del que se ha arrancado cada hebra de nuestras creencias privadas:
La creencia de alguien no es, en ningún caso, un asunto privado que le concierne sólo a él. Nuestras vidas están guiadas por esa concepción general sobre el curso de las cosas, que ha sido creada por la sociedad con fines sociales. Nuestras palabras, nuestras frases, nuestras formas y procesos y modos de pensamiento, son propiedad común, formada y perfeccionada por una época tras otra; un legado que cada generación sucesiva hereda como precioso depósito y sagrado fideicomiso para ser entregado a la siguiente; no sin cambios, sino ampliado y purificado, con algunas claras señales de su propio trabajo. En esto, para bien o para mal, se entrelaza cada creencia de cada hombre que oye hablar a sus semejantes. Es un tremendo privilegio y una tremenda responsabilidad que tengamos que crear el mundo en el que vivirá la posteridad.
En un pasaje de asombrosa pertinencia para la actualidad—dado que ciertas peligrosas ideologías divorciadas de la verdad ofrecen un falso consuelo con los llamados «hechos alternativos«, en detrimento de nuestro bien común—, advierte Clifford:
La creencia, esa facultad sagrada que incita las decisiones de nuestra voluntad, y teje en armoniosa obra todas las energías compactadas de nuestro ser, no es nuestra para nosotros sino para la humanidad. Se la usa correctamente en verdades que hayan sido establecidas por una larga experiencia y trabajo paciente, que permanezcan erguidas ante la feroz iluminación de un libre e intrépido cuestionamiento. Entonces sirve para unir a los hombres y fortalecer y dirigir su acción común. Se la profana cuando se la concede a declaraciones no probadas o cuestionadas, para consuelo y placer privado del creyente, para agregar un esplendor de oropel al sencillo camino recto de nuestra vida y mostrar más allá de él un brillante espejismo, o incluso para ahogar las penas comunes de nuestra especie mediante un autoengaño que le permite no solo derribarnos, sino también degradarnos. Quien, en este asunto, desea merecer bien de parte de sus semejantes protegerá la pureza de sus creencias con un verdadero fanatismo que cuidará celosamente, no sea que en algún momento llegue a descansar sobre objeto indigno y adquiera una mancha que nunca podrá ser borrada.
Tres siglos después de que el padre fundador de la filosofía occidental y cruzado de la razón, René Descartes, afirmara que “no es suficiente tener una buena mente; lo principal es emplearla bien», Clifford agregaría:
En lo que respecta, entonces, a la sagrada tradición de la humanidad, aprendemos que ella no consiste en proposiciones o declaraciones que deban ser aceptadas y creídas por autoridad de la tradición, sino en preguntas correctamente formuladas, conceptos que nos permitan formular preguntas adicionales y métodos para responder las preguntas. El valor de todas estas cosas depende de que sean sometidas a prueba todos los días. La propia condición sagrada de ese precioso depósito nos impone el deber y la responsabilidad de someterlo a prueba, de purificarlo y agrandarlo al máximo de nuestras fuerzas. El que hace uso de sus resultados para sofocar sus propias dudas o para obstaculizar la investigación de otros, es culpable de un sacrilegio que los siglos nunca podrán borrar.
Un método para purificar y ampliar nuestro acceso a la verdad es lo que Carl Sagan esquematizó un siglo más tarde en su inmortal Caja de detección de engaños, pero fue el propio Clifford quien cristalizara el enfoque más eficaz en una frase*** maravillosamente sucinta:
Es en todo tiempo y lugar moralmente erróneo que cualquiera crea en algo sobre la base de evidencia insuficiente.
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* En Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, 9 de enero de 2004: «Para un tratamiento bastante exhaustivo y técnico del tema de los marcos, con especial aplicación a la elección entre opciones con diferentes resultados esperados, y su diferente presentación o ‘enmarcamiento’, puede verse Choices, Values and Frames, editado por Daniel Kahneman y Amos Tversky y publicado por Cambridge University Press en 2000. Los autores se hicieron acreedores al Premio Nobel de Economía por sus trabajos desde la perspectiva de la psicología de la cognición. Tversky murió antes de recibirlo».
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** «El efecto contraproducente es un nombre para el hallazgo de que, dada la evidencia en contra de sus creencias, las personas pueden rechazarla y creerlas aun más fuertemente». (Wikipedia).
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*** El compacto y poderoso dogma de Clifford se sigue por estas palabras: «Si un hombre que sostiene una creencia que se le enseñara en su infancia o de la que se le persuadiera más tarde, abate y repele cualesquiera dudas que sobre ella surgieran en su mente, evita adrede la lectura de libros y la compañía de hombres que la cuestionan o discuten, y considera impías aquellas preguntas que no puedan ser formuladas fácilmente sin perturbarla, la vida de ese hombre es un largo pecado contra la Humanidad.
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